La hipótesis de la mente extendida: una introducción

17/01/2020

Bret Kavanaugh @bretkavanaugh

 

¿Cuáles son las fronteras de la mente? ¿Dónde empieza y dónde acaba? De acuerdo con una visión bastante extendida, la mente es un recinto amurallado. Tradicionalmente (en algunas religiones, por lo menos), esto implicaba la existencia de un alma inmaterial encerrada en un cuerpo plenamente sujeto a las leyes de la física. En su acepción materialista, el cerebro ha sustituido al alma, pero las murallas persisten: en este caso, la mente (el cerebro) se haya atrapada en el interior del cráneo.

 

En las últimas décadas, varios filósofos, neurocientíficos y científicos cognitivos han puesto en duda esta concepción de la mente. A su juicio, no podemos entender plenamente las complejidades de la mente si prestamos atención únicamente al funcionamiento del cerebro (aunque, evidentemente, este juega un papel central). Ahora bien, ¿qué es lo que proponen exactamente? ¿Recuperar una concepción dualista, en la que lo físico y lo mental definen regiones independientes? Esto parecería una mala estrategia, puesto que a la luz de la evidencia de la que disponemos -, la existencia de un alma inmaterial es cada vez más improbable. Nada de esto. Lo que estos autores proponen es que la mente es el producto de la interacción entre estados neuronales y otros elementos “externos”, como por ejemplo procesos corporales o aspectos de nuestro entorno. De acuerdo con esta propuesta, conocida como la hipótesis de la mente extendida, la mente no es un recinto amurallado, un proceso físico que tiene lugar en el interior de un organismo, sino que se integra en el mundo que rodea. Si se cumplen una serie de condiciones, nuestros teléfonos móviles, ordenadores o agendas pueden constituir partes de nuestra mente.

 

Esto parece extraño. ¿Cómo va a ser mi móvil una parte de mi mente? Reconstruyamos, pues, el razonamiento detrás de esta hipótesis. En primer lugar, tales autores adoptan lo que en filosofía de la mente se conoce como un enfoque funcionalista. La idea central es sencilla: los estados mentales deben identificarse principalmente por la función que realizan a la hora de regular el comportamiento de un organismo. Simplificando mucho, diríamos que las creencias son aquellos estados que nos dan información sobre el mundo, los deseos aquellos estados que nos predisponen a actuar de una manera determinada, etc. Una consecuencia de este enfoque es que no tenemos ninguna razón a priori para pensar que sólo los estados cerebrales pueden realizar estas funciones. Supongamos que conseguimos crear una inteligencia artificial capaz de organizar su comportamiento de un modo suficientemente parecido al que lo hacemos los humanos y algunos animales. Este “organismo” podría estar compuesto de chips de silicona o de latas de cerveza - por emplear el ejemplo del escéptico John Searle - y por tanto carecer de estados neuronales. O podría pertenecer a una especie extraterrestre, con cerebros muy diferentes al nuestro. De acuerdo con el funcionalismo, si nuestra inteligencia artificial o nuestro extraterrestre organizan su comportamiento de un modo análogo al que lo hacemos nosotros, entonces debemos decir que estos seres tienen creencias y deseos. O lo que es lo mismo, que poseen estados que realizan determinadas funciones reguladoras de su conducta, que son identificables precisamente porque realizan estas funciones (y no por el material del que están hechos). Por emplear una expresión utilizada por el filósofo Daniel Dennett para caracterizar este enfoque: “It ain’t the meat, it’s the motion”.

 

La segunda parte del argumento a favor de la hipótesis de la mente extendida es un principio epistemológico: debemos identificar los estados mentales con aquello que mejor explique cómo se realizan las funciones de la mente. Veámoslo con un ejemplo. Supongamos, partiendo de nuestra visión simplificada, que las creencias son aquellos estados que proporcionan a un organismo información sobre el mundo exterior o sobre sí mismo (sus propios estados mentales, el funcionamiento de su cuerpo, etc.). ¿Qué procesos – físicos o inmateriales – realizan estas funciones? Parece que la respuesta a esta pregunta dependerá de qué procesos tengan un mayor poder explicativo. Si postular la existencia de un alma inmaterial es lo que mejor explica cómo seres como nosotros podemos reunir información acerca del mundo exterior, entonces deberíamos sostener que existe un alma inmaterial que juega un determinado papel en nuestra vida mental (como mínimo, sostiene y hace posibles nuestras creencias).

 

¿Cómo nos lleva esto a la hipótesis de la mente extendida? En un famoso artículo de 1998, los filósofos Andy Clark y David Chalmers [i] argumentaron que a la hora explicar las creencias, una noción de creencia (y de estado mental) circunscrita a lo cerebral es insuficientemente satisfactoria desde un punto de vida explicativo. O, por expresarlo de otro modo, que postular la existencia de una mente extendida explica mejor el funcionamiento de nuestras facultades mentales, del mismo modo que lo hacía el alma en nuestro ejemplo anterior. Para mostrar esto, Clark y Chalmers proponen el siguiente experimento mental. Consideremos, en primer lugar, el caso de Inga, quien quiere visitar una exhibición en el MoMA de Nueva York. Antes de ir, Inga trata de recordar la dirección del museo, y accede a su creencia, depositada en algún lugar de su memoria, de que el MoMA se encuentra en la calle 53. Hasta aquí la cosa es relativamente sencilla. Consideremos ahora el caso de Otto, quien también se dispone a visitar el MoMA. No obstante, a diferencia de ella, Otto sufre Alzheimer, por lo que lleva consigo una libreta donde va apuntando todas aquellas cosas que cree probable que se le olviden. Antes de ponerse en marcha, Otto trata de recordar la dirección del museo, y siendo incapaz de recordarlo lo consulta en su libreta, donde había anotado que se encontraba en la calle 53.

 

En ambos casos, parece existir un mismo deseo (visitar el MoMA) y una misma creencia (el museo se encuentra en la calle 53), pese a que el modo en que acceden a esta creencia es diferente. En el caso de Inga, esta es capaz de recordar su creencia sin recurrir a ningún elemento u objeto del mundo exterior. Otto, en cambio, recuerda su creencia cuando consulta su libreta. Ahora bien, dicen Clark y Chalmers, desde un punto de vista funcionalista, esta diferencia parece irrelevante: en el caso de Inga, explicamos su acción haciendo referencia a su deseo de visitar el MoMA y a su creencia de que este se encuentra en la calle 53. Estos estados mentales juegan un determinado papel causal, que es idéntico al que juegan en el caso de Otto: explicar por qué ahora mismo, en Nueva York, hay dos personas dirigiéndose a un museo de un modo que nos resulta inteligible. La memoria sólo juega aquí un rol instrumental: facilitar el acceso a un estado mental (la creencia), que es el que proporciona la información necesaria para cumplir el deseo inicial.

 

Sin embargo, si, como afirman Clark y Chalmers, “las dinámicas causales esenciales en ambos casos son la una el reflejo de la otra [ii]”, parece que tenemos que concluir que tanto los procesos neuronales en el caso de Inga, como la libreta en el caso de Otto forman parte de sus respectivas mentes.

 

Obviamente, es posible cuestionar esta última inferencia. Una cosa es decir, lo que parece poco cuestionable, que la libreta juega un papel importante a la hora de explicar las acciones de Otto y otra cosa es decir que la libreta es, bajo estas condiciones, una parte de la mente de Otto. Esta es una de las críticas más habituales a la hipótesis de la mente extendida. De acuerdo con esta objeción, la libreta juega un papel causal pero no constitutivo en la vida mental de Otto [iii].

 

El problema con este argumento es que, si uno es funcionalista, no resulta sencillo trazar la distinción entre lo que juega un papel constitutivo y lo que juega un papel meramente causal. Más concretamente, no resulta fácil trazar la distinción de modo que el cerebro de Inga corresponda al ámbito de lo constitutivo y la libreta de Otto quede relegada al espacio de la causalidad. Recordemos que, de acuerdo con el funcionalismo, los estados mentales se identifican según la función que realizan en el comportamiento de un organismo y su regulación. Ahora bien, si es verdad, como afirman Clark y Chalmers, que no existe ninguna distinción importante entre el cerebro de Inga y la libreta de Otto desde un punto de vista funcional, entonces no podemos decir que uno juegue un rol constitutivo (es decir, que podamos considerarlo una parte de la mente) mientras que el otro sólo juega un papel causal (transmitiendo inputs que serían finalmente procesados por el cerebro). La objeción en cuestión parece poner el carro frente a las ruedas.

 

Este argumento viene motivado por una preocupación comprensible: si acabamos diciendo que todo lo que juegue un papel en la explicación causal de mi vida mental es parte de mi mente, ¿no estaremos obligados a concluir que el Universo o mis padres son parte de mi mente? Al fin y al cabo, sin ellos no existiríamos ni yo ni mi mente. Claramente, ambos parecen jugar un papel causal imprescindible. Ahora bien, si esta es la conclusión a la que llegamos, la hipótesis de la mente extendida resulta absurda. Algo como la distinción entre constitución/causalidad parece, pues, inescapable.

 

Creo que este último razonamiento es correcto. Sin embargo, no tengo claro que sea suficiente para refutar la hipótesis de la mente extendida. Para poder adjudicar la cuestión necesitamos desarrollar en primer lugar un criterio que nos permita distinguir entre lo que juega un rol constitutivo y lo que juega un rol causal (de un modo que preserve las intuiciones centrales del funcionalismo). Sólo entonces podremos establecer si los móviles, las libretas o los ordenadores quedan dentro o fuera de la mente. Obviamente, esto implica que esta es una pregunta abierta, que no puede resolverse de forma trivial o apelando a simples intuiciones, sino aportando argumentos independientes. 

 

Por supuesto, otra posibilidad es rechazar el funcionalismo, pero dado que, en alguna versión, esta es una posición mayoritaria dentro de la filosofía de la mente (aceptada tanto por defensores como por detractores de la hipótesis de la mente extendida), dejaré esta alternativa de lado. Bastará con señalar que, si el funcionalismo resultara ser doctrina incorrecta, uno de los principales argumentos a favor de la hipótesis de la mente extendida se vendría abajo.

 

Una última objeción consiste en señalar que, a diferencia de la libreta de Otto, el cerebro de Inga no es separable. Esto quiere decir que no podemos separar a Inga de su cerebro sin que cese completamente su actividad mental, mientras que claramente podemos quitarle a Otto su libreta sin convertirlo en un zombi. Pero esta objeción es problemática porque, aunque no podemos separar un cerebro de su propietario sin destruir su mente, esto no se aplica a todas aquellas áreas del cerebro sin las cuales un individuo puede seguir teniendo una vida mental genuina. Evidentemente, sus facultades cognitivas podrían verse mermadas, pero lo mismo le ocurriría a Otto si le escondemos la libreta (para empezar, será incapaz de recordar una enorme cantidad de información). Por esta razón, el argumento de la separabilidad parece ser más débil.

 

¿Establece nuestro cráneo el perímetro de nuestra mente? En este artículo he tratado de mostrar que esta es una cuestión más abierta de lo que a veces se asume. Si la hipótesis de la mente extendida es correcta o no dependerá del resultado de complejas discusiones epistemológicas y empíricas. Personalmente, la posibilidad de que la mente no sea un recinto amurallado, sino un proceso que se extiende más allá de nosotros, me resulta atractiva e inspiradora. Pensar que habitamos en el mundo de esta forma tan extraña me parece estimulante. Ahora bien, nada de este puede zanjar un debate. Discutamos, pues, sobre la mente, sin perder la cabeza.

[i] Clark, Andy y David Chalmers. 1998. “The Extended Mind”, Analysis 58(1): 7-19. Clark ha defendido la hipótesis en sus libros Being There (Cambridge, MIT Press, 1996) y Supersizing the Mind (Nueva York: Oxford University Press, 2008). Otra interesante defensa de la tesis puede encontrarse en el libro de Mark Rowlands The New Science of the Mind (Cambridge, MIT Press, 2010).

[ii] Clark y Chalmers 1998, 13.

[iii] Esta objeción ha sido defendida por Frederick Adams y Kenneth Aizawa en The Bounds of Cognition (Oxford, Wiley-Blackwell, 2008). Una compilación de artículos a favor y en contra puede encontrarse en Menary, Richard (ed.). 2010. The Extended Mind. Cambridge: MIT Press.

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