Las naciones no existen (y aún así son importantes)

27/12/2019

Kellit Ungay @kellitungay

Yo estaba en el medio:

giraban las otras en corro

y yo era el centro.

Ya el corro se rompe,

ya se hacen Estado los pueblos,

y aquí de vacío girando

sola me quedo

Cada cual quiere ser cada una;

no voy a ser menos:

¡Madrid, uno, libre, redondo,

autónomo, entero!

Mire el sujeto

las vueltas que da el mundo

para estarse quieto.

 

Así empieza la primera parte del himno de la Comunidad de Madrid. Es probable que no les suene de nada, incluso si son ustedes madrileños. No es extraño, puesto que su uso está bastante restringido a actos institucionales. Vaya, que no tiene mucho arraigo popular. Probablemente eso se deba -en gran parte- a que este himno fue creado hace poco, en 1983, encargado por el recién elegido presidente de la Comunidad de Madrid, Joaquín Leguina, al filósofo Agustín García Calvo por el simbólico precio de una peseta.

 

La misma letra del himno trata con un tono un tanto jocoso el hecho que Madrid se convirtiese en comunidad autónoma. Durante la Transición Española, el debate territorial fue un elemento fundamental. La ambigüedad del texto constitucional sobre la obtención de autonomía por parte de los territorios españoles acabó propiciando que todo el Estado Español se organizara en comunidades autónomas, no solo los que habían llegado a tramitar Estatutos de Autonomía en la II República (Cataluña, País Vasco y Galicia). La provincia de Madrid, con la capital homónima del país, se hallaba anclada entre un territorio con un pasado histórico muy marcado, Castilla y León, antes también conocida como Castilla La Vieja, y la tierra de Don Quijote de La Mancha, Castilla La Mancha, también conocida como Castilla La Nueva. Madrid acabó constituyéndose como comunidad autónoma separada de ambas, a pesar de que jamás existieron región demandas de autonomía en esa región ni contara con elementos diferenciados demasiado relevantes como podrían ser lengua, cultura o instituciones propias, una historia específica, etcétera.

 

En definitiva, se podría pensar que la Comunidad Autónoma de Madrid puede ser un invento de la Transición. ¿Tiene esto alguna relevancia? ¿Tiene algún valor político o moral que un grupo humano disponga de una identidad, símbolos, instituciones... inventados? ¿Marcaría esto alguna diferencia de relieve entre unos grupos y otros? Este artículo pretende formular algunas breves reflexiones sobre estas cuestiones, que si bien parecen estrictamente teóricas, tienen un enorme peso en el debate político de las sociedades contemporáneas. 

 

La respuesta nacionalista (atención, hay muchos más planteamientos nacionalistas en muchos más sitios de los que usted cree) tendería a afirmar que sí. Que un conjunto de personas se reconozca en hazañas ocurridas hace siglos, que una danza tradicional se haya bailado en un lugar concreto desde tiempos inmemoriales o que la lengua de uno tenga una rica tradición de poemarios del Siglo de Oro, vendría a tener un valor intrínseco.

 

Sin embargo, cualquier elemento que se quiera imaginar que sea propio de una comunidad nacional, tendrá necesariamente un origen concreto en el tiempo. La mayoría de las lenguas nacionales de Europa Occidental son hijas bastardas del latín, los Estados Unidos existen porque unos colonos decidieron emanciparse de la metrópolis al sentirse tratados injustamente y por muy atrás que queramos buscar el origen de la China actual, parece que lo razonable es detenerse unos dos milenios a. C. En definitiva, igual como la Comunidad de Madrid y sus símbolos tienen un indiscutible nacimiento en 1983, todas las demás comunidades humanas (nacionales o no) del mundo también tienen un origen. Hubo momentos en concreto en que esas comunidades empezaron a reconocerse como tales y a tal fin crearon y empezaron a usar una serie de símbolos como banderas, himnos, instituciones con los que se identificaban.

 

El politólogo y historiador Benedict Anderson propuso la definición de nación como una comunidad política imaginada inherentemente limitada y soberana. La clave de que esta comunidad sea imaginada reside en que un individuo que forma parte de ella jamás conocerá ni entrará en contacto con los demás miembros de ella, pero aún así, considera que existe una cierta idea de comunión con todos ellos. Esta noción, que a día de hoy nos puede parecer asumida con total naturalidad, no era para nada tan común hasta la edad moderna, quizás con la excepción de las comunidades que conforman las creencias religiosas. Los súbditos de un monarca o soberano podían tener en común dicha condición pero de ahí no tenía porque derivarse necesariamente una idea de lealtad hacia sus semejantes por compartir lengua, cultura o historia. De hecho, hasta el siglo XVIII las lenguas ni siquiera estaban inexorablemente ligadas a un territorio. Prueba de ello es que en muchos lugares de Europa la nobleza y la aristocracia empleaban lenguas “de prestigio” distintas al vulgo, como el latín, el francés o el alemán.

 

De nuevo, los postulados nacionalistas más convencionales podrían objetar que si bien es cierto que la idea de pertenecer a una nación y sus símbolos tienen un origen histórico en el momento en que fue creada, su peso en el tiempo sí que tiene un valor intrínseco. No sería equiparable una nación con siglos de historia que otra de inicios más recientes, por bien que ambas dispongan de símbolos, instituciones, cultura, etc. que les permita identificarse. ¿Estarían en lo correcto?

 

Desde el punto de vista de las consecuencias tangibles, materiales y hasta morales, esta diferenciación parece muy dudosa. Veámos un ejemplo. En 1982 tuvo lugar la Guerra de las Malvinas, un conflicto bélico entre Argentina y el Reino Unido. El conflicto se inició a raíz de la ocupación argentina de varias islas bajo soberanía británica desde 1833, territorios sobre los cuales se reclamaba la soberanía. Parece incuestionable que el nacionalismo tuvo un papel fundamental en este conflicto, tanto por la voluntad argentina de recuperar unos territorios que se consideraban parte irrenunciable de su país como por la voluntad británica de conservarlos, a pesar de que esas islas se encuentran a miles de kilómetros de la metrópoli. Argentina es una nación independiente tan solo desde principios del siglo XIX. El Reino Unido existe como tal desde principios del siglo XVIII, pero la historia de los reinos que lo componen se puede trazar por lo menos hasta la invasión normanda de 1066.

 

¿Tenía alguna relevancia en esa guerra que la historia de ambos países tuviera orígenes tan separados en el tiempo? ¿Importaba para algo que los británicos de 1982 fueran muy mayoritariamente individuos con antepasados que siempre habían habitado su país (por lo menos desde el S. XI) mientras que los argentinos descienden de los antiguos colonos e inmigrantes europeos? ¿Era remarcable que los británicos hablaran la lengua de Shakespeare (originaria de su país) o que juraran lealtad a una institución monárquica existente desde la edad media mientras que los argentinos hablasen la lengua de su antigua metrópolis (igual que casi todas sus naciones vecinas) y fueran gobernados por una junta militar?

 

No. Nada de eso importaba para los centenares de muertos de ese conflicto, muertos por su país, por su patria, por su nación. El fervor nacionalista que siguió a la toma argentina de las islas era perfectamente equiparable a la ola de entusiasmo que se produjo en el Reino Unido cuando su armada las retomó. Morir y matar por la nación, sea esta un invento más o menos reciente, era una idea con gran predicación en ambos contendientes. Aunque solo estuviera en su imaginación, sus implicaciones eran enormes.


Existe una cierta tendencia, muy extendida, a creer que aquello natural tiene un valor intrínseco superior a lo que no lo es, a aquello creado o imaginado por el ser humano. Podemos considerar esto como una falacia naturalista. Ciertamente, las naciones son comunidades imaginadas, todas sin excepción, puesto que ninguna ha surgido de forma natural y espontánea, sino que son fruto de eventos históricos (guerras, matrimonios dinásticos, repartos coloniales...) o decisiones políticas, como la de establecer una lengua de uso administrativo o la creación de un servicio militar obligatorio. Pero que sean imaginadas no hace que sean necesariamente negativas o de poco valor. La justicia, la libertad y la igualdad también son nociones imaginadas por el ser humano y nadie duda de sus bondades. Que nuestra solidaridad no se limite a las personas con quien compartimos vínculos sanguíneos, parentesco o que conozcamos personalmente, sino que abarque millones de individuos con quien jamás interactuaremos puede ser algo muy positivo. También es perfectamente razonable querer organizar la vida en comunidad con individuos con quienes se comparten diferentes características o simplemente se decida tener esa voluntad. No obstante, si en estos ejercicios creamos nociones como la de la superioridad de nuestra comunidad respecto a otras, podemos dar rienda suelta a las peores consecuencias de la imaginación humana.

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