Reseña: "Open Borders: The Science and Ethics of Immigration" (ed. First Second, 2019) de Bryan Caplan

Richard Balog @ricsard

 

El fenómeno migratorio constituye hoy uno de los desafíos más importantes para las democracias occidentales al que, no obstante, todos los gobiernos, de izquierda o derecha, progresista o conservadores, parecen dar la misma respuesta. Matizando las formas, de manera más o menos cruenta, el cierre de fronteras y la criminalización del migrante constituyen la norma. Sin embargo, son cada vez más las voces que reclaman un nuevo enfoque capaz de superar eslóganes como “America First” o “primero los de casa”. 

   

Earth. Home to vas wealth and crushing poverty (p.6)”. Este es el manido problema con el que el economista y filósofo Bryan Caplan, profesor en la George Mason University (1971, EE.UU) da inicio a su primer cómic, publicado recientemente por la editorial Fisrt Second e ilustrada por Zach Weinersmith: “Open Borders: The Science and Ethics of Immigration”. Su solución, como vemos, dista de ser común: fronteras abiertas. Esto es, que nacionales y extranjeros tengan la misma facilidad para desplazarse, que ‘nacional’ y ‘extranjero’ ya no sean categorías relevantes para viajar, residir y trabajar.

 

En nuestros días el norte occidental constituye para muchos la tierra prometida, donde incluso los más desafortunados consiguen vivir mejor que el ciudadano medio del llamado “Sur Global”. Entonces, ¿por qué no se desplazan hacia un país rico? “Because rich countries won’t allow it. The ugly truth: we live in a world of global apartheid. An apartheid based not on the race of your parents, but on the nation of your parents (p.9)”. Así, Caplan pregunta: “it’s wrong to tell people where they can live or work because they’re black, or women or jews. Why isn’t it equally wrong to tell people where they can live or work because they were born in Mexico, Haiti, or India?” Efectivamente, ¿por qué?

 

Anticipándose a posibles críticas el autor plantea una distinción importante: no se trata de que los Estados ricos compartan su riqueza con países del Tercer mundo. Ahora bien –dice Caplan-, que no prohiban que sus nacionales contraten o arrenden un piso a quien estimen oportuno independientemente del país de procedencia. Y es que ¿acaso no debe tener uno derecho a disponer libremente de lo que es suyo y a establecer los pactos voluntarios que prefiera? En especial cuando esa prohibición (¡de un acto enteramente pacífico y voluntario¡) puede dejar a una de las partes en la situación tan negativa que caracteriza a millones de personas. Consideremos la siguiente situación –que Caplan recoge de su colega Michael Huemer: si un hambriento habitante del desierto decidiera poner remedio a su situación caminando hasta el mercado más cercano para remediar su situación, parece claro que nadie podría prohibírselo legítimamente. Si en ese cercano mercado, el hambriento encontrara a alguien dispuesto a comerciar con él, nadie tendría derecho a evitarlo, y mucho menos por la fuerza. Pues “What moral right does anyone have to stop them? These are contracts between consenting adults, not welfare programs!” (p.16).

 

Se trata de una reflexión poderosa, sin duda. Ahora bien, ¿en qué medida el ejemplo del desierto replica adecamente la situación internacional?  Son muchos los que argumentarían que el mundo no puede compararse a un desierto con distintos puntos comerciales, sino que está habitado por comunidades vinculadas por un importante deber de solidaridad para con sus miembros, y que, por tanto, a la hora de distribuir un recurso escaso –en este caso, un trabajo o un alquiler- debe darse prioridad al nacional. Es decir, que la libertad contractual de los naciones necesita verse modulada por su deber de lealtad hacía “los suyos”, sin que realmente quepa distinguir –diría el crítico- entre enviar dinero al Tercer mundo y dejar que sus habitantes migren libremente.

 

No obstante, las razones que más habitualmente se aducen en contra de la libertad migratoria no son de orden moral, sino que acostumbran a centrarse cuestiones más materiales. Así, el temor de muchos es que una política tal fuera económicamente desastrosa, que las fronteras abiertas matara a la gallina de los huevos de oro: las sociedades occidentales (con fronteras celosamente protegidas) que, precisamente, han generado tan vastas riquezas. Es decir, que por querer compartir esa bonanza, se acabara por eliminarla. Sin embargo, la historia estadounidense sugiere todo lo contrario. Hasta mediados de los años 20, EE.UU dejó entrar a cualquier persona, una política cuyo efecto es bien conocido por todos: “America’s Golden Goose dind’t just surive the open borders era, it thrived. The U.S.A became the world’s richest and most powerful nation (p.22)” ¿No podría suceder algo parecido en la Europa de nuestros días?

 

De este modo, y recogiendo una opinión razonablemente extendida entre los estudiosos de la materia, Caplan defiende que la economía mundial no solo no se resentiría después de abrir las fronteras, sino que florecería como nunca. ¿Cómo? Al permitir que millones de personas abandonasen lugares improductivos para trabajar en el primer mundo, la producción se dispararía. El trabajo, como cualquier factor económico, produce más como más libre pueda desplazarse al localizarse –por la fuerza de la competitividad- en aquellas industrias más eficaces. Luego, aun cuando los salarios nominales pudieran bajar en muchos casos, el poder adquisitivo real de las personas –nacionales y extranjeras- aumentaría sobremanera al abaratarse exponencialmente el precio de los –entonces- abundantísimos recursos.  ¿Cuánto? En el peor de los casos el PIB mundial aumentaría un 50%, un 150% en las predicciones más optimistas. Como resume Caplan: “The secret of mass consumption, is mass production (p.30)”. Para muestra, el botón chino e indio: dos pujantes economías cuyo desarrollo en las últimas décadas no hubiera sido posible, entre otras razones, sin el abandono de los improductivos campos y la subsiguiente migración hacia las productivas ciudades. “The bottom line is that open borders has jaw-dropping potential to enrich migrants and natives alike. The logic is sound: trapping talent in the outskirts of the world economy impoverishes us all (p.51)”

 

¿Qué decir de los otros posibles problemas asociados a la libre migración? En cuanto al colapso fiscal –el temor a que los inmigrantes depauperen el Estado de Bienestar- Caplan ofrece dos respuestas: por un lado constatar que diversos servicios provistos por el Estado son bienes no-rivales, de forma que la entrada de más personas no aumentaría su coste. Al contrario, con que los migrantes paguen un solo centavo en impuestos el coste per cápita de cosas tales como la defensa nacional disminuyen. En cuanto a los bienes que sí son rivales –pensiones, sanidad, educación- la edad, formación y actividad de los inmigrantes, hace que, por regla general, -y en el caso de los EE.UU- sean contribuyentes netos. “If you picture immigrants as charity cases, open borders admittedly sounds like suicidal altruism […] but, statically, that’s a silly picture. Unless they’re low skill and past their primer, immigrants ultimately more than pay for themselves (p.78)”. Adicionalmente, y en el peor de los casos, siempre habría espacio para limitar los beneficios sociales a los nacionales por lo que, si este fuera el motivo para cerrar las fronteras, habría que desecharlo.  

 

Hacienda respira tranquila, ahora bien, ¿qué decir de la “cultura occidental”?, ¿la migración irrestricta no acabaría por degradarla y destruirla? Dicho de otro modo, ¿no podrían los valores ilustrados de libertad e igualdad que impulsan la apertura de las fronteras acabar por destruir esos mismos valores? Analizando la cuestión en EE.UU, Caplan concluye que se trata de un temor infundado. Aun cuando se tienda a sobrevalorar pequeños detalles distintivos que los inmigrantes conservan de su cultura originaria, el grado de asimilación es sumamente alto, y casi total en las primeras generaciones. Es más, “modern communication and transportation also make it easier for foreigners to pre-assimilate: to Americanize before they immigrate (p.100)”. En suma, incluso si fuera cierto que “no adaptarse” pudeiera ser algo criticable, lo cierto es que no cabe imputar un delito tal a la inmensa mayoría de extranjeros.  

 

But speaking of crime, aren’t immigrants themselves criminally inclined? […] Whatever you’ve heard, the answer is no. On average, the foreign-born are less criminally inclined that natives (p.91)” Contrariamente a lo que muchos medios estadounidenses acostumbran a proyectar, la inmigración no es sinónimo de violencia. En Estados Unidos –Europa ya es otra historia- el porcentaje de extranjeros en prisión es inferior al de los nacionales (p.93), siendo además los extranjeros naturalizados “un modelo ciudadano” dada su bajísima tasa de encarcelamiento (p. 94). (Unos números a los que, como es lógico dado los propósitos del texto, debe descontarse aquellos delitos que solo pueden cometer los inmigrantes consistentes en cosas tales como entrar o permanecer ilegalmente en el país.) Tan es así que, de acuerdo con las investigaciones de la National Academy of Sciencies, “the presence of large numers of immigrants seems to lower crime rates (p.95).”

 

Con un tono ligero y desenfadado, Caplan introduce y procura refutar los argumentos más habituales en contra de la libre migración, con tiempo suficiente como para discutir con Milton Friedman, apuntar el curioso acento con que su esposa habla el rumano y explicarnos de qué modo los inmigrantes le han quitado su plaza soñada en Oxford. Es evidente que una cuestión tan compleja no puede zanjarse –ni tan siquiera mínimamente- en 250 páginas con unos pocos globos de texto, (o que las conclusiones extraídas para el caso estadounidense –de ser ciertas- no serían inmediatamente aplicables a otros países ricos). En efecto, son tantas las afirmaciones –descriptivas y normativas- sorprendentes y antiintuitivas que se llevan a cabo que la evidencia requerida es, a su vez, mucha. Uno desearía detenerse en casi cada página para chequear esta o aquella estadística y plantear cantidad de preguntas. Sin embargo, no es menos cierto que estas viñetas no buscan nada más que ser una puerta de entrada a la discusión, además de divulgar con simpatía las ideas principales de una posición injustamente limitada a los círculos académicos (y que, según Caplan, vendría avalada por las principales teorías morales hoy en boga). Un propósito que sus autores consiguen sobradamente (añadiéndose también una surtida sección de notas y bibliografía para sumergirse con más detalle en la cuestión y aliviar algunas de las preguntas que puedan ir surgiendo).

 

Open borders” es un texto osado –temerario y delirante según otros- que dice contener el secreto (delante de nuestros ojos) contra la pobreza mundial. ¿Será verdad? Sobra decir cuán meritorio es poder canalizar una discusión de esta naturaleza mediante el dibujo, sintetizando con gracia un debate que, naturalmente, es muy extenso y complejo. Las fronteras son uno de los rasgos más característicos del mundo en el que vivimos desde hace siglos. Vale la pena leer a aquellos que dicen vislumbrar un futuro mucho más luminoso, libre y próspero.

 

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