¿Por qué está en auge el nacionalismo? Una reflexión sobre la identidad

Noah Silliman @noahsilliman

 

Las secuelas derivadas del progreso ilimitado y de la supremacía del rendimiento a toda costa no sólo han sido catastróficos en materia medioambiental, sino que han dejado a los individuos sin herramientas para poder comprenderse a sí mismos, sometidos a la tiranía de una explotación donde las formas de control y dominio ya no vienen impuestas desde un afuera, sino que están completamente interiorizadas. Enfermedades como la depresión, la ansiedad, el trastorno límite de la personalidad o el síndrome del desgaste ocupacional configuran el espectro de una sociedad patológicamente extenuada. Dinámicas como la exposición continua a través de las redes sociales, la tecnificación de los saberes, la mercantilización de la educación, la devaluación de la información, el comercio de lo espiritual, la adicción a lo inmediato,  la primacía de la cantidad frente a la calidad, la prisa frente a la reflexión, el presente inmediato frente al análisis que le precede o las consecuencias a las que deriva, apenas han dejado espacio para aquello que no se mide en clave utilitarista y el hecho de vivir se convierte en un auténtico reto: Somos responsables de nosotros mismos, y tenemos la obligada libertad de conducirnos sin necesidad de apoyo externo. 

 

Sin embargo, en un contexto marcado por la precariedad y la contradicción, tal premisa se vuelve una soga al cuello. Ese apoyo externo no sólo debe entenderse como algún tipo de injerencia gubernamental en materia de ayudas sociales, sino como un código normativo que proporcione una guía de comportamiento acerca de como debe vivirse en una colectividad dada, tradicionalmente otorgado por la religión, a través de un sistema de creencias y valores cohesionado. Tras el proceso de secularización y tecnificación de las sociedades contemporáneas se dibuja un escenario gobernado por el culto a uno mismo, impregnado por una suerte de ateísmo barato que tiene lugar por la inercia del convencionalismo y la aceptación social. La consabida muerte de dios nietzscheana implica la imposibilidad ya de un sistema de juicio externo, que dictamine como debe moralmente conducirse el ser humano. Implica que el sufrimiento y los padecimientos humanos no se justifican en una ideología de salvación futura que de sentido a la brutalidad mundana. Implica que ya no hay reglas que contengan el mal y su violenta banalidad. La ausencia de ese código moral ético alternativo, provoca no sólo una crisis identitaria acerca del lugar que ocupa el ser humano en el mundo, sino que sus consecuencias definen una auténtica crisis existencial. El individuo se queda sólo frente a un mundo competitivo en desigualdad de oportunidades, arrojado a un sistema que él mismo debe explicar y fundamentar, y todo ello sin herramientas suficientes para comprenderse a sí mismo y al entorno que le rodea. Ello provoca sentimientos de desesperanza y aislamiento, que tradicionalmente eran superados a través de la experiencia en comunidad.  

 

El exacerbado individualismo neoliberal de las sociedades contemporáneas desprecia esta dimensión comunitaria del ser humano, considerando la comunidad como un mero agregado instrumental de individuos donde estos pueden desarrollarse, potenciando con ello la fragmentación. En este contexto no se puede hablar de libertad ni de capacidad de elección, sino de sumisión a una imposición que se disfraza de derecho. La libertad, así pues, se transforma en una carga insoportable.

 

Desde este planteamiento, podemos replantear el nacionalismo como una huida de esa abrumadora libertad para buscar la determinación de la propia personalidad. Es decir, como la búsqueda de un sistema de creencias cohesionado, que explique el malestar y la hostilidad sociales configurando una auténtica mitología  con sus héroes y villanos, y las estrategias que deben seguirse para que cada individuo perteneciente a una nación pueda encontrar el lugar que le corresponde. El patriotismo o el regionalismo han sido estrategias identitarias muy valiosas para hacer frente a la alienación. Resaltar las características del grupo, las prácticas culturales que lo definen como tal o el ensalzamiento de la consciencia colectiva ayudan a otorgar una estructura básica a los sujetos. Ahora bien, esta estrategia puede volverse un arma de doble filo, como demuestran las connotaciones negativas que van unidas al término de nacionalismo. Si no van acompañadas de herramientas de tolerancia y respeto al otro, se corre el riesgo de volverse excluyentes y servir de guía para legitimar la discriminación, pasando a ver al grupo en términos jerárquicamente superiores a aquellos que no pertenecen al mismo, sujetos que a partir de entonces sólo podrán ser objetos para medir el altruismo de las colectividades privilegiadas. Lo que, en un contexto definido por la globalización y el mestizaje, es altamente peligroso.  

 

Las demandas crecientes de soberanía y autodeterminación aúnan el descontento de los individuos, proponiendo una alternativa políticamente viable de organización, un proyecto muchas veces utópico que sirve para materializar y encauzar de alguna manera ese sentimiento de no-pertenencia que de otra manera terminaría aniquilando a los sujetos. Este encauzamiento se uniría con las aspiraciones gubernamentales de ciertos colectivos desembocando en un alto riesgo de exclusión social legitimada ideológicamente. La ideología fue brillantemente definida por Paul Ricoeur como la brecha entre aquello que quieren que creamos y lo que queremos creer. Ricoeur realiza una reinterpretación del concepto weberiano de legitimidad, situando la retórica en un lugar privilegiado para la construcción de ideología, es decir, para la presentación de la realidad de una determinada manera  a través de la elaboración metafórica. Y es que los discursos ideológicos juegan un importante papel para salvar “la distancia que separa las aspiraciones de legitimidad de los grupos dominantes y aquello que las gentes pueden razonablemente llegar a creer” (Lizcano, 2012). Es en esta brecha donde podemos situar el nacionalismo.

 

Nos encontramos frente a una serie de discursos que hacen una auténtica apología de los rasgos que supuestamente definirían a las comunidades, ensalzándolos de forma muchas veces romántica y alisando el terreno para el retorno de lo dogmático y totalitario. La elaboración de una cosmogonía que reconstruya la realidad en términos asequibles y explicativos, que proporciones guías de comportamiento, sujetos de adoración y objetos de discordia, que presente de nuevo tradiciones, valores y estructuras, es absolutamente apetecible en un tiempo donde cada vez se difuminan más las fronteras de lo real y lo ficticio. La recreación del mito como otorgador de sentido, frente a la nada y el vacío en el que ha quedado sometida una sociedad altamente tecnificada. Todo ello unido con las aspiraciones políticas de gobierno que otorguen cierta exclusividad a los sujetos soberanos, haciéndoles de nuevo participes de la demos, ciudadanos poseedores de derechos por el mero hecho de pertenecer a una comunidad dada. El nacionalismo no sólo proporciona una identidad común, sino que reconstruye esa explicación tradicional del mundo. De esta forma, el nuevo reto consistiría en replantear de qué manera queremos conducir nuestras sociedades, y encontrar lugares comunes que conserven la apertura y la cooperación, sin perder una identidad colectiva que no está puesta en riesgo con la venida de nuevos miembros, sino enriquecida por las relaciones recíprocas que puede alcanzarse desde el punto de vista del respeto y la cooperación. Ello conlleva indefectiblemente a reflexionar acerca de las dinámicas fragmentadoras que sumergen a los individuos en el total aislamiento, creando necesidades insatisfechas de pertenencia y de abandonar de una vez por todas los procesos que les alienan. Sin este ejercicio de autocrítica, estamos abocados a la vuelta a un totalitarismo a la vieja escuela, cerrando las puertas a desarrollar el potencial que nos define como sujetos pertenecientes no sólo a una nación, sino a un conjunto de comunidades en continua interacción.

 

  • Lizcano, E. (2006). Metáforas que nos piensan. Sobre ciencia, democracia y otras poderosas ficciones. Madrid: Bajo Cero. Traficantes de sueños.

 

  • Han, B. (2012). La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder

 

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