¿Primero los de casa? Sobre la irrelevancia moral de la nacionalidad

27/12/2019

Kate Tandy @katetand

 

En filosofía moral, se suele asumir que existen al menos dos tipos de deberes. Por un lado, tenemos deberes negativos, que nos exigen abstenernos de realizar ciertas acciones (por lo general, dañinas). Por ejemplo, es obvio que tengo un deber de abstenerme de secuestrar al hijo de mis vecinos, por mucho que me pueda molestar que se despierte llorando por las noches. Por otro lado, tenemos también una serie deberes positivos, que nos exigen ayudar a otros en determinadas circunstancias. Por ejemplo, está claro que si encuentro a un hombre mayor tirando en el suelo, y puedo ayudarle sin incurrir en ningún coste significativo, tengo la obligación moral de hacerlo.

 

En general, que esta distinción existe a nivel conceptual está fuera de duda. Evidentemente, existen discusiones sobre otros aspectos. Para algunos, esta distinción no identifica ningún hecho moral profundo, sino que depende únicamente de cómo describamos las acciones. Así, una acción podría contar, bajo una determinada descripción, como el objeto de un deber negativo, y al mismo tiempo contar, bajo otra descripción, como el objeto de un deber positivo, del mismo modo que "me estoy dando una ducha" y "me estoy preparando para salir de casa" pueden referir a la misma acción, pese a que la descripción es diferente. Para otros, pese a que tiene sentido hablar de deberes positivos, estos no existen. Algunos autores libertarios, por ejemplo, creen que nuestros deberes son únicamente negativos: aunque puede ser loable que ayudemos a quienes se encuentran en una situación de necesidad, no existe, estrictamente hablando, el deber de hacerlo.

 

En lo que sigue, asumiré que los deberes positivos sí existen. Mi objetivo central es mostrar que una tesis central del nacionalismo cultural [i] - a saber, que tenemos deberes positivos especialmente estrictos frente a aquellos con quienes compartimos una nación cultural - es falso.

 

Por nacionalismo cultural entiendo todas aquellas posturas que sostienen que las naciones culturales existen. "Nación cultural", por supuesto, es una expresión altamente ambigua, y puede designar a un grupo de individuos que comparten un legado o una serie de prácticas culturales comunes, y que habitan un determinado territorio, o simplemente puede referirse a un grupo de individuos que comparten la creencia (que puede ser perfectamente errónea) de que tienen un legado histórico o cultural común. Es frecuente oír que existen "naciones sin estado": pues bien, tal y como yo voy a utilizar la expresión, la "nación cultural" es aquella que permite dar significado a esta idea - es decir, toda definición de "nación" que no colapse en "nación política" o "Estado" [ii]. Para mis propósitos, es irrelevante si las naciones culturales existen en algún sentido interesante. Personalmente, creo que no. Sin embargo, nada de lo que defenderé a continuación depende de ello.

 

Supongamos, pues, que existen las naciones culturales y los deberes positivos. ¿Existe alguna relación entre ambos? ¿Tenemos deberes positivos de un mayor calado hacia los demás miembros de nuestra nación cultural - aquellos con quienes compartimos una historia común, o por lo menos la creencia de compartir una historia común? Si las naciones culturales son entendidas como asociaciones voluntarias, que incluyen entre sus términos un conjunto de deberes positivos estrictos, entonces la respuesta sería afirmativa: en ese caso, tendríamos deberes positivos especialmente estrictos hacia aquellos con quienes compartimos nación porque los habríamos asumido voluntariamente. No obstante, en lo que sigue dejaré a un lado esta concepción voluntarista de la nación, que no es muy popular de todas formas.

 

Si las naciones culturales existen y son grupos en los que ingresamos de manera involuntaria, ¿tenemos deberes positivos especiales hacia sus miembros? Una forma de responder a esta pregunta es recurriendo a un caso hipotético (tal vez algo trillado, pero aún útil). Supongamos que, de camino al trabajo, me encuentro con un niño ahogándose en un estanque [iii]. ¿Qué debo hacer? Asumiendo que los costes no serían demasiado elevados, la respuesta es clara: lanzarme al agua y rescatarlo. ¿Qué podría mojarme la camisa que me he pasado un buen rato planchando esta mañana? Bien, no pasa nada; peores cosas podrían pasar. Por ejemplo, que se ahogue un niño. Desde el punto de vista del universo, el valor moral de una vida salvada es considerablemente superior a los costes que puede involucrar llegar a una reunión con retraso o estropearse el peinado.

 

Nada de esto debería ser, en principio, muy controvertido. Ahora bien, modifiquemos un poco el ejemplo: supongamos que en lugar de un niño, hay dos, y me va a resultar imposible salvar a los dos. ¿Qué debería hacer en este caso? De nuevo, es importante ver qué consideraciones pueden ser relevantes y cuáles no. El color de la camiseta de los niños, el número de brazadas que tenga que dar para llegar a ellos (siempre que esto no tenga un impacto en la probabilidad de salvar sus vidas con éxito), su religión o su sexo, todos ellos parecen claramente factores irrelevantes. Otros, como la probabilidad de recuperarse, sí parecen ser relevantes: si sé que uno de los niños ha tragado demasiada agua para poder sobrevivir una vez lo saque del agua, lo moralmente correcto parece ser salvar al otro niño, quien aun conserva una posibilidad real de sobrevivir. Para la mayoría de filósofos, otra consideración admisible sería la siguiente: si uno de los niños que se está ahogando es mi hijo, tengo un deber especial de cuidado y ayuda hacia él. Este deber, obviamente, no me permite salvar a mi hijo y dejar morir al otro niño si resulta posible salvar a ambos, pero sí me permite (y tal vez incluso me exige) ayudar a mi hijo si sólo puede salvarse uno de los dos.

 

En este caso, el nacionalista cultural afirmaría que, si uno de los dos niños es miembro de mi misma nación cultural, debería salvarle a él. Pero esto parece análogo al caso de la religión: Si no tengo un deber mayor de salvar a un niño por el hecho de compartir religión, ¿por qué debería tener un deber más estricto hacia un individuo simplemente por el hecho de compartir un legado cultural - o, peor aún, la mera creencia de que existe dicho legado? Frente a este problema, el nacionalista cultural tiene a su disposición dos estrategias: desligar la nacionalidad de la religión o mostrar que salvar a un connacional es, en un sentido relevante, más parecido a salvar a un hijo. A mi juicio, ninguna de ellas es válida.

 

Consideremos la primera estrategia. ¿En qué sentido podría diferir la nacionalidad de la religión? Una posible respuesta es que la nacionalidad es importante para el bienestar y la identidad de los individuos de un modo en que la religión no lo es. Pero esta afirmación es controvertida, pues no parece haber ninguna razón para pensar que la religión es menos importante que la nacionalidad para aquellos que se la toman en serio. Otra posibilidad es afirmar que la nacionalidad, a diferencia de la religión, es inescapable: pese a que uno puede abandonar - por supuesto, no siempre con facilidad - una religión, esto no es posible para la nacionalidad. De nuevo, esto es controvertido. Por un lado, para muchos creyentes parece resultar prácticamente imposible - o, por lo menos, no menos difícil de lo que puede resultar abandonar las creencias sobre la pertenencia a una nación cultural - abandonar la religión en la que han sido criados, debido a los elevadísimos costes que esto acarrearía. Como dice uno de los personajes de la película Delitos y faltas, dirigida por Woody Allen: "Si tuviera que elegir entre la verdad y Dios, elegiría a Dios por encima de la verdad". Por otro lado, no es obvio que la identidad nacional (el conjunto de creencias relativas a la existencia y propiedades de las una nación cultural determinada) sea inescapable. Pero es que, incluso si lo fuera, esto no probaría nada: también lo es el color de la piel, y este es un factor claramente irrelevante desde un punto de vista moral.

 

Puesto que ninguno de estos argumentos parece estar exento de problemas, tal vez una mejor estrategia para el nacionalista cultural sea mostrar que la afiliación nacional es, en un sentido relevante, análoga a la paternidad. Pero no está claro cómo podría argumentarse esto. Pensemos en algunas de las razones por las que los padres podrían tener deberes positivos especialmente estrictos hacia sus hijos. Dos candidatos son los siguientes: i) los padres tienen con sus hijos relaciones afectivas de una especial intensidad, y ii) los padres han decidido, de manera asimétrica, que sus hijos deben existir, y por lo tanto tienen un deber de procurar que sus vidas sean lo vayan de la mejor manera posible. Ninguna de estas consideraciones parece aplicarse al caso de la nación. En primer lugar, la mayoría de connacionales (pese a compartir, supuestamente, un legado cultural o una serie de creencias sobre dicho legado) no tienen entre sí relaciones afectivas especialmente intensas. De hecho, si la idea de nación cultural pretende incluir grupos complejos amplios y complejos como los vascos, los catalanes, los quebequeses, los escoceses o los grupos aborígenes en Australia, ni siquiera puede ser un requisito que los miembros de la nación se conozcan entre ellos. Por lo tanto, este primer argumento no serviría. Tampoco lo haría, a mi juicio, el segundo: si los padres tienen deberes positivos especialmente estrictos hacia sus hijos por el hecho de haberles traído al mundo, está claro que esto no tiene ningún correlato plausible en el caso de la nación. Lo que este argumento dice es: ustedes me han creado (son responsables, en definitiva, de que yo exista), y por lo tanto tienen deberes especiales hacia mí - por lo menos, hasta que me convierta en un individuo autónomo. Sin embargo, no hay ningún sentido en el que la nación (o nuestro grupo nacional) nos haya creado o sea responsable de nuestra existencia.

 

Si nuestros deberes positivos hacia otros no dependen de su religión, entonces tampoco pueden depender de su identidad cultural. Si esto es así, una de las tesis centrales del nacionalismo cultural (que las naciones culturales no sólo existen sino que además contienen implicaciones normativas) es falsa [iv]. Compartir un legado común puede ser una vivencia agradable, pero no altera de manera relevante nuestros derechos y obligaciones [v]. O, lo que es lo mismo, nuestro estatus moral.

[i] O por lo menos de una de sus manifestaciones.

[ii] Esto es compatible con que una nación cultural sea hegemónica, o tenga a su favor los mecanismos coactivos del Estado. De mi definición de "nación cultural" no se sigue que sólo las minorías nacionales lo sean.

[iii] El ejemplo procede de un texto clásico de Peter Singer, "Famine, Affluence and Morality", publicado en 1972 en la revista Philosophy & Public Affairs 1(3): 229-243.

[iv] Alguien podría responder que esto no es realmente así, porque la nación sigue siendo el sujeto de la autodeterminación política (y este es un hecho moralmente relevante). Para una crítica a esta afirmación véase: https://www.revistalibertalia.com/single-post/2019/12/11/Naciones-dret-a-decidir-critica.

[v] Una posibilidad que no he discutido aquí es la siguiente: tal vez en el caso del estanque no tenga ninguna obligación de tener en cuenta la nacionalidad de los niños a la hora de decidir, pero sí puedo hacerlo. Es decir, que, ceteribus paribus, sería permisible salvar al niño con el que comparto nacionalidad, aunque estrictamente hablando, esto no sería una obligación.  No tengo clara mi respuesta a esta postura, que en todo caso es diferente a la que estamos discutiendo aquí.

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