Feminismo y medievalismo: ¿para qué nos sirve hoy conocer a las mujeres del pasado?

13/12/2019

Héctor Martínez @oria_hector

 

En 1995, Megan McLaughlin[1], historiadora especializada en la época medieval y, más concretamente, en la historia de mujeres medievales, lanzó una pregunta al aire: «¿Cómo podemos nosotras, como feministas, justificar nuestro medievalismo?» En aquel trabajo de finales de siglo, McLaughlin comenzaba verbalizando algunas preguntas propias que se había ido haciendo a lo largo de su fructífera carrera como investigadora y que tenían como objetivo último el tratar de entender si la devota dedicación de las investigadoras a las «minucias» de la vida y cultura medievales podía «aliviar la opresión y mejorar la situación de las mujeres en el mundo actual» o si, por el contrario, podría estar contribuyendo a empeorarla, al focalizar su energía en la investigación del pasado en lugar de hacerlo en otras actividades con más impacto para nuestro día a día.

 

Confieso que este primer párrafo consiguió incomodarme. Que McLaughlin, una medievalista cuya obra intelectual sigo de cerca, se plantease la posibilidad de que las feministas que nos dedicamos al estudio de la Edad Media estuviésemos incluso empeorando la situación de las mujeres actuales al estar restando esfuerzos a otras actividades (por omisión, se entiende que más importantes que el medievalismo), me hizo pensar en el cuestionamiento al que son generalmente sometidas las humanidades. Cada vez parece más común considerar que las disciplinas provechosas para la sociedad son aquellas relacionadas con la salud, el avance tecnológico o el aumento del confort. Al menos en esos términos es frecuente entender la calidad de vida de nuestra especie, pero también la utilidad de un estudio, de una profesión: su rentabilidad pragmática en la vida humana a corto, medio y largo plazo está más difícilmente asociada (o cuando menos, desigualitariamente asociada) a posibles mejoras en la manera de pensar, de comportarse, de formarnos como ciudadanos que construyen a su vez sociedades.

 

En las siguientes líneas no quiero tanto justificar mi medievalismo a pesar de mi feminismo, como parecía invitarnos a hacer McLaughlin, sino mostrar en qué modo el medievalismo nos puede ayudar a (re)posicionarnos en el feminismo. En concreto, explicaré para qué pienso que nos puede servir en nuestro mundo actual conocer los mundos y vidas de las mujeres que nos antecedieron. Vaya por delante el hecho de que, en mi opinión, entender nuestro pasado es un ejercicio indispensable para revisarnos en el presente, pero, también, para proyectarnos hacia el futuro. Porque si «quizá la historia universal es la historia de unas cuántas metáforas», como decía Borges, puede que solo tengamos que leer más —y, específicamente, leer más textos antiguos— para pensar(nos) mejor (en) el mundo; puede, también, que ese sea el camino para construirnos la vida que merecemos.

 

 

Modos en que el pasado se hace presente

 

Todos los relatos que nos rodean, es decir, todo lo que se nos cuenta a través de diferentes soportes y medios (la literatura, el arte, el cine, la música, la publicidad, etc.), se podrían observar como un sistema de prácticas que, repetidas en el tiempo, ayudan a construir unas imágenes, roles y comportamientos específicos que se espera que las personas cumplan dentro de la sociedad. La buena noticia es que, si los estereotipos que nos afectan se han ido consolidando a lo largo del tiempo, esto significa que podrán ser también deconstruidos de manera progresiva.

 

Específicamente para la cuestión de género, creo que es muy útil establecer un diálogo con los relatos de otras épocas: solo desde la confrontación histórica de las diferentes maneras que hemos tenido de contar y de ser contadas podremos localizar las incongruencias y las fracturas, pero también las consistencias de las historias que siguen dando forma a nuestro presente. Más relevantemente, podremos asimismo identificar las estrategias de transgresión utilizadas por quienes nos precedieron y ver qué hay para nosotros de provechoso todavía en ellas.

 

 

Los ejemplos de las mujeres medievales hoy

 

En muchas ocasiones, fuera del mundo académico han circulado tópicos acerca de la Edad Media como un periodo oscuro, dominado por una misoginia monolítica, la ausencia de representación de las mujeres en la vida pública y la austeridad intelectual femenina. Si yo misma hago el esfuerzo de pensar en qué mujeres medievales importantes me enseñaron en la escuela, mucho antes de que decidiese indagar por mi cuenta sobre ellas, solo consigo recordar a la reina Isabel la Católica. Quizás me hablaron de alguna otra más, pero el hecho de que no me vengan a la mente es sintomático de la deficiencia de la integración de la perspectiva de género en las aulas. Lo grave del asunto es que el escenario que tradicionalmente nos han enseñado no recoge la variedad de oficios y responsabilidades que las mujeres tuvieron a lo largo de la historia y, por supuesto, también durante el medievo. Recientes investigaciones han demostrado que algunas profesiones medievales que se creían exclusivamente masculinas, como la iluminación y copia de manuscritos, las realizaban también mujeres[2]. Ellas fueron parte indispensable en la transmisión de la cultura tal y como hoy la conocemos. Fueron artesanas, artistas, pensadoras, escritoras, mecenas, administradoras de diversos derechos y poderes, regentes de territorios…y, sin embargo, apenas se nos habla de ellas.

 

¿Cómo podemos acercar a la ciudadanía una imagen más justa y con perspectiva de género acerca la realidad medieval? Mi propuesta consiste en aproximarnos al contexto y vida de las mujeres que nos precedieron a través de la lectura atenta de los textos de la época, algo que se podría implementar sin grandes esfuerzos en las clases de historia y literatura de los colegios e institutos.

 

Al alumnado seguro que le motivaría saber que mujeres como la abadesa Hildegarda de Bingen (Alemania, ss. XI-XII), tremendamente culta, polifacética y activa, se carteaba con emperadores, papas, obispos e importantes nobles —hombres y mujeres— de toda Europa. Todos ellos admiraban y confiaban en su sabiduría y consejo, pues era una mujer tocada por Dios. Esa fue la estrategia que le permitió escribir sobre teología, un ámbito antes negado al sexo femenino[3]. Hildegarda consiguió consolidarse como una autoridad en la materia recurriendo a las visiones proféticas: ella, que se definía repetidas veces como «indocta» a lo largo de su obra, pudo abrirse paso en el elenco de autoridades masculinas de la época porque afirmaba ser una simple médium de la divinidad, recibiendo sus visiones «con la mente pura, con los ojos y oídos del hombre interior, según era voluntad de Dios». Una lectura atenta del epistolario y de la obra de Hildegarda en las aulas podría conectar al alumnado con preocupaciones y debates actuales. ¿Qué espacios, profesiones y ámbitos les son negados ahora a las mujeres de nuestras sociedades o, cuando menos, son todavía predominantemente masculinos? ¿Qué estrategias están usando las mujeres de hoy para abrirse camino en un mundo de hombres?

 

Tristemente, aún nos afectan tópicos y estereotipos que hunden sus raíces en épocas muy antiguas, como pueden ser el de la mujer como sexo débil o la consideración de su valía con fines únicamente reproductivos. Pero del mismo modo que hoy nos oponemos a esas categorías, también a lo largo de la historia medieval hubo voces que se alzaron para defender las capacidades positivas de las mujeres y su agencia con relación a ámbitos diversos, como la ética, la educación o la política. Así, puede que a los jóvenes les gustase conocer que aunque desde el siglo XIV hasta la Revolución Francesa existió en Europa un debate de grandes dimensiones llamado la Querella de las mujeres, en el que la sociedad culta de la época se dividía entre quienes defendían el acceso de la mujer a la educación y quienes lo consideraban inoportuno y pernicioso —pues creían que el sexo femenino era naturalmente inferior—, nunca dejó de haber mujeres relevantes en todos los aspectos de la vida pública. Precisamente, Christine de Pizan (Francia, ss. XIV-XV) escribió su Ciudad de las damas como un espacio de confirmación del valor de las mujeres. En territorio hispánico tuvimos, por ejemplo, a hombres «profemeninos» como Diego de Valera o Juan Rodríguez del Padrón, que dedicaron sus respectivos Tratado en defenssa de virtuosas mugeres y el Triunfo de las Donas a la reina María de Aragón, auténtica impulsora de la producción literaria en la Corona de Castilla durante la primera mitad del siglo XV[4].

 

Esta es solo una pequeñísima muestra. De la mano de los documentos literarios e históricos conservados, en las aulas se podría tejer un hilo conductor que mostrase a las nuevas generaciones cómo a lo largo de toda la Edad Media las mujeres desempeñaron papeles clave en la vida privada y pública de sus respectivos entornos, siendo sujetos relevantes en la construcción histórica de las sociedades antiguas y de las identidades y relaciones de género.

 

Confío en que realizar lecturas y revisiones de este calado no solo sería una manera de hacer justicia histórica al nombre de las mujeres que nos precedieron, tan largamente silenciado (y, en el mejor de los casos, recuperado casi en exclusiva por los debates académicos), sino que sería también beneficioso para que el alumnado tuviese referentes femeninos en ámbitos profesionales y épocas históricas muchas veces ignoradas en los currículos educativos. Este conocimiento serviría, por un lado, para incentivar el espíritu crítico de los más jóvenes en torno al trabajo desempeñado por aquellas mujeres y su papel socio-cultural. Por otra parte, sería el pretexto perfecto para buscar en los textos antiguos cuáles eran los tópicos genérico-sexuales que, desde la Edad Media hasta hoy, todavía nos afectan. Aún mejor, el alumnado podría sacar provecho de las estrategias seguidas por las mujeres y hombres del pasado para subvertir esos códigos y abrirse paso en medio de las adversidades.

 

 

La necesidad de una investigación humanística aplicada

 

Con algo de lógica, conocer de dónde venimos y sobre qué modelos hemos construido nuestros comportamientos y actitudes como sociedad nos ayudará a saber hacia dónde queremos ir y cómo podemos deconstruirnos. Con algo de suerte, nuestros antepasados podrán servirnos de inspiración y fuerza para el viaje. El verdadero reto para mí reside en que el conocimiento generado por las investigaciones sobre la Edad Media consiga traspasar las fronteras del mundo académico, transfiriéndose e integrándose, a partir de compromisos y medidas concretas, en la sociedad actual.

 

[1]McLaughlin, Megan (1995): “On Feminism and Medievalism: Musings from a Prone Position”, Medieval Feminist Newsletter, 19, pp. 21-23.

 

[2] Véase, por ejemplo, una noticia de este año: https://elpais.com/elpais/2019/01/09/ciencia/1547023988_185800.html.

 

[3]Santos Paz, José Carlos (2007): “Sexo y género en la obra de las escritoras medievales hasta el siglo XII”, en Romero Portilla, Paz y García Hurtado, Manuel Reyes (eds.), De cultura, lenguas y tradiciones, A Coruña, Servizo de Publicacións da UdC, pp. 137-154.

 

[4] Pelaz Flores, Diana (2014):“A la más virtuossa de las mujeres”. La reina María de Aragón (1420-1445) como impulsora de las letras en la Corona de Castilla”, Hispania, 74/247, pp. 331-356.

 

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