¿Cuántas naciones hay en España?: Charla con X.M. Núñez Seixas

 

 
En un tiempo en el que los principales líderes políticos se arrojan unos a otras preguntas como “cuántas naciones hay en España”, y en el que la exhumación de Franco constituye un asunto de Estado, parece necesario acudir a un texto como "Suspiros de España: El nacionalismo español 1808-2018" (ed. Planeta, 2018),  para abordar de forma rigurosa dichos asuntos.

La obra constituye una exposición de calidad, al tiempo que sintética y asequible, de la evolución histórica del nacionalismo español desde la contemporaneidad hasta la actualidad, que le ha valido a su autor el Premio Nacional de Ensayo de 2019.

 

Hoy charlamos con Xosé M. Núñez Seixas (Ourense, 1966), doctor en Historia Contemporánea por el Instituto Universitario Europeo de Florencia y catedrático en la Universidad de Santiago de Compostela, sobre la historia reciente de España y su nacionalismo. 
 

 

-En la pág. 10 sostiene que “el nacionalismo implica una propuesta de identidad colectiva de dimensiones culturales y políticas, pues atañe a la definición del sujeto de derechos políticos colectivos y a la legitimidad del poder ejercido en ese territorio”. Asimismo, en las págs. 126 y 129, analizando la variante regionalista del nacionalismo español liberal-conservador hace referencia a la concepción del considerado como “regionalismo sano” gallego frente al diferente “derecho a la autodeterminación”: ¿Qué diferencia habría entre nacionalismo y regionalismo? ¿Es una diferencia de grado o más bien cualitativo?

 

Es una diferencia cualitativa, y muy esencial. Regionalistas y nacionalistas, cierto es, formulan reivindicaciones de autogobierno relativas a un territorio determinado, elaboran discursos de legitimación de esas demandas, y aluden a la historia, a la cultura, a los intereses compartidos, etc. A menudo, con estrategias muy parecidas. Pero el nacionalista sostiene que su territorio es sujeto de derechos políticos colectivos, esto es, es titular de la soberanía, y por tanto reivindica (en última instancia) el derecho de autodeterminación; su narrativa no se subordina a una entidad superior y de la que forma parte, por lo que acostumbra además a ser más trabada y homogénea. El regionalista puede reivindicar la descentralización, formas de autogobierno variadas para un territorio, asumir argumentos historicistas o culturales, apelar a los intereses socioeconómicos compartidos, y utilizar ampliamente el agravio comparativo. Pero nunca reivindicará el derecho de autodeterminación para su territorio, y siempre verá sus argumentos como una contribución peculiar y distintiva a la nación, un territorio mayor y que comprende otras regiones. Teruel Existe o el PRC de Revilla, incluso Coalición Canaria, no reivindican la autodeterminación de sus territorios, sino básicamente competencias y recursos; el BNG o el PNV sí, aunque adopten estrategias gradualistas o autonomistas, o renuncien a la independencia como opción en el medio plazo.

 

 

-Parece un tanto paradójico que, por un lado, se afirme que “los españoles nunca habían constituido una raza pura, sino que eran el resultado de una mezcla de pueblos”, proceso que había continuado en América -“Cuba y Puerto Rico eran algo más que colonias: eran consideradas partes integrales de la nación española” (pág. 28)-, y que, por otro lado, se sostenga que el mantenimiento de la esclavitud era contemplado como “la última trinchera de la defensa de la civilización católica y el orden social en la isla y en el conjunto del imperio, así como de la identidad hispánica” (pág. 29). ¿Cómo es posible que convivieran esta concepción multicultural y multirracial de España con esta defensa a ultranza de la esclavitud?

 

Porque esa concepción multirracial excluía de entrada a los afroamericanos, esto es, a los esclavos africanos y sus descendientes, que no eran considerados parte de la “amalgama” de razas que habría dado lugar a la identidad española en la España metropolitana, y que tendría una extensión en América. Hay que decir, no obstante, que la idea de la “amalgama racial” era mantenida sobre todo por intelectuales, antropólogos e historiadores, y servía de instrumento para, después de 1824, defender que las islas del Caribe e incluso Filipinas eran parte consustancial de España. Los negros africanos y los chinos (culíes) de Cuba se situaban fuera de esa categoría inclusiva; y la radicalización del conflicto cubano tras la guerra de los diez años (1868-78) exacerbó la identificación entre mantenimiento del orden colonial y orden social en las islas caribeñas.

 

 

-Aborda el problema de “la falta de un enemigo exterior claramente definido a lo largo del siglo XIX” (págs. 35 y ss.) en la forja del nacionalismo español. Así como que “las guerras coloniales decimonónicas” demostraron la “eficacia nacionalizadora de las contiendas exteriores”. Con ello sugiere que, en cierta medida, ¿la construcción de la nación necesita -o se ve muy facilitada- si se confronta otro grupo?

 

Sí, la construcción del nosotros siempre necesita, explícita o implícitamente, de un ellos. Un enemigo externo facilita extraordinariamente la cohesión del cuerpo nacional, minimiza el disenso y obliga a los distintos actores sociopolíticos a aparcar las diferencias. La falta de ese enemigo exterior definido la echaban en falta, p. ej., los republicanos que, en 1914-18, defendían la intervención de España a favor de la Entente en la Gran Guerra, cuando afirmaban que sólo participando en una empresa de ese calibre podría España culminar un proceso de construcción nacional ineficiente. Y, de hecho, cada vez que hubo conflictos coloniales o incidentes con grandes potencias en el siglo XIX, tenían lugar movilizaciones populares alrededor de los símbolos nacionales.

 

 

-Entre las páginas 68 y 77 realiza un examen de la situación de la situación de los “idiomas vernáculos” en la España franquista, diferenciando entre una primera fase de marginación casi absoluta en pro del castellano y una paulatina apertura por parte del régimen. Sin embargo, en la pág. 75 advierte que “las concesiones legales del régimen en materia lingüística llegaron demasiado tarde”. ¿A qué se refiere con ello? ¿Considera que la primera política lingüística franquista reforzó posteriormente los nacionalismos subestatales?

 

En buena medida, la política franquista durante los años cuarenta hizo parecer plausible y creíble la percepción de muchos nacionalistas periféricos derrotados en la guerra civil, según la cual la ocupación franquista era una ocupación “española”, sin más atributos. Eso se acompañó de los cambios generacionales y sociales que afectaron también a los territorios donde persistían, en la clandestinidad y en la memoria familiar, los sentimientos nacionalistas alternativos al español. En todo caso, dentro del régimen coexistían distintas sensibilidades hacia el mantenimiento de la variedad etnolingüística de España, desde los partidarios de hacer tabula rasa de cualquier lengua distinta del castellano hasta quienes abogaban por la supervivencia de idiomas y culturas, y memorias del pasado, diversas pero no negadoras de su común españolidad, y que consideraban que bien estaba que el gallego, el euskara o el catalán se siguiesen hablando en la intimidad, o se cultivasen para géneros literarios menores. Todos compartían, empero, que la auténtica lengua de cultura no podía ser otra que el castellano, y que asimismo debía ser la lengua exclusiva de la administración y la enseñanza. En los años 50 y 60 se ampliaron los márgenes de tolerancia, patentes p. ej. en los permisos para publicar novela y ensayo en lenguas vernáculas, la conllevancia de la actitud de algunos sectores eclesiásticos que seguían predicando en catalán, euskara o gallego, y en los 60 el surgimiento de las ikastolas como iniciativa de la sociedad civil. Sólo con la Ley General de Educación de 1970 se abrieron rendijas legales para la introducción de las “lenguas regionales”, incluido el árabe en Sáhara Occidental, en la educación, y en 1975 se aprobó una norma regulatoria de su uso en la administración. Fue, en efecto, muy tarde.

 

 

-En la pág. 80 plantea que: La larga persistencia de una memoria histórica reciente dividida y enfrentada no sólo ha dificultado la cristalización de alianzas político-estratégicas estables entre los principales partidos españoles de izquierda y derecha alrededor de un programa común de defensa de la integridad nacional frente al desafío de los nacionalismos subestatales, como sí podría ocurrir en Alemania, Francia o Italia. También ha supuesto un obstáculo para forjar un patriotismo constitucional español”. Dos preguntas entonces. ¿Cuáles son los ingredientes principales para conseguir una memoria histórica compartida? Y: ¿Qué entiende por “patriotismo constitucional español”?

 

Sobre la primera pregunta, no existe una receta aplicable para cualquier país y circunstancia. Son los actores concretos los que deciden qué recordar y qué olvidar. Pero en el caso español, la transición a la democracia no vino acompañada de una justicia transicional, ni de una condena del pasado reciente, ni de un ajuste de cuentas satisfactorio con el mismo, sino de un olvido interesado y condicionado por la correlación de fuerzas presentes. Eso también se trasladó al ámbito de la identidad nacional compartida, no sólo entre identidad española e identidades subestatales, sino también entre las distintas variantes y tendencias del patriotismo/nacionalismo español.

 

Sobre lo segundo, patriotismo constitucional es, básicamente, nacionalismo cívico o patriotismo cívico: primacía del demos sobre el ethnos, de la nación de ciudadanos sobre la de las esencias histórico-culturales. El concepto “patriotismo constitucional” experimentó cierta difusión en España a partir de 1991, mediante una asimilación de la música de la formulación original para Alemania de Sternberger y Habermas (lealtad a una Constitución como norma suprema y como fundamento cívico de una identidad nacional), pero no de toda su partitura (que incluía al menos dos elementos que aquí se obviaron: una permanente actitud de Vergangenheitsbewältigung, de actitud crítica y condenatoria (ajuste de cuentas) con el pasado dictatorial reciente; y una fidelidad a los valores expresados en el texto constitucional, que no necesariamente a su intangibilidad o literalidad). Además, el concepto no tenía capacidad suficiente de atracción allí donde el demos, el colectivo o comunidad que servía de fundamento a esa constitución, estaba en discusión (en el caso alemán, ese demos existía, lo que urgía para Habermas era “civilizar” su expresión nacional). La falta de acuerdo sobre una política de condena del pasado reciente, a medio y largo plazo, es en España un elemento permanente de división entre la derecha y la izquierda a la hora de pensar una nación común.

 

 

-En relación con la actualidad política: ¿En qué corriente dentro de la distinción que realiza de los nacionalismos “de derechas” (págs. 87 y ss.) considera que cabría inscribir a Vox y al Partido Popular (de Pablo Casado)?

 

En el nacionalismo de la derecha democrática, incluyo explícitamente al Partido Popular, que intenta alejarse de la sombra del franquismo, de esa nostalgia nacionalcatólica. Vox era en 2018 un fenómeno aún muy minoritario, y de hecho en una reedición del ensayo tendría que otorgarle un espacio específico. En todo caso, Vox reúne ingredientes de nostalgia nacionalcatólica, pero se encuadra más bien en la familia de la derecha radical, por ingredientes como el nativismo (preferencia a los “nacionales” frente a los inmigrantes en el acceso a los servicios y el mercado de trabajo), el nacionalismo radical (la unidad de España es más importante que la democracia, punto este que implícitamente también asumía Cs y parte del PP), acompañado del énfasis en la recentralización del Estado, el antifeminismo y la oposición a los “valores de la izquierda”, a los que opone valores presuntamente “españoles” y tradicionales (desde la caza a los toros), y un creciente distanciamento del proyecto europeo en nombre de la recuperación de la “soberanía” del pueblo español. Sin embargo, a diferencia de la extrema derecha clásica, enarbola la bandera constitucional y proclama su lealtad a la Constitución de 1978 y a la Monarquía, y no hace especial hincapié en su nostalgia franquista. Y son ultraliberales, frente al (neo)fascismo clásico.

 

 

-En diversos momentos (págs. 107, 110, 112) sostiene que los gobiernos de José María Aznar “se esforzaron por normalizar la conciencia histórica de los españoles”, algo que tuvo  cierta continuidad en los gobiernos de Mariano Rajoy. Pasados ya bastantes años, ¿cómo valora el éxito o fracaso de este proyecto nacionalizador liberal-conservador para España?

 

De forma ambivalente. Aznar, en particular, inició una campaña de reconquista de la “hegemonía cultural” por parte de la derecha conservadora, que extendió a varios frentes —la prensa, el mundo de la cultura, el audiovisual, la interpretación del pasado…. También, en particular a partir del 2000 (mayoría absoluta), asumió el programa que ya estaba en ciernes dentro de los círculos pensantes de su partido: renacionalizar España a través de los símbolos, tanto formales (bandera, himno) como banales (deporte, etc.). El hecho de que hoy en día muchos españoles hayan asumido como normal enarbolar esos símbolos sin los complejos de sus padres o hermanos mayores en la Transición se puede interpretar como un éxito diferido de esa política de renacionalización. Pero también contribuyó a tensar la cuerda con los nacionalismos periféricos y sus paralelas políticas de nacionalización en sus territorios. Una vez más, lo que fracasó fue el proyecto de patriotismo constitucional en clave liberal-conservadora, en buena parte por las dificultades y reticencias de amplios sectores de esa derecha para a) asumir una auténtica condena radical del pasado reciente, ajustando cuentas con él, y b) porque fueron varios los que consideraron (p. ej., Edurne Uriarte en su momento) que la fórmula del patriotismo constitucional era demasiado blanda y etérea para combatir a nacionalismos como el vasco o el catalán, supuestamente más ambiciosos y desprejuiciados en su afirmación de la nación propia..

 

 

-Una de las críticas que realiza a este proceso de construcción nacional es que no se ha preocupado por llevar a cabo una refundación de la comunidad nacional (pág.120). ¿Cómo cree que habría de llevarse a cabo esta refundación? ¿Sería necesario llevar a cabo una reinterpretación determinada del pasado histórico de España? ¿Sería adecuado deshacerse o dejar atrás símbolos actualmente nacionales como la rojigualda o la Marcha Real, tal como se recoge que propusieron J. Solé Tura o Peces-Barba entre otros (pág. 172)?

 

No existe fórmula mágica alguna, cada sociedad se reinventa a sí misma como comunidad nacional en diversos momentos. Como expuse antes, creo que una carencia básica de todo patriotismo constitucional español que se precie ha sido y es la dificultad de forjar algo parecido a lo que en Europa occidental realizaron varios patriotismos/nacionalismos de Estado tras 1945: un consenso antifascista (antifranquista, en este caso), que abarcase a la izquierda y a la derecha. Es decir, una mirada común al pasado reciente, acompañada de un consenso proactivo (y no resignado) alrededor de los símbolos heredados. No creo, en este sentido, que a día de hoy cambiar la Marcha Real o la rojigualda fuese a convencer a sectores significativos de la población catalana o vasca para dejar atrás su rechazo de la identidad española, pero sí que mostraría una voluntad de avanzar en ese sentido.

 

 

-De la lectura de las páginas 133 y siguientes referentes a la relación del PSOE con el nacionalismo español y los periféricos, parece desprenderse que esta fue siempre cambiante y algo confusa. Resulta llamativo que con frecuencia desde el partido se apelara y se apele a la “nación cultural” como algo diferente de la “nación política”, así como al concepto “nación de naciones”. ¿Qué opinión le merecen estas ideas y distinciones habituales en el PSOE?

 

Desde el punto de vista estrictamente teórico, son conceptos muy débiles. Se basan en una lectura superficial, en mi opinión, de la distinción que Friedrich Meinecke estableció a principios del siglo XX entre Staatsnation y Kulturnation, referida a un contexto muy distinto (el imperio austrohúngaro y el alemán).  Y en mi opinión, la distinción entre nación política y cultural es artificial: se quiere expresar de forma suave o políticamente correcta la idea de España como nación plural o multicultural: la nación o es política (titular de soberanía) o no es nación, es otra cosa. Lo mismo con lo de nación de naciones, que strictu sensu es un galimatías teórico (como lo es buena parte de la obra de Anselmo Carretero, en la que se basa), y que parte de la base de que en España hay una nación política y superior (por ser tal, es decir, por ser titular de la soberanía) que subsume varias naciones que lo fueron quizá en el pasado, pero no del todo en el presente. Dicho esto, a menudo lo que es operativo en política son los conceptos ambiguos e interpretables desde diversos puntos de vista, que favorecen el consenso. Si con eso se quiere recoger que para muchos ciudadanos las identidades nacionales son compartidas y/o híbridas, y se le da una plasmación jurídico-institucional aceptada por una mayoría, pues quizá funcione.

 

 

-En las págs. 146 y siguientes se analiza el argumento de que un cierto grado de homogeneidad cultural es necesario para garantizar cualquier tipo de patriotismo cívico. Por tanto, serían necesarias ciertas apelaciones a la “historia, a la cultura o a otros elementos emocionales, contemplados como instrumentos eficaces para cementar la cohesión social”, un “vínculo comunitario y emotivo, basado en afectos y emociones, que evitaría a toda costa definirse a sí mismo como nacionalismo”, y que a duras penas puede verse satisfecho por el “nacionalismo banal” o “de consumo” (pág.199). Visto el pasado reciente de España, ¿cree usted que todavía es posible construir este vínculo? En caso afirmativo, ¿qué recomendaciones daría?

 

Soy historiador y prefiero ocuparme de los muertos, del pasado. Lo curioso es que a los historiadores se nos suele preguntar también por los vivos y por los que van a nacer. Yo no presupongo de forma normativa que un patriotismo efectivo (constitucional o no) deba basarse en elementos orgánico-historicistas o en basamentos culturales fuertes. En todo caso, reproduzco lo que muchos patriotas españoles piensan: que sin un cierto poso compartido de experiencias pasadas, proyectos comunes y una base cultural más o menos fuertes que sirvan de vínculo social, que cimenten la solidaridad social entre los miembros de la nación, es difícil pensar en un concepto de España con visos de futuro. La experiencia histórica parecería abonar ese aserto: las confederaciones o uniones laxas sin vínculos fuertes acaban por desaparecer. Sin embargo, la situación española también muestra que ni los nacionalismos periféricos son capaces de imponer su hegemonía indiscutida en sus territorios de referencia, ni lo es el nacionalismo español en el suyo. Una situación de empate permanente, que quizá requerirá de soluciones imaginativas, tanto por parte de las élites políticas como por parte de constitucionalistas y teóricos. Ahora mismo, en un panorama de polarización, no parece avistarse una solución. No creo que se pueda buscar un futuro en el pasado (defensa a ultranza de la Constitución sin más),  pero tampoco creo que el pasado haya muerto del todo, y que quienes proponen una refundación constituyente tengan una mayoría suficiente.

 

 

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