Reseña: "Por un populismo de izquierda" (ed. Siglo Veintiuno Editores, 2019) de Chantal Mouffe

13/12/2019

Mika Baumeister @mbaumi


En la coyuntura política occidental pocas dudas existen sobre que una de las categorías centrales que la atraviesa es la de ‘populismo’. El amplio arco en el que se utiliza el término recorre la izquierda y la derecha, liberales y conservadores, autoritarios y demócratas: Salvini y Orbán, Trump y Maduro, Bolsonaro y Erdogan, Evo Morales y Boris Johnson han sido declarados, por innumerables analistas, como populistas. ¿Qué características comparten todos ellos? ¿Por qué a líderes situados en extremos opuestos se los agrupa bajo el mismo alias? ¿Cuáles son las diferencias específicas entre los populismos de izquierda y de derecha? En un tiempo en que la precisión y la profundidad argumentativa escasea por obra de fake news y otras circunstancias comunicacionales, el último libro de Chantal Mouffe, profesora de la Universidad de Westminster, representa una excelente ocasión para discutir con rigor y compostura intelectual el concepto de 'populismo'.

 

La autora deja en claro desde el inicio que el texto “pretende ser una intervención política” (p. 24). Naturalmente, el objetivo político descansa en una compleja y bien fundamentada teoría. La estrategia de Mouffe consiste en defender un enfoque antiesencialista en el cual considera que la sociedad vive permanentemente en división y conformada por medio de hegemonías. Esta última categoría debe leerse bajo la óptica de Antonio Gramsci, pues Mouffe rescata su legado para proyectar sus tesis. La hegemonía describe el proceso por el cual una clase dominante hace que su cosmovisión constituya el sentido común de la sociedad. Mediante un conjunto de factores intelectuales, económicos y políticos la clase dominante afirma su liderazgo por un bloque de ideas que son aceptadas como la ideología propia de determinada comunidad. Desde los años 80, la hegemonía occidental la mantiene el neoliberalismo, basado en la unión entre economía capitalista y democracia liberal.

 

A raíz de dicha hegemonía, Mouffe describe el presente europeo como una situación de “posdemocracia”, es decir, un escenario en el cual “la tensión agonista entre los principios liberales y los democráticos –que es constitutiva de la democracia liberal– fue eliminada” (p. 30). Así pues, la democracia se limita a la realización de elecciones cada ciertos períodos y a la defensa de los derechos humanos. En opinión de Mouffe, la posdemocracia implica que la esencia del fenómeno político –el conflicto–  desaparezca, y el sistema liberal sólo permita la alternancia entre partidos de derecha e izquierda, pero sin cuestionar la distribución de la riqueza ni diseñar proyectos políticos alternativos. Por ello, la política “ha pasado a ser una mera cuestión de administración del orden establecido, un dominio reservado a expertos, y la soberanía popular ha sido declarada obsoleta.” (p. 32).

 

El modelo hegemónico neoliberal es el que según Mouffe está en crisis. Por tal motivo, la autora alega que la coyuntura europea actual vive un “momento populista”, esto es, la expresión de “una variedad de resistencias a las transformaciones políticas y económicas sufridas durante los años de hegemonía neoliberal.” (p. 27). La erosión de los ideales centrales de la tradición democrática occidental –libertad e igualdad– son los que están en juego en el actual momento. La emergencia de varios movimientos políticos como Syriza en Grecia y Podemos en España, Die Linke en Alemania y La Francia Insumisa en Francia, el Bloco de Esquerda en Portugal y la centralidad que ha adquirido el Partido Laborista británico comandado por Jeremy Corbyn, son algunos de los ensayos políticos que interponen reclamos frente a la concentración cada vez más intensa del poder económico, la destrucción del medioambiente, el desempleo masivo, la precarización laboral o el ajuste del gasto público.

 

En este escenario, el objetivo teórico-político de Mouffe reside en postular un “populismo de izquierda(de ahí el título del libro). La singularidad del proyecto pasa por unificar aspiraciones, deseos y reclamos democráticos de diversos grupos sociales, tales como la clase baja y media, el movimiento feminista, grupos LGBTQ, los inmigrantes, activistas medioambientales, etc., para “construir un nosotros, un pueblo capaz de enfrentar a un adversario común: la oligarquía.” (p. 39). La construcción de un nosotros frente a un ellos remite a una lógica agonal [1] de la política donde se postula la existencia de un adversario pero no un enemigo, como en ocasiones se ha malinterpretado al pensamiento de Mouffe. El núcleo de esta lógica consiste en que para profundizar la democracia es provechoso permitir que los conflictos adopten una forma donde los oponentes no sean enemigos sino adversarios: las partes en juego reconocen la legitimidad política del oponente y el disenso, que a veces puede ser radical e irreconciliable, se reconduce a través de las mismas instituciones democráticas.

 

Bajo este orden de ideas, el pueblo debe oponerse a las élites que concentran el poder económico mediante la articulación de sucesivas demandas [2]. Mouffe entiende que el término pueblo es una construcción discursiva empírica, histórica y contingente. Por tanto, no existe una “esencia” de pueblo, esto es, hay diferentes grupos políticos, sociales y culturales que conforman un pueblo mediante un vínculo de intereses estratégicos: se comparten ciertos reclamos bajo una oposición común frente a las elites. En su teoría no hay algo así como “un pueblo” homogéneo, idéntico, unitario compacto y estable, ni es una categoría sociológica abstracta y tampoco es la masa. De este modo, los pueblos siempre pueden disolverse y constantemente crearse nuevos. 

 

Páginas adelante, y con un gesto interpretativo especialmente audaz en el cual reconoce en el adversario el éxito de una táctica política, Mouffe examina el gobierno de Margaret Thatcher y no duda en calificarlo como “populista”[3] (p. 47). La estrategia de Thatcher fue construir una hegemonía –la neoliberal– y debilitar a los agentes sociales que tenía frente a sí y le obstruían sus objetivos: los sindicatos (a los que literalmente destruyó), la burocracia estatal y los dirigentes laboristas. Su visión gravitó en identificar una frontera política, económica e ideológica entre las fuerzas del establishment y los actores mencionados, lo que le permitió “desarticular la hegemonía socialdemócrata y pudo establecer  un nuevo orden hegemónico basado en el consentimiento popular” (p. 48). Derrumbada la hegemonía socialdemócrata, se instituyó un neoliberalismo individualista, competitivo y anti estatista en el cual el concepto neurálgico ya no era el hombre con sus derechos, sino el contribuyente, el cliente o el consumidor. En la práctica, esto implicó que el dinero de los contribuyentes no debería mantener más a las personas que no aportasen (por ejemplo, desocupados, vagos u ociosos). Ello produjo una considerable rebaja en la prestación en los servicios públicos. De hecho, una política clave del thatcherismo fue la privatización de las empresas públicas, como por ejemplo la British Gas en 1986 y las viviendas sociales. Recuérdese la célebre frase de la Dama de Hierro: “El dinero público no existe: sólo el dinero de los contribuyentes”. Invirtiendo los términos y la perspectiva, Mouffe propone “aprender de la estrategia de Thatcher” (p. 54) y construir una hegemonía de izquierda que persiga la profundización y la radicalización de la democracia.

 

El capítulo del libro más rico y sugerente es el titulado “Para una radicalización de la democracia.” En él expone la plataforma política del populismo de izquierda y cómo, eventualmente, podría acceder al poder a través de una nueva hegemonía. En este punto es necesario ser cauteloso, pues una lectura rápida y superficial de las tesis que propugnan “radicalizar” la democracia implicaría una quiebra del orden constituido y una política desde cero. Nada más lejos del pensamiento de Mouffe. El centro de su teoría consiste en mostrar que es posible realizar cambios políticos significativos a través de las mismas instituciones. Justamente, el objetivo es emprender una “crítica inmanente” (p. 62) de la democracia para articular las reformas en pos de mayor igualdad y libertad. En palabras de la autora: “La estrategia del populismo de izquierda no aspira a una ruptura radical con la democracia liberal pluralista ni tampoco a la creación de un orden político totalmente nuevo. Persigue, en cambio, el establecimiento de un nuevo orden hegemónico dentro del marco constitucional liberal.” (p. 67).

 

En consecuencia, el populismo progresista se compromete con una especie de reformismo radical, es decir, la búsqueda de reformas democráticas bajo métodos y procedimientos legales. Bajo esta visión, el Estado y sus organismos gubernamentales son concebidos como espacios públicos para interponer los reclamos democráticos de grupos sociales. Por tanto, el Estado no es un objeto a derribar ni disolver (como en la tradición marxista) sino, antes bien, un medio para canalizar las múltiples demandas de la ciudadanía. Sólo dentro del marco estatal, que implica aceptar la Constitución y la división de poderes, el sufragio universal y los derechos civiles, los partidos políticos y la prensa libre, es posible una reforma profunda de la política, en el cual una mayoría progresista y con amplia base popular llegue al poder y establezca una hegemonía, como se explicó anteriormente. Si alguien preguntase cuáles son los dos términos para definir el populismo de izquierdas planteado por Mouffe, es válido definirlo como un “socialismo liberal”[4] (p. 74): perseguir el camino socialista con las reglas de la democracia liberal.

 

Expuesto el mapa general del libro, cabe esbozar algunas opiniones sobre las tesis planteadas por Mouffe. En primer lugar, el aspecto negativo es que las ideas expuestas son reconstrucciones y actualizaciones de obras anteriores, por lo que en diversos párrafos repite conceptos ya trabajados, como el de hegemonía, antagonismo, radicalización de la democracia o pueblo. Por esta razón, la novedad teórica e intelectual del libro es escasa. En segundo lugar, la teoría de Mouffe, que asume intensos compromisos emancipatorios, es realista y las reformas que plantea son completamente plausibles. Vale decir: la idea de un reformismo progresivo pero profundo de las instituciones democráticas para conquistar nuevos derechos o intensificar el igualitarismo es perfectamente posible.

 

El aumento cotidiano de las desigualdades, que en los últimos veinte años ha originado múltiples resistencias ciudadanas y luchas por el reconocimiento, podría combatirse mediante demandas de clases y grupos heterogéneos en el marco de los Estados constitucionales de Derecho. Además, un populismo de izquierda inclina la balanza hacia el respeto de los derechos humanos de quienes, en un populismo de derecha, se ven excluidos: piénsese cómo son tratados los inmigrantes en el gobierno de Trump (recientemente declaró que habría que balearlos en las piernas a los que intentan cruzar la frontera con México o colocar serpientes para que no ingresen) [5], o la concepción que tiene el Frente Nacional francés sobre ellos o, por último, las ideas homofóbicas de Bolsonaro sobre los derechos de los grupos LGBTQ.

 

Finalmente, las ideas de Mouffe reconocen un hecho esencial de la vida de las sociedades y que autores liberales, empeñados en suponer la noción de consenso como base de la política, se niegan a asumir: el conflicto y la división. Como la política es, ante todo, una obra humana, el conflicto no puede eliminarse de las sociedades. En este sentido, las demandas de las clases populares, de los que están abajo, son irreductibles de las aspiraciones de la oligarquía. Tal vez en ningún período de la historia de Occidente como la época actual esta irreconciliable división se ha ensanchado tanto, pues los intereses y valores de las clases populares están alejadas en extremo de los de la clase dominante. Por último, las tesis de la filósofa belga se constituyen como una herramienta política inspiradora en la búsqueda de una sociedad menos hostil y más igualitaria.   

 

 

[1] Mouffe ha desarrollado con extensión la lógica agonal de la política en su libro "Agonística. Pensar el mundo políticamente" (ed. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2014) por lo que remito a este texto para el estudio detallado de sus argumentos.

 

[2] Es importante señalar que los sujetos que componen el pueblo no se reducen a las clases, esto es, Mouffe cree que la categoría clase, protagonista central del marxismo, no revista a priori mayor importancia que otros movimientos, como activistas medioambientales o grupos feministas.

 

[3] Cabe señalar que el calificativo populista sobre el gobierno de Thatcher no lo acuñó Mouffe, sino que Stuart Hall, en su libro "The Hard Road to Renewal. Thatcherism and the Crisis on the Left", lo describió como un “populismo autoritario.”

 

[4] El "socialismo liberal" es una expresión acuñada por Norberto Bobbio que se define como la profundización de los valores democráticos sin romper el Estado de Derecho. Según Bobbio, los objetivos sociales pueden concretarse en el marco constitucional. La ecuación, entonces, combina un fuerte componente socialista (en la economía) y una defensa de la legalidad del Estado (en lo institucional), sin acudir a acontecimientos revolucionarios. Para profundizar en la concepción de Bobbio, puede consultarse su libro "El futuro de la democracia", (ed. Fondo de Cultura Económica, México, 2001).

[5] “Trump propuso disparar en las piernas a los inmigrantes que llegaran de México”, disponible en https://www.lavanguardia.com/internacional/20191002/47771419786/donald-trump-disparar-piernas-inmigrantes-mexico.html.

 

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