El conflicto político catalán: Charla con Francesc-Marc Álvaro

Chris Slupski @kslupski


La sentencia del Tribunal Supremo sobre los líderes políticos y sociales independentistas catalanes y las posteriores protestas acontecidas han supuesto otro otoño de alta carga política y social en la historia contemporánea de Cataluña.

 

Sobre todo ello charlamos hoy con el periodista y escritor Francesc-Marc Álvaro, autor del libro Ensayo General de una Revuelta (2019, Galaxia Gutenberg) (versión castellana, versión catalana). Álvaro reflexiona sobre los éxitos y fracasos del movimiento independentista catalán, así como la evolución del catalanismo desde sus orígenes y por supuesto, sobre distintos aspectos clave del actual rompecabezas catalán.

 

 

- Después de los hechos del pasado mes de octubre, ¿cuál es la situación actual del conflicto político sobre el encaje de Cataluña en España?

 

El conflicto está en una situación (o en camino) de cronificación que puede llegar a ser más o menos durable en función del tipo de gobierno que se cree en Madrid, de las próximas elecciones catalanas y de la nueva crisis económica que se avecina. Por otra parte, también hay un elemento que no controlamos, que es el nivel de crecimiento que puede tener el movimiento independentista ante las respuestas de un tipo u otro del Estado español. Porque si persiste una vía de judicialización -de mera punición- el movimiento puede crecer obteniendo apoyos de sectores por ahora dubitativos o no concernidos por la propuesta independentista. 

 

 

- En el libro se cita el profesor de filosofía del derecho Pau Luque para recoger la tesis de que dentro del independentismo conviven dos visiones: la habermasiana (la demanda independentista debe ser abordada de forma delibertativa y democrática) y la antihabermasiana (la demanda independentista tiene una naturaleza nacionalista y de justicia, lo que justificaría la vía unilateral). ¿Está de acuerdo con él que en 2015-16 los antihabermasianos ganan la partida y esto explicaría los hechos de 2017 a 2019?

 

Creo que el enfoque del profesor Luque es interesante -lo puedo compartir en parte- pero habría que añadir muchos más elementos que tienen mucho que ver con que en el otro lado no hay una respuesta política -digamos- a la británica/escocesa, y también ante el hecho de que Madrid no quiere reconocer la naturaleza política de esta crisis, encapsulándola bajo un formato penal y de orden público, lo que dificulta mucho la dinámica interna del movimiento. 

 

No estoy diciendo que el movimiento sea irresponsable respecto los caminos que toma, estoy diciendo que tiene una relación dialéctica con la otra parte del conflicto. Todo ello en la medida en que el gobierno del Estado -del PP en su momento- hace una lectura -creo- errónea de lo que está pasando en Cataluña, de forma que los actores independentistas actúan en función de ello, retroalimentándose todos ellos en el gran malentendido. Hay que completar el análisis de Luque con estas consideraciones, así como con el enfoque populista de parte del movimiento independentista, que tiene que ver con una visión antipolítica del proceso político. Por ejemplo, cuando, mediante la consigna “tenim pressa” (“tenemos prisa”), se menosprecia la gestión de los tiempos, que es -como sabemos- algo fundamental de lo político. Es una visión antipolítica también presente en el gobierno del PP en la medida en que piensa que puede entregar a la esfera judicial la resolución de la crisis. Todo ello genera la tormenta perfecta que va a desembocar en lo que conocemos como “Octubre del 2017”.

 

 

- En el libro se comenta también que hay una contradicción intrínseca en el nuevo independentismo: pretender vender una transición indolora. En el capítulo 9 se expresa cierta perplejidad respecto como el independentismo ha menospreciado la fuerza del estado. ¿Es pues la independencia unilateral un hito inalcanzable?

 

A partir del 2012, el independentismo intenta afrontar la cuestión a la manera escocesa, apelando constantemente a ese modelo. Pero ocurre que Madrid no quiere jugar un papel para nada similar al de Londres, por lo que el independentismo se encuentra que el punto de partida es impracticable. Aparece entonces la tentación de la vía unilateral, lo que va a generar una nueva realidad que cambiará el enfoque del proceso, que empieza a la escocesa para acabar en no se sabe muy bien qué.

 

La vía unilateral es el resultado de mantener el objetivo cuando la vía escocesa no es posible. ¿Qué podría haber dicho el independentismo? Podría haber cambiado el guion al comprobar que el Estado español no iba a actuar como el británico. No ocurrió; el guion se mantuvo explorando algo que era muy incierto: que por la fuerza de los hechos se pudiera conseguir una independencia o una negociación para la independencia. Porque aquí hay otro malentendido: constantemente el movimiento se maneja con dos objetivos en paralelo. Intentar que el gobierno de Rajoy se siente a la mesa para negociar, e intentar una independencia unilateral súbita, lo que parece contradictorio. 

 

 Diría que los políticos independentistas quieren la vía negociada, pero a la vez dan señales a las bases independentistas de que la vía unilateral producirá una secesión de facto. Y este malentendido es muy importante para comprender lo que ocurre en 2017, cuando se aprueba la DUI fantasma. Una DUI que, por un lado, es simbólica y solo pretende seguir presionando, pero que para la mayor parte de la parroquia independentista es una DUI efectiva. Por lo que, ese día, mucha gente se pregunta: ¿estamos o no en el terreno de la independencia? Lo que, además, se basa en la ambigüedad que se mantiene desde el Govern catalán entre la vía negociada y la vía de hecho (relacionada con un voluntarismo elevado al cubo que cree que por querer algo se va a conseguir). Pues bien, pienso que uno de los grandes errores del independentismo es transmitir dos mensajes contradictorios. El drama está en que para que la presión fuera creíble en Madrid debía parecer que el proceso sería unilateral. Esa simulación de la determinación es lo que lleva al gran malentendido y al colapso. Porque cuando Puigdemont quiere hacer efectiva la DUI, no cuenta con los mecanismos para hacerla posible. 

 

 

- ¿Cuando habla de sentar el Gobierno a negociar, debemos entender negociar un referéndum u otras posibilidades también?

 

Creo que para negociar básicamente un referéndum pactado, o algo parecido a ello.

 

 

- Existe un cierto debate académico y político sobre la idoneidad de satisfacer las reivindicaciones de las minorías nacionales. Algunos defienden que hacer concesiones abre la puerta a una escalada en las demandas, acabando inexorablemente en la demanda de secesión. Otros defienden lo contrario: que la baja receptividad a estas demandas acaba llevando a la búsqueda de la independencia. ¿Alguna de estas visiones encajaría en el caso catalán?

 

Primero de todo, hay que entender que la hipótesis de la independencia de Cataluña, hasta hace cinco minutos en la historia, ha sido minoritaria. Por tanto, no hablamos de un independentismo que tenga un gran arraigo, sino de un independentismo que ha crecido básicamente hace muy pocos años, algo menos de una década. Lo que tenemos es una evolución -o más bien una mutación- del movimiento catalanista, que acaba generando una realidad históricamente nueva, que no se había dado nunca: se convierte en mainstream la hipótesis de la secesión.
 
¿Por qué? Si la independencia era la respuesta, ¿cuál era la pregunta? La pregunta, creo, es muy sencilla: ¿qué nivel de reconocimiento puede dar el Estado español a la nación catalana? Esto estaba vehiculado a través del Estatut del 2006. Ese Estatut era un intento de estabilizar un reconocimiento y conformar una estabilidad autonómica, y no creo ser muy ingenuo si digo que, si no se hubiera llevado al Tribunal Constitucional, ese Estatut hubiera cerrado bastante el problema catalán, y hubiera dejado al independentismo en sus porcentajes clásicos de un 15 o 20 por ciento como máximo. Sin embargo, el efecto de choque de legitimidades que se da entre el Estatut y el Tribunal Constitucional arroja la conclusión de que no existe un camino catalanista dentro del Estado, y eso convierte a muchos autonomistas (dispuestos a operar en el marco español) en independistas por reacción. Reacción ante la sensación de que el marco español se ha cerrado a la posibilidad del reconocimiento efectivo.

 

Se habla mucho de que el problema era económico, y es verdad, pero creo que lo que subyace a todas las demandas (básicamente, la financiación, la cultura y los símbolos) es un reconocimiento mucho más explícito, por parte del Estado español, de la existencia de una nación catalana que no va a desaparecer, pero que quiere ser tratada como una sociedad distinta, por decirlo como en Canadá. Esto no se produce, y, como resultado, crece el independentismo. Del mismo modo, se podría pensar que si el Estado español pusiera sobre la mesa una oferta interesante en los asuntos  financiero, cultural y simbólico (y, en general, de reconocimiento), podría bajar el independentismo. Esto podría ser, aunque es verdad que ahora las emociones están a flor de piel, y tendría que darse un cambio de cultura política.
 
La idea del reconocimiento es muy importante porque es la que convierte un debate que podría ser meramente cultural o económico en algo realmente nuevo. La sensación es, para muchos catalanes, la de ser españoles de segunda. El modelo clásico del catalanismo (la negociación diaria y la transacción finalista) se ha agotado, y aceptan el paradigma de la independencia porque sienten que no hay más remedio. Se entiende que se ha llegado al final de un recorrido histórico en el que el catalanismo colaboraba en la gobernabilidad española y a cambio obtenía un cierto autogobierno. Lo que hace el Tribunal Constitucional es decir que este autogobierno tiene un techo que ya no se podrá tocar, por lo que la historia del catalanismo político se acaba en el 2010. La sensación de que el catalanismo político acaba en 2010 es la que implícitamente genera, en mi opinión, la mentalidad del nuevo independentismo. Con anterioridad al Proceso, se da lo que podríamos describir, en palabras del presidente Montilla, una desafección creciente. En primer lugar, hay una desafección hacia el marco español como solución, seguida por la conversión de gente que no era para nada independentista. 

 

 

- Se afirma también en su ensayo que la palabra "catalanismo" tiene un sentido genérico, a la vez político y prepolítico. El historiador Josep Maria Fradera lo considera “una aproximación sentimental o psicológica de los catalanes (...) a su país y todo lo que representa”. Asimismo, se recuerda que en las últimas décadas algunos partidos han querido distinguir el "catalanismo" del "nacionalismo catalán". ¿Lo podría desarrollar más?

 

De forma genérica, el catalanismo es la denominación que adopta el sentimiento de diferencia que se articula sobre todo a partir del siglo XIX, primero cultural y luego políticamente. Es algo paralelo a lo que ocurre en muchos países europeos con el descubrimiento de las identidades: en Hungría, Polonia, Bohemia, Flandes, Grecia, Irlanda… Históricamente, el catalanismo es un proceso bastante cercano al desarrollado en estos países. En Cataluña, empieza siendo básicamente una cuestión de tipo literario, tradicional e histórico, sin una traducción política efectiva, que luego se transforma, cuando pasamos de la Renaixença al primer embrión del catalanismo, en un proyecto político.
 
Esto sucede, como han explicado muchos historiadores y yo recojo en un libro, tras el fracaso de la Primera República. Es en ese período convulso donde la idea del federalismo, aplicado a España, fracasa. Muchos federalistas, que eran catalanes, buscan algo más, y para ello tomarán del catalanismo algo que ya no es puramente sentimental: un proyecto que tiene que ver, por un lado, con la defensa del autogobierno, y por el otro, con un cambio en la concepción de España. En todo momento, nos movemos en un paradigma en el que el catalanismo, se llame como se llame, no es rupturista: no plantea un cambio en el statu quo. Plantea, por ejemplo, modelos de inspiración austrohúngara, como la monarquía dual, por la que se encapricha un sector del catalanismo. Otro, en cambio, se encapricha con el modelo alemán. Otro, ya posterior, se inspira en Suiza y en modelos federales modernos, como el de Estados Unidos (el mismo Prat de la Riba, por ejemplo). Todos estos modelos comparten un carácter no rupturista.

 

“Catalanismo”, como nombre, es un paraguas muy amplio, que recoge desde las expresiones folclóricas y sentimentales hasta lo explícitamente político. Durante décadas, “catalanismo” y “nacionalismo catalán” son sinónimos. ¿Cuándo se produce la separación de los conceptos? Muy tarde, durante la Transición democrática, cuando el mundo de Pujol articula una propuesta inspirada en una versión distinta del catalanismo político, pero llamándose a sí mismos nacionalistas, y cuando sectores de izquierda (básicamente, socialistas y el PSUC) que se sienten vinculados a este paraguas amplio del catalanismo quieren remarcar que ellos son otra cosa. ¿Cuál sería la distinción? Básicamente, sería la forma en que los catalanistas de izquierda se distanciarían de los catalanistas de derecha, que se denominan nacionalistas.

 

Por otra parte, hay una cuestión histórica, de carácter mundial. En Europa, tras la Segunda Guerra Mundial, el término “nacionalismo” se asocia a los nacionalismos estatales e imperiales, de tipo armado y agresivo. Nacionalismo se convierte, por lo tanto, en una etiqueta poco apreciada: si vas a hablar de nacionalismo en Alemania, es percibido como algo negativo, pues se identifica, de forma reductiva, con el nacionalismo de Estado y con experiencias autoritarias y totalitarias. La academia, que ha discutido seriamente estas cuestiones, distingue claramente entre nacionalismos estatales y subestatales, entre nacionalismos étnicos y cívicos. Si hablamos seriamente, no hay problema en utilizar esta denominación.
 
Más adelante, cuando el nacionalismo se está modernizando en Cataluña, allá por los años 90, Esquerra Republicana puso en circulación la idea de que no hay que ser nacionalista para ser independentista, que tuvo un cierto éxito. De hecho, si el independentismo ha crecido es porque se ha vendido como algo no meramente identitario, sino vinculado también a intereses sociales, adoptando una visión más republicana. Gente de Esquerra Republicana, aunque también de otros sectores, han tratado de ir cambiando la palabra de “independentistas” a “republicanos”, lo que tiene una cierta base, pero también una parte de márqueting. Ahora bien, esto no puede esconder que el movimiento independentista responde a una mutación de lo que era el nacionalismo catalán/catalanismo. Sí que es cierto, no obstante, que el énfasis que el actual independentismo hace en algo como la lengua o la historia es menor que el que hacía el nacionalismo, porque pone el foco en elementos de tipo socioeconómico y de calidad de vida, más vinculado a lo material (frente a lo simbólico).

 

 

- Algunas voces afirman que el catalanismo, tal y como se ha entendido tradicionalmente, está obsoleto. ¿Es eso cierto?

 

Creo que ese paraguas que se llama catalanismo sigue existiendo a pesar de que una parte importante de su interior ha mutado. Es decir, que se haya producido una mutación del catalanismo político no elimina ese paraguas genérico que es también pre-político, que tiene que ver con la visión del mundo, con la cultura, con la historia… que es el catalanismo. Y que además incluye a sectores que no son independentistas. Por lo tanto, yo no estoy de acuerdo con este juicio porque, por ejemplo, el Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC) es catalanista, no es independentista, y la prueba de que sigue siendo catalanista es que sigue participando de unos consensos catalanistas previos al independentismo que son muy importantes. 
 
Por ejemplo: si se pregunta a la dirección del PSC en general si Cataluña es una nación, la mayoría te dirá que sí. Pueden entrar en debates de si eso quiere decir una nación cultural o qué, pero es una nación. Los dirigentes del PSC lo aceptan y también parte de sus cuadros, etc. Y eso tiene también una traducción política. Por ejemplo, el PSC, compartiendo este consenso catalanista, no discute las políticas de inmersión en la escuela. No discute la importancia de una TV3 en catalán. No discute la importancia de una policía autonómica propia. Espero que lo que se apunta en las ponencias del último congreso del PSC, sobre la inmersión escolar, no suponga alterar esta visión catalanista, pues indicaría que los socialistas se han acercado a las propuestas de un partido como Ciudadanos. 


Por lo tanto, sí que existe el catalanismo. La prueba de ello también está en los Comunes, que también participan de ese consenso catalanista. De hecho, el consenso catalanista abraza PSC, Comunes y los independentistas y solo quedan fuera el PP y Ciudadanos, porque el de Rivera es un partido que nace para impugnar estos consensos desde el primer día. Es un partido contra el marco catalanista, y para eso surge. El PP tampoco está en el consenso catalanista, pero con matices. El PP durante su historia en Cataluña ha tenido épocas en las que ha participado de parte de esos consensos. Por ejemplo, durante un tiempo estuvo perfectamente de acuerdo con la inmersión lingüística. Y estuvo perfectamente de acuerdo con la creación de TV3. Es decir, el PP ha modulado esto: a veces ha estado a favor del consenso catalanista a veces no.
 
Ciudadanos es otro caso porque repito: nace para impugnar todo el programa catalanista. No para impugnar sólo el independentismo. Y quiero subrayar para todos los lectores que el nacimiento de Ciudadanos es previo a la gran irrupción del independentismo. Por tanto, su problema no era con el independentismo, su problema era y es con el catalanismo, y lo sigue siendo, aunque ahora digan que no. De hecho, voy a ser preciso, Ciudadanos es un partido anti-catalanista, no anti-secesionista.

 

 

- En varios puntos del libro se cita a Hanna Arendt. Los dos bandos de este conflicto a menudo se han acusado entre ellos de tener una naturaleza autoritaria o incluso fascistoide. ¿Hay alguna verdad en estas acusaciones?

 

Son palabras muy gruesas. Creo que, desde el punto de vista del Estado, hay actuaciones que yo calificaría de arbitrarias y autoritarias y que producen una sensación muy extraña, porque el Estado español se conduce como un Estado de derecho, pero a veces se conduce también  como un Estado de excepción. No digo que el Estado español sea como Turquía, pero sí digo que el Estado español a veces rompe sus protocolos como Estado de derecho y entra en la zona de excepción, que aplica solo a Cataluña o casi sólo al caso catalán. Y ese doble mundo, esa doble realidad paralela, es muy difícil de llevar y genera una degradación democrática. Lo hemos visto nuevamente con las discrepancias internas del Tribunal Constitucional sobre el estatuto de Oriol Junqueras como diputado. Es decir, tienen razón los que dicen que el Estado español es un Estado de derecho, es un Estado que tiene garantías, etc. Sí, pero a la vez este Estado en algunos momentos vulnera eso y se producen zonas oscuras en las que no podemos explicar lo que ocurre de una forma clara atendiendo a lo que es un Estado de Derecho.

 

En el caso del independentismo, es una evidencia que es mayormente democrático, pero puede ser que en algún momento parte de este movimiento tenga alguna decantación de tipo populista, alguna decantación preocupante también por su adanismo anti-político, y eso se puede haber producido sobre todo porque hay un uso de las propagandas cruzadas muy amplio y muy intenso. Creo que mayormente el independentismo ha tenido el gran acierto de plantearse como un movimiento pacífico y democrático pero el peligro o la tentación de contener en su interior otros enfoques existe. No sería riguroso pensar que en su interior nunca puede darse eso. También es verdad que hay algo digno de ser subrayado: cuando se produjo alguna sombra de imitación terrorista en Cataluña en los años 80-90, con Terra Lliure, se abortó rápidamente y por suerte la sociedad catalana nunca dio apoyo a esas expresiones terroristas, nunca. No porque los catalanes seamos especialmente pacíficos, sino porque creo que en Cataluña se había leído bastante bien la experiencia de la guerra y de la posguerra. Ni los más unilateralistas contemplan una hipótesis que no sea pacífica. Lo que ocurre es que hay toda una apelación a la desobediencia civil que, dependiendo de cómo sea interpretada por el Estado, puede generar una colisión que ya se ha producido.

 

Madrid intenta aplicar la plantilla vasca al caso catalán. Porque es la plantilla que tienen y conocen desde hace tiempo y eso permite creer  que se puede gestionar la situación. Pero es erróneo. No tiene nada que ver lo que ocurre ahora en Cataluña con lo que desgraciadamente ocurrió en el País Vasco.

 

 

- El último capítulo del libro trata de sobre la importancia de la identidad en el conflicto catalán. A pesar de los esfuerzos del independentismo para distanciarse de un discurso esencialista, los datos de las encuestas y los resultados electorales indican que la identificación nacional y lingüística son los mejores indicadores de la preferencia sobre la independencia. ¿Se debería concluir pues que este es un conflicto de naturaleza identitaria?

 

Hay un espejismo que induce a pensar lo que me preguntáis, que es el crecimiento de Ciudadanos en las elecciones del 21 de diciembre de 2017. Ciudadanos es el partido catalán más identitario, pues básicamente se produce como una reacción contra el supuesto peligro del catalanismo. Un acierto del independentismo es no plantear su proyecto como una cuestión de identidades en choque y la prueba es que también hay en el mundo independentista personas que provienen de familias o de orígenes fuera de Cataluña, incluso independentistas que tienen como primera lengua el castellano. Eso demuestra que no es un choque identitario. Luego hay una realidad muy cierta: es verdad que entre los contrarios a la independencia hay muchos más que tienen como primera lengua el castellano y eso les lleva a sentirse ajenos a algunos consensos del catalanismo. Pero aunque parezca que es una realidad identitaria no lo es y eso separa mucho el caso catalán de otros conflictos. Otra cosa, muy diferente, es el papel que tiene Ciudadanos como partido-refugio de los votantes que en 2017 tuvieron un miedo legítimo a la independencia. Ese efecto de voto-refugio ha creado el espejismo del choque identitario, pero no responde a una fractura social ni a una división de tipo étnico. Aquí no están en lucha dos identidades, la base del conflicto es la posibilidad de ejercer una soberanía de un demos no reconocido frente a un Estado que considera que solo existe un demos, el contemplado por la Constitución. Creo que todo esto es provisional, obviamente. En la medida en que se cronifique esta crisis no sé si puede tener derivadas de carácter identitario. De momento no lo veo.

 

 

- En relación con lo comentado sobre el elemento identitario, ¿consideraría que el independentismo calculó erróneamente el peso de la identidad española de cara al apoyo a la independencia? De ser así, ¿el relevo generacional podría acabar decantando, como algunas voces defienden?

 

Lo primero sin duda y en el libro lo señalo. Creo que lo que fue un acierto narrativo del independentismo (esta idea de la república de los intereses en lugar de las banderas) también constituyó un exceso de confianza sobre el propio proyecto en la medida que se pensaba que hablando de pensiones, de transportes, de recursos y de escuelas, habría una conversión automática de muchos catalanes al independentismo. ¿Porque se menospreció eso? Eso que llamamos lealtades simbólicas son relevantes. Del mismo modo que hay independentistas que dicen que quieren la independencia a pesar de que ello cueste a Cataluña 20 años de penurias, hay muchos catalanes no independentistas que, aunque se les prometa que un estado catalán va a facilitar una vida con más bienestar y riqueza para todos, quieren continuar dentro de España. Y eso el independentismo no lo supo ver. No supo ver que hay un nexo de una parte de la población con elementos fuertes de tipo inmaterial con el Estado español. El independentismo debe hablar con estas personas no independentistas de otra forma. 

 

Lo que pasará en el futuro no lo sabemos porque estamos en un marco global ¿Hasta qué punto eso que llamamos identidad se va a gestionar a favor o en contra de un proceso emancipatorio? Esa es la cuestión en el siglo XXI. Sabemos que es una gran cuestión. El debate sobre las identidades es mucho más complejo que hace 20 o 50 años, ¿jugará eso a favor o en contra de los independentistas? ¿O del statu quo? La redefinición de identidades que vamos haciendo las sociedades abiertas, ¿favorece un proceso de secesión o ayuda a dejar las cosas como están? Eso para mí es una incógnita. 

 

Esto tiene que ver también con las nuevas generaciones. ¿Las nuevas generaciones van a dar prioridad a ese elemento de vínculo con un territorio o la van a trascender y pensar que es más importante el género u otras dimensiones? No lo sé, porque no lo sabe nadie. Sí que es cierto que el pensamiento mainstream de raíz anglosajona tiende a colocar todas las identidades que no sean esta identidad global en el mismo saco: Brexit, trumpismo, yihadismo, proceso catalán, Escocia, religión en el centro de Europa… Todo es lo mismo, según ciertos pensadores: estas identidades son “tóxicas” porque van en contra de una promesa de globalización y una paz perpetua ligada a ella. Pero yo, que soy mediterráneo, europeo del sur, no tengo porqué comprar este marco. Pienso que las identidades, cuando se gestionan de forma inteligente, no de forma demagógica, son un aporte a la riqueza del mundo. Es decir, estoy más Steiner y menos con Fukuyama. Cuando George Steiner habla de que él había descubierto la complejidad y la vitalidad del mundo en un libro con escudos, que revelaban un planeta de muchas identidades, eso a mí me seduce, mucho más que pensar -como Francis Fukuyama- que todos deberemos abrazar una identidad global que sería algo así como la cocina internacional de ciertos hoteles. 

 

 
- ¿Hay alguna otra cuestión que quisiera añadir?

 

En todos los debates que tienen que ver con el conflicto catalán, en todas las situaciones de tipo análogo en el mundo (Escocia, Québec, Flandes…) normalmente encontramos académicos, periodistas, políticos que debaten al respecto. Muchos intelectuales españoles, cuando se aproximan al caso catalán, son antes españoles que intelectuales. Por ejemplo, prescinden olímpicamente de la teoría que ha generado la academia sobre naciones, nacionalismo e identidad. A mí me molesta especialmente que, en el debate que tiene que ver con Cataluña, se prescinda de muchos elementos objetivables que la academia ya ha dado por buenos hace tiempo. 

 

Creo que hay que ser honestos. Hay un dato que debemos admitir desde Cataluña: no toda la sociedad catalana es independentista (ahora estaríamos en un 50%). Hay que admitir este dato. Del mismo modo, los que miran el fenómeno desde fuera de Cataluña (periodistas, escritores, académicos…) deben admitir que Cataluña ha mantenido a lo largo del tiempo una característica diferencial porque ha construido eso que llamamos catalanismo y que esa construcción no es fruto de un adoctrinamiento o de un marco totalitario, sino que ha sido fruto de una cultura política, de una interacción y de unos intereses. Está la típica trampa de invocar a Hobsbawm solo para decir que la nación catalana es una invención. Bueno, todas las naciones lo son, todas son un constructo cultural y político. Ese no es el asunto. La cuestión es dar respuesta política a una comunidad que se siente nación y que debe encontrar una salida que redefina la soberanía (en la medida que ese concepto ya no es lo que era en el siglo XX) y los mecanismos de poder institucional.

 

Aprovecho para subrayar que celebro que recientemente se haya dado el Premio Nacional de Ensayo a un experto en historia de las nacionalidades como es Xosé Manuel Nuñez Seixa por su libro Suspiros de España, que es un buen libro de síntesis de historia del nacionalismo español. Es un libro muy justo y equilibrado que explica muy bien como se ha construido el nacionalismo español en relación a los nacionalismos llamados periféricos. Todo el mundo debería leerlo, al margen de la posición que tenga. Pongo de ejemplo a Nuñez Seixas porque me parece un académico que ayuda a que desarrollemos el debate dentro de unos cauces razonables y objetivables. Otros, que no voy a mencionar, simplemente emiten propaganda, pero eso los convierte en activistas, no en gente que busca comprender lo que ocurre.


 

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