Reseña: "Prisioneros de la geografía", de Tim Marshall

22/11/2019

Andrew Stutestman @drewmark

 

Prisioneros de la geografía, de Tim Marshall (ed. Península, 2017), persigue un objetivo muy modesto (y a la vez muy ambicioso): recordarnos que, en el siglo XXI, la geografía aún importa. Importa, en primer lugar, para entender cómo hemos llegado hasta aquí, para saber por qué el mundo es cómo es y por qué el poder está distribuido del modo en que lo está. Pero la geografía también es importante, nos dice Marshall, para entender hacia dónde vamos, para saber qué es lo que pasará en el futuro y para anticipar algunas tendencias. La primera tesis ha sido defendida por autores como Jared Diamond, en su clásico libro Ármas, gérmenes y acero (1997), o por el economista Jeffrey Sachs, en sus estudios sobre las causas de la pobreza. La segunda ha gozado de al menos dos importantes defensores en lo que va de década: el historiador Ian Morris, en su monumental obra Why the West Rules - For Now (2010), y el escritor Robert Kaplan en La venganza de la geografía (2012).

 

Más que una contribución al debate académico, Prisioneros de la geografía es esencialmente un ejercicio de divulgación: a lo largo de diez capítulos (sobre Rusia, China, Estados Unidos, Europa Occidental, África, Oriente Medio, India y Pakistán, Corea y Japón, América Latina y el Ártico) Marshall ofrece una panorámica del estado del mundo, desde una perspectiva geopolítica. Por un lado, el libro explora el papel de las grandes potencias del siglo XXI (Estados Unidos, China y, en menor medida, Rusia) en las diferentes regiones: el papel de Estados Unidos en el Sudeste Asiático, las incursiones económicas de China en África o la influencia de Rusia sobre el Ártico (una región de importancia creciente, debido al calentamiento global). Por el otro, Marshall explora también algunas de las principales tendencias dentro de dichas regiones: disputas territoriales, dependencias económicas, conflictos bélicos, etc. En general, el libro de Marshall es claro y agradable de leer. Su estructura, bien ordenada, permite al lector entender fácilmente lo que se está diciendo en cada parte de la obra. Inevitablemente, lo amplio de su contenido, conlleva una cierta superficialidad, pero creo que esta queda compensada por las anteriores virtudes, y por el hecho de que, como ya he mencionado, el libro no pretende ser una densa aportación a un debate académico sino una introducción general (aunque ideológicamente cargada) al mundo de la geopolítica.

 

Como hemos visto, la tesis central de Marshall es que la geografía es esencial para entender el estado del mundo, tanto en el presente como en el futuro más inmediato. Pero aquí hay que ir con cuidado, por varios motivos. Primero de todo, porque en ningún momento se llega a defender que los factores geográficos sean los únicos factores relevantes. De hecho, ni siquiera se asume que la geografía determine el devenir de la historia. ¿Y el título? Una maniobra de marketing. Ya en la introducción, Marshall admite que "cualquier persona sensata puede comprobar cómo la tecnología está doblegando las reglas de acero de la geografía". Parece que, después de todo, los prisioneros de la geografía tienen unos grilletes algo más endebles de lo que podríamos imaginar. Así pues, la tesis de Marshall es algo más modesta: la geografía, sin ser el único factor relevante, importa más de lo que algunos autores reconocen.

 

Pensemos, por ejemplo, en el influyente libro de Daron Acemoglu y James Robinson Por qué fracasan los países (2012), cuya tesis principal es que el estado del mundo (los progresos - y los atrasos - económicos y sociales) puede explicarse a partir del tipo de instituciones vigentes en una región determinada. Según Acemoglu y Robinson, en aquellos países que han desarrollado instituciones económicas inclusivas (aquellas que permiten la mayor participación de los ciudadanos en la vida económica y política de una nación) las cosas han tendido a ir bien: crecimiento económico, expansión de las libertades políticas, niveles razonablemente elevados de bienestar, alta esperanza de vida, etc. Sin embargo, en países con instituciones extractivas (donde es una minoría la que controla la actividad económica y el sistema político) la situación ha acabado de un modo algo diferente: corrupción, estancamiento económico, autoritarismo y guerras. Como puede verse, para Acemoglu y Robinson las instituciones lo explican prácticamente todo: la geografía ocupa, en el mejor de los casos, un lugar secundario.

 

Cuando Marshall afirma que la geografía importa más de lo que a veces se asume, es este tipo de teorías lo que tiene en mente. Su crítica, sin embargo, no me parece muy exitosa. Veamos las razones. En primer lugar, no acaba de quedar del todo claro qué es lo que entiende Marshall por "geografía": en la introducción, por ejemplo, afirma que esta no debe reducirse al terreno físico - a las dificultades que pueda comportar un terreno montañoso, o despoblado de barreras naturales -, sino que debe incluir también otras variables como la demografía, el clima, las regiones culturales y el acceso a los recursos naturales. Bien, de acuerdo: asumamos que la geografía no se reduce a la topografía. Esto aún no nos aclara qué elementos de la demografía, el clima, las regiones culturales o el acceso a los recursos naturales son relevantes para las explicaciones basadas en la geografía. Por supuesto, dado que el libro de Marshall es más divulgativo que académico, no es necesario un análisis detallado de esta cuestión. Pero sí algo más de información: de lo contrario, la tesis central del libro queda indeterminada. Si la geografía incluye la demografía o las regiones culturales en general, parece que las explicaciones basadas en la geografía corren el riesgo de volverse triviales: cualquier cosa que pueda representarse en un mapa será calificado de "geográfico". Pero, evidentemente, esto es demasiado amplio: si queremos evaluar los méritos relativos de las explicaciones basadas en la geografía, debemos saber algo más sobre su contenido.

 

En segundo lugar, para saber si las explicaciones basadas en la geografía de un fenómeno concreto son exitosas o no, cabe hacer al menos dos cosas: en primer lugar, ofrecer una posible explicación del fenómeno. En segundo lugar, es importante también descartar explicaciones alternativas del mismo. Muchas veces la evidencia disponible es compatible con diversas teorías, y entonces sólo hay dos maneras de progresar: i) buscar nueva evidencia que sólo pueda ser acomodada por una de las teorías, o ii) mostrar que en realidad algunas de las teorías explica mejor la evidencia de la que disponemos. En Prisioneros de la geografía, Marshall da el primer paso (proponer explicaciones geográficas de varios fenómenos y tendencias), pero obvia el segundo. Pero esto, claro, deja el mueble a medio construir: igual que una silla no puede aguantarse con una pata, para que una teoría resulte exitosa, no basta con mostrar que podría dar cuenta de un fenómeno particular. Esto es un primer paso, por supuesto, pero claramente insuficiente.

 

De hecho, incluso si mostráramos que una explicación geográfica de un fenómeno es válida, esto no sería suficiente para excluir otras explicaciones alternativas. Pongamos un ejemplo: supongamos que es verdad, como sugiere Marshall, que la invasión rusa de Crimea en 2016 estaba fundamentalmente motivada por la necesidad de mantener el acceso a un puerto de aguas cálidas - es decir, no cubiertas de hielo durante una parte importante del año - como el de Sebastopol. Esto supondría que existe una explicación suficiente, basada en la geografía, de la decisión tomada por el gobierno ruso. Ahora bien, esto es compatible con sostener que existen otras explicaciones suficientes, basadas en otros factores. Imaginemos que fuera verdad que la invasión se estuvo motivada por una ideología expansionista basada en el nacionalismo ruso. En un principio, ambas explicaciones son compatibles. Aun así, alguien querría decir que una de las dos es la causa real. Pero esta es una idea bastante extraña. Si alguien me dispara en el corazón, mi muerte podrá ser explicada por varios factores: el impacto de la bala, la voluntad de mi asesino, la destrucción del corazón, etc. Todos estos factores habrían contribuido causalmente a mi muerte, pero ninguno de ellos sería la causa. Al menos no en un sentido último. Por supuesto, esto no quita que podamos seguir hablando de la causa principal según nuestros intereses: para el forense, que el corazón esté reventado explicará mi muerte, para el detective que investigue el caso lo hará la bala, mientras que para el juez lo importante será la decisión tomada por la persona que acabó con mi vida. Pero, más allá de esto, ninguno de estos factores gozaría de superioridad última.

 

Por lo tanto, mostrar que una explicación geográfica es válida no es suficiente para excluir explicaciones alternativas. Estrictamente hablando, esto no es necesariamente un problema para Marshall, pues su tesis afirma simplemente que la geografía importa más de lo que se ha pensado, no que los otros factores importen menos. Aún así, que no se diga nada sobre dichas explicaciones alternativas aumenta aún más las dudas que ya teníamos sobre el potencial explicativo de sus argumentos. Pese a lo dicho en el primer párrafo, las explicaciones basadas en la geografía no son particularmente populares en la actualidad. Esto no implica, obviamente, que sean falsas. Ni implica tampoco, por el otro lado, que las explicaciones rivales sean correctas. Pero si que nos puede llevar a preguntarnos lo siguiente: ¿Cuáles son las razones por las que tantos autores rechazan las teorías geográficas? En el libro de Marshall, no encontraremos una respuesta. Por eso, creo que es posible concluir que el interés de la obra reside más en su parte descriptiva (qué fenómenos y tendencias están teniendo lugar en diversas regiones del mundo) que en la parte explicativa (cuáles son las causas de dichos fenómenos y tendencias).

 

Respecto a esto último, Prisioneros de la geografía es un libro de gran valor: claro, comprehensivo y ameno, pero bien informado. Si Marshall está en lo cierto, nos esperan tiempos interesantes. La agresiva política exterior de China (que está construyendo ciudades en Angola, un canal en Nicaragua que le permita evitar el canal de Panamá, arrendando puertos en Pakistán...) o la emergencia del Ártico como un escenario geopolíticamente relevante (dato interesante: en 2013, Rusia contaba con una flota de 32 barcos rompehielos, mientras que Estados Unidos sólo contaba con uno plenamente operativo) probablemente caractericen el mundo del mañana. Conviene tener un buen mapa del terreno. En este aspecto, el libro de Marshall es una contribución de mucha utilidad.

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