John Stuart Mill: El cinturón del individualismo

15/11/2019

Martin Jernberg @martinjernberg

 


John Stuart Mill publicó en 1859 Sobre la libertad, tan solo un año después de la muerte de su mujer, Harriet Taylor, con quien escribió el tratado. El mismo Mill afirma en su autobiografía que Sobre la libertad es, junto con su primer trabajo, su obra más preciada: “sobrevivirá, probablemente, a todas mis obras, con la posible excepción de la Lógica” (Mill, 2008) En el capítulo IV (De los límites de la autoridad de la sociedad sobre el individuo) encontramos la siguiente afirmación, en la que se concentran algunas de las ideas principales de su propuesta política: “ninguna persona, ni tampoco un grupo de ellas, tiene legitimidad para decirle a otro ser humano en edad madura que no debe hacer con su vida, por su propio beneficio, lo que elija hacer con ella. No hay nadie más interesado que él en su propio bienestar”. (Mill, 2014) En esta sentencia se incluyen las dos nociones fundamentales que articulan la idea que da título a la obra: la libertad no puede entenderse sin individualismo y sin el principio de mayor felicidad.

 

Mill deja claro desde el primer párrafo que la libertad de la que habla no entraña el problema del libre albedrío. No se trata de discutir si el ser humano puede obrar a voluntad o si está determinado, sino que la libertad se plantea en un sentido estrictamente sociológico, y no metafísico. La cuestión que Mill quiere analizar es el conflicto que plantea la autoridad política, “la naturaleza y límites del poder que puede ser ejercido legítimamente por la sociedad sobre el individuo” (Ibid.) Así, el individualismo adquiere un significado central en su propuesta, entendiéndose como la primacía moral de los individuos sobre las exigencias de cualquier grupo social. El otro gran pilar de su propuesta es el principio de utilidad, de acuerdo con el cual toda acción debe orientarse hacia la persecución de la felicidad de las personas. Aquí Stuart Mill es heredero de su maestro, Jeremy Bentham, quien había participado en la rigurosísima y casi monstruosa educación que James Mill había procurado a su hijo. Es sabido que con tan solo tres años se le introdujo en el griego antiguo, que con ocho ya había leído a Platón y a otros clásicos, que con doce se le enseñaba lógica escolástica, química, ciencias naturales y economía política. Aquella despiadada instrucción desembocó en una profunda crisis existencial que sufrió a los veinte años, y que describe atormentado en su autobiografía: “En este punto, mi corazón se hundió conmigo: toda la base sobre la que mi vida fue construida se derrumbó. Toda mi felicidad tendría que haber sido encontrada en la continua persecución de este fin. El fin cesó de tener encanto, por lo que ¿cómo podría volver a tener algún interés el medio? Parecía que no quedaba nada por lo que mereciese la pena vivir. Al principio pensaba que la nube se acabaría yendo por sí misma, pero no lo hizo”. (Mill, 2008) Habían convertido al joven Mill en una máquina del pensamiento, pero a un alto precio. Tampoco ayudó que se le cargara con grandes responsabilidades muy tempranamente. Con tan solo diecisiete años, en 1823, comenzó a trabajar junto con su padre para la Compañía de las Indias Orientales, donde llegaría a ser jefe de la Oficina para las Relaciones con los Estados Indios, ocupando al mismo tiempo un asiento en el Parlamento Británico por el Partido Liberal.

 

Esa crisis vital que sufrió permite entender mejor algunos de sus planteamientos. En el cuarto capítulo de Sobre la libertad, Mill enuncia una de las ideas que más definen su obra: “ninguna persona, ni tampoco un grupo de ellas, tiene legitimidad para decirle a otro ser humano en edad madura que no debe hacer con su vida, por su propio beneficio, lo que elija hacer con ella. No hay nadie más interesado que él en su propio bienestar” (Mill, 2014) El joven Mill había sufrido las consecuencias de que otros, y no él mismo, trazasen su camino. Su idea del individualismo consiste precisamente en afirmar la potestad sobre las propias acciones, asumiendo que solamente uno mismo debe hacerse responsable de ellas. Y el sentido que deberán tomar esas acciones será siempre la búsqueda de la felicidad. En este punto Mill parte de las ideas de Jeremy Bentham, el padre del utilitarismo, pero distanciándose al mismo tiempo de ellas. Según Mill, Bentham tuvo la intención de fundamentar el concepto de naturaleza humana en una idea que en realidad es errónea, estrecha e insuficiente: “El hombre, ese ser tan extraordinariamente complejo, es para Bentham un ser muy simple” (Mill, 2014). Para su maestro, el ser humano es un ser profundamente egoísta, cuyos actos vienen siempre motivados por la persecución del placer y la evitación del dolor. Desde esa empatía o antipatía hacia todo lo que nos rodea se podría explicar cualquier fenómeno humano, y toda relación que el hombre establezca con su entorno. Bentham llega a plantear una negación de la voluntad a través de una determinación que viene dada por el principio de placer-dolor al que el ser humano está condenado. Además, el principio de mayor felicidad se plantea con pretensiones de ser empírico, medible. Solo una aritmética moral podría ser válida para la regulación política.

 

Aunque Mill coincide con Bentham al considerar que el utilitarismo y la persecución de la felicidad deben atender al principio de placer-dolor, y que las acciones justas son aquellas que maximizan la felicidad, se distancia de él al defender que el placer y el dolor deben entenderse de forma distinta. El error de Bentham consiste, según Mill, en que solamente había considerado el placer como un problema de carácter cuantitativo, y no cualitativo. Pues bien, Mill niega la homogeneidad de todos los placeres, así como la de la naturaleza humana, que según él no puede ser siempre la misma porque sus facultades están indefectiblemente sujetas a evolución. La satisfacción de los placeres más fundamentales –la comida, el sueño etc.- no sería suficiente para alcanzar la felicidad. Existen, según Mill, una jerarquía de los placeres, habiendo por tanto placeres inferiores y superiores. La felicidad no podrá alcanzarse en ningún caso al satisfacer simplemente las necesidades básicas, sino que deberá incluir también esos placeres que considera superiores, vinculados a unas facultades más elevadas. Sería el caso de todo aquello que tenga que ver con ciertas necesidades morales, creativas, intelectuales, con, en definitiva, cierto tipo de cultura o gusto refinado. El criterio de Mill queda sintetizado como “dignidad humana”, que lo diferencia del resto de animales. Se comprende así su célebre cita: “Es mejor ser un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho; mejor ser un Sócrates insatisfecho que un necio satisfecho” (Ibid.). La justificación de Mill para la defensa de esos valores que considera más elevados consiste en afirmar que, a diferencia del resto de satisfacciones, la de esos valores alberga una utilidad marginal creciente. Esto significa que cuanto más se cultiven esos valores más satisfacción nos proporcionarán. Justamente lo contrario ocurriría con los placeres inferiores, cuya utilidad marginal decreciente provocaría que, ante una satisfacción continuada, esta dejaría progresivamente de tener un efecto placentero.

 

Una sociedad feliz será aquella que permita el desarrollo y la satisfacción de las facultades superiores, que no pueden entenderse sin el avance y el progreso de la libertad individual. Es en este sentido en el que Mill concibe una sociedad liberal como la más adecuada. El Estado liberal será aquel que procure una limitación de su propia soberanía, y que garantice en términos jurídicos la libertad de todos los individuos. Ese estado habrá de someter todas sus leyes al principio de utilidad, pero siempre atendiendo al contexto histórico en el que las aplica. La forma de gobierno más perfecta es por tanto la democracia, siempre que el marco histórico y cultural lo permita. Es decir, de acuerdo con Mill la democracia solamente es apropiada en aquellas sociedades que gocen de un alto avance civilizatorio, mas no en aquellas que se encuentren en “estado de barbarie” (Mill, 2014). A pesar de que Mill rechaza el paternalismo de Bentham, al defender que la mayoría social no es siempre infalible al dictaminar lo que es justo o bueno para los individuos, justificó la implementación de un gobierno despótico en las sociedades que consideraba incivilizadas. El objetivo de estos gobiernos debía ser garantizar las condiciones materiales suficientes como para que el pueblo en cuestión pudiera escapar del estado de incivilización y poder regirse democráticamente.

 

De esta manera, Mill justifica una suerte de misión civilizatoria por parte de Occidente que, en su contexto, se traduce en el colonialismo británico, focalizado en la India. La misma justificación que, años atrás, se había dado en la colonización castellana de América para llevar a cabo la Encomienda (que dieron dio lugar a grandes abusos que intentaron repararse con el establecimiento de las Leyes de Burgos (1512) y Leyes Nuevas (1542)). En este sentido, el planteamiento de Stuart Mill se acerca a lo que propondrá Gustavo Bueno en España frente a Europa, al distinguir entre Imperios depredadores e Imperios generadores. Los depredadores son aquellos que construyen una relación de explotación con sus colonias, con el fin de aprovechar sus recursos para sus propios fines, impidiendo así la proliferación de riqueza y el adecuado desarrollo en esas sociedades, perpetuando un estado de atraso generalizado. Según Bueno, un ejemplo de este tipo de imperio es, precisamente, el inglés, así como el holandés o el III Reich alemán. Los Imperios generadores, en cambio, son aquellos cuya estructura permite una explotación colonialista que, aunque determina fuertemente el devenir histórico, social, cultural y político de las sociedades colonizadas, permite al mismo tiempo la transformación de esa sociedad atrasada en una de pleno derecho. Ejemplos de este tipo de imperio serían para Bueno el español, el romano, el de Alejandro Magno, el de la URSS o el de los EE.UU.

 

La racionalización del colonialismo inglés que conlleva la propuesta política de Mill no pude entenderse sin su pertenencia y la de su padre a la Compañía de las Indias Orientales. Su padre, James Mill, publica en 1818 la monumental Historia de la India Británica, cuyos libros IV, V y VI exponen la expansión y consolidación del poder inglés en la India, donde critica duramente lo que entiende como una civilización y una cultura descortés y atrasada. Tan es así que Stuart Mill llegó a considerar la Guerra del Opio como un conflicto en el que se ponía en juego la libertad, asumiendo una postura claramente favorable hacia los compradores por delante de los exportadores. Señala Domenico Losurdo en Contrahistoria del liberalismo que “en el siglo XIX la autoconciencia del Occidente liberal está tan exaltada que, en ocasiones, no advierte ni si quiera la necesidad de darle una legitimación ideológica a sus guerras. Al contrario que Stuart Mill, Tocqeville no presenta la guerra del opio como una cruzada por el libre comercio y la libertad en cuanto tal. El liberal francés celebra, en primer lugar, el poder abrumador de Occidente, y es este poder el que se constituye como máquina de guerra también en el plano ideológico” (Losurdo, 2007)

 

Para Mill, el interés es lo que determina la ideología, y por ello la legitimación de determinados intereses o deseos es esencial en su propuesta política. Estimar si determinados intereses son adecuados para el conjunto de una sociedad, es algo solamente accesible a aquellos que se encuentren en “plena madurez de sus facultades” (Mill, 2014), pues “aquellos que están en edad de reclamar todavía los cuidados de otros, deben ser protegidos, tanto contra los demás, como contra ellos mismos. Por la misma razón podemos excluir las sociedades nacientes y atrasadas, en que la raza debe ser considerada como menor de edad […] Así, todo soberano, con espíritu de progreso, está autorizado a servirse de cuantos medios le lleven a este fin, cosa que de otra manera, raramente lograría. […] El despotismo es una forma legítima de gobierno, cuando los gobernados están todavía por civilizar, siempre que el fin propuesto sea su progreso y que los medios se justifiquen al atender realmente este fin” (Ibid.).

 

El proceso que conduce al avance civilizatorio, es siempre para Mill el producto de la individualidad. Para el inglés, en cada época existe un reducido número de personas cuyas ideas permiten la mejora de las prácticas establecidas. Sin estos individuos, las sociedades estarían condenadas a “un pozo estancado” (Ibid.). A su juicio, “es preciso poner de manifiesto, además, que estos seres humanos desarrollados son de alguna utilidad para los que no están desarrollados. […] Sugeriría que posiblemente pueden aprender algo de ellos” (Ibid.). Es  necesario que existan personas que descubran nuevas verdades, y que indiquen también que ciertas verdades, válidas hasta determinado momento, han dejado de serlo. Así se dará comienzo a nuevas prácticas y se ofrecerá el ejemplo de una conducta más ilustrada, con un mejor gusto y un sentido adecuado de la vida humana. Llega a afirmar Mill, en su defensa de este elitismo, que de no haber una sucesión de personas con una gran originalidad transmitida al mundo, las sociedades tenderían a desaparecer, como ocurrió, dice, con el Imperio Bizantino. El principal servicio que ofrece la originalidad es abrir los ojos, permitiendo que los demás individuos sean originales por ellos mismos.

 

Si recuperamos los planteamientos que se exponían al inicio, nos daremos cuenta de que existe un fuerte contraste. El paternalismo de Bentham del que Mill reniega es recuperado después en la filosofía política que afecta a las sociedades que considera incivilizadas. Que nadie tenga legitimidad para exigirle a otra persona, ni a un grupo de ellas, qué rumbo debe tomar su vida, tal como defiende al inicio de Sobre la libertad, es algo que parece irse diluyendo cuando de política exterior se trata.  Que no haya nadie más interesado que uno mismo en el propio bienestar es una idea que se vuelve profundamente paternalista desde el momento en el que se consideran insuficientes las facultades de la mayoría de seres humanos. Si solo unos pocos hombres originales, como dice Mill, de gusto refinado y altos valores pudieran asumir el papel de dueños de sí mismos, entonces esa regla que parecía haberse planteado como una ley universal, se convierte en una rara excepción. El liberalismo de Stuart Mill parece ser, más que un individualismo de carácter extensivo y con pretensiones de ser asumido autónomamente por cualquiera, un particularismo difícil de transmitir. Una originalidad verdadera, por mucho que Mill soñase con difundir la suya, no puede ser exportable de unos individuos a otros, ni de unas sociedades a otras. Resulta más razonable pensar que la originalidad, en caso de serlo realmente, debe nacer de una espontaneidad incompatible con la imposición de un determinado modelo, que en el intento de ajustarlo a contextos sociales diversos, incurrirá en múltiples contradicciones, y resultará por tanto ficticio e impostado.

 

Con todo, al imaginar un contexto histórico, cultural y político atrasado, que no dispusiera de los recursos necesarios para desarrollar esos placeres superiores de los que habla Mill, podríamos aceptar como algo beneficioso que una sociedad más desarrollada le concediese las herramientas necesarias como para llegar a obtenerlos. Al igual que es beneficioso para los niños que un adulto disponga lo que debe o no hacer, no es del todo descartable la idea de que una sociedad más justa pueda determinar qué es lo justo para otra. Pese a tener puntos razonables, la teoría de Mill enseguida acarrea ciertos problemas. Para empezar, independientemente de si se considera beneficioso el resultado de su proyecto político en lo que concierne a las sociedades más atrasadas, Mill recupera el paternalismo de Bentham del que inicialmente había renegado, incurriendo así en una contradicción que parece no resolverse. Dado que la condición medible y empírica de la moral que había postulado Bentham no es algo demostrable, la única herramienta que queda al alcance de una sociedad para determinar si algo es justo o injusto es el consenso. Aquello que beneficie al mayor número de personas y tienda a incrementar su felicidad será el paradigma de lo justo. Pero esta solución aún conlleva dificultades importantes. Bajo esta premisa, según la cual la justicia caería siempre del lado de la mayoría, podrían llegarse a justificar enormes atrocidades, incluso en sociedades que Mill consideraría altamente civilizadas. Si fuese considerado un placer superior, pongamos por caso, la tortura de criminales como forma de espectáculo, entendida como una contemplación estética refinada, y ese placer fuese compartido por la mayoría, quedarían justificadas las vejaciones más viles. (La tauromaquia, con todas sus complejas particularidades, no queda lejos de este problema). Pongamos por caso también el holocausto nazi, cuyos signos y manifestaciones fueron asumidos como actos de justicia por la mayoría del pueblo alemán, y cuya ejecución fue perpetrada en muchos casos por mandos con formación universitaria, o vista con buenos ojos por parte de la élite intelectual del momento e incluso por lo que Mill denominaba hombres originales (pensemos en Martin Heidegger).

 

Las propuestas filosóficas que se planteen como exportables a otras sociedades, con la finalidad de mejorar sus condiciones de vida, deberán ser siempre congruentes con la historia, la cultura y la política de esos contextos. Las interferencias y contradicciones entre las tradiciones imperantes y las nuevas filosofías que pretendan exportarse, deberán ser superadas primero para que estas sean solubles. De lo contrario, continuarían produciéndose injusticias, aun con la aprobación de la mayoría, y el principio de mayor felicidad de Stuart Mill seguiría siendo una quimera.

 

Bibliografía

 

- Mill J. S. Autobiografía. (2008). Madrid, España: Alianza Editorial.

 

- Mill J. S. Sobre la libertad. (2014). Madrid, España: Ediciones Akal.

 

- Mill J. S. El utilitarismo. (2014). Madrid, España: Alianza Editorial.

 

- Losurdo, Domenico. Contrahistoria del liberalismo. (2007). Barcelona, España: El viejo topo.

 

 

 

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