La representación política (III): Estrellas del rock, diplomáticos no electos, y otros representantes políticos

30/10/2019

Daryan Shamkhali @daryan

 

 

Consideremos los siguientes dos casos. El primero, el cantante de la banda irlandesa U2 Bono. Para algunos, un ejemplo de que la fama y el éxito son compatibles con un férreo compromiso con los más débiles. Para otros, más críticos, una muestra de lo que Rudyard Kipling llamó "la carga del hombre blanco"; alguien, como el americano tranquilo de la novela de Graham Greene, determinado "a hacer el bien, pero no a una persona individual, sino a un país, a un continente, a un mundo". Independientemente de qué posición adoptemos, su capacidad para organizar actividades e iniciativas filantrópicas es difícil de negar. Bono es un personaje público enormemente influyente, cuyas acciones tienen consecuencias sobre aquellos cuyas voces asegura representar. Y esto es importante, porque el propio Bono se concibe a sí mismo como el representante informal de quienes habitan en países sin el andamiaje institucional necesario para ser representados políticamente. Como afirmó en una entrevista con el London Evening Standard: "Represento a un montón de gente que no tiene ningún tipo de voz… Son las 6500 personas que mueren de SIDA en África cada día sin ninguna razón. Ellos no me han pedido que les represente. Puede sonar impertinente, pero espero que estén contentos de que lo haga"[i].

 

El siguiente caso es algo menos glamuroso. La República Popular China no es un país democrático, esto no es ninguna sorpresa. Y sin embargo, tiene la facultad de enviar a la Asamblea General de las Naciones Unidas a representantes que se arrogan el derecho de hablar en nombre de los ciudadanos chinos, quienes carecen de derechos de participación política mínimamente robustos. Y lo que es más relevante aún: esta pretensión representativa (representative claim) es tomada en serio por el resto de estados. Lejos de ser una mera excentricidad retórica, las declaraciones del representante chino tienen un impacto notable sobre los habitantes de su país.

 

Estos dos ejemplos constituyen casos difíciles para algunas teorías clásicas de la representación política. En ambos casos, tenemos a alguien que afirma hablar en nombre de otros. Y de hecho lo hace, en cuanto que sus afirmaciones y acciones tienen repercusiones tangibles (que pueden positivas o negativas) sobre aquellos a quienes dicen representar. Parece, pues, que en algún sentido Bono y el representante de China frente a las Naciones Unidas están representando a un grupo de individuos (o como mínimo, que están adoptando el rol institucional de un representante en un contexto en el que los otros participantes lo aceptan como tal[ii]). Ahora bien, aquí es donde empiezan los problemas. El más importante es que ni Bono ni el representante de China han sido elegidos por aquellos en cuyo nombre afirman actuar. En ningún caso existen mecanismos electorales que nos permita saber si un cierto grupo de individuos realmente aceptan que se hable en su nombre. Si Bono y el representante de China son representantes, entonces son representantes no electos, una categoría que las teorías clásicas de la representación política parecen tener dificultades para acomodar. Otro problema importante es que ni Bono ni el representante de China son miembros de un parlamento nacional, el escenario paradigmático de la representación política para las teorías clásicas. En el primer caso, el cantante de U2 opera en un entramado de instituciones y organismos de diverso tipo: instituciones estatales, instituciones supranacionales, organizaciones no gubernamentales, etc. En el segundo caso, el representante de China frente a la Asamblea General de las Naciones Unidas es miembro de una institución de carácter mundial, con un funcionamiento y unas atribuciones distintas de los Estados individuales que la componen.

 

Quienes se toman en serio la intuición de fondo (que parece haber al menos algún sentido en que tanto Bono como el representante de China están asumiendo el rol de representantes) han tratado de desarrollar teorías de la representación política que no asuman de antemano que la representación debe ser electoral (o, en general, democrática), nacional o formal. Una de las más influyentes, tanto por su ambición (pues intenta ser una teoría general de la representación) como por las discusiones a las que ha dado lugar, es la llamada teoría de la audiencia, defendida por el teórico político Andrew Rehfeld[iii]. Para entender la teoría de la representación de Rehfeld es útil establecer un paralelismo con una versión de lo que en filosofía del derecho se llama positivismo jurídico[iv]: a saber, la idea de que el derecho (su naturaleza o su contenido) puede ser identificado independientemente de consideraciones normativas. De acuerdo con el positivismo, el derecho de la Alemania nazi podría ser profundamente aborrecible desde un punto de vista moral, pero no dejaba de ser derecho. Si alguien nos pregunta: "¿Cuáles eran las leyes del Tercer Reich?", la respuesta no puede ser: "No existían", pues esto sería absurdo. Para algunos, el acto fundacional del derecho en una sociedad lo constituye la aceptación de una regla de reconocimiento por parte de sus miembros. Cuando una parte significativa de la sociedad reconoce un conjunto de reglas como su ordenamiento jurídico, entonces esas reglas (incluso si son absurdas, irracionales o inmorales) conforman el derecho de esa sociedad. Un derecho absurdo, irracional e inmoral, pero derecho al fin y al cabo.

 

Pues bien, la teoría de la representación de Rehfeld es una aplicación de esta versión del positivismo jurídico al ámbito de la representación política. Todo acto de representación, afirma Rehfeld, contiene un potencial representante, unos potenciales representados y una audiencia, formada por aquellos a quienes el potencial representante se dirige. Y si estos validan la pretensión representativa del potencial representante, esto es suficiente para que este adquiera el estatus de representante, con todos los poderes que ello conlleva. Por lo tanto, si Bono es o no un representante dependerá de si aquellos a quienes se dirige aceptan que hable en nombre de los africanos víctimas del SIDA. Y lo mismo sucede en el caso del representante de China: si la Asamblea General de las Naciones Unidas acepta sus pretensiones representativas, entonces es un representante y no hay mucho que se pueda hacer al respecto.

 

Evidentemente, la teoría de Rehfeld es bastante controvertida. Una cosa es proponer una teoría de la representación que permita explicar en qué sentido podrían Bono o el representante de China (o de Libia, o de Irán, o de cualquier estado no democrático) estar actuando como representantes y otra muy distinta es afirmar que la representación en general puede explicarse sin apelar a ningún tipo de consideración valorativa. ¿Por qué? La respuesta es sencilla: porque las implicaciones son mucho mayores. Pensemos en dos ejemplos. El primero involucra un representante enormemente torpe que jamás consigue actuar como se propone: pese a que dice estar actuando en nombre de un grupo de individuos, nunca logra hacer lo que ellos le indican. El segundo involucra a un grupo terrorista islamista que dice representar a la totalidad de la comunidad musulmana, algo que es aceptado por casi todos los miembros de una sociedad altamente xenófoba[v]. De acuerdo con la teoría de Rehfeld, si el representante torpe o el grupo terrorista están o no representando a otros dependerá únicamente del veredicto de la audiencia a la que se dirigen: otras consideraciones, como que el porcentaje de error del representante a la hora de actuar según las indicaciones de sus representados sea inmenso, o que la audiencia reconozca a un potencial representante en función de criterios irracionales o inmorales (como en el caso del grupo terrorista), devienen secundarias. Para muchos, estas implicaciones son demasiado implausibles.

 

Por mi parte, considero que parte de la discusión es meramente terminológica, y que tanto Rehfeld como sus críticos están identificando fenómenos interesantes (independientemente de si merecen o no contar como casos de "representación"). Para empezar, Rehfeld ha señalado correctamente que hay quienes afirman hablar o actuar en nombre de otros, y que en virtud del reconocimiento de aquellos a quienes se dirigen, adquieren una serie de poderes hohfeldianos[vi] sobre sus presuntos representados (es decir, la capacidad de modificar sus derechos y deberes). Independientemente de si queremos o no hablar del "representante" de China en las Naciones Unidas lo cierto es que existe un individuo que, cuando habla frente a la Asamblea General de dicho organismo, afirma estar hablando en nombre de los ciudadanos chinos y que, en virtud de esta afirmación y de su aceptación por parte del resto de países, tiene el poder de tomar decisiones que impactarán sobre la vida y el bienestar de los ciudadanos chinos. Este estatus y sus implicaciones parecen independientes de consideraciones normativas. Del mismo modo, independientemente de si queremos decir o no que Bono "representa" a ciudadanos africanos, lo cierto es que existen organismos y entidades que se toman en serio sus pretensiones representativas, de manera que lo que Bono dice en nombre de dichos ciudadanos puede tener consecuencias nada triviales sobre sus vidas[vii].

 

Por otra parte, quienes critican las implicaciones contraintuitivas de la teoría de Rehfeld han identificado correctamente, a mi juicio, un sentido de "representar" en que este actúa como un verbo factivo (es decir, un verbo cuya correcta aplicación depende del éxito de la acción que se describe). Supongamos que digo: "Mi médico me ha curado: estoy mucho peor que cuando entré en el hospital". Ante una afirmación de este tipo, caben dos posibilidades: o estoy siendo irónico o no tengo ni idea de lo que significa "curar". Este es un ejemplo claro de verbo factivo: si un médico ha curado o no a su paciente dependerá, al menos en parte, del éxito que haya tenido en su labor. Si el paciente muere, no hay ningún sentido en que podamos decir que lo ha curado. Pues bien, como decía, creo que los críticos de Rehfeld han identificado correctamente una acepción del verbo "representar" que es claramente factiva: en este sentido, si mi representante es profundamente torpe no me está representando. Y lo mismo sucede con el grupo terrorista islamista: si los terroristas no tienen ningún éxito a la hora de promover o proteger los intereses o preferencias de aquellos a quien dicen representar, entonces no están representando, del mismo modo que el médico que envenena al paciente no lo está curando.

 

Llegados a este punto, uno podría preguntarse: Bien, pero, ¿por qué no podríamos decir que uno de estos fenómenos merece realmente ir asociado a la palabra "representación" mientras que el otro no? Mi respuesta es que, una vez realizadas las distinciones del párrafo anterior, no sé muy bien cómo podríamos mostrar esto. Pero, más importante aún, no sé qué de nos serviría. Como dice el filósofo David Chalmers, en el contexto de una discusión parecida: "En lugar de preguntarnos: ¿Qué es una creencia? o ¿Qué significa verdaderamente creer? y esperar una respuesta definida, uno puede fijarse en los distintos roles que las creencias pueden jugar y decir: aquí hay varios estados, todos ellos interesantes: B1 puede adoptar estos roles, B2 estos otros, y lo mismo para B3. Una vez hechas estas precisiones, la cuestión terminológica sobre cuál de estos estados es realmente una creencia deja de tener mucho interés"[viii].

 

¿Importa, por lo tanto, si Bono o el representante de China son "realmente" representantes? Yo diría que no mucho. Importa, por supuesto, si tienen la capacidad de tomar decisiones que influyen en la vida de miles de individuos. La dimensión evaluativa es irrenunciable, por supuesto, pero que la incorporemos a la propia noción de representación o la añadamos después me parece poco relevante.

 

[i] Citado en Montanaro, Laura. 2012. "The Democratic Legitimacy of Self-Appointed Representatives", Journal of Politics 74(4): 1094-1107; 1096.

[ii] Estrictamente hablando, para este ejemplo basta con que quienes acepten a Bono y al representante de China tengan un papel determinante sobre la decisión respecto a la cual estarían actuando en calidad de representantes. Así, por ejemplo, el hecho de que haya quienes cuestionan que Bono esté representando a nadie no tiene mucha importancia si al final quienes gestionan los programas de ayuda internacional u otro tipo de iniciativas filantrópicas no gubernamentales (o quienes contribuyen económicamente a dichas iniciativas) sí lo reconocen como tal.

[iii]  Rehfeld, Andrew. 2006. "Towards a General Theory of Political Representation", Journal of Politics 68(1): 1-21.

[iv] Como siempre, una introducción clara y accesible puede encontrarse aquí: https://plato.stanford.edu/entries/legal-positivism/.

[v] Este ejemplo se lo escuché a Jahel Queralt, y es justo que el crédito le sea otorgado.

[vi] Para una discusión del análisis hohfeldiano de los derechos véase: https://www.revistalibertalia.com/single-post/2018/09/23/Los-derechos-i-El-analisis-hohfeldiano.

[vii] No en el sentido en que lo decía el cómico Robin Williams, por supuesto: https://www.youtube.com/watch?v=f8CEBOHmEbk.

[viii] Chalmers, David. 2011. "Verbal Disputes", Philosophical Review 120(4): 515-566; 538.

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