Reseña: "Tiempos recios" (ed. Alfaguara , 2019) de Mario Vargas Llosa

30/10/2019

 Clovis Castaneda @clover98

 

“Es necesario que el lector confunda

el presente de la lectura con el pasado de lo narrado

y que ambos tiempos avancen en busca de un

futuro que es la culminación de la acción en la narración.”

Guillermo Cabrera Infante, La ninfa inconstante

 

No es exagerado afirmar que si se proyecta indagar acerca de los sucesos históricos de una nación se aprenda no sólo a través de manuales sino también mediante novelas. Me explico: es probable que se conozcan con mayor perspectiva los avatares de las invasiones de Napoleón a Rusia a través de la lectura de Guerra y Paz de Tolstoi, o se aprecie mejor el mundo de los códigos morales de la Francia de 1830 por medio de La Comedia Humana de Balzac o, por último, se comprenda el ambiente alemán de la Primera Guerra Mundial por la monumental trilogía de Alfred Doblin Noviembre de 1918. La última novela de Mario Vargas Llosa se inscribe en esta tradición. Al presentar con maestría literaria los acontecimientos que posibilitaron el golpe de estado al presidente de Guatemala Jacobo Árbenz en 1954, la frontera entre lo público y lo privado se disuelve para dar paso a una narración integral de la vida de los hombres y mujeres guatemaltecos de la época.

 

Tiempos recios continúa una de las temáticas recurrentes de varios escritores latinoamericanos de la segunda mitad del siglo XX, principalmente los que integraron el famoso “boom latinoamericano”[1]: las relaciones entre la política y la literatura en “sociedades donde la injusticia es ley.”[2] Asimismo, conecta de manera directa con anteriores obras de Vargas Llosa que abordaron dicha temática: Conversación en la Catedral (1969), en la cual reconstruyó la vida del Perú bajo la dictadura de Manuel Odría entre 1948 y 1956; La guerra del fin del mundo (1981), donde relató la guerra de Canudos sucedida en Brasil a fines del siglo XIX y en la cual se enfrentaron los campesinos contralos militares de la República; finalmente, La fiesta del Chivo (2000), que se centró en la cruel dictadura ejercida por Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana desde 1930 a 1961 y que, como se verá en lo que sigue, vuelve a ser protagonista central de la última novela del escritor peruano.

 

El abanico de personajes que desfilan por la novela es sumamente heterogéneo y no sólo se concentra en los actores políticos que fueron los hacedores del golpe de estado, sino que se dan cita esposas y amantes, gente de a pie e intelectuales, médicos y abogados, civiles y militares. De hecho, una de las protagonistas principales es la querida del coronel Carlos Castillo Armas, quien, sublevándose con la ayuda de los Estados Unidos, depuso a Jacobo Árbenz. El otro actor importante es la United Fruit, empresa productora de bananas que desplegó un imperio comercial a lo largo de Centroamérica en los años 40 y que invirtió grandes cantidades de dinero para la insurrección. Así, el triángulo golpista se configuró mediante una facción del Ejército, la compañía bananera y, por último, el organismo cuya actuación ha sido suficientemente probada en la larga historia de los golpes de estado de Latinoamérica: la CIA, comandada por Allen Dulles, hermano de John Foster Dulles, por esos años Secretario de Estado del gobierno norteamericano y que –vaya casualidad–era apoderado de la United Fruit.[3]

 

La razón determinante a través de la cual se fomentó el golpe hacia Árbenz fue el temor de que Guatemala “se iba convirtiendo poco a poco en un satélite soviético, mediante el cual el comunismo internacional se proponía socavar la influencia y los intereses de los Estados Unidos en toda América Latina.” (p. 27). Ahora bien, el gobierno de Árbenz pretendía justamente lo contrario: emular a los Estados Unidos y sacar del atraso y de la miseria a Guatemala, volviéndolo un país próspero, industrializado, moderno y con instituciones democráticas sólidas. En verdad, la amenaza real advertida por la CIA fue la segunda y no la primera. Como dice elocuentemente uno de los personajes: “El peligro, señores, es el mal ejemplo. No tanto el comunismo como la democratización de Guatemala.” (p. 24). La pregunta que atraviesa la novela es la siguiente: ¿Cómo fue posible que Árbenz, empeñado en desterrar el atraso y el feudalismo y convertir al país en una democracia liberal y capitalista, hubiera generado tanta histeria en Estados Unidos?

 

La política más importante que ejecutó Árbenz en sus años de gobierno (1951-1954) fue la reforma agraria. Esta lo recordaría para la posteridad y lo sumió en la gloria y, al mismo tiempo, le valió elderrocamiento y el exilio. La reforma agraria fue el asunto en el “que más se concentró, el que estudió más y el que más se esforzó en concretar.” (p. 91). Igualmente, significó el instrumento clave para comenzar a transformar, de una vez por todas, la estructura económica y social de Guatemala: entregar tierras ociosas e inutilizadas constituyó el primer acto de justicia a los indios, grupo históricamente postergado. Cabe subrayar que la población indígena en dicho país se estima en el 40 por ciento. Como era de esperar, los empresarios y los latifundistas pusieron el grito en el cielo, ideando una serie de artilugios y maniobras –como se apuntó, acusándolo de comunista– para detenerla. Al final, Árbenz consiguió que la reforma viera la luz y comience a aplicarse no sin reticencias.

 

Sin embargo, ¿cómo se convencería a la opinión pública que Guatemala estaba próxima a constituirse como satélite de la Unión Soviética? Con unas líneas que guardan una poderosa actualidad, un relacionista público de la United Fruit dice que ese trabajo debería hacerse mediante “la prensa progresista, la que leen y escuchan los demócratas, es decir, el centro y la izquierda. Es la que llega al mayor público. Para dar mayor verosimilitud al asunto, todo aquello debe ser obra de la prensa liberal.” (p. 25). La novela deja en evidencia el advenimiento en los comienzosde la década de los 50 –conviene  recordar que es por estos años cuando la televisión comienza llegar a la mayoría de los hogares americanos– de la manipulación comunicacional que afecta tanto a democracias y autoritarismosen la actualidad y donde los relatos mediáticos, más que describir, fabrican la realidad.

 

Además de la colaboración de la CIA y la United Fruit, el golpe de estado –denominado Operación Éxito– no habría sido posible sin la inapreciable ayuda de losvecinos: Anastasio Somoza, de Nicaragua y Rafael Leónidas Trujillo, de República Dominicana. Déspotas sanguinarios que eliminaron toda disidencia política e instauraron regímenes autocráticos, acompañaron estrechamente la campaña militar de Castillo Armas. Somoza, “aliado generoso y consciente de lo que estaba en juego” (p. 63), se ofreció para que en Nicaragua entrenen los mercenarios que componían el Ejército sublevado, como así también desde allí partían los vuelos de la CIA hacia Guatemala. Asimismo, la capital del país –Managua–funcionó como centro de operaciones de la estrategia militar. Por su parte, Trujillo[4] aportó 60 mil dólares y todo tipo de armas, como metralletas, fusiles, revólveres y granadas. Por ello, el general Castillo Armas quedó maravillado de la bondad de Trujillo, faltándole “palabras para agradecerle todo lo que hace por nosotros. Por el pueblo guatemalteco.” (p. 86).

 

Una vez en el poder, el coronel Castillo Armas desató una verdadera caza de brujas sin precedentes en la historia del país. Persiguió y encarceló a militantes de izquierda, ejecutó redadas con una violencia inaudita, cerró sindicatos y asociaciones obreras, eliminó el Instituto Indigenista Nacional, clausuró las oficinas encargadas de administrar la reforma agraria y devolvió las tierras confiscadas a la United Fruit, torturó a presos políticos y no políticos, provocó que más de doscientas mil personas huyeran hacia México y, finalmente, llevó adelante matanzas de personas humildes y sin la menor sospecha de participar en actividades políticas: “un miedo pánico se extendió por todos los vericuetos de la sociedad guatemalteca, en especial entre los sectores más modestos, y unos excesos en la misma violencia que superaban todos los horrores precedentes.” (p. 265).

 

Pero la historia de conspiraciones, traiciones y conflictos de intereses no se acabó una vez destituido Árbenz, pues en julio de 1957 asesinaron al presidente Castillo Armas mediante dos balazos. Aún no se sabe con certeza y precisión quién o quienes ejecutaron el magnicidio, tanto material como intelectualmente. Las hipótesis y conjeturas asomaron rápidamente. Una sostiene que fue un atentado de los comunistas; también se dice que Trujillo lo mandó a matar, ya que le debía muchos favores; otra versión afirma que la CIA participó porque su presidencia asumía tintes cada vez más violentos; un discurso distinto asevera que fue un soldado llamado Vásquez Sánchez y que lo hizo para vengar a su padre comunista; por último, otro de los sospechosos –que sufrió por la acusación de asesinato largos años en la cárcel– era el teniente Enrique Trinidad Oliva, Jefe de Seguridad de Castillo Armas. Lo cierto es que Armas había perdido el apoyo de los militares, la Iglesia, Trujillo y los Estados Unidos: “todos conspiraban contra el gobierno a sus espaldas. Lo sabía muy bien.” (p. 192).

 

Expuesta la radiografía de la novela, ahora es momento de esbozar algunas consideraciones sobre los hechos narrados. Aquí no se va a valorar la figura política del escritor peruano pues, si bien el que escribe estas líneas se encuentra en las antípodas de su pensamiento, un estudio atento y desprejuiciado debe concentrarse en los argumentos y no en la persona del que los emite. 

 

Vargas Llosa cree que fue una “gran torpeza” (p. 350) por parte de los Estados Unidos impulsar el golpe militar a Árbenz, pues fortaleció a los partidos de izquierda a lo largo y ancho de América Latina. De hecho, aseguró que “sirvió para radicalizar y empujar hacia el comunismo al Movimiento 26 de Julio de Fidel Castro” (p. 350), quien sacó las más obvias conclusiones acerca del manejo de las relaciones de poder entre Estados Unidos y los países americanos. Asimismo, escribió que “otra hubiera podido ser la historia de Cuba si Estados Unidos aceptaba la modernización y democratización de Guatemala.” (p. 350). Así pues, el golpe perpetrado por Castillo Armas ocasionó efectos perjudiciales en Latinoamérica y especialmente en Guatemala, donde proliferaron guerrillas y movimientos armados y, en consecuencia, se instauraron violentas dictaduras militares para reprimirlos. Al extender la semilla de la revolución y la lucha armada, la “intervención norteamericana […] retrasó decenas de años la democratización del continente y costó millares de muertos.” (p. 351).

 

Si bien es necesario reconocer la influencia que tuvo el derrocamiento a Árbenz, es un tanto exagerado hacer depender por entero la radicalización de Fidel Castro y el movimiento cubano del golpe guatemalteco. Los acontecimientos históricos son, como se sabe, complejos y multicausales. En el año 1953 la opresión del dictador Fulgencio Batista sobre Cuba era asfixiante e intolerable, y los objetivos políticos de Fidel por aquella época estaban claros, pues asaltaron el Cuartel de Moncada el 26 de julio de aquel año y luego de este fallido intento comenzaron a idear acciones políticas contundentes. Por otra parte, el avasallamiento de derechos y libertades que ejercían las dictaduras se estaba extendiendo en toda América Latina: en Perú, con el General Odría; en República Dominicana, con Trujillo; en Venezuela, con Pérez Jiménez; en Nicaragua, con Somoza; en Haití, con Francois Duvalier, alias “Papá Doc”. La apelación a la revolución se estaba germinando en cada punto del continente y los vientos políticos, sociales y culturales buscaban de manera pacífica, primero, y luego violenta, la construcción de una sociedad libre y sin explotadores y explotados.

 

En conclusión: Tiempos recios es una pieza magistral de la literatura latinoamericana contemporánea, está narrada –como las anteriores novelas de Vargas Llosa– con rigor histórico y deja en evidencia la presencia invasora de los Estados Unidos en los países latinoamericanos en el siglo XX, que ocasionó que la mayoría de ellos se constituyan, para utilizar un sugerente término de Joan Garcés, en “democracias tuteladas”[5]. Asimismo, advierte de los peligros de una prensa sin control y cómo una campaña mediática puede derribar un gobierno o, en el presente, hacerlo ganar. Piénsese en la victoria de Trump o en la estrategia del Brexit, ambas trabajadas por Cambridge Analytica. Por último, sumergirse en sus páginas nos hace entrar en un mundo lleno de tramas, conspiraciones, mentiras, intrigas y traiciones, pero también de amor, amistad y, sobre todo, en el sueño colectivo por un mundo más justo, sueño que desveló al presidente Jacobo Árbenz.

 

 

[1] Cabe nombrar a Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, José Donoso y el mismo Vargas Llosa. Uno de los ejes centrales del boom latinoamericano lo constituyó la ficción histórico-política, como se observa, entre otros, con La región más transparente de Fuentes, El otoño del patriarca de García Márquez, o Yo el Supremo de Augusto Roa Bastos. Para mayor abundamiento sobre el boom, remito al bien documentado ensayo de Xavi Ayén: Aquellos años del boom, Debate, Barcelona, 2019.

 

[2] Vargas Llosa, Mario, “La literatura es fuego”, discurso pronunciado en ocasión de la entrega del Premio Rómulo Gallegos el 04 de agosto de 1967.

 

[3] Un texto imprescindible que acredita la actuación de la CIA en el golpe de Estado y la relación con la United Fruit es "Fruta amarga: la CIA en Guatemala", de Stephen Schlesinger y Stephen Kinzer. Hay edición española por Siglo XXI, México D.F., 2013.

 

[4] Para adentrarse en las tumultuosas relaciones entre Castillo Armas y el general Trujillo remito a "La rapsodia del crimen. Trujillo versus Castillo Armas", Grijalbo, Santo Domingo, 2017, del ensayista dominicano Tony Raful.

 

[5] Garcés, Joan, Soberanos e intervenidos. Estrategias globales, americanos y españoles, Siglo XXI, Madrid, 2012.

 

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