Charla con Pedro Insua: España ¿orgullo o vergüenza?

Petr Slováček @grwood


Hoy charlamos con el filósofo Pedro Insua para comentar su ensayo “1492. España contra sus fantasmas” y reflexionar sobre la leyenda negra y la memoria histórica.

 

-¿Por qué has escogido como tema de reflexión cuatro momentos de 1492? ¿Qué significa que el libro se dirige “contra los fantasmas de España”?

 

Este proyecto nace en el contexto de la pugna política contra el catalanismo. A raíz de lo que ya había escrito en diversos medios sobre la cuestión, la editorial Ariel me contacta para hacer un argumentario refutando la imagen que el nacionalismo proyecta de España y de su historia para justificarse. Una visión totalmente deformada según la cual la historia de España sería la historia de una tiranía.

 

En origen Ariel planteaba hacer un libro en que exponer la historia española en su totalidad,  pero dada la limitación temporal de la que disponía decidí fijarme en una fecha muy concreta y significativa: 1492. La fecha en que España desborda el ámbito mediterráneo y cobra significado histórico universal -es el momento del plus ultra- pues hasta entonces era más bien la restauración -si se quiere- de una provincia romana, la Hispania visigótica. Pero a partir de 1492 se da un salto oceánico que resitúa, no sólo a España, sino al orbe entero. Fijando América se redescubre el orbe, un proyecto que culminará con la circunnavegación de El Cano.

 

De este modo, 1492 marca el fin de Al-Ándalus -o, más bien, el fin del reino nazarí y con ello el fin político de la presencia musulmana en España; se mantendrán los moriscos, sin duda, pero ya no conformarán una unidad política propia-, la expulsión de los judíos –de Sefarad-, el surgimiento de la Inquisición, y finalmente, ocupando el capítulo más extenso, la llegada a América. 

 

 

-Así pues, aunque se trate de un ensayo histórico, el objetivo del libro es político. Sin embargo, has sostenido en diversas ocasiones que los argumentos históricos no tienen lugar en la política. Luego, la legitimidad o ilegitimidad del secesionismo catalán o de cualquier otra reivindicación política es independiente de lo que sucediera hace 500 años.

 

Efectivamente. Sucede sin embargo que como se hace un uso político de la historia, la historia importa políticamente.  Es decir, cuando el catalanismo utiliza esa deformación histórica o ficción con la que trata de justificar su acción separatista, entonces le obligan a uno a revisar la historia para mostrar que los hechos no justifican nada de lo que pretenden. Que si Cataluña existió como estado independiente desde el s.VIII, que en 1714 España conquista Cataluña etc. Todo ello falso, puras fantasías que los documentos y evidencias historiográficas desmienten con claridad.

 

 

-Pero todo ello sin perjuicio de que tu consideres que, en rigor, incluso si lo afirmado fuera cierto, no tendría peso político ni serviría como base para ninguna reivindicación.

 

Si hubiera existido una Cataluña independiente en algún punto de la historia, tampoco justificaría una separación en la actualidad. La historia no tiene capacidad política. Por ejemplo, pensemos en Alemania, que sí tienen una historia negra, ¿acaso eso le resta legitimidad al estado alemán actual? Por mucho que el nazismo si fuera una realidad histórica, eso no da de sí para plantear la desaparición de la nación alemana.

 

 

-De acuerdo con el prólogo de Roca Barea uno de los objetivos del texto sería “subir la moral” a los españoles. No obstante, ¿por qué debería subirnos o bajarnos la moral lo que hicieron terceras personas hace ya varios siglos?

 

Se trataría de un elemento de compensación contra el bombardeo propagandístico de la leyenda negra de acuerdo con el cual España sería y habría sido una sociedad degenerada y atrasada, como poco; de ser así es normal que nadie quisiera comprometerse en la actualidad con esa realidad política. Esa sería la línea que sigue Roca Barea: en tanto que ajustas históricamente lo que ha sido España, ya no hay un perfil que la haga abominable y rechazable, tal y como ha sido dibujada por tantos. Es decir, si uno pinta a España como un monstruo, es de justicia intentar acabar con ella. Ahora, resulta que no es un monstruo.

 

Puede que el concepto “subir la moral” sea un poco vago en este contexto, pero si tu ajustas a la historia el transcurrir de la acción de España secularmente, se ve que no hay lugar para renegar de ella, en especial si se la compara con otros imperios. Vaya, la acción imperial de España en América fue muy superior a la de otras potencias: sin negar las matanzas, que las hubo, España jamás realizó un genocidio -como detallo en el libro-, sino que estructuró políticamente aquella sociedad. Incluso desde la mentalidad actual la historia de España es -digamos- “bastante digerible” si la comparamos con la inglesa o la belga, por ejemplo. (Ojo, que la historia no es un tribunal: no hay porqué condenar. Entrar en valoraciones de este tipo es falsear la cuestión). 

 

 

-Brevemente, a qué te refieres cuando distingues entre España como nación histórica, cuyo origen remontan al medievo, España como nación política, que consideras consolidada en s.XVI, y la nación española contemporánea, que surgiría a principios del s. XIX. 

 

Estas son distinciones que hizo Gustavo Bueno en un estudio muy riguroso y agotando el campo filológico del término ‘nación’ en España no es un mito. Pues bien, yo recojo estas distinciones y les doy mayor profundidad documental, mostrando que esas distinciones efectivamente encajan con la realidad pasada.

 

Frenta a la idea falsa de la España medieval como un conjunto de reinos aislados, independientes y en conflicto, hablo -siguiendo a Bueno, Pidal y Maravall- de España como nación histórica originada en el medievo. Lo que vengo a decir es que España, como nación, o su unidad, proviene del propio imperio desde el punto de vista político. Una condición imperial que se ha negado sistemáticamente, pero que autores como Pidal o Maravall la han mostrado. Es decir, frente a la idea falsa de la España medieval como un conjunto de reinos aislados, independientes y en conflicto, el imperio conformará la idea de nación española. De la que habla Cervantes, Saavedra Fajardo, Cadalso… El término ‘nación española’ estará presente en todo el siglo de oro y posteriormente. Los españoles serán los nacidos en el ámbito político del imperio español. No es casual que Feijó hablara de los “españoles de América”.

 

 

-Sin embargo, esta triple división podría sugerir que la España en que vivimos hoy no es la misma entidad que realizó la conquista. Es decir, que, como el barco de Teseo, la España de 1492 y la de hoy no pueden considerarse numéricamente idénticas.

 

Hay claras continuidades políticas, por ejemplo, y sin ir más lejos, la monarquía. Si hoy hay un Felipe VI es porque antes hubo un Felipe I, y un Felipe II etc. Donde sí hay rupturas fundamentales, aun cuando algunas instituciones sí que continúen, es con la Hispania visigótica. Aquí la continuidad se establece en la medida en que la nación en su sentido contemporáneo, esto es, titular de la soberanía nacional, ya existe con anterioridad.

 

 

-Pero acaso no es esa una creación la Constitución de 1812?

 

No, se trata claramente de la misma entidad porque hay una continuidad institucional, cultural, lingüística y familiar -de apellidos, de casas- muy importante. La soberanía nacional de la que habla la Constitución de Cádiz sólo es posible porque existe una nación preexistente a nivel sociológico sobre la que el elemento político se estructura.

 

En este sentido es destacable que aquellas instituciones que se van progresivamente eliminando lo que hace realmente es alimentar las siguientes. Así, los constituyentes de Cádiz lo que hacen es inspirarse, no en cualquier ley, sino en el Fuero Juzgo, en las Partidas de Alfonso X etc. Asimismo, la idea de la soberanía popular era algo que años atrás los jesuitas españoles ya habían teorizado con detalle.

 

Es decir, una vez que Napoleón descabeza la monarquía española y pretende depositarla en su hermano José Bonaparte, las Juntas le declaran la guerra. Algo que solo es posible porque esta goza de legitimidad previa. El cambio que impulsará la Constitución será muy importante, sobre todo a nivel de homogenización jurídica -un código civil, un código criminal y un código de comercio-, pero ese proceso de unificación sólo es posible porque previamente ya había una soberanía que era nacional.

 

-Sostienes que ni la expulsión de los musulmanes ni los ataques populares a los judíos tenían un motivo principalmente religioso ni racial. Podrías desarrollarlo.

 

En algunos casos sí que había un componente religioso, pero el elemento racial no tenía ningún peso. La “raza” -y sus connotaciones políticas- es un concepto totalmente decimonónico que llega a su máximo esplendor en Auschwitz. Es verdad que hay un racismo previo, pero es algo muy confuso y no institucionalizado. El racismo político es un producto de la sociedad científica, no algo presente en el s. XV o XVII.

 

-¿De qué modo conecta “el problema de los criptojudíos” con el surgimiento de la Inquisición?

 

El judaísmo de aquel entonces constituye una sociedad para-política. Sociedades que están ligadas a la sociedad románica como privilegio real. Dependen absolutamente del poder del rey. Son literalmente servis regis, servidores que convienen a la monarquía desde el punto de vista financiero y administrativo. Sin embargo, cuando la monarquía entra en crisis y las otras clases intentan atacarla, lo hacen atacando a los judíos. Pero no en condición de judíos, ¡sino como parte del tesoro real! Los pogroms no tienen un sentido religioso ni racial, sino político.

 

Sin embargo, a medida que la monarquía se va fortaleciendo a partir del s.XIV muchos judíos empiezan a convertirse, convirtiéndose en neo cristianos. Tienen las mismas habilidades y prerrogativas que un judío, pero sin los problemas sociales que ello podía acarrear. La consecuencia de ello es el surgimiento de la distinción entre cristianos nuevos y viejos y el recelo de estos últimos contra los conversos por temer que su conversión no fuera sincera, que fueran criptojudíos. Un recelo que provocará diversas matanzas de cristianos nuevos en el s.XV -en Córdoba, Sevilla, entre otras ciudades.

 

Pues bien, para evitar la justicia popular contra los que se consideran falsos conversos surge la Inquisición. Porque recordemos que la Inquisición no era un tribunal civil, con jurisdicción universal. Era un tribunal eclesiástico que solo tenía competencia sobre los cristianos. Luego, la Inquisición -oficialmente- “no tocó” a un judío, pues no tenía ningún derecho. Es decir, lo que la Inquisición buscaba descubrir era si el converso era realmente sincero. Esto es, evitar que pueda venir uno, acusarte de falso converso, y que le liquidaran las masas, sin más. En definitiva, se trataba de evitar los abusos de la justicia popular e inquirir con más rigor y frialdad quién era realmente un falso converso que judaizaba en secreto. La Inquisición surge para proteger a los conversos.

 

 

¿Qué tensión atestiguas entre el “Derecho de Gentes” y los Imperios?

 

La idea de Imperio es una idea de un imposible político, tal y como desarrolla Bueno en “España frente a Europa”. Se trata de la conmensuración total bajo la égida de un solo rey, la idea alejandrina de regir bajo un solo imperio benevolente y una misma ley a todos a los súbditos. La idea de imperio implica totalidad, que no puede haber otro. Es decir,  saturar el campo político entero. Esto es la idea que introduce Alejandro Magno en la historia universal y que se va transmitiendo a lo largo de los siglos. Una idea que se va heredando y  que entra fuertemente en España, tal y como podemos ver en varios de los lemas alejandrinos de los Reyes Católicos (tanto monta monta tanto, el nudo gordiano). Pues bien, todo ello choca con la noción de que los distintos pueblos deben regirse por sus propias normas. Es decir, que no hay derecho para deshacer las distintas organizaciones socio-políticas de las gentes y transformarlo en unas instituciones unificadas.

 

¿Se podría asimilar esta tensión que atestiguas con la tensión moderna que existe entre lo que antaño se llamaba Derechos Naturales (y ahora llamamos Derechos Humanos) y las democracias irrestrictas (parlamentarias)?

 

Así es, el paralelismo es total. Ahora sucede que el imperio es EE.UU, y la cuestión de su legitimidad imperial no está en sus propios territorios internos -en Alabama, en Tejas-, sino en los externos -Iraq, Kazajstán-, es decir, desbordando fronteras. La frontera es una categoría política por definición, y el imperio es justo el desbordamiento de la frontera. Ahora, para hacer ese desbordamiento debes tener una justificación.

 

 

En este sentido, ¿cuál era el punto de disputa que dividía a juristas y teólogos sobre la legitimidad y legalidad de la conquista americana? ¿En qué consistía la oposición entre agustinismo y tomismo?

 

Un imperio, para desbordar su frontera tiene que justificarlo. Por ejemplo, EEUU lo justifica con la exportación de la democracia a las poblaciones que -dice- viven bajo regímenes tiránicos -caso de Iraq y Sadam Husein. En el caso de la España imperial esta justificación era el cristianismo y predicar el Evangelio. Si el infiel se está condenando por no conocer al Dios verdadero, convertirlo es un acto de generosidad, (si bien según el propio cristianismo la conversión no puede ser forzosa -quien lo haga se condena a sí mismo-, pues la fe cristiana es voluntaria). Ahora bien, para transmitir la fe cristiana la sociedad tiene que estar reunida -no pueden estar los indios por aquí y por allá-, de forma que ¿qué es lo que hacen los españoles? Reunir a los indios en ciudades. De esta manera, la legitimidad de la presencia española viene dada por el cristianismo.

 

Ahora bien, hay dos corrientes cristianas en tensión sobre este punto; una tensión que no acaba de resolverse del todo. Por un lado, el agustinsmo mantiene la tesis de la iluminación: la fe ilumina la razón, sin fe no hay razón, y esto incluye a la razón política. Luego, si la fe ilumina la razón, y solo la fe cristiana es la fe legítima, todas las sociedades políticas que no son cristianas no tienen legitimidad para existir, pues no se realiza la justicia en ellas, porque la justicia depende de la fe cristiana. Por lo tanto, la sociedad cristiana está legitimada para actuar sobre ellas.

 

¿Qué ocurre? Pues que, poco a poco, los teólogos se empiezan a dar cuenta que aquellas gentes están organizadas en sociedades potentes y que claramente poseen racionalidad. De este modo enlazamos con el tomismo que afirma la independencia entre la razón y la fe: no hace falta el cristianismo para ser racional. Sócrates era un infiel, ¿pero acaso echaremos a la basura su pensamiento por no estar iluminada por la fe? (En este sentido, San Alberto Magno afirma que para obtener la vida eterna y la gracia, la Biblia; pero para curar una herida, a Hipócrates y a Galeno, que son infieles.)

 

La legitimidad de la razón se justifica por sí misma. La racionalidad tiene sus propios mecanismos de justificación -la fe no pinta nada-, así como los tiene la fe. En algún momento se juntan y, según Santo Tomás, se puede justificar por fe las mismas cosas que por razón pero las fuentes son distintas: la luz de la razón es distinta de la luz de lo sobrenatural. Por ejemplo, la existencia de Dios se puede probar por fe pero también racionalmente. Pero son cosas distintas.

 

La luz de la fe es un don divino y divide a los hombres -pues no todos la poseen-, sin embargo la razón es común a todos los hombres. De ahí la ventaja de poderlos convencer a través de la razón. La Escuela de Salamanca, por primera vez a lo largo de la historia, admiten el tomismo como columna vertebral de la doctrina de la Iglesia. Y es a partir de ahí que las sociedades americanas son vistas de forma completamente diferentes: tienen su legitimidad. Ahora bien, ¿por qué la pierden? Pues por otras razones, ¡pero no porque sean impías! Francisco de Vitoria dice literalmente “la diversidad de religión no justifica una guerra”. Que sean infieles no justifica hacerles la guerra. Si se justifica, debe ser por otras razones -que no permiten comunicarnos, evangelizarlos etc.-, de lo contrario no somos nadie para expropiarlos, pues de lo contrario estaríamos faltando al mismo principio de legitimidad política.

 

 

¿Es posible evitar el anacronismo sin por ello caer en el relativismo histórico? ¿Cómo podemos juzgar el pasado, (sí es que debemos hacerlo)?

 

El juicio del pasado, como un tribunal, no tiene sentido; al pasado hay que entenderlo, lo que implica el análisis de los documentos, el contraste, conocer otras épocas.  

 

El entendimiento histórico, la historia como ciencia, empieza a funcionar con la muerte de los protagonistas. A partir de ahí la ideología se empieza a disolver. Vaya, hoy a nadie le importa mucho si tenían razón los güelfos  o los gibelinos, ni se identifica con ningún bando. En cambio, figuras como Stalin aún dividen mucho. El tiempo histórico, conforme va pasando, “acalla” la ideología -el gran peligro de la historiografía- y permite el análisis histórico riguroso. Digamos que si la historia es una melodía, la ideología es el ruido que la tapa.

 

 

-¿Es compatible la neutralidad ideológica que le es exigible al Estado con la celebración del 12 de Octubre (o en general la celebración de cualquier efeméride histórica -por ejemplo, el 11 de Septiembre en Cataluña-, dado el juicio de valoración que lleva de suyo)? Si la historia solo debe comprenderse y no enjuiciarse, ¿por qué celebrar?  

 

Un Estado, generalmente, celebra sus días nacionales o fundacionales con un componente ideológico muy fuerte. Algo que, de hecho, ya podemos ver en Platón cuando habla del mito de los terrígenos de acuerdo con el cual todo estado compromete la soberanía de su territorio como si siempre hubiera existido y fuera a existir. ¿Para qué? Para evitar controversias relativas al derecho del primer ocupante, para evitar que el yihadismo venga y diga que ellos estaban primero en al-Ándalus. En respuesta se establece toda una mitología hispana que trata de justificar que previamente existía una España visigoda, que Séneca era español etc. Todo tiene esta tendencia ideológica a legitimarse e idealizarse. Este el, en esencia, el mito de los terrígenos, y dice Platón que si bien esto es una mentira, y que necesite mucha retórica para que cale, es una mentira necesaria políticamente. (Ahora, es necesaria para un Estado que lo sea, no para Cataluña, que no lo es). 

 

 

-¿Qué te lleva a decir que esta mentira, aun y siendo mentira, sea necesaria?

 

Sin ella no es posible la consolidación del Estado que necesita legitimarse. De allí que a partir del s. XIX los Estados empiezan a escarbar -literalmente- en su tierra para legitimarse. Por ejemplo, los griegos escarban el Partenón para separarse de los turcos. ¿Qué sucede si el Estado no encuentra la legitimidad que busca en el pasado? Pues se la inventa. Sin embargo, podemos decir que en el caso de España sí existe esa legitimidad histórica, la fuerte continuidad de la que hablábamos.

 

 

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