El Joker, las casas de apuestas y la pornografía: reflexiones sobre la libertad

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Es habitual que los seguidores más entusiastas del mundo del cómic y la ciencia ficción acudan a los cines cuidadosamente caracterizados como sus personajes favoritos. Sin embargo, son muchas las salas estadounidenses que decidieron prohibir las máscaras y disfraces en el rutilante estreno de Joker, la nueva película de Todd Philips en la que, según tantos, Joaquim Phenix se habría ganado un merecidísimo Óscar. ¿La razón? El temor a que se repitieran los sucesos del pasado 2012 en Colorado, donde un joven armado habría tiroteado a decenas de personas durante el estreno de The Dark Knight Rises (la, ahora, penúltima películas sobre el universo de Batman). Una preocupación alentada por los familiares de las víctimas de aquel mass shoting –expresados en una carta a la CEO de Warner Bros- y secundanda incluso por algunos cuerpos de seguridad de Oklahoma.

 

Paralelamente, cientos de madrileños se echaban a la calle para reclamar la expulsión de las casas de apuestas de sus barrios. Se afirma que estos locales son trampas para los jóvenes y las personas más humildes, en donde los empresarios del juego se lucran de su precariedad empujándoles a la adicción. Unas preocupaciones que diversos ayuntamientos y organismos públicos empiezan a acoger con buenos ojos pidiendo regulaciones, controles y sanciones más estrictas y severas.

 

Finalmente, hoy es cada día más habitual escuchar acaloradas enmiendas a la totalidad contra la pornografía que tanto activistas, tertulianos y académicos asocian con la comisión de delitos sexuales. Tan es así que incluso la Fiscalía General del Estado ha llegado a afirmar que:

 

El incremento de la violencia entre los jóvenes es muy inquietante; especialmente en los casos de delitos de naturaleza sexual ejercida en grupo. Se trata de un fenómeno que guarda relación con el uso de la pornografía a través de las redes, donde se representa a la mujer cosificada. Una situación que hay que afrontar desde el ámbito educacional, en el que padres y administradores tienen que aunar esfuerzos para asegurar la transmisión de valores de igualdad, respeto y no discriminación

 

Ante sucesos de esta clase el debate tiende a simplificarse en dos bandos: por un lado, los "prohibicionistas", fuertemente inclinados a limitar muy seriamente aquello sentido como socialmente peligroso o nocivo. En frente, los "permisivistas", que responden por defecto en defensa de la libertad. Por mi parte, y en las líneas que siguen, no pretendo zanjar ninguna de estas polémicas sino, simplemente, apuntar el modo en que –creo- deberían abordarse estos debates tan clásicos entre seguridad y libertad.

 

En primer lugar, es importante aclarar que, en contra de lo sostenido habitualmente por el permisivismo, prohibir esto o aquello no nos aboca irremediablemente al orwelianismo. Es cierto que, en teoría, cualquier restricción a nuestras libertades en pro de una mayor seguridad o bienestar social podría contribuir a erosionar el ethos democrático de nuestras sociedades, pero esa posibilidad no justifica al crítico para afirmar que “si empezamos así, lo próximo será…”. Si esta temida pendiente resbaladiza fuera más que una falacia significaría que cualquier limitación a “actividades peligrosas” debería ser rechazada. Y, sin embargo, son poquísimos aquellos que realmente deciden apostar con tanta firmeza por la libertad sin matices. Salgamos de los casos con los que se genera la división –el uso recreativo de las drogas, la prostitución etc.- y recordemos todos aquellos en que el consenso parece unánime: la ilegalización de las armas, los límites de velocidad, el uso del cinturón al volante etc. En efecto, ¿cuántos de nosotros abordaríamos la problemática de seguridad surgida con el estreno del Joker restringiendo muy seriamente el derecho a portar armas? Luego, a la hora de reflexionar sobre la prohibición de actividades socialmente dañinas debe tenerse presente que, en el fondo, prácticamente nadie ocupa la posición del permisivismo extremo.

 

Por su parte, el prohibicionista también debe atestiguar la necesidad de matizar su posición, pues son muchas las libertades que permite y cuyo efecto social es más que nocivo. Por ejemplo, como antes hablábamos de ludopatía conviene recordar que el alcoholismo se cobra varias decenas de miles de vidas anualmente, sin que por ello se organicen manifestaciones reclamando “fuera bares de nuestros barrios”. Igualmente, incluso en el caso en que pudiéramos asegurar que un gobierno de tecnócratas aumentase la prosperidad de nuestras naciones son muchos los que, con todo, preferirían poder votar y elegir libremente a sus dirigentes aun a riesgo de que fueran menos competentes. La conclusión es pues poco sorprendente: los extremos son efectivamente viciosos y determinar en qué casos es aceptable prohibir no es tarea sencilla.

 

Como es lógico, el primer paso para saber si determinada actividad debe restringirse es atender al peligro efectivo que entrañe –cada año mueren más de mil personas en accidentes de tráfico- sin por ello olvidar los posibles beneficios que pueda reportar–facilitar masivamente el transporte. Una tarea para la que, huelga decirlo, no debe atenderse a la opinión pública ni tampoco al “sentido común”. Son los estudios metodológicamente más serios aquellos que deben guiar nuestra acción. (Apuntar así que, contrariamente a la versión cada vez más extendida, no es difícil encontrar estudios donde se pone en duda el papel catalizador de la pornografía en relación con el crimen o que, cuanto menos, abordan la cuestión con muchos más matices de los habituales. Similarmente, si repasamos la literatura sobre el efecto que tiene la publicidad en la creación de ludopatías encontraremos que los expertos adoptan posiciones más cautelosas que las habituales entre los legisladores, más cómodos en el pensamiento del “blanco o negro”.)

 

Sea como fuera, supongamos que la parte empírica de esta cuestión hubiera sido abordada satisfactoriamente y que se hubiéramos llegado a la conclusión –que ni niego ni afirmo- que actividades como las anteriores fuera netamente perjudiciales para la sociedad (a nivel de bienestar/salud/seguridad etc.) y que, muy importante, su eliminación no sería aún peor –pensamos sino en la famosa Ley Seca, un fantástico ejemplo de que el remedio puede ser peor que la enfermedad. Para poder continuar sería necesario ponderar el valor de la libertad que fuéramos a invadir, así como la magnitud en que la misma se fuera a ver restringida. Y es que a igualdad de mal prevenido habría restricciones que sentiríamos como desproporcionadas, mientras que otras tantas aparecerían como razonables. Naturalmente, este ejercicio de valoración y ponderación no podría ejecutarse acudiendo al método científico, por lo que la polémica estaría garantizada. No obstante, sí puede asegurarse que no bastaría con determinar si en un caso concreto determinada prohibición nos parece razonable. Lo importante, aquello que sí es exigible, es contar con un criterio sobre qué restricciones son proporcionales y, entonces, estar dispuesto a aplicarlo de forma consistente. De este modo, cada vez que pretendamos que esto o aquello debe prohibirse preguntémonos si en otros casos (análogamente peligrosos y en donde estuvieran implicadas libertades del mismo rango) actuaríamos de igual forma. Y es que no es extraño que aquellas prácticas que mayor rechazo generen y cuya prohibición se pide con más fuerza sean aquellas que, además de conllevar determinado peligro, vayan acompañadas de determinada pátina de indignidad o bajeza, siendo probable que el estigma en cuestión nos aboque a un uso poco riguroso del criterio antes mencionado.

 

No obstante, lo cierto es que funcionar con un solo criterio de proporcionalidad no sería suficiente: es necesario atender a los sujetos perjudicados por la actividad en cuestión. En efecto, no es lo mismo que los implicados sean los propios consumidores que terceras personas. En el primer caso, y tratándose de adultos informados y competentes, sería difícil defender un criterio que no fuera muy generoso y permisivo. Recordemos aquellas palabras de Stuart Mill: “If a person possesses any tolerable amount of common sense and experience, his own mode of laying out his existence is the best, not because it is the best in itself, but because it is his own mode” (On liberty, cap. III) Y es que una vez aceptamos que una persona se suicide o deniegue un tratamiento vital –por ejemplo, un Testigo de Jehová negándose a recibir una transfusión que le salvaría la vida- entonces significa que, por regla general, hemos apostado por la autonomía individual en las decisiones privadas. Si acaso, el prohibicionista solo tendría espacio para restricciones en caso de menores o personas con su voluntad o juicio comprometidos, y en aquellos casos que en que la restricción conllevara un beneficio inmenso a cambio de una limitación irrisoria, (sería el caso –por ejemplo- de la necesidad de llevar cinturón de seguridad.)

 

En cambio, cuando el peligro recayera sobre terceros, adaptar un criterio de libertad-seguridad más conservador sería mucho más plausible. Ahora bien, y de nuevo, así como no podría decirse que hubiera una ponderación demostrablemente correcta, sí sería exigible que el criterio adoptado se mantuviera de forma coherente para todos los casos. Es decir, que en el caso en que uno se inclinara por restringir el consumo de pornografía por el efecto que este pudiera tener en terceros –i.e en la seguridad de las mujeres-, entonces la posibilidad de restringir el consumo de videojuegos, de películas, de alcohol o de ocio nocturno no podría descartarse totalmente.   

 

Así pues, podemos concluir que, a la hora de abordar la regulación de distintas actividades, la discusión no podrá zanjarse apelando genéricamente a valores como la libertad o la seguridad. Como evidencian tantos ejemplos, la pregunta real es: ¿qué estándar de peligrosidad estamos dispuestos a adoptar en función de los sujetos y las libertades afectadas por la posible regulación? Una vez expuesto con rigor, una vez adoptado un estándar concreto, la disensión podría mantenerse mas no así la discusión racional. Habríamos llegado al final del túnel. 

 

 

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