La declaración de la víctima como prueba de cargo: mitos y mentiras

05/10/2019

Sebastian Pichler @pichler_sebastian


Hace ya mucho tiempo –más de un cuarto de siglo-, cuando todavía era una fiscal en prácticas ansiosa por ponerme la toga por vez primera,  mi profesor de Derecho Penal en la Escuela Judicial –los fiscales también íbamos a la Escuela Judicial-, Siro García, nos ponía un examen, cuanto menos, pintoresco. Consistía en escribir la palabra “espurio” –él solo la pronunció- como creyéramos que se escribía. Ante nuestra estupefacción, nos dijo, con su peculiar estilo, que luego nos explicaría por qué, y que tenía mucho más que ver con el ejercicio de nuestra profesión de lo que en principio pudiéramos pensar.

 

No le faltaba razón a Don Siro, quien, tras comprobar que más de la mitad de la clase, como se temía, había escrito la palabra mal  –“espúreo” en lugar de “espurio”- nos explico la razón de su original ejercicio. Dicha palabra estaba contenida en la doctrina desde hacía mucho tiempo consolidada que establecía los requisitos para dar validez a la declaración de la víctima como única prueba de cargo. Entre ellos se encontraba “la ausencia de móviles espurios, como resentimiento o venganza” si bien, según parece, la primera persona que lo escribió –fuera togada o auxiliar- deslizó el gazapo de “espúreo” por “espurio”, y ese gazapo había ido repitiéndose de sentencia en sentencia, de resolución en resolución, hasta adquirir casi carta de naturaleza, hasta el punto de que algunos diccionarios actuales ya admiten la palabra, aunque sea como vulgarismo. Lo que pretendía el magistrado era demostrarnos, ya en aquella época, el abuso del “cortaypega” sin siquiera comprobar la ortografía y, por ende, el riesgo de pérdida de creación intelectual. Y no andaba desencaminado, desde luego.

 

Sin embargo, lo que yo quiero demostrar con esta anécdota es algo totalmente diferente. A pesar de las voces que insisten en lo contrario, la doctrina que permite que la declaración de la víctima sea la única prueba para sustentar la sentencia condenatoria no es un invento de la ley integral de violencia de género ni de eso que llaman despectivamente”ideología de género” sino que es algo mucho más antiguo y que nadie ponía en duda. Algo tan antiguo que ni siquiera pudo ser inventado por una mujer, puesto que en los tiempos en que esta doctrina se consolidaba las mujeres no podían acceder al Tribunal Supremo, al no haber alcanzado la antigüedad suficiente puesto que nuestro acceso estuvo prohibido por ley hasta finales de los 60 y no tuvo lugar hasta entrados los 70.

 

Así pues, queda derribado el primer mito. Esta doctrina ni es un invento del feminismo ni se aplica solo en los casos en que una mujer acusa a un hombre de un delito de violencia de género. Es más, seguro que conocemos a alguien que sufrió un atraco y que vio cómo condenaban al atracador por el solo reconocimiento de su persona y el relato de hechos. Es decir, lo que viene siendo la declaración de la víctima. Solo que, tratándose de un robo, nadie lo cuestionaba. Igual que no se cuestionaba cuando se trataba de una violación siempre que la víctima reuniera determinadas condiciones que la hicieran acreedora de la verosimilitud, el primero de los requisitos exigidos.

 

Es obvio que hay intereses espurios –y estos sí son espurios de verdad- en tratar de convencer a la gente de que en violencia de género se trata de la palabra de uno contra la de otra y que, por tanto, se condena sin pruebas. Craso error, o más bien, errores. A diferencia de lo que cuentan las películas –no olvidemos que nuestra cultura audiovisual es anglosajona, un sistema diametralmente diferente al nuestro- no se trata de un testimonio contra otro porque no tienen el mismo valor. La víctima declara bajo juramento o promesa de decir verdad y no hacerlo le podría acarrear pena de prisión; el acusado lo hace sin tal promesa o juramento y tiene derecho constitucional a no declarar contra sí mismo, esto es, a mentir. Pero esto no es todo. Es inadmisible la referencia a que se condena sin pruebas, porque la prueba testifical – que es lo que es la declaración de la víctima- es una prueba directa, regulada como tal en nuestra Ley de Enjuiciamiento Criminal, nada menos que desde 1883. Ahí es nada.

 

El otro mito a derribar antes de entrar de lleno en los requisitos que debe reunir tal declaración es el de que se produce una inversión de la carga de la prueba en virtud de la ley integral contra la violencia de género. Nada de eso. La presunción de inocencia exige para ser enervada de una actividad probatoria suficiente, y esta puede venir dada, en estos casos y en muchos otros, como el atraco al que se ha hecho referencia, por el testimonio de la víctima. Reto a quien diga lo contrario a que me muestre el precepto donde se habla de esa inversión o, en otro caso –y como dice otra leyenda urbana- calle para siempre.

 

Establecidas estas extensas pero necesarias precisiones previas, hay que analizar qué requisitos exige la jurisprudencia en el testimonio de la víctima para que tenga virtualidad suficiente para enervar la presunción de inocencia que consagra nuestra Constitución. Desde siempre, han sido los siguientes: verosimilitud, persistencia en la incriminación y ausencia de móviles espurios como resentimiento o venganza. De todos, será el último el que más problemas suscite en materia de violencia de género, ya que el hecho mismo de que se acusa –una agresión de cualquier tipo por parte de quien es o fue la pareja de la testigo- puede dar a entender que ese resentimiento exista per se. Podría decirse que es normal que se sienta resentimiento respecto a quien te maltrata. No obstante, recientes sentencias han matizado que, para estos casos, no se puede interpretar como que el resentimiento provenga de la propia comisión del delito sino que debe tener un factor extra que haga dudar de la objetividad del mismo. Algo que podría atribuirse a la aplicación de la perspectiva de género –obligatoria por el Convenio de Estambul- pero también al mero sentido común.

 

En cualquier caso, vayamos a las últimas resoluciones que abordan el tema. La STS 119/2019 de 6 de marzo (ponente Vicente Magro), bajo el título de Presupuestos en el análisis de la valoración por el Tribunal de la declaración de la víctima, establece once criterios que debe reunir tal testimonio, a saber: concreción del relato, claridad expositiva, lenguaje gestual, seriedad expositiva, expresividad descriptiva en el relato, ausencia de contradicciones, ausencia de lagunas que lleven a dudas, declaración no fragmentada, no ocultamiento de datos, y consignación de lo que beneficia y lo que perjudica. Ahora bien, añade una serie de prevenciones a la hora de interpretarlos cuando se trata de una víctima de determinado tipo de delitos. En esos casos, se tendrá que tener cuenta, además, que puede existir revictimización por tener que recordar los hechos, temor al acusado o a su familia por posibles represalias, deseo de terminar o de olvidar los hechos, posibles presiones del entorno, y la existencia de estos factores no podrán en modo alguno restar credibilidad al testimonio. Obviamente, no se pude exigir a una víctima de hechos delictivos de esta índole que declare con la claridad y objetividad de una locutora de telediario.

 

Por otro lado, la STS 391/19 de 24 de julio (ponente Eduardo de Porres) analiza nuevamente estos requisitos en el mismo sentido, de modo que se pueden agrupar en tres bloques –sigo el análisis de mi compañera Escarlata Gutiérrez Mayo-: credibilidad subjetiva, credibilidad objetiva y persistencia en la incriminación. Al primero de los bloques pertenecería el análisis de su capacidad objetiva y subjetiva –que no exista, por ejemplo, una discapacidad que altere su percepción de la realidad- y también la ausencia de móviles espurios, recordando que el deseo de obtener una satisfacción en justicia no puede tenerse por tal. El segundo de los bloques vendría establecido por la credibilidad objetiva, esto es la coherencia tanto interna como externa de lo manifestado, tanto por ausencia de contradicciones como por corroboraciones periféricas. Por último, se exige la persistencia en la incriminación, que se deducirá del análisis de las diferentes declaraciones que se prestan a lo largo del proceso. También recuerda esta sentencia la inutilidad de dictámenes periciales sobre credibilidad, salvo que se trate de menores o personas con discapacidad.

 

No obstante, hay que insistir, un vez más en que el hecho de que sea la única prueba incriminatorias no significa que no se busquen otras pruebas sino que, sencillamente, no existen. Esto es fácil de comprender si se atiende a que se trata de delitos que se cometen en la intimidad del hogar o en soledad y que, por tanto, es difícil que exista más acervo probatorio que la declaración de la víctima. En modo alguno puede interpretarse como que no se haga, como en cualquier otro supuesto, todo lo posible para dar con la verdad material, fin del proceso penal, como es sabido.

 

En conclusión, la doctrina de la declaración de la víctima como única prueba de cargo para enervar la presunción de inocencia ni es nueva, ni es exclusiva de la violencia de género, ni implica una ventaja extra ni una relajación de los requisitos respecto a otros casos. Es más, incluso llegan a analizarse con mayor detalle de lo que se había venido haciendo para otro tipo de delitos. No hay que dejarse llevar por quienes pretenden hacer ver fantasmas jurídicos ni motivaciones diferentes que hacer justicia.

 

 

Susana Gisbert es fiscal especializada en violencia de género

 

 

 

Compartir en Facebook
Compartir en Twitter
Please reload

Buscador

Entrevistas

Qué opinan las voces más destacadas sobre los asuntos más candentes.s

Series

Diversos temas tratados con mayor profundidad y extensión en formato de series de artículos monotemáticos

colabora.jpg

Si quieres quieres criticar o complementar este texto, si no compartes su perspectiva, no lo dudes, haznos tu propuesta a la redacción.

¿En desacuerdo con este artículo?

Please reload

Revista Libertalia

Filosofía y Humanidades

  • Twitter - Revista Libertalia
  • Facebook - Revista Libertalia
  • LinkedIn - Revista Libertalia
  • SoundCloud - Revista Libertalia

Revista Libertalia es un proyecto sin ánimo de lucro ni línea editorial centrado en la filosofía y las humanidades.

 

Nuestro objetivo es promover la reflexión seria y profunda entre gente joven de dentro y fuera de la academia, tratando los diversos temas de forma compleja, pero con un lenguaje claro y directo.

 

Si estás interesado en colaborar con nosotros no lo dudes, enviándonos tus textos; nuestro equipo estará a tu disposición para acompañarte en el proceso de edición y publicación;  o bien ayudándonos a financiarnos a través de Patreon. 

Recibe la Newsletter