¿Es feminista el hijab?

Satria SP @satsutput


Hace algunos años, uno de los debates más habituales en presa y política surgidos al calor de la globalización era el de la moralidad y legalidad del uso del hijab –u otras prendas emparentadas- por parte de mujeres musulmanas. Sin embargo, es claro que hoy en día tal debate ha perdido gran parte del tirón mediático del que en su momento gozó, pues son muy raras las ocasiones en que las tertulias o los medios generalistas le dedican tiempo (sino es de la mano de alguna sonada resolución judicial). Con todo, las reticencias que esta prenda genera en Occidente siguen bien vivas, aun cuando hoy se vehiculen de la mano del nuevo fenómeno de masas con el que, entre otras cosas, imprimir muchos periódicos o, mejor dicho, conseguir likes y retweets: el feminismo. Así, el “viejo” debate sobre la aceptabilidad del velo –en las escuelas, en las calles, y en los edificios públicos- se plantea en la actualidad como una cuestión de compatibilidad, cuya expresión más sencilla sería: ¿es feminista el velo islámico (o, cuanto menos, compatible con el mismo, a saber, con sus ideales de igualdad y emancipación femenina)? Sin embargo, y a fin de no caer en el error que aprecio en tantos –a fin de conseguir clicks de otra manera-, el objetivo que pretendo con estas líneas no es dar una respuesta definitiva a tal cuestión pues, como se verá, requiere, entre otras muchas dificultades de fondo (y espacio), de una serie de conocimientos que al opinante medio le son del todo ajenos sobre el –a falta de un término mejor- “mundo y cultura musulmana en Occidente”. De este modo, en lo que sigue solo plantearé el debate enunciando (parte de) aquellas preguntas o reflexiones que deberían tratarse. Se desprende así que, considero, responder a la anterior cuestión es mucho más complejo de lo que las redes sociales podrían darnos a entender. Empecemos.

 

Para empezar, sería necesario precisar qué estamos preguntando, pues no es extraño que la naturaleza feminista o anti-feminista del velo se identifique con la legitimidad de su uso. Dos cuestiones que, aun cuando podrían considerarse muy próximas, no pueden asimilarse. En efecto, uno podría considerar que el pañuelo con el que tantas mujeres cubren su cabeza es una expresión flagrante del más duro de los machismos y, aun así, considerar que están en su derecho de vestirlo donde deseen sin recibir las miradas inquisitivas de nadie. También podría ser considerado antifeminista manifestarse en pro de la familia tradicional o en contra del aborto libre, y no por ello podríamos tachar tales actos de ilegítimos. Similarmente, también sería importante distinguir la pregunta feminista de la pregunta por la libertad, pues también sería compatible que llevar esta prenda fuera una elección libre y, no por ello, menos contraria al feminismo. Y es que aun cuando el feminismo reivindique la libertad de las mujeres, no es cierto que cualquier decisión que pudiera tomarse de manera genuinamente autónoma sea feminista. Por ejemplo, que en su día Victoria Kent votara en contra de la constitucionalización del sufragio femenino difícilmente podría considerarse feminista por mucho que pudiera ser un acto libre y meditado.  Dicho de otro modo, que el feminismo reivindique que cualquier mujer debe poder vestir como desee, no excluye que esa acción a la que se tiene derecho sea criticable (en base, precisamente, a los estándares por los que se reivindica tal derecho).

 

Hecha esta primera distinción, también deberíamos aclarar la naturaleza feminista de qué cuestión exactamente: si la de la prenda en sí misma, si su uso, si su uso en determinadas circunstancias etc. Dado que el debate se plantea en determinadas circunstancias –digamos, en Occidente- y por unas razones concretas –el uso público de tal prenda- centrémonos en ello. ¿Es feminista (o compatible con tal posición) el uso (público) del velo islámico por mujeres musulmanas en Occidente?

 

Dicho esto, aun son varias las interpretaciones (no exclusivas) que esta pregunta permite. Por un lado, cabría entender que uno se está interrogando sobre si el uso del velo adhiere a su portador con determinadas ideas. Por otro lado, podríamos preguntarnos por el efecto que su uso tiene en la situación de las mujeres (en el mundo en general y en cualquier ámbito, o de las mujeres de cierto contexto y en relación a una dimensión determinada de su vida). Y finalmente, podría preguntarse si su uso expresa o simboliza determinadas ideas (con independencia del posicionamiento que uno adopte respecto a las mismas).

 

Seguramente podamos responder a la primera subpregunta con sencillez: no, comprometerse con determinado pensamiento es un acto intelectual y volitivo independiente de las elecciones textiles que uno tome. Como se acostumbra a decir, el hábito no hace al monje.

 

La pregunta sobre los efectos es una cuestión muy interesante pero que, por su naturaleza claramente empírica, no conviene abordar aquí. Baste mencionar a modo ilustrativo (y sin ánimo de exhaustividad) alguno de los argumentos más habituales en este sentido. Curiosamente, y quizás dándoles la razón a los destractores de esta práctica, hay autores que para los que, dado un trasfondo socio-familiar efectivamente opresivo para las mujeres, poder llevar prendas de este tipo actuaría como válvula de escape o el mal menor en lo que a liberación femenina se refiere. Hablando de la situación de las mujeres musulmanas en Estados Unidos Williams y Vashi, (2007: 282) destacan que:

 

“For many, wearing hijab and being involved in Islamically oriented organizations provide a way to escape parental authority and supervision, at least temporarily. These are very public young women, who drive around the city to various events, organize meetings of MSA and other religiously related groups, and plan for graduate school and careers. One local MSA itself recognizes this and offers workshops on things such as self-defense (showing the expectation that women would be without male escorts in many settings) and applying to medical school (one flyer noted explicitly “sisters are encouraged to attend”).

 

A couple of the women provided an account of hijab that emphasized the way in which it provides some insulation from the restrictions that might otherwise accompany their status as unmarried women. Their families often had traditional gender ideas and regarded their young women protectively. And yet, the young women want to take advantage of what America can offer them, and still consider themselves good Muslims. Wearing hijab, an outward, public display of piety and religious identity, can finesse the constraints that conservative gender roles might impose upon them.”

 

Similarmente, son varios los investigadores que consideran que el uso voluntario del velo “empodera” y reconforta a sus portadoras. Así, Al Wazni (2015:8) concluye su pequeño estudio al respect afirmando que: “All 12 participants identified with feeling empowered as a woman and many directly related this to their decision to practice hijab, which contradicts stereotyped images of Muslim women as being disenfranchised and oppressed by men.”

 

De otro lado, y enlazando con una retórica típicamente asociada a ciertas ramas del feminismo, se sostiene que con el uso del hijab las mujeres son capaces de evitar la “mirada cosificadora” de los varones, desexualizarse, y minar de algún modo el ideal de belleza imperante así como la importancia dada a la apariencia femenina. Así, Yaqoob (2004: 4) afirma que:

 

For many Muslim women wearing the hijab marks a rejection of a world where women have to endure objectification as sex objects. It helps them to enjoy a sense of their own (special) privacy and personhood. For me, the wearing of the hijab denotes that as a woman I expect to be treated as an equal in terms of my intellect and personality and my appearance is relevant only to the degree that I want it to be, when I want it to be. Wearing the hijab can also be seen as a challenge to the power of corporations and advertising. The French philosopher Alain Badiou, responding to the banning of hijab in French schools, makes the point that the headscarf law is a pure capitalist law in that it orders femininity to be exposed. He suggests that, by banning all reserve, women are brought into the market paradigm and are forced to display their bodies as merchandise.”

 

Ahora bien, si este fuera el fin buscado podría conseguirse de muchas maneras; tantísimos otros tipo de ropa conseguiría un efecto similar. De hecho, si se buscara el pasar desapercibido y no ser objeto de según qué miradas el uso de un objeto tan polémico bien podría ser contraproducente. Más importante aún, si esta fuera la línea que se adoptara, entonces el uso del velo debería venir acompañado de otras tantas decisiones estéticas coherentes con este objetivo. No valdría ir “monísima” –cuidadamente maquillada, con toda clase de componentes bien escogidos, ropas “a la útlima” etc.- y reivindicar el anterior objetivo por el simple hecho de ponerse un pañuelo en la cabeza. 

 

Igualmente, también genera bastantes dudas el afirmar que con el uso del velo se pretendiera algo neutro en términos de igualdad como sería el enfatizar la importancia del matrimonio y exclusividad de los cónyuges: ““Hijab” literally means “barrier”. It flows from the emphasis on marriage in Islam – the Qur’an describes a husband and wife as each other’s “garments” – giving each other intimacy, warmth and protection. The idea of hijab is to maintain the exclusivity of that relationship, such that the degree of physical intimacy and exposure is limited in all other interactions between men and women. In this way the aim of hijab is to de-emphasise sexuality in public interactions, whilst encouraging sexuality in private ones. (Yaqoob, 2004: 4) ” Pues entonces, ¿por qué no existiría también una prenda análoga para el hombre? ¿Por qué no cubrirse de tantas otras maneras?  

 

Asimismo, y como comentario más general, a la hora de abordar esta cuestión sobre el impacto que tiene el uso del velo en materia de igualdad no bastaría con fijarse en aquello que pudiera haber de positivo. Por ejemplo, también podría argumentarse que con su uso se estaría legitimando o reforzando –“blanqueando” que se dice ahora- ciertas concepciones del Islam irremediablemente sexistas y perjudiciales para las mujeres presentes en países como Irán o Arabia Saudí, entre otros. Podría argumentarse facilmente que con el uso ahora mencionado se le estaría haciendo el juego a esa cultura de la modestia obligatoria imperante en tantas regiones.

 

La tercera cuestión –la cuestión a la que estas líneas se encaminan y sobre la que, implícitamente, se debate muchas veces- es particularmente correosa. Simplificando, son dos los modelos que podríamos adoptar para acerarnos a ella: (los que denominaría) subjetivista y objetivista. El modelo subjetivista de la expresión nos diría que este u aquel acto comunica o simboliza esta o aquella idea en función principalmente de las intenciones de su portador. Por su parte, el modelo objetivista defendería que el significado de nuestros actos –frases, gestos, vestimentas etc.- vendría determinado, principalmente, por circunstancias ajenas a nuestra voluntad. Saltar en favor de cada uno de ellos sería igualmente precipitado pues, al menos a primera vista, ambos gozan de buenas razones en su favor. Por ejemplo, parece sensato sostener que, quien hablando una lengua que no domina se equivoca al usar según qué términos, aquello que expresa realmente no es tanto lo que ha dicho sino lo que pretendía decir. En efecto, si por error un inglés se refiriese a nosotros con algún que otro insulto –debido a esta costumbre tan castiza de enseñar palabrotas a los extranjeros- difícilmente sentiríamos que nos han faltado al respeto. Sin embargo, es igualmente plausible afirmar que, en el caso anterior, aquello que realmente se ha dicho es aquello que efectivamente se ha pronunciado, no habiendo lugar a la ofensa, no por inexistir el insulto, sino por carecer del animus injuriandi.

 

Sea como fuere, el primer gran alto en el camino que deberíamos estar en condiciones de hacer para responder a la pregunta que nos afecta sería esta: ¿qué reglas semióticas rigen el uso de objetos como el velo? Si optáramos por el modelo subjetivo, entonces no habría tal cosa como el significado (feminista o antifeminista) de llevar velo, pues dependería de cada caso y mujer que lo portara.

 

Si optáramos por el modelo objetivista -el modelo que los críticos más habitualmente asumen de manera tácita- entonces sería conveniente señalar aquellos hechos por los que podemos decir que el velo simboliza esto y no aquello. Idealmente, debería exponerse por qué esos son los hechos relevantes; es decir, por qué la existencia de los mismos consigue impregnar a un trozo de tela de algo tan complejo como es el significado. Dicho esto, es evidente que existen muy buenas razones para considerar esta prenda como un símbolo misógino, qué duda cabe. Por ejemplo, pensemos que, aun cuando el Islam manda una conducta y vestimenta modesta para todos los creyentes, el uso de un pañuelo con el que cubrirse la cabeza y parte del rostro solo se exige a las mujeres (cuando no se les exige, directamente, que vayan completamente tapadas). O, si queremos negar que ese sea el significado verdadero de los diversos textos –que ese sea realmente el mandato divino- es incontrovertido que esa es la interpretación imperante dentro del Islam. Igualmente, podría destacarse como relevante que, en una parte nada desdeñable del mundo árabe, no es extraño que muchas mujeres tengan –dicho eufemísticamente- serias dificultades para escoger no llevarlo. Que hay países -Irán y Arabia Saudí- donde la ley obliga sin paliativos a cubrirse a las nacionales. O, si se quiere incluso una enmienda a la totalidad, que el Islam, como las otras religiones del libro, es una doctrina sexista y que, por ende, cualquier símbolo de adhesión a la misma expresaría esos ideales discriminatorios etc.

 

Ahora bien, aun y lo intuitivo de este planteamiento, aun y lo sencillo que pueda ser relacionar el hijab con tantísimas barbaridades, un abordaje más completo debería atender otras razones en disputa. Así, podría contestarse señalando que lo anterior solo sustentaría el significado sexista del hijab en los contextos efectivamente citados. Pero que, por el contrario, el uso del mismo en unas circunstancias muy distintas bien podría expresar ideas de otro orden. Esto es, sostener que en la medida en que el contexto de Barcelona o Nueva York son tan distintos al que podría experimentarse en Kwait o Teheran, entonces –y de acuerdo con el modelo objetivo- el significado que se desprendería de su uso también sería muy distinto. En efecto, así como quemar un sujetador en las calles de Atlantic City mientras se retransmite el Miss America no podría compararse a la quema que organizara un ayatolá afgano en una plaza donde, horas antes, hubieran apedreado a una mujer por “adúltera”, tampoco podrían significarse de igual modo actos (formalmente) iguales pero contextos tan distintos.

 

Pues bien, bajo este prisma no sería descabellado sostener que, como los “hablantes” de este lenguaje simbólico que es el uso de determinadas prendas lo usan mayoritariamente en unos términos y con unas finalidades propias, el significado occidental del hijab sería completamente distinto. A saber, que dado el  contexto de libertad imperante en Barcelona o Nueva York –i.e donde, según determinadas voces, vestir el hijab no es una obligación ni legal ni social-, las portadoras de hijab se habrían reapropiado del mismo hasta el punto de resignificarlo completamente (tal y como hiciera la comunidad negra con el término ‘nigga’ o la comunidad gay con el término ‘marica’, por ejemplo).

 

En este sentido, son varios los significados alejados del sexismo que diversos autores reclaman para el velo. Así, es habitual defender el uso del hijab como un símbolo político de reivindicación para la desestigmatización de las personas árabes  y contra el colonialismo occidental. Se afirma que el hijab:

 

“it is a means of anti-colonial resistance, staunch religious resilience in a postmodern world and assertion of Muslim identity. In the aftermath of the London bombings of 2005, there was a sharp rise in the number of street attacks in the UK on Muslim women wearing hijab. In that situation, the Principal of the Muslim College in London and a known scholar of Islam, Zaki Badawi, gave his opinion that, for the greater interest of safety, it might be religiously permissible or advisable for Muslim women to take off hijab.43 However, even though some Muslim women may have chosen to stop wearing hijab to avoid harassment in the streets or at airports, many others started to embrace it partly to assert their Muslim identity, and thus hijab took new meanings […]  During the colonial period, hijab was a potent symbol of anti-imperialist resistance; and in the postcolonial world of globalized cultural interactions, it stands out as a mark of defiance against Western influence and cultural imperialism. In our contemporary time when Muslim lands are being occupied and massacred and the honor, dignity and freedom of Muslims are shattered by the very politico-cultural forces that regard hijab as a sign of oppression” (Hasan, 2018: 31).

 

Similarmente Haddad (2007) considera que:

 

For many of the young Muslim women who have decided to wear a hijab despite the fact that their mothers have never dressed Islamically, the hijab has become a symbol of American Islamic identity. As one Muslim leader once recounted to me, “If they do not wear the hijab, how will Americans recognize that there are American Muslims?” (2007: 254) […] Other women chose to wear the hijab to witness that they are proud Muslims and are not afraid to say so. (2007: 263)”

 

¿Es feminista el velo islámico? ¿Es, al menos, compatible con el mismo? Mi conclusión es que, aun cuando reciba con bastante escepticismo quienes así lo creen -¿realmente en Barcelona o Nueva York vestir el hijab es una decisión libre, o, al menos, tan libre como vestir minifalda?-, aun cuando el peso de la prueba recaiga claramente en quienes defiendan esta idea -¿acaso el tocado de una monja es feminista?-, considero que no es posible una negación de plano de la misma. Al contrario, sería necesario entrar a valorar toda una serie de afirmaciones empíricas –¿cuál es realmente el contexto en que se viste el hijab en Barcelona o Nueva York?- y, especialmente, refinar una teoría sobre el significado simbólico de los disantos objetos con los que convivimos. Señalar la existencia de graves violaciones de derechos humanos en multitud de lugares en que el hijab es el pan de cada día es, considero, insuficiente.

 

 

  • Al Wazni, A. B. (2015). “Muslim Women in America and Hijab: A Study of Empowerment, Feminist Identity, and Body Image”, Social Work, 60(4), 325–333.

  • Haddad, Y. Y. (2007). “The Post-9/11 Hijab as Icon”, Sociology of Religion, 68(3), 253–267.

  • Hasan, M. M. (2018). “The Feminist “Quarantine” on Hijab: A Study of Its Two Mutually Exclusive Sets of Meanings”, Journal of Muslim Minority Affairs, 38(1), 24–38.

  • Yaqoob, S. (2004). “Hijab: A Woman’s Right to Choose”, European Social Forum, 16(4), 4-5.

  • Williams, R. H., y Vashi, G. (2007). “Hijab and American Muslim Women: Creating the Space for Autonomous Selves”, Sociology of Religion, 68(3), 269–287.

 

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