Seiscientos años de ‘ilicitud’ tauromáquica

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Desde los siglos XV y XVI, numerosos pensadores, sobre todo religiosos, comenzaron a plantearse lo que, en su tiempo, denominaron la “ilicitud” de la tauromaquia. El término “ilicitud” no debe ser entendiendo, en este caso, desde el punto de vista legal, sino desde una perspectiva moral. En aquel momento, en pleno Renacimiento europeo, y con el humanismo cristiano en claro apogeo, no nos ha de extrañar que muchos pensadores tornaran la vista hacia la tauromaquia para condenarla, poniendo de manifiesto que los valores humanos y religiosos se oponían radicalmente —y se oponen— a las corridas de toros, entre otras razones debido a su sangrienta crueldad para con el hombre, pero también para con los animales.

 

Así, debemos recordar a ilustres personajes como el padre Juan de Mariana, destacado teólogo e historiador jesuita quien, en su Tratado contra los juegos públicos, concluye: «Afirmamos ser ilícito correr toros, feo y cruel espectáculo».[1] Por estas, y otras consideraciones, el padre Mariana está considerado como un gran antitaurino. Para él, la tauromaquia era una ofensa hacia la propia humanidad. Pero Mariana no es el único gran antitaurino de su época. Podemos citar, entre otros, al también jesuita Pedro de Guzmán, otro erudito de la Compañía de Jesús originario de Ávila, quien, igualmente, pone muchos reparos a la tauromaquia.[2]

 

Otros destacados personajes que durante los siglos XV y XVI también condenaron la tauromaquia desde el punto de vista de su ilicitud moral fueron, por ejemplo, Santo Tomás de Villanueva —arzobispo de Valencia a mediados del XVI— , Fray Hernando de Talavera —confesor de los Reyes Católicos y antitaurino al igual que la propia reina Isabel de Castilla—, Juan Bernal Díaz de Lugo —que fue obispo de Calahorra—, el clérigo agustino Jerónimo Román, el sabio Fray Luis de Escobar —natural de Sahagún—, o el destacado humanista renacentista talaverano Gabriel Alonso de Herrera.[3]

 

Estos y otros muchos autores consideran que la tauromaquia supone una brutalidad que consiste en deleitarse viendo cómo el prójimo —el torero— se expone a un peligro grave e incluso a la muerte, y que además convierte en motivo de diversión el terrible martirio al que se somete al toro. Por tanto, desde su perspectiva, no podían considerar a esta práctica como algo moralmente lícito. Y este concepto, el de ilicitud, como ya he señalado, estaba íntimamente ligado a su sentido más religioso. Es decir, para ellos, la tauromaquia era «pecado».[4] Y la misma condena se aplicaba tanto a los toreros como a los espectadores, pues los unos ponían en riesgo su vida inútilmente y mataban cruelmente a animales, mientras que los asistentes al espectáculo se deleitaban contemplándolo. Unos y otros, con su comportamiento, ofendían tanto a la humanidad como al propio Dios.

 

Desde aquel momento inicial, numerosísimos autores y autoras españolas han seguido denunciando la tauromaquia siglo tras siglo. El antitaurinismo español, como evidencio en mi libro Pan y Toros. Breve historia del pensamiento antitaurino español (ed. Plaza y Valdés, 2018), no es algo reciente, ni es una simple moda actual. Muy al contrario, se trata de una importante corriente de pensamiento con siglos a sus espaldas, y que ha sido representada por algunos de los personajes más destacados de nuestra historia. Es el caso, por citar tan solo algunos nombres, de Quevedo, Jovellanos, Unamuno, Larra, Emilia Pardo Bazán, Carolina Coronado, Blasco Ibáñez, Pío Baroja, Ramón y Cajal, Juan Ramón Jiménez, Francesc Pi i Margall, Modesto Lafuente, Goya, Joaquín Costa, Clarín, Azorín, Antonio Machado, Emilio Castelar o Francisco Silvela.[5]

 

Hoy en día, el actual antitaurinismo encuentra sus raíces en esta importante tradición cultural e histórica. La esencia sigue siendo la misma: la objeción a un espectáculo sangriento y cruel, a pesar de que, en la lógica evolución semántica, algunos términos hayan cambiado. Por ejemplo, el pensamiento antitaurino actual ya no habla de “pecados”, sino de conceptos y de comportamientos éticos y morales, pero, en las últimas décadas, destacados autores han continuado con ese planteamiento contrario a los espectáculos tauromáquicos. Es el caso de pensadores como Jesús Mosterín o José Ferrater Mora y, más recientemente, de Oscar Horta, Marta Tafalla, Alicia Puleo, Jimena Carreño, Olga Campos o Jorge Riechmann, entre otros.

 

Llegados a este punto, considero obligatoria la necesidad de plantear nuevas perspectivas en torno a esta cuestión. Parece meridianamente claro que la ética y la moral son conceptos relativos a cada tiempo vivido, y que están sujetos a una interpretación subjetiva. Dicho de otro modo, ética y moral se deben entender como códigos de comportamiento preponderantes en una sociedad y en un tiempo determinado. Por tanto, el debate no debe centrase en si la tauromaquia es inmoral o no, o en si es o no éticamente reprobable. En mi opinión, debemos superar este punto. Veamos el porqué de esta proposición. Históricamente, graves atrocidades que hoy en día no gozarían de aceptación social sí eran, en su tiempo, consideradas moral y éticamente aceptables. Me refiero, por ejemplo, a espectáculos en los que se exhibía a seres humanos con graves deformidades corporales, o a prácticas como la esclavitud, el matrimonio con menores de edad o las ejecuciones públicas —durante siglos, en España, los ajusticiamientos eran espectáculos muy populares a los que se acudía festivamente—. Pues bien, todas estas costumbres, y otras muchas —incluyendo luchas de perros contra osos o incluso de perros contra toros—, estuvieron a la orden del día, como digo, durante siglos. Y, aunque también tenían detractores, eran mayoritariamente aceptadas. La moral o la ética del momento las admitían. Sin embargo, hoy en día sería impensable, por ejemplo, que en la plaza mayor de cualquier ciudad se ajusticiara públicamente a un reo, mientras el pueblo come y bebe, ríe y goza, asistiendo al brutal espectáculo de la muerte como un simple pasatiempo.

 

Pues en la actualidad sucedería lo mismo con las corridas de toros. Para numerosos autores, entre los que me encuentro, la tauromaquia es una bolsa de crueldad que, debido a determinados intereses, subsiste en un mundo que cada vez rechaza más la barbarie gratuita y arbitraria. Si, como parece, las sociedades tienden hacia la humanización de sus costumbres, a la suavización de sus usos y al refinamiento de sus prácticas —obviamente no de una manera inequívocamente lineal ni homogénea, y con evidentes dificultades—, el divertirse viendo cómo un ser humano pone su vida en peligro y el regocijarse con la muerte, tras un atroz sufrimiento, de un animal, debería tener sus días contados. Y todo esto independientemente de que algunos consideren, o no, que la tauromaquia esté acorde con una determinada moral o ética más o menos predominante. Como explicaré inmediatamente, planteo esta prescripción no como un juicio ético o moral, sino meramente desde el punto de vista de la defensa de los intereses del toro.

 

Precisamente, y en este sentido, me permito abundar un poco más en el debate al introducir otra cuestión. Debemos convenir en que el hecho de preguntarse si la tauromaquia resulta moral o éticamente aceptable surge de una postura claramente antropocentrista y, por tanto, parcial. Es decir, es el ser humano el que delibera acerca de estos temas, en una discusión que para nada tendría en cuenta, como digo, los intereses del toro, un ser vivo que, contrariamente a lo que muchos creen desde una concepción especista,[6] no está en este mundo para servir al ser humano, sino para perseguir sus propios intereses, entre ellos el de seguir viviendo, el de rehuir del dolor o el de la búsqueda del placer, algo que, por otra parte, es común a todas las especies, incluida la humana. Dicho con otras palabras: el toro existe, como el resto de seres vivos, no porque sea usado por el ser humano, sino por sí mismo.

 

Por tanto, deberíamos eliminar de esta discusión el sesgo antropocentrista, y también el especista, y preguntarnos si la tauromaquia es “buena” o “mala” para el toro. Considero que ahí es donde se ha de poner el acento. Es decir, el toro sufre y muere durante la corrida, por lo tanto la tauromaquia no es “buena” para los intereses del toro, quien, como el resto de animales, no requiere de otra justificación para seguir viviendo que no sea su propia existencia. En este sentido, llama la atención que el ser humano, que es la especie más dañina para el planeta y para los otros seres vivos, se arrogue la capacidad de decidir, en función de determinados intereses, quién se extingue y quién no. Por ejemplo, en el caso que nos atañe, el de la tauromaquia, se esgrime el argumento falaz y vergonzante de que, sin la tauromaquia, el toro se extinguiría. Esto no es aceptable y, como digo, se trata de una mera justificación que parece no haberse pensado mucho. El toro, como cualquier otro ser vivo de este planeta, debe seguir existiendo independientemente de que su muerte sea convertida en un motivo de fiesta o de espectáculo. Es más, si aplicáramos el mismo planteamiento a todas las especies, ¿acaso solo dejarían de “extinguirse” aquellas de las cuales el ser humano extrajera algún provecho?

 

Los horizontes se ensanchan, y seiscientos años de “ilicitud” tauromáquica deben ser más que suficientes como para empezar a plantearse la desaparición de unas costumbres que normalizan la violencia y la sangre, al convertirlas en un espectáculo y en una “fiesta”. Sí, en una “fiesta, aunque, tal y como ya sostenía en el siglo XVIII el padre Martín Sarmiento,  es impropio denominar “fiesta” a una corrida de toros porque, en todo caso, decía este ilustrado, la supuesta “fiesta” no lo será nunca para los toros, ya que mueren en ella.[7]

 

Exactamente a esto es a lo que me refiero. Deberíamos ampliar el marco de pensamiento. Tal y como llegó un momento en el que la Tierra dejó de ser el centro del Universo, tal vez ha llegado la hora en la que el animal humano deje de ser, exclusivamente, el centro del tablero de juego.[8] Mientras ese día no llegue, estaremos condenados a seguir cayendo, una y otra vez, en los mismos errores históricos. Y el mantenimiento de la tauromaquia es, sin duda, uno de ellos. Y esto lo sostengo, insisto una vez más, desde la perspectiva de la defensa de los intereses del toro.

 

Juan Ignacio Codina es periodista y doctor en Historia Contemporánea; cofundador y subdirector del Osbervatorio de Justicia y Defensa Animal. Autor de "Pan y Toros. Breve historia del pensamiento antitaurino español" (ed. Plaza y Valdés, 2018)

[1] MARIANA, JUAN DE, «Tratado contra los juegos públicos», en Obras del Padre Juan de Mariana en la Biblioteca de Autores Españoles, t. II, Rivadeneyra, Madrid, 1872, pág. 457.

 

[2] No nos debe extrañar que haya tantos antitaurinos entre los primeros jesuitas: la Compañía de Jesús, desde sus inicios, y con el mismísimo San Francisco de Borja al frente como general de la Compañía, fue netamente antitaurina, llegando a poner en marcha una campaña contra la tauromaquia que comenzó alrededor de 1550 y que culminó con la célebre Bula antitaurina del Papa Pío V ‘De Salute Gregis’, de 1567, en la que, como es sobradamente conocido, el Santo Pontífice prohíbe las corridas de toros calificando a estos espectáculos como «torpes y cruentos, más de demonios que de hombres».

 

[3] Véanse, entre otras obras, ALONSO DE HERRERA, GABRIEL y otros, Agricultura general: que trata de la labranza del campo y sus particularidades, crianza de animales…, Josef de Urrutia (editor), Madrid, 1790;  VILLANUEVA, TOMÁS DE, Conciones sacrae, Brixiae: apud Societatem Brixiensem, 1603, o ESCOBAR, LUIS DE, Las quatrocientas respuestas a otras tantas preguntas..., Casa de Francisco Fernandez de Cordova, Valladolid, 1550. Al respecto de la afirmación referente a Isabel de Castilla, véase ALCÁNTARA SUÁREZ Y MUÑANO, PEDRO DE, Vida del venerable D. Fray Hernando de Talavera, primer Arzobispo de Granada…, Imprenta de Eusebio Aguado, Madrid, 1866.

 

[4] No obstante, también hubo algunos religiosos que propugnaban lo contrario, y no veían pecado en estos espectáculos, mientras que otros los consideraban como un pecado venial, pero no mortal.

 

[5] Véase a este respecto CODINA SEGOVIA, JUAN IGNACIO, Pan y Toros. Breve historia del pensamiento antitaurino español, Plaza y Valdés, Madrid, 2018. De todos los personajes citados, a algunos lectores les puede llamar la atención la presencia de Goya como antitaurino. Como defiendo en Pan y Toros, la figura de este ilustre pintor ha sido históricamente “taurinizada” hasta el punto de que, falseándose o magnificando algunos datos de su biografía, se le ha hecho pasar por un acérrimo defensor de la tauromaquia cuando, según recientes estudios e imparciales análisis de su obra, con sus series de grabados de tema taurino Goya no pretendía en ningún caso ensalzar estos espectáculos, sino más bien censurarlos al subrayar sus elementos más bárbaros, bestiales y crueles. En este sentido, véase, por ejemplo, GLENDINNING, NIGEL,  «A new view of Goya's Tauromaquia», en Journal of the Warburg and Courtauld Institutes, Nº 24, 1961 o MEDRANO BASANTA, JOSÉ MIGUEL y MATILLA RODRÍGUEZ, JOSÉ MANUEL, Francisco de Goya. Tauromaquia: visión crítica de una fiesta, Universidad del País Vasco, Bilbao, 2004.

 

[6] El especismo consiste en la discriminación de los seres vivos en función de su especie. Así como el racismo segrega a las personas a partir de su raza, y el sexismo lo hace a partir del sexo, el especismo es una forma de discriminación contra quienes no pertenecen a una determinada especie. Su contrario, el antiespecismo, denuncia, precisamente, que los otros animales, los animales no humanos, sean discriminados y explotados por no pertenecer a la especie humana. Desde este punto de vista conviene aclarar, igualmente, que cada vez son más los autores y autoras que sí tienen en cuenta los intereses de los animales en sus postulados. A algunos de ellos ya los he citado en este texto y, por su parte, la rama de la Filosofía que trata la Ética Animal es cada vez más relevante. Asimismo, algo similar sucede, por ejemplo, en el Derecho, en una de cuyas ramas, la del Derecho Animal, también se tienen en cuenta los intereses de los animales.

 

[7] FERRO RUIBAL, XESÚS, «Lingua, vida cotiá e corridas de touros: Miscelánea inédita de Fr. Martín Sarmiento», en Boletín da Real Academia Galega, Nº 363, 2002, pág. 87.

 

[8] Como he dicho anteriormente, esto no es en absoluto nuevo. Cada vez son más los autores y autoras que sí tienen en cuenta los intereses de los animales en sus planteamientos filosóficos. De ahí la aparición de nuevas corrientes de pensamiento, tales como el especismo o también el sensocentrismo, el cual, en oposición al antropocentrismo, defiende que todos los seres sintientes, sean animales humanos o no humanos, deben tener la misma consideración moral, precisamente porque son capaces de sentir.

 

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