Introducción a la sociología (III): Auguste Comte y el positivismo

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En Montpellier, el 19 de enero de 1798, en el seno de una familia pequeñoburguesa católica y monárquica, nacía quien, con posterioridad, será reconocido como uno de los padres fundadores de la disciplina sociológica: Auguste Comte.  Si bien el desarrollo de dicha disciplina se corresponde más bien a la expansión de la actitud científica y al interés por abordar el estudio objetivo y sistemático de la sociedad, antes que a los esfuerzos sui generis de una sola persona, fue Comte quien, en 1837, bautizó con el término “Sociología” a la ciencia que estudiaba los fenómenos sociales.
 

Auguste Comte fue un estudiante brillante, no exento de problemas. Se le ha caracterizado con frecuencia resaltando su retraimiento, así como por una fuerte inseguridad para desenvolverse en las situaciones sociales. Sin embargo, destacaba también por su gran capacidad intelectual, en torno a la cual reconstruyó una autoestima que le llevó al final de sus años a excentricidades tales como no leer las obras de los demás, quedándose al margen de las principales corrientes intelectuales de su tiempo. Si bien esa capacidad le abrió las puertas del Liceo Politécnico de Paris a una edad muy temprana, le terminaría pasando factura más adelante. Comte fue expulsado del Liceo antes de poder finalizar sus estudios por manifestarse en contra de un profesor, lo que le obligó a volver a su Montpellier natal durante una breve estancia en la que las discrepancias ideológicas con su familia también se hicieron irreconciliables.  Volvió entonces a Paris, donde trató de subsistir gracias a pequeños trabajos y a la impartición de clases particulares. Fue durante este periodo cuando conoció a Claude-Henri, Conde de Saint-Simon, convirtiéndose en 1817 en su secretario y discípulo. Saint-Simon influiría profundamente en la obra comtiana, no sólo a la hora de introducirla en los círculos intelectuales de la época, sino también sentando las bases de su concepción de la sociedad como una organización ideal basada en el paradigma de la ciencia positiva. Si bien la amistad y colaboración entre ambos duró siete años, su futura ruptura era, cuanto menos, previsible: mientras que Saint-Simon fue uno de los filósofos más destacados en el desarrollo del socialismo utópico, Comte destacó por su conservadurismo. Sin embargo, pese a sus divergencias, no es esta la razón que se atribuye al fin de sus colaboraciones, sino la acusación de plagio que Comte dirigió contra su maestro, quien se negaba a incluir el nombre de su discípulo en una de sus contribuciones.

 

En este sentido, es posible percibir con claridad la influencia saintsimoniana en los primeros escritos de Comte, en especial, en su Plan de trabajos científicos necesarios para reorganizar la sociedad.  Para Comte, el desorden social de su tiempo se debía a un desorden intelectual, de ahí sus duras críticas hacia los pensadores franceses ilustrados que habían apoyado la revolución. Por entonces, había dos soluciones diferentes a la problemática del orden social: la vía liberal, consistente en un cambio progresivo mediante sucesivas reformas legales, y la vía revolucionaría, que proponía poner fin a los residuos del feudalismo y el orden burgués a través de la revuelta brusca.  Comte, siguiendo a Saint-Simon, propuso un sistema de acción social que denominó política positiva, donde entiende la reforma intelectual como una reorganización espiritual que abarcaría a la humanidad entera. Para ello, otorgaba especial importancia a la educación, que requería con urgencia de una visión global del conocimiento positivo. Ahora bien, ¿qué se entiende por conocimiento positivo? Comte entiende el positivismo de una manera muy diferente a la que triunfaría más adelante. Según él, la búsqueda de las leyes invariables no depende de la investigación empírica, sino de la especulación teórica. Para el filósofo la única manera de llegar a comprender el mundo real es a través de la teorización , planteando hipótesis con el objeto de contrastarlas a posteriori. Así pues, la ciencia positiva basa en la observación sistemática de los fenómenos sociales, siendo necesario el papel activo de los científicos en el establecimiento de las relaciones entre dichos fenómenos a través de la creación de teorías e hipótesis acerca del pasado y el presente, que superen tanto la mera acumulación de datos observables, como las suposiciones metafísicas o teológicas. Estas hipótesis son susceptibles de ser eliminadas o consolidadas a medida que transcurre el proceso científico. Este énfasis en la teorización como actividad última explica porque Comte relacionaba tan directamente el positivismo con la sociología o física social, la materia que creía más compleja de todas. Comte diseñó una serie de ciencias que partía de las ciencias más generales y alejadas de las personas hasta las más complejas. Así pues, establece una jerarquía de seis ciencias fundamentales en las que cada ciencia depende de la anterior, pero no a la inversa: matemáticas, astronomía, física, biología, química y sociología.

 

Si bien más tarde terminaría situando a la moral en la cúspide de su serie, consideraba la sociología como la ciencia suprema, puesto que su objeto de estudio es todo lo humano en su conjunto. Comte consideraba que todo fenómeno humano podía entenderse como sociológico, puesto el hombre concebido como un individuo aislado es una abstracción que no tiene lugar en la sociedad, por lo que el único objeto posible para la investigación científica es la totalidad de la especie humana.  Los individuos independientes no existen más que como miembros de otros grupos, por lo que la unidad de análisis básica va desde el grupo familiar hasta el político, estableciendo la raíz que define la sociología como el estudio de los grupos humanos. Esta concepción de la sociología le llevará a proclamar la necesidad del método histórico como principal mecanismo científico, método que utilizó como base para su especulación sociológica.
 

Tras su distanciamiento con el que había sido su maestro en 1826, Comte comenzó a impartir en su apartamento parisino el Curso de Filosofía Positiva, que no vería la luz hasta 1830, debido a que los trastornos nerviosos del filósofo le llevaron en 1827 a intentar suicidarse arrojándose al río Sena. Después de una temporada de un centro de rehabilitación, siguió trabajando en el mismo hasta publicarlo en 1842, reuniendo setenta y dos lecciones. La primera de ellas proclama la existencia de una gran ley fundamental, la Ley de los tres estadios, que identificaba tres estadios básicos a través de los cuales atravesaría no sólo la sociedad, sino también las ciencias, la historia del mundo, el proceso de crecimiento e incluso la mente y la inteligencia humanas (y que más tarde el mismo Comte aplicaría a su propia enfermedad mental). Así pues, todo, absolutamente todo, ha avanzado sucesivamente por tres estadios donde cada uno supone una búsqueda diferente, siendo el primero el concebido como el punto de partida necesario, el segundo como una transición y el tercero como el estado fijo y definitivo del espíritu humano.

 

El primer estadio es el estadio teológico o ficticio, regido por una visión mágica del mundo que explica los fenómenos a través de las voluntades arbitrarias de seres independientes, a los que les atribuía poderes sobrenaturales que sometían a los individuos. En este estadio, la búsqueda se centra en el origen y el propósito de las cosas, y deriva en la necesidad de encontrar el conocimiento absoluto. Aquí Comte incluye el fetichismo, el politeísmo y el monoteísmo, y realiza un vasto análisis de su relación con la vida afectiva y la organización social de los hombres primitivos, la vida militar, la esclavitud, el nacimiento de la vida pública, la teocracia, el feudalismo, la formación del régimen de castas o la proyección del dogma teológico en el cuerpo político.

 

Por su parte, el estadio metafísico o abstracto se caracteriza por la sustitución de los dioses personalizados por fuerzas abstractas, como la naturaleza, para abordar las causas primeras, y llega a su plenitud cuando una gran entidad se considera fuente de todo. Comte considera este estadio como intermedio, pero necesario, puesto que no es factible realizar un salto directamente desde el estadio teológico al positivo. Comte creía ver la ruptura con la Edad Media que desembocó en la Revolución francesa como la encarnación de este estadio, en el cual podía percibirse ya el germen racionalista que culminaría en el estadio positivo, en el cual se abandonaría la ingenuidad de la búsqueda de las causas primeras del origen del universo, y se alcanzaría la madurez necesaria para centrarse únicamente en los fenómenos y las relaciones entre ellos. Comte introduce de esta manera una particular teoría de la evolución, que se caracteriza por la búsqueda del orden y el progreso, siendo el positivismo el único sistema capaz de garantizarlos. Según esta ley, el estadio teológico y metafísico estarían condenados a desparecer, reinando finalmente un estadio positivo total que pondría fin a la gran crisis moral y política de su tiempo.

 

Es necesario señalar a este respecto que Comte partía de una concepción de la naturaleza humana como inmóvil, sujeta a desarrollo o a expansión, pero no sometida a cambio ninguno. Por tanto, la evolución sería similar a un proceso de maduración: la naturaleza humana, a medida que se va desarrollando, no experimenta cambios bruscos, sino que pasa a través de un proceso de crecimiento sostenido por diversos estadios hasta finalmente alcanzar la madurez de espíritu en el estadio positivo. De aquí se desprende, no sólo que las diversas etapas son necesarias, sino que es posible averiguar leyes invariables que medien sobre unos fenómenos sociales que, si siguen el proceso evolutivo natural, desarrollaran el orden y el progreso correspondientes. Aclarar que, aunque entienda los conceptos de orden y progreso de forma dialéctica y comulgue con el método histórico como haría más tarde Marx, se diferencia del mismo, entre otras muchas cosas,  en que para Comte todo el proceso depende de las ideas y no de las circunstancias materiales, al modo hegeliano. Así pues, concebía el sistema social como un todo orgánico, en el que cada una de sus partes mantenía interacciones que dotaban al conjunto de armonía. Una visión que correspondería más a un tipo ideal en términos weberianos que a la realidad propiamente dicha, sentando las bases para la corriente del funcionalismo estructural y la distinción entre macrosociología y microsociología.

 

De hecho, Comte dividió la sociología (y, todas las ciencias) en dos partes: la estática y la dinámica social, que no es otra cosa que la distinción clásica entre estructura y cambio social, en la que se basarán las teorizaciones posteriores. La estática social investiga las leyes que rigen los modos de interacción entre las partes del sistema social, y se hayan, no a través de la investigación empírica, sino por deducción, directamente de las leyes de la naturaleza humana. La dinámica social, por tanto, parte de la base de que el cambio social tiene lugar según una serie de leyes ordenadas. De ello se desprende que los individuos no podrían sino incidir en el mundo que les rodea de forma marginal, aumentando la intensidad o la rapidez de unos procesos de cambio que parecen estar predeterminados de antemano. El individuo es impotente en la teoría comtiana, pero no solo eso, sino que además, es un egoísta nato. Comte situaba el egoísmo en el cerebro humano, y culpaba a el mismo de las crisis sociales. Por ende, para que el altruismo pudiera triunfar finalmente, debían proponerse restricciones sociales externas que facilitarán el desarrollo del altruismo

 

Para Comte, los individuos no son sólo impotentes ante el mundo que les rodea, sino que además son egoístas natos. Culpaba al egoísmo de las crisis sociales, y afirmaba que este debía ser sometido a restricciones externas para que el altruismo pudiera triunfar. Para ello, Comte hizo hincapié en el papel de la familia, la institución fundamental por excelencia, y la religión. La primera constituye el pilar básico de las sociedades, a través de la cual el individuo se integra y aprende a interactuar, mientras que la religión  fomentaría unas relaciones que ayudaban a la supresión de los instintos negativos del hombre.

 

Con todo, no es de extrañar, pues, que su versión prototípica de la sociedad ideal estuviera cargada de matices religiosos. Si Saint-Simon concebía de manera platónica un mundo gobernado por ingenieros, sabios y científicos, algo muy parecido es lo que propondrá su discípulo: si la reforma intelectual, moral y espiritual ha de ser previa a los cambios en las estructuras sociales, es lógico que la sociología, y por ende los sociólogos, tengan un papel primordial. Los sociólogos, conocedores de las leyes de la sociedad humana, son la casta superior según las necesidades dominantes de la época, de la misma manera que lo habían sido los sacerdotes en las épocas teológicas o los guerreros durante las politeístas. Asimismo, y además de concebir la sociología como ciencia suprema, Comte también le atribuye una misión ética de justicia y liberación de la humanidad, donde el concepto de armonía se repite varias veces, como el eco de un nuevo mundo donde las palabras orden, progreso y altruismo alcancen el lugar que les corresponde.  Como su idea fundamental era llevar sus doctrinas a la práctica, y sus actores eran concebido como seres débiles y egoístas, surge la duda acerca de quien apoyará la doctrina positivista. La respuesta la encontró en la clase trabajadora y las mujeres. Al estar ambos marginados por la sociedad, era más probable que fueran conscientes de la necesidad de las ideas del positivismo. Decir pues que Comte tenía una visión idealizada y romántica de la clase trabajadora. Consideraba que esta, no sólo disponía de más tiempo para reflexionar sobre las ideas positivas que la clase media o la aristocracia, demasiado ocupadas en los enredos y proyectos ambiciosos, sino que, además, la consideraba moralmente superior, ya que la experiencia de la miseria hacia resurgir la solidaridad y los sentimientos más nobles. Por otra parte, su idea de la mujer está profundamente distorsionada por sus propias relaciones sentimentales, derivando en un sexismo que hoy resultaría ridículo. Las consideraba fuerza motriz revolucionaria, puesto que las mujeres podían escapar más fácilmente de la inercia del egoísmo y servirse de sentimientos y emociones altruistas. Esta concepción femenina no le impidió, sin embargo ,afirmar que, si bien las mujeres eran moral y afectivamente superiores, los hombres debían tomar el mando de la sociedad futura, porque eran más capaces práctica e intelectualmente.

 

En los años posteriores, Comte será objeto de duras críticas, en especial porque su manera de recopilar los datos muchas veces se convertía en un acto de fe, de manera que si estos no concordaban con sus teorías, los desestimaba por erróneos. Problemática que estará en el centro de los futuros debates acerca de la objetividad de las ciencias sociales. Otra de las críticas más firmes a las que tendrá que hacer frente es al hecho de que su teoría estaba comprometida con los problemas de su vida privada, la cual parecía servirle de marco de referencia para establecer sus teorías, que en sus últimos años consisten en auténticos delirios. Su antiintelectualismo y la concepción muy poco humilde que Comte tenia de si mismo le hicieron perder el contacto con el mundo real, proclamando prácticas tales como la higiene cerebral, limitarse a la lectura de una lista de cien libros positivistas, o promulgar la abolición de la universidad y suprimir las ayudas a las sociedades científicas asegurando que son los afectos fuertes los que llevan a los grandes descubrimientos.

 

Con todo, es grande la deuda que la sociología tiene para con Comte, y su teoría permitió buena parte del desarrollo sociológico posterior, influenciando a escuelas y pensadores tan relevantes para la disciplina como Herbert Spencer o Émile Durkheim, quien más tarde oscurecería su legado hasta el punto de cuestionar la paternidad comtiana de la sociología. Así pues, podemos concluir con Stuart Mill que, si bien Comte no hizo sociología como la entenderíamos hoy, si posibilitó que otros pudieran hacerla.

 

 

  • Giner, S. (1987) Historia del pensamiento social. Barcelona: Ariel sociología

  • Ritzer, G. (2001) Teoría sociológica clásica. Madrid: McGraw Hill

 

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