La falsa dicotomía entre naturaleza y cultura (o la banalidad de los movimientos sociales)

14/09/2019

TJ K.@tbk_f

 

 

Con la llegada del feminismo radical (esto es, aquel que pretende cambiar la organización social desde su raíz), el viejo debate entre la natura y la nurtura ha cobrado nuevas fuerzas, instalándose como un foco central de la política contemporánea. Las feministas radicales arguyen que no existe tal cosa como el cerebro femenino o masculino, y que todo comportamiento es grabado, como en una tabula rasa, por los procesos de socialización. Desde el lado opuesto, numerosos científicos replican que las diferencias cerebrales son reales, y que son las hormonas las que juegan un papel decisivo en la construcción de la personalidad. No obstante, este debate parte del presupuesto de que, efectivamente, naturaleza y cultura son conceptos opuestos. Pues bien, el objetivo principal de este texto será mostrar las dificultades y limitaciones de esta dicotomía.

 

Es cierto que la neurociencia ha revelado diferencias fisiológicas entre el cerebro del hombre y de la mujer promedio, y que estas diferencias físicas se traducen en diferencias de comportamiento previas a cualquier tipo de socialización y observables en especies animales ajenas a toda influencia humana. Ahora bien, tomar estos indicios como la prueba irrefutable de que tal o cual aspecto de la sociedad es biológico, y no cultural, mientras que tal otro sería cultural y no biológico, pasa por alto el punto central de la cuestión. Es decir, por supuesto que el comportamiento social es parte de la cultura, pero eso no significa que no lo sea también de la biología.

 

Para entender hasta qué punto resulta inadecuada esta separación de lo natural y lo cultural para describir la condición humana, empecemos por señalar algo evidente: nunca ha existido cultura alguna que operase fuera de los límites de lo biológicamente posible. Así pues, existen tendencias biológicas que quedan excluidas de la cultura, con algunos autores (como Sigmund Freud en su El malestar en la cultura) llegando a caracterizar el papel de la civilización como, precisamente, la restricción de las pulsiones más física y sexualmente agresivas de la naturaleza humana, con el propósito de permitir la convivencia a gran escala. Sin embargo, lo opuesto no se da. La biología fija unos límites externos que la cultura no puede atravesar. Cualquier grupo humano lo suficientemente necio como para pretender lo fisiológicamente imposible se verá rápidamente abocado a su desaparición.

 

En otras palabras, lo cultural es, necesariamente, un subconjunto de lo biológico; esto es, la cultura no existe separada de la biología, sino dentro de ella. Esto significa que, al contrario de lo que las radfem frecuentemente defienden, los constructos sociales no son imposiciones arbitrarias, sino que emanan de una clase específica de condicionantes biológicos. Pero, puesto que la cultura se encuentra en constante cambio a lo largo del tiempo, mientras que la biología permanece relativamente inmutable, la cuestión está en determinar cuál es el criterio que determina esta categoría en cada momento. Es aquí donde debemos mencionar el papel del entorno: si ninguna cultura puede existir fuera de los límites de la biología, lo mismo puede decirse de las características físicas del ambiente en que se encuentra inmersa, esto es, de las circunstancias geofísicas, tecnológicas y económicas. Por lo tanto, los límites de lo culturalmente viable vendrán dados por la intersección entre la biología y el entorno.

 

De este modo, podemos imaginar las condiciones materiales en que se desarrolla la cultura humana como un par de círculos de posibilidad entrecruzados en un diagrama de Venn. Al círculo que contiene todas las predisposiciones biológicas de la especie –e.g., el deseo y la necesidad de alimentarse, las limitaciones mentales y fisiológicas del cuerpo humano, o la predisposición a desarrollar ciertas conductas naturalmente seleccionadas–me he referido en ocasiones como el círculo de posibilidad azul; al que contiene todas las limitaciones físicas y tecnológicas –e,g,, el clima, el estado tecnológico de la civilización, o la forma de la masa de tierra en que se habite–, como el rojo. Con esta representación visual en mente, no resulta difícil imaginarse que, a medida que la intersección entre estos dos círculos vaya cambiando (fundamentalmente, por la acción de la tecnología expandiendo los límites del círculo rojo, y, como resultado, desvelando una porción más y más grande del círculo azul), también así la cultura cambiará con ella. Es a esto a lo que me refiero cuando digo que lo material delimita lo cultural, y lo cultural delimita lo ideológico; nunca a la inversa.

 

Aquí un matiz es de gran importancia: lo material delimita a lo cultural, pero no lo determina. Si por cultura entendemos el repertorio conductual de un grupo humano, entonces debemos reconocer que este no se extiende a todo lo materialmente posible, sino a una parte de ello. En otras palabras, toda sociedad responde a las condiciones materiales en que se encuentra de una u otra manera, pero cuál sea esta manera no es una cuestión que esté determinada de antemano. De hecho, la cultura varía continuamente a través de un proceso que (en un guiño al concepto de la “deriva genética”) podríamos denominar “deriva memética”. Estos cambios sí son atribuibles a la voluntad de los individuos, de quienes los condicionantes materiales nos dicen bien poco.

 

No es necesario ni posible que cada miembro de una cultura sea una representación fiel de esta. Es más, todos divergimos del promedio en algunos aspectos y nos acercamos a él en otros sin que esto suponga una amenaza para el modo de vida compartido. Por ello es imposible predecir el comportamiento de un individuo elegido al azar de entre un conjunto de personas; es solo cuando la muestra se hace lo suficientemente amplia que la ley de los grandes números garantiza que el comportamiento colectivo empezará a parecerse menos a esas divergencias individuales, y cada vez más a la consecuencia lógica de nuestras tendencias naturales (o, al menos, de aquellas que son satisfacibles en el entorno material).

 

Esto nos lleva al punto central de mi argumentación: en igualdad de condiciones, las distintas culturas están destinadas a diferir en los detalles y a coincidir en lo esencial, en tanto que la naturaleza humana es la constante que comparten todas las sociedades. La tesis que aquí defiendo es, por tanto, que a medida que la tecnología reduce las restricciones a nuestras tendencias biológicas, la cultura cambia hacia formas más similares a nuestra verdadera naturaleza. Esto puede ser positivo, como lo es la progresiva conquista de una mejor calidad de vida (esto es, de todo aquello por lo que tenemos una afinidad natural), o negativo: la epidemia de obesidad como resultado de nuestra preferencia evolucionada por los alimentos hipercalóricos en un contexto en que la escasez de recursos ha sido erradicada, o el repunte de los roles de género en aquellos países en los que, paradójicamente, se ha conseguido conquistar una mayor libertad para las mujeres. En palabras de los científicos sociales que han estudiado estos datos, a medida que se maximiza la capacidad de las personas de escoger su propio modo de vida, se maximiza también la diferencia en sus elecciones. De forma poco sorprendente, estas diferencias coinciden en dirección con aquellas que comentábamos al inicio de este artículo y en tiempo con los cambios materiales que hacen viables tales modos de vida.  

 

Tal modelo plantea que todo cambio cultural vendrá siempre inmediatamente precedido por un cambio material que lo explique. Esta tesis, absolutamente contraria al determinismo cultural que han tomado las instituciones en los últimos años, supone un desafío directo a los movimientos sociales y a las ideologías, en tanto que insinúa que todas sus conquistas y sus glorias pasadas son, en realidad, el resultado de factores materiales en gran medida ajenos a su voluntad. De nuevo, habiendo definido la cultura como un repertorio de acciones, y definiendo ahora las ideologías como repertorios de conceptos coherentemente relacionados, se sigue que las ideologías que se impongan en una determinada cultura serán también una subclase de ese abanico de posibilidades delimitadas por lo materialmente viable, en tanto que el pensamiento político religioso y una actuación en consecuencia con él son, también, parte de lo conductual (y con ello, de lo cultural). En otras palabras, las ideologías no serían el motor de la historia, sino meramente un reflejo posterior de cambios culturales que ya se venían produciendo anteriormente en la sociedad. Semejante insulto a los ideólogos ya lo podíamos encontrar en obras como la de Armas, gérmenes y acero, de Jared Diamond, en que el autor reducía la supuesta superioridad cultural de la civilización europea a una serie de afortunadas casualidades geofísicas. Pero en los tiempos que corren, la narrativa cultural que es preciso desmitificar y bajar de su pedestal es otra: la de los movimientos por la justicia social.

 

Toda clase de logros se le atribuyen a este tipo de movimientos, y en especial, al feminismo, aun cuando la conexión entre unos y otros es tenue en el mejor de los casos, y casi siempre mejor explicada por las condiciones materiales de la época. El ejemplo paradigmático de esto está en la rápida sucesión de cambios sociales acontecidos justamente tras la revolución industrial, que incluyen como elementos más prominentes la aparición de los movimientos por la liberación de los esclavos negros en la colonias y el inicio de la incorporación de las mujeres al mercado laboral. Ante estos fenómenos podemos adoptar la posición idealista de suponer que tales avances sociales fueron el resultado de una lucha ideológica por la aprobación social surgida de la nada, en cuyo caso habrá que enfrentarse a la pregunta de por qué precisamente tales conquistas se dieron en ese momento y no en otro, siendo los conflictos raciales y sexuales tan antiguos como la propia humanidad. Por otro lado, podemos adoptar la posición materialista y atribuir dichos cambios a la ventaja competitiva que suponía la mecanización del trabajo sobre la mano de obra esclava y a la creciente demanda de trabajadores industriales sin cubrir en un mercado en que la práctica totalidad de los hombres en edad de trabajar estaban ya empleados. Ante este dilema, es preferible, a mi juicio, adoptar el principio de la navaja de Ockham y optar por la hipótesis con un menor número de suposiciones, prescindiendo para ello de la presunta iniciativa propia de los activistas.

 

Pero esta perspectiva no solo le arrebata sus glorias pasadas a este tipo de movimientos sociales, sino su propia raison d’être. En efecto, existen cinco grandes cambios materiales que definen a nuestra civilización: la aparición de la agricultura, la forja, la industrialización, la introducción de la píldora anticonceptiva y la automatización. Partiendo del postulado de que lo material determina lo cultural, prácticamente cada gran acontecimiento histórico puede ser derivado, directa o indirectamente, de alguna de las anteriores. Ahora tómese la literatura feminista, en que se afirma que la raíz de toda desigualdad se encuentra en la monogamia normativa como pacto de los hombres para controlar los cuerpos de las mujeres. El problema subyace en que, siguiendo la lógica ineludible de la afirmación central de este artículo (esto es, que la cultura existe dentro de la naturaleza, y no separada de esta), he podido rastrear el origen de este constructo social a las consecuencias de la revolución agrícola de principios del neolítico. Existen pruebas que señalan exactamente a este punto en el tiempo, así como indicios de la insostenibilidad de la poligamia en contextos post-agriculturales, y día tras día siguen apareciendo evidencias que refuerzan esta hipótesis. Esto es, la batalla por el modelo reproductivo humano no se libra en el plano ideológico, sino en el material.

 

Así, los datos sugieren que el papel del activismo y de las convenciones sociales es pequeño cuando se compara con los condicionantes materiales previos a los cambios culturales. Más bien parece lo contrario, que estos activistas e ideólogos son movidos por un creciente sentimiento silencioso en la sociedad, un Zeitgeist al que sirven de portavoces, mas no de padres. Lo mismo puede decirse, sin embargo, de sus enemigos declarados, siendo el aparente repunte de las conductas tóxicas que las feministas de los años 70 y 80 decían combatir, atribuibles a los efectos secundarios de la introducción de la píldora anticonceptiva, o más recientemente, a factores demográficos y logísticos que, por razones de espacio evidentes, no mencionaremos aquí.

 

Todo esto no significa, sin embargo, que debamos abandonar el activismo por ser una actividad inútil. Al contrario, de lo aquí expresado se sigue que este es un elemento sintomático, y que por ello su eliminación ni es deseable, ni viable. La moraleja más bien, es otra. Han pasado casi quinientos años desde que el famoso giro copernicano nos enseñase a los humanos que no ocupamos un lugar central en el universo, y desde entonces, otros giros lo han seguido (como el de Darwin, que quebró nuestras ilusiones de ostentar una posición privilegiada entre las especies). Tal vez ya haya llegado la hora de abandonar la pretensión de que los humanos ocupamos un papel protagonista en nuestra propia historia.

Compartir en Facebook
Compartir en Twitter
Please reload

Buscador

Entrevistas

Qué opinan las voces más destacadas sobre los asuntos más candentes.s

Series

Diversos temas tratados con mayor profundidad y extensión en formato de series de artículos monotemáticos

colabora.jpg

¿En desacuerdo con este artículo?

Si quieres quieres criticar o complementar este texto, si no compartes su perspectiva, no lo dudes, haznos tu propuesta a la redacción.

Please reload

Revista Libertalia

Filosofía y Humanidades

  • Twitter - Revista Libertalia
  • Facebook - Revista Libertalia
  • LinkedIn - Revista Libertalia
  • SoundCloud - Revista Libertalia

Revista Libertalia es un proyecto sin ánimo de lucro ni línea editorial centrado en la filosofía y las humanidades.

 

Nuestro objetivo es promover la reflexión seria y profunda entre gente joven de dentro y fuera de la academia, tratando los diversos temas de forma compleja, pero con un lenguaje claro y directo.

 

Si estás interesado en colaborar con nosotros no lo dudes, enviándonos tus textos; nuestro equipo estará a tu disposición para acompañarte en el proceso de edición y publicación;  o bien ayudándonos a financiarnos a través de Patreon. 

Recibe la Newsletter