A.J Ayer, positivismo lógico y expresivismo ético: virtudes y vicios

Armin Lotfi @armin_lotfi

 

Positivismo lógico y lenguaje

 

En el período de entreguerras surgió en Europa un nuevo movimiento filosófico contra el oscurantismo semántico y metafísico que reinaba en multitud de universidades conocido como “positivismo lógico”. El Círculo de Viena, el Círculo de Berlín y autores como Russell y el primer Wittgenstein serían algunos de sus miembros más destacados, aun cuando las diferencias entre los mismos fueran muy notables en diversos puntos capitales.

 

De entre las diversas ideas que con más propiedad podrían adscribirse a esta nueva sensibilidad sería una visión muy particular del lenguaje de acuerdo con el cual solo serían genuinamente significativos aquellos juicios empíricamente verificables (además, claro está, de los enunciados lógicos y matemáticos). Es decir, aquellos que, si no existieran restricción tecnológicas o físicas, podrían comprobarse, directa o indirectamente, por los sentidos.

 

El autor británico que con más fuerza adoptó los distintos postulados del positivismo fue A.J Ayer (1910-1989), con cuya ambiciosísima obra Lenguaje, verdad y lógica introdujo al público inglés esta nueva forma de pensar. En sus primeras páginas –destinadas a acabar con la hueca metafísica- nos describe el criterio de significado –el llamado principio de verificabilidad- tal que así:

 

The criterion which. We use to test the genuineness of apparent statements of fact is the criterion of verifiability. We say that a sentence is factually significant to any given person, if, and only if, he knows how to verify the proposition which it purports to express - that is, if he knows what observations would lead him, under certain  conditions, to accept the proposition as being true, or reject it as being false. If, on the other hand, the putative proposition is of such a character that the assumption of its truth, or falsehood, is consistent ,with any assumption whatsoever concerning the nature of his future experience, then, as far as he, is concerned, it is, if not a tautology, a mere pseudo-proposition. The sentence expressing it may be emotionally significant to him; but it is not literally significant.” (p.16, [1936],1946)

 

Esta concepción del lenguaje llevó a Ayer a afirmar sin matices ni paliativos que la metafísica (y la teología) debían ser eliminadas del mundo de la ciencia y la reflexión seria, en tanto que disciplinas enteramente huecas de significado.  “Todo cuento vemos podrías ser un sueño” o “Dios es la causa suprema del mundo” sería, no falsas o ciertas, sino absurdas. ¿En qué lugar quedaba la ética? La última frase del párrafo citado ya avanza su respuesta. Para el filósofo el discurso moral carecería de significado literal, y no sería más que la expresión de determinados sentimientos. Afirmar que robar es inmoral no sería distinto que exclamar “¡Buuh!”, mientras que elogiar la conducta ajena se identificaría con proferir “¡Hurra!”.

 

“If I say to someone, ‘You acted wrongly in stealing that money’, I am not stating anything more that if I had simply said, ‘You stole that money’. In adding that this action is wrong, I am not making any further statement about it. I am simply evincing my moral disapproval of it. It is if I had said ‘You stole that money’, in a peculiar tone of horror, or written it with the addition of some special exclamation marks. (p. 107, [1936],1946)

 

Luego, como es evidente, en opinión de Ayer, los juicios morales no tendrían condiciones de verdad pues, ¿acaso puede juzgarse la verdad de mi sonoro ‘’¡Ay!” cuando, al caminar, me golpeo dolorosamente el pie? Para Ayer los juicios morales serían pseudo-conceptos. Nótese entonces la importante diferencia con el emotivismo humeano: de acuerdo con el escocés los juicios morales serían traducibles por afirmaciones relativas a nuestro estado emocional. Para Hume “Matar es inmoral” sería sinónimo con algo así como “Matar me produce un gran displacer”, un enunciado que, como cualquier descripción sobre la psique humana, puede ser cierto o falso. Ayer plantea algo mucho más radical, a saber, que los juicios valorativos no serían semánticamente distintos de una mala cara, un gesto o cualquier sonido que, fruto de la más profunda indignación, pudiéramos producir.

 

Si al exponer la doctrina de Moore decíamos que constituía un ejemplo claro de visión cognitivista y realista, con el expresivismo de Ayer habríamos dado con el polo opuesto: un fortísimo no-cognitivismo –los juicios morales no expresan creencias susceptibles de verdad y falsedad- y consiguiente anti-realismo –no hay en el mundo entidades morales a las que el discurso ético se refiera.

 

 

Virtudes del expresivismo

 

Dicho esto, ¿qué razones podría tener Ayer para sostener una visión aparentemente tan anti-intuitiva? Lo cierto es que, hablando en términos históricos, no parece que Ayer inaugurara el no-cognitivismo contemporáneo por razones genuinamente metaéticas, sino que, más bien, llegó al mismo por mera coherencia, al extender a esta parte del habla lo sostenido de forma genérica por su filosofía del lenguaje. (A destacar, no obstante, que en obras posteriores sostendría lo contrario: que su visión metaética se mantendría incluso de falsarse el positivismo).

 

Con todo, y simplificando, existen tres buenas razones que podrían aducirse en pro de esta corriente. En primer lugar, la misma pregunta abierta que usó Moore contra el naturalismo podría usarse, genéricamente, contra el cognitivismo en su conjunto. O, más precisamente, la hipótesis no-cognitivista vendría a ofrecer una explicación muy sencilla y comprensible de la aparente apretura de las preguntas del tipo “lo bueno es [cualquier propiedad]”. ¿Cómo? Porqué al ser lo bueno, no una propiedad o entidad, sino algo completamente distinto –la expresión de un sentimiento- cualquier identificación del tipo “lo bueno es [cualquier propiedad]” no podría más que resultar en una pregunta abierta. En efecto, si lo bueno no es nada más que mi particular expresión de aceptación o aprecio, se entiende de qué modo “lo bueno es [cualquier propiedad]” plantea un complejo interrogante. Adicionalmente, y contra Moore, la propuesta de Ayer conllevaría una metafísica y una epistemología mucho menos oscura que la implicada por Moore. En vez de necesitar postular la existencia de misteriosas propiedades no-naturales y de nuestra capacidad para captarlas, a Ayer le bastaría con una clase de entidad con la que todos estamos bien familiarizados: nuestros sentimientos y emociones.

 

Asimismo, el no-cognitivismo podría explicar con facilidad la denominada ley de Hume (the is-ought question), una de los principios filosóficos menos controvertidos, de acuerdo con el cual la los juicios morales no podrían ser derivados de juicios empíricos. ¿De qué modo funcionaría esta explicación? Como es sabido, no cabe inferir válidamente como conclusión nada que no estuviera previamente presente en las premisas. Esto es, si puedo concluir que “Sócrates es mortal” es solo porque, aunque sea de manera velada, ya lo he afirmado entre mis premisas cuando he sostenido que “Todos los hombres son mortales” y que “Sócrates es un hombre”. Sin embargo, y de acuerdo con el consenso mayoritario, si alguien pretendiera deducir qué debe hacer en base a cómo son las cosas – inferir un ought a partir de un is- estaría razonando falazmente. Pues bien, si tal y como propone Ayer, los juicios morales fueran de una naturaleza totalmente distinta a los juicios naturales, que unos y otros fueran lógicamente independientes sería la conclusión más natural. Pues, ¿cómo podría uno obtener expresiones tales como “¡Hurra!” o “¡Maldición!” a partir de asépticas descripciones factuales?

 

Finalmente, un no-cognitivismo  de esta clase también sería capaz de recoger con claridad el vínculo habitual que parece existir entre el discurso moral y la motivación. Y es que si juzgar algo como moralmente deseable ha de empujarnos (en mayor o menor medida) a hacerlo, entonces cuadra con naturalidad que ese juicio sea, más bien, la aprobación emocional de ese algo. En efecto, sería ciertamente paradójico que alguien afirmara con sinceridad que X es moralmente positivo y que, aun así, considerase que no siente ninguna inclinación por ello. Luego, si existe un vínculo tal entre los juicios éticos y la acción, que el discurso moral sea eminentemente emocional podría ser muy explicativo (toda vez que, de normal, asumimos que las frías abstracciones no son capaces de impulsarnos a actuar).

 

Armin Lotfi @armin_lotfi

 

Vicios del expresivismo

 

  • El principio de verificabilidad

 

Dicho esto, lo cierto es que, aun y su atractivo, las posturas no-cognitivistas enfrentan dificultades importantes. En primer lugar, y como problema particular del expresivismo aquí expuesto, los postulados semánticos del positivismo lógico que con tanta pasión adoptó el inglés enfrentarían objeciones definitivas. Por un lado, parece poder darse con contra ejemplos diversos y sencillos de juicios claramente significativos que, aun así, no serían ni empíricamente verificables ni simples tautologías. Por ejemplo, que toda nuestra vida no sea más que un simple sueño es, quisiera Ayer o no, una posibilidad plenamente comprensible. Y en segundo lugar, y quizás aún más grave, porque el propio principio de verificabilidad sobre el que se asienta la teoría encierra su negación. En efecto, ¿qué conjunto de experiencias podrían revelarme la verdad o falsedad del mismo? Ninguna. El principio de verificabilidad solo tiene sentido si la teoría es falsa, mientras que si la teoría es cierta, entonces no puede tener sentido. Tan es así que, décadas más tarde, al ser entrevistado sobre el asunto, el propio Ayer confesaría entre risas que el mayor defecto del positivismo sería su falsedad.

 

  • Irracionalismo ético

 

Ahora bien, incluso de optar por otra filosofía del lenguaje, el no-cognitivista tendría serias dificultades para explicar el uso coloquial y aparentemente lógico que damos del discurso ético. En particular, lo condenaría a un profundo irracionalismo éticoPor un lado, la visión expuesta vaciaría de sentido a las discusiones morales. No solo porque toda discusión requiere que el objeto de la misma admita verdad y error, sino porque, propiamente, el debate ético jamás podría surgir. Y es que si al decir “X es bueno” uno solo expresa según qué emoción, que un tercero objetara “X es malo” no supondría crítica alguna. Nuestro interlocutor simplemente habría expresado su forma de sentir la cuestión, tan válida como la nuestra. Es decir, prima facie, el no-cognitivista reduciría la filosofía moral a una charla gutural sobre gustos y percepciones particulares.

 

Ayer enfrentó esta objeción aceptándola, y reconduciendo las discusiones aparentemente morales a discusiones fácticas:

 

We don’t attempt to show by our argument that he [nuestro interlocutor] has the ‘wrong’ ethical feeling towards a situation whose nature he has correctly apprehended. What we attempt to show is that he is mistaken about the facts of the case […] when he acknowledges all the facts, [and] he still disagrees with out about the moral value of the actions under discussion, the we abandon the attempt co convince him by argument.  (p.111, [1936],1946) “

 

A primera vista podría parecernos una respuesta algo pobre dado que no es nada extraño que multitud de disputas morales se sucedan cuando los hecho enjuiciados están claramente definidos e identificados. De allí que autores posteriores de sensibilidad similar haya intentado elaborarla algo más. Con todo, es de reconocer que, efectivamente, si dos interlocutores mantienen principios morales generales distintos sobre un mismo asunto, entonces es muy difícil que la conversa pueda desatrancarse

 

Sea como fuera, el no-cognotivismo comprometería a Ayer con una forma de irracionalismo ético aún más radical y problemático pues, en principio, solo las proposiciones son susceptibles de manipulación lógica, no así los sentimientos. Para ilustrarlo consideremos el siguiente silogismo:

 

 

P1: Debemos cuidar de nuestros amigos

P2: Juan es nuestro amigo

--------------------------------------

C: Debemos cuidar de Juan

 

Como puede verse, este razonamiento parece perfectamente válido. Ahora bien, si los juicios morales que en él aparecen son simples expresiones sentimentales sin valor de verdad, la corrección del razonamiento no se comprende dado que la inferencia lógica es un proceso que, pareciera, solo puede llevarse a cabo sobre afirmaciones. En efecto, si “Debemos cuidar de nuestros amigos” es sinónimo con “Cuidar de nuestros amigos ¡Hurra!” que el argumento funcionara no sería posible. Luego, o bien abandonaos la compresión clásica de la lógica como circunscrita a las descripciones, o bien rechazamos la comprensión expresivista de sus premisas.

 

 

  • El problema de Frege-Geah

 

En segundo lugar, la interpretación expresivista de los juicios morales tampoco permitiría entender el rol de los mismos en contextos más complejos (los llamados embbeded contexts) en los que no se afirmaría nada en concreto. Veámoslo.

 

Asumimos generalmente que el significado de un juicio [A] es idéntico con independencia de si aparece aisladamente –“Llueve en mi plaza”- o si aparece como parte de un condicional del tipo ‘si A entonces B’ –“Si llueve en mi plaza, entonces el suelo de la misma se moja”. De no ser así, de modificarse el significado de [A] en función del contexto lógico en que apareciera, entonces no podríamos dar cuenta de la validez de un razonamiento tan sencillo (modus ponens) como:

 

 

P1: Si llueve en mi plaza [A], entonces el suelo de la misma se moja [B]

P2: Llueve en mi plaza [A]

--------------------------------------

C: El suelo de la misma se moja [B]

 

 

¿Y por qué es necesario que el significado de [A] se mantenga constante a lo largo de todo el razonamiento? Porque de lo contrario incurriríamos en un paralogismo, en una falacia de la equivocación. Por ejemplo, aun cuando es cierto que con un buen gato uno puede levantar un coche y cambiar la rueda, eso no implica que pueda cambiar la rueda usando a mi gato Bigotitos. En efecto, el siguiente silogismo solo es válido si ‘gato’ mantiene el mismo significado en ambas premisas. Ahora bien, si en la premisa mayor ‘gato’ viene a indicar una palanca hidráulica, mientras que en la premisa menor viene a indicar a un mamífero peludo, entonces el razonamiento fracasará –i.e la verdad de la conclusión no estará asegurada por mucho que las premisas sí lo sean.  

 

P1: Si tengo un buen gato, entonces puedes cambiar una rueda pinchada

P2: Tengo un buen gato

--------------------------------------

C: Puede cambiar la rueda pinchada

 

 

Así las cosas, consideremos de nuevo un razonamiento moral elemental:

 

 

P1: Debemos cuidar de nuestros amigos [A]

P2: Si debemos cuidar de nuestros amigos [A], entonces hay que recoger a Juan del aeropuerto [B]

--------------------------------------

C: Debemos recoger a Juan del aeropuerto [B]

 

 

Por un lado, diríamos que este es un razonamiento válido –i.e si las premisas son ciertas, la conclusión también lo será. Por otro lado, y si siguiéramos a Ayer, también diríamos que las afirmaciones éticas son, en el fondo, simples expresiones de sentimientos. No obstante, y por lo dicho al hablar de Bigotitos, si el razonamiento anterior es válido, entonces podemos estar seguros de que el significado de las premisas se ha mantenido constante a lo largo del mismo. Sea cual fuera el significado de [A], no habrá cambiado de premisa en premisa. Ahora bien, ¿acaso es eso posible? ¿Puede ser cierto que, tanto en la primera como en la segunda premisa, estuviéramos expresando nuestro sentimiento de aprobación? ¿Exclamando ‘¡Hurra!’ o algo por el estilo? Al contrario, diríamos que, como en cualquier proposición condicional, en P2 ni se afirma ni se niega nada, sino que meramente se plantea.

 

En resumen: Como parece posible razonar validamente por modus ponens incluyendo premisas morales, sabemos que el significado de las mismas se mantendrá constante a lo largo de todo el argumento. Ahora bien, si los juicios morales son expresiones de emociones, no podría comprenderse su significado en aquellos juicios en que una expresión tal está, precisamente, ausente o, cuanto menos, puesta entre paréntesis. Tal es el caso de los juicios condicionales. (También el de expresiones como “¿Considera Juan que la especulación inmobiliaria es injusta?” o “Juan me ha dicho que la propiedad inmobiliaria es injusta”). Luego, o bien debemos modificar nuestra comprensión de la lógica, o bien la comprensión expresivista de los juicios morales –en su estado actual- falla.

 

 

  • Nihilismo ético

 

Finalmente, el último problema que enfrentaría la visión expuesta sería sus implicaciones en el plano ético pues de lo dicho parecería seguirse un fortísimo nihilismo de acuerdo con el cual nuestros derechos y deberes, el bien y el mal, los justo y lo injusto… no serían más que subjetivísimas percepciones sin valor alguno. Esto es, que mi rechazo por las coles de Bruselas no se diferenciaría del que podría albergar por unos sangrientos atentados en Bruselas.  

 

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