¿Del #metoo al #nottome?

29/08/2019

 Avel Chklanov @chuklanov

 

El pasado 13 de agosto de 2019 la agencia estadounidense Associated Press publicó los testimonios de varias mujeres (ocho cantantes y una bailarina) afirmando que en el pasado habían sido víctimas de acoso sexual por parte del cantante de ópera Plácido Domingo. La noticia tuvo un importante impacto en España, si bien este fue relativamente limitado en otros países. En los días posteriores no era difícil encontrar opiniones favorables a la inocencia de Plácido Domingo, o en todo caso, a la falta probatoria de su culpabilidad, en los medios españoles. En este sentido, se destacaba que solo una de las mujeres había realizado la denuncia de forma no anónima y que ninguna de ellas aportaba pruebas de ninguna actividad delictiva por parte del tenor. Algunas publicaciones iban incluso un paso más allá, situando esta denuncia en el marco del #metoo, una campaña iniciada para denunciar situaciones de abusos y acoso sexual a mujeres. Según estas voces, denuncias como las de estas cantantes se habían convertido en una caza de brujas contra los hombres, donde se puede hundir la carrera y reputación de alguien sin prueba alguna por hechos que quizás nunca acontecieron o de los cuales se podría exagerar su gravedad, como realizar piropos o formular meras proposiciones sexuales o románticas.

 

Este artículo no pretende determinar si las acusaciones contra Plácido Domingo son ciertas o no. Si Plácido Domingo o cualquier otra persona ha realizado algún tipo de acoso o abuso sexual en algún momento de su vida, es algo que se debería determinar una investigación judicial y no en estas u otras líneas. Por supuesto, cada uno es libre de fabular sobre lo que quiera, pero no deberíamos olvidar que opinar ligeramente (y sobretodo en público) sobre asuntos de esta gravedad tiene consecuencias importantes en la vida de los acusados y acusadores, independientemente de lo que se determine judicialmente. Es bueno que respetemos la presunción de inocencia, tanto de quien acusa -es decir, no presuponiendo que comete un delito de denuncia falsa- como de quien es acusado. Al fin y al cabo, nosotros no estábamos allí para confirmar o desmentir nada.

 

Sin embargo, algo que ha llamado mi atención estos últimos días son los discursos que se generan en torno a las acusaciones formuladas en casos de esta índole, en concreto sobre la lógica de sus argumentos y sobre todo respecto la visión del mundo que expresan explícita o implícitamente. El objetivo de este artículo es analizar críticamente los discursos más comunes que se formulan contra este tipo de denuncias, o mejor dicho, contra sus denunciantes.

 

 

Falsas acusaciones

 

Las primeras objeciones que se formulan ante estas acusaciones sencillamente pretenden poner en tela de juicio su veracidad. Muy a menudo se argumenta que estas denuncias no están acompañadas de pruebas, condición básica para condenar a alguien. Convienen dos consideraciones. En primer lugar es lógico que, por la propia naturaleza de los delitos imputados, sea difícil encontrar pruebas más allá de la palabra de los implicados.  Algo que, en algunos casos servirá para condenar a alguien, y en otros tantos no. Y ya se sabe, “más vale cien culpables en la calle que un inocente en la cárcel”. No obstante, cabe señalar que aunque la palabra de alguien no sea suficiente para probar judicialmente un abuso o acoso sexual o en general cualquier delito, esto no significa que este no haya podido ocurrir, y por lo tanto la potencial víctima debería poder recibir todo el apoyo necesario en términos de atención sanitaria, servicios sociales, etc. Naturalmente, esto genera una clara tensión con la presunción de inocencia. Ahora bien, de entre los diversos males en juego entre los que escoger consideraría que “más vale cien falsas víctimas atendidas, que una desatendida”.

 

Se ha comentado también que solo una de las personas denunciantes dio la cara, haciéndolo las demás de forma anónima, de modo que esto también restaría veracidad a las acusaciones. De nuevo, el problema del anonimanto sería destacable en el proceso judicial, pero estas denuncias se formularon en un medio de comunicación. Associated Press, como cualquier otro medio, puede publicar fuentes anónimas en cualquier tipo de información y no por ello la ética deontológica les exime de comprobar su veracidad. Así que si el anonimato es un problema en este caso, también lo debería ser en cualquier información periodística publicada de este modo y en cualquier caso la responsabilidad sería del medio que ha decidio publicar tal información. Similarmente, que las hipotéticas víctimas no den la cara puede ser indicativo de una mentira, pero también, y sin ninguna duda, de su sufrimiento real y la vergüenza que desafortunadamente acostumbra a acompañarle. ¿Qué significa que quien denuncie lo haga anónimamente a efectos de culpabilidad del acusado? Nada. ¿Supondría un problema a la hora de condenar? Sí. Ambas ideas son perfectamente compatibles. 

 

Otra de las objeciones habituales suele ser el hecho de que muchas de estas denuncias se formulen años después, como si esta tardanza pusiera en duda la veracidad de la acusación, así como que algunas denuncias se realizen tras la aparición pública de otras. Esta es una argumentación fácilmente desmontable por razones similares a las anteriores. Está ampliamente estudiado que el proceso por el cual una persona puede llegar a realizar una denuncia sobre un asunto tan sensible puede tardar años por sus dificultades psicológicas y sociales que ello le conlleva (aceptación de lo ocurrido, superación del trauma, miedo a represalias...), así como que es mucho más fácil que se atreva a dar el paso al percibir que ha habido más personas en su situación. De nuevo: que esa tardanza sea y deba ser una dificultad a la hora de condenar a alguien ni quita ni añade nada a la verdad material de fondo: que pueda haber sucedido un crimen. 

 

También es habitual encontrar voces que niegan la veracidad de estas acusaciones en base a que los acusados siempre se comportaron correctamente con ellas. Resulta muy obvio decirlo, pero esto no demuestra nada. Es más que probable que si nos paseamos por una prisión encontremos un montón de gente condenada que tendrán docenas de familiares, amigos o vecinos a los que nunca robaron, asesinaron, estafaron, etc. Igualmente, sería muy sencillo encontrar condenados que, antes de atacar a su víctima, la trataron con total normalidad. 

 

Por último, se suele argumentar que estas denuncias tienen como motivación elementos espúreos como la venganza o la obtención de dinero, motivaciones que no pretenderían buscar el noble ideal de “hacer justicia” sino otra cosa (más ilegítima). De nuevo, esto no es más que mera especulación -¡sobre un tema tan sensible!- en relación a algo que no se conoce. Aún así, incluso si las motivaciones de las personas denunciantes fueran poco “nobles”, esto tampoco probaría en sí mismo si los supuestos hechos acontecidos fueron reales o no. Si acaso solo podría ser un indicio más, uno de muchos más, a tener en cuenta y valorar en conjunto. Asimismo, tengase presente que el sistema por el que castigamos los delitos ya prevé la compensación económica como algo muy habitual -la llamada responsabilidad civil ex delicto-, pues raramente se puede reparar el daño causado con mejores fórmulas. Luego si poder obtener dinero de una eventual condena debiera llevarnos a considerar la acusación como falsa, tantísimas otras denuncias deberían decaer solo por eso. 

 

En definitiva, ninguna de mis objeciones a estos argumentos serviría para demostrar que las acusaciones formuladas sean ciertas, pero sí para descartar que sean necesariamente falsas por los motivos aquí recogidos.

 

 

Fuertes y débiles

 

Existe otra línea discursiva que ha captado mi atención poderosamente y que a menudo es utilizada de forma paralela a los argumentos anteriores. En realidad, esta línea no tiene porque asumir la falsedad de las acusaciones. Es posible formular un discurso en que se crea a la víctima, pero aún así culpabilizarla, una de las características principales de este pensamiento. En él se vendría a resaltar que el problema se encuentra en la “falta de valor de las víctimas” para poner freno a esos abusos, enfrentarse al agresor por los medios que fueran menester y en última instancia denunciarlo públicamente.

 

De acuerdo con este pensamiento cada vez más extendido, el mundo estaría dividido entre personas “fuertes” y personas “débiles”. Como es lógico, las personas “fuertes” ejercen un dominio sobre las “débiles”. Este dominio en ocasiones puede derivar en toda clase de situaciones de abuso y explotación. Es aquí donde, de acuerdo con esta cosmovisión, las personas débiles deberían armarse de valor y plantar cara con los medios de que dispongan. En definitiva, no comportarse de forma “débil”. Es por su propio interés que deberían actuar así, pues no se puede esperar que nadie venga a salvarles el pellejo, de modo que ya saben lo que deberían hacer. Nos guste o no, el mundo es así, el depredador se come a la presa inferior, así que más vale espabilarse y convertirse en un individuo “fuerte”, antes de ser comido. Y si no lo eres, por lo menos pretende serlo un rato. Es así como uno evita ser dominado y explotado y que le ocurran cosas malas.

 

Y por si lo anterior fuera poco, no es raro que a este discurso se le añada un componente social: así, se afirma que si todos nos comportamos fuertemente y plantamos cara a los agresores, estos dejarían de existir o, como mínimo, se lo pensarían dos veces antes de hacer de las suyas. 

 

Aplicando esta lógica a los casos de los abusos y acoso sexual, las mujeres que lo sufren deberían enfrentarse a quienes realizan estos actos. En otras palabras, decir “no” en el momento del intento de abuso, pero también frenar al agresor, pelearse con él, denunciar y hasta abandonar un lugar de trabajo, una carrera profesional, etc., si es preciso. Este es el comportamiento de persona “fuerte” que les garantizaría no convertirse en víctimas. De no actuar así, se generan distintos elementos que se les pueden reprochar, a saber: de algún modo han consentido que eso les ocurriera, han dejado la puerta abierta a posibles futuros abusos contra otras mujeres o incluso se han beneficiado profesionalmente de esta especie de intercambio con el agresor. Es más, atendiendo a todo esto, si lo denuncian años después su motivación respondería a algún tipo de “venganza” o mero rencor, en la línea de las motivaciones no legítimas que comentábamos anteriormente.

 

En este sentido, este nuevo pensamiento considera que el movimiento #metoo, si bien quizás podría estar denunciando casos reales, habría entrado en una dinámica revanchista contra los hombres y en especial estaría lanzando el mensaje que las mujeres “son víctimas”, perpetuando la noción que son débiles y no pueden protegerse a sí mismas de las cosas malas que les pueden ocurrir. Habría que cambiar esta mentalidad, y tal y como señalaba una tertuliana radiofónica recientemente, se debería pasar del #metoo al #nottome. Es decir, “esto a mi no me lo vas a hacer”. Sobra decir que las personas que desarrollan este discurso suelen afirmar que ellas jamás consentirían que se las tratara así.

 

A mi modo de ver, esta visión del mundo es profundamente conservadora y hasta un tanto reaccionaria, además de muy poco empática. Es cierto que podemos encontrar individuos con unas características personales que quizás les predisponen a gestionar mejor que otros situaciones tan complicadas como la de estar viviendo un acoso o intento de abuso. Sin embargo, esta es una realidad muy limitada. El miedo, el bloqueo o la parálisis son reacciones perfectamente naturales -¡y legítimas!- en situaciones de amenaza o estrés inusuales en la vida de un ser humano. Pensar que esto es lo que configura la “fortaleza” o “debilidad” de alguien es plantearse la naturaleza humana en los términos en que se vivía hace miles de años. Si de algo ha de servir precisamente vivir en sociedades organizadas complejas, con sofisticados sistemas políticos y judiciales, es para no tener que depender de supuestas características biológicas con las que se ha nacido para llevar una existencia sin ser agredido, o si eso llega a ocurrir, por los menos contar con un sistema que nos proteja, nos repare en la medida de lo posible y castigue a los culpables.

 

Es cierto también que es deseable que todo el mundo pudiese aprender unas nociones sobre cómo enfrentarse a situaciones peliagudas en la vida, sean estas de carácter psicológico, de defensa personal o de lo que se considere oportuno. Pero esto no convierte en cierta esta visión del mundo de leones depredadores y zebras cazadas. Disponer de esta supuesta “fortaleza” no garantiza nada. Pongamos por caso una que una mujer disponga efectivamente de esta “fortaleza” (física y mental) para enfrentarse a un acosador. Imaginemos que ese acoso se da en un marco laboral. Enfrentarse al agresor le podría llevar a perder el trabajo y a encontrarse con grandes dificultades económicas, por no mencionar tener que lidiar con algunas de las acusaciones formuladas en la primera parte del artículo. Alguien podría afirmar que en todo caso preferiría esto que tener que ser manoseada (o algo peor) durante meses o incluso años en su lugar de trabajo. ¿Seguiría afirmando que eso es preferible si esa mujer tuviese una familia de quién está al cargo? En definitiva, es muy ingenuo pensar que querer ser un león puede servir para superar todas las posibles injusticias que se pueden vivir.

 

Similarmente, esta visión le exige (no simplemente les recomienda) a las víctimas volverse a victimizar. Les dice que si han sufrido un gran crimen, entonces que se preparen, porque también deberán enfrentarse a otras cosas. Querer conservar el trabajo, no querer convertirse en el centro de atención, tener reparos a revivir todo lo sucedido en sede judicial, evitar el estigma, etc. Todo eso es de débiles. Y, por su puesto, en lo que dure la agresión sexual deberían resistirse y pelear, arriesgándose a que una violación se transforme en una violación con paliza, o quizás hasta en algo peor.  

 

Por otro lado, esta noción del #nottome es profundamente individualista. Viene a depositar la lucha contra estos abusos a un nivel personal, de modo que pasa de ser algo de lo que preocuparse como sociedad a algo de lo que basta con librarse uno mismo. Sí, sin duda, puede que si todo el mundo adoptara esta actitud los crímenes de cierto tipo decrecieran, (no obstante, podría suceder todo lo contrario, o que los mismos crímenes meramente se recrudecieran). Ahora bien, a nadie le es exigible comportamientos heroicos por mucho que de los mismos pudieran derivarse consecuencias sociales positivas.

 

La otra cara del #nottome podría perfectamente ser la indiferencia si les sucede a otros. Al fin y al cabo, ya les hemos dicho que de lo que se trata es de ser “fuertes” para que no les ocurran estas cosas, así que si no lo han sido pues es su problema. Quizás hasta ser lo merecieran un poco, dado que ya hemos explicado que la debilidad conlleva estas cosas… Y es que esta visión del mundo implica también una cierta visión moral de él, donde los débiles/víctimas no salen muy bien parados.

 

Sería iluso pensar que una sociedad sin agresiones de ningún tipo está a la vuelta de la esquina. Seguramente casi tan iluso como suponer que la voluntad de comportarse como una persona “fuerte” basta para no llegar a ser víctima. Visto hoy con perspectiva, nos parecería absurdo decirle a un esclavo del siglo XIX o a un judío de la Europa de entreguerras que lo que debe hacer es decir #nottome, pues muy probablemente cualquier heroico acto de resistencia de ambos les llevaría a la muerte, por mucho que décadas después admiraramos su valentía o insensatez, según se mire. Esta comparación podría parecer exagerada, pero en muchos casos de agresiones sexuales no lo es en absoluto. 

 

¿Nos atreveríamos a juzgar la supuesta debilidad de, por ejemplo, una persona paralítica ante ciertas amenazas? ¿Cuales son los atributos que hacen a alguien “fuerte” o “débil”? ¿Se pueden alcanzar todas las “fortalezas” con un mero ejercicio de voluntad? No parece muy razonable que una especie que ha podido cooperar y evolucionar hasta el punto de enviar algunos de sus miembros a explorar qué hay fuera de su planeta, que ha podido erradicar enfermedades antes devastadoras o que está alcanzando esperanzas de vida cercanas a los 90 años crea que en ámbitos como el acoso o el abuso sexual deba decirles a sus miembros que el mundo sigue funcionando en base a una suerte de “ley del más fuerte” propia de la jungla mesolítica. Si todavía no podemos conseguir una sociedad donde no nos hagamos daño los unos a los otros, por lo menos consigamos una donde no responsabilizemos a quienes lo hayan recibido.

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