Los oráculos, el verdadero poder de la antigua Grecia

22/08/2019

Francisco Ghisletti @tank_ghisletti

 

 

En la Grecia antigua la adivinación se concebía como un puente entre el mundo real y el mundo divino. Se distinguían dos modalidades: la inspirada (Casandra) y la interpretativa (Delos y Delfos). La primera, de mayor prestigio, se basaba en la posesión divina del intermediario; la segunda, consistía en escrutar las señales observadas en diferentes soportes. De este modo, el oráculo es visto como el mensaje de dios, al que se otorga más fiabilidad que al simple presagio.

 

Como centros de reunión de gentes de procedencias diversas, los santuarios oraculares eran un punto de contacto comercial de primer orden, un núcleo de actividad que se iniciaba en los propios albergues de peregrinos y acababa con el trasiego de comerciantes que ofrecían sus productos a todos los visitantes, por no entrar en la riqueza de las ofrendas que allí se albergaban

 

 

El oráculo de Delfos

 

Delfos es una localidad ubicada en la cima del monte Parnaso, en el sur de Grecia. Aquí se erigió en el siglo IV a. C. el templo de Apolo, que acogió al legendario oráculo. La exactitud de las predicciones de Delfos era extraordinaria: desde el resultado final de guerras, hasta la infidelidad de parejas. Incluso se dice que fue aquí donde el primer oráculo predijo la Guerra de Troya, donde se afirmó que las leyes democráticas de Atenas se aprobarían, y quien anunció que Alejandro Magno iba a ser invencible. Incluso los filósofos más incrédulos confiaban en el poder de adivinación de Delfos como Platón y Tucídides.

 

Sorprendentemente, el oráculo de Delfos hizo predicciones durante más de mil años, pero ¿de dónde le venía ese poder clarividente? Puede que la respuesta se encuentre en el propio Delfos que, según el mito griego, constituía el centro exacto del universo. La historia cuenta que un día, al aba, Zeus soltó dos águilas: una desde el extremo oriental del mundo, y otra desde el occidental, que vinieron a encontrarse juntas en Delfos. De allí que, uno de los símbolos de Delfos sea el ónfalos. Otra leyenda cuanta como un pastor llamado Coretus descubrió un yacimiento de Cesio que emitía unos vapores que permitían ver el futuro a aquel que los inhalaba.

 

Con todo, la historia comprobable de Delfos comienza en el siglo XVI, cuando unos arqueólogos encontraron restos de un santuario dedicado a la antigua diosa de la tierra Gaia.  En el siglo X a. C., Gaia fue sustituida por un nuevo y poderoso dios traído por los Dorios: Apolo, el dios de la razón, la luz, la música y las profecías. Sin embargo, la sustitución no fue sencilla ya que, Apolo tuvo que matar una pitón que guardaba el santuario de Gaia. No obstante, en recuerdo de la serpiente y de Gaia, Apolo eligió una mujer para ser su suma sacerdotisa, Pitia, conocida también como Sibila.

 

A pesar del peligro y los gastos que suponía el viaje, a Delfos llegaban peregrinos desde todos los rincones del mundo antiguo: Turquía, el norte de África o la actual Francia. Sin embargo, no todo el que hacia el largo camino hasta Delfos conseguía ver a la Pitonisa. Solo algunos privilegiados conseguían verla gracias a sus fastuosos regalos. Por ejemplo, cuando la isla de Quíos se presentó con este gran altar los sacerdotes dejaron que estos se pusieran al principio de la cola, como demuestra una inscripción encontrada in situ.  Para el resto de visitantes, el orden de consulta era por sorteo: los que no tenían suerte a pesar del duro viaje, tenían que esperar otro mes para volver a probar suerte. Los que conseguían entrar en el templo vivían una de las experiencias más misteriosas e increíbles de su vida: “tened buenos pensamientos y augurios” les decían los sacerdotes al acompañarlos por la rampa de entrada al santuario. Lo primero que veían en el interior inscrito en la pared era un aforismo atribuido a los siete sabios de la antigüedad “conócete a ti mismo”; un asombroso y determinante consejo para los que venían en búsqueda de un augurio.

 

Poco se sabe a ciencia cierta sobre las mujeres que hacían de oráculos y cuyas profecías guiaron la antigua Grecia. Infinidad de peregrinos llegaron a Delfos durante más de un milenio para ser recibidos por los oráculos, sin embargo, no se ha conservado ningún relato directo de la visita a la pitonisa. Conocemos que los primeros oráculos eran mujeres jóvenes, vírgenes y atractivas. Sim embargo, tras la fuga de una de ellas con un peregrino, el puesto comenzó a desempeñarse solo por mujeres de mediana edad. Este es un dato importante, porque significa que no querían que dicho cargo fuera desempeñado por gente importante, con influencia o con intereses.

 

La pitonisa solo trabajaba nueve días al año, pero el trabajo de profetizar oráculos tenía mucha demanda. En el siglo VI a. C., había hasta tres pitonisas para relevarse dado que se trataba de un trabajo agotador. Para la preparación del mismo o era necesaria una sugestión ritual y psicológica: al alba, acompañada por dos sacerdotes, el oráculo se bañaba en la fuente Castalia.

 

Mientras los peregrinos hacían sus propias preparaciones, también se bañaban en la fuente de Castalia y seguían el ritual para ver si Apolo estaba dispuesto a responder a sus preguntas; el ritual consistía en llevar una cabra al altar y echarle un cubo de agua fría por encima de la cabeza. Si la cabra actuaba de manera natural y se sacudía era un sí. Pero si por el contrario permanecía quieta quería decir que Apolo no quería responder; había que repetir con una nueva cabra. Para entonces la pitonisa se encontraría en un pequeño habitáculo de la parte trasera del templo en el que hacia sus profecías junto con los ónfalos originales y un cuenco con hojas de laurel. ¿Acaso las mascaba para provocar el trance? ¿Usaría los vapores que ascendían hacia el templo?

 

Fuera cual fuera la causa, la pitonisa entraba en una especie de trance: cuando le empezaba a temblar la rama de laurel que sostenía en la mano, los peregrinos entraban acompañados de un sacerdote que actuaban de intermediarios. Hasta el siglo pasado los estudiosos pensaban que la pitonisa emitía profecías de un modo incomprensible, a golpe de gritos, bajo la influencia de algún tipo de droga, de forma que el sacerdote debía descifrar sus palabras. Pues bien, como los sacerdotes serían gente muy bien informada de lo que pasaba en el mundo, podrían interpretar a la pitonisa de manera tal que acertara muchas veces, otorgando una explicación racional al inusitado poder predictivo de la misma. Sin embargo, en la actualidad, un gran número de investigadores cree que esta teoría es falsa. El concepto de una pitonisa que gritaba y que enloquecía parece deberse a una mala traducción del griego al latín de los términos que describen este estado maníaco. En griego se utilizaba la palabra -manía, lo que en latín debía traducirse como -insania o -vacordia que significa locura, demencia o frenesí. Sin embargo, las fuentes griegas dicen que era una respuesta que salía de boca de la pitia y que uno mismo podía comprenderla.

 

Dicho esto, lo cierto es que algunas de las predicciones del oráculo podían ser muy peligrosas sino se interpretaban correctamente. El mejor ejemplo de estos lo constituye Creso de Lidia. En el año 550 a. C., fue al oráculo porque quería ampliar su imperio y necesitaba saber si ganaría las guerras que emprendiera. La respuesta fue: “si cruzas el rio Alis se destruirá un gran imperio”. Pensando que se trataba de un gran augurio inició su campaña contra los persas, para descubrir que, el imperio que se iba a destruir, sería el suyo. Como vemos, las predicciones estaban llenas de ambigüedad, lo que hacía muy difícil que se equivocara. Asimismo, la ambigüedad hacia que las respuestas fueran muy profundas y que las personas tuvieran que buscar la respuesta en su interior. 

 

Tan así que, unos 70 años más tarde, la supervivencia de Atenas, se forjó gracias a la correcta interpretación de una predicción. En el año 480 a. C., Persia se había convertido en la gran potencia del mediterráneo y se apresuraba a atacar Atenas. Desesperados, los atenienses enviaron dos emisarios a Delfos, la respuesta de la pitonisa fue: “Zeus, que todo lo ve, asegura a los atenienses que la única que no caerá será la muralla de madera, aunque os ayudará a vosotros y a vuestros hijos” ¿Qué significaba? ¿Tenían que guarecerse tras la muralla que guardaba la acrópolis? Tras un intenso debate público los atenienses decidieron irse de la ciudad y echarse a la mar. Los persas destrozaron toda la ciudad, pero gracias al oráculo la mayor parte de la población estaba a salvo en la isla de Salamina, y la flota griega salió victoriosa.

 

El oráculo no era la única razón por la que la gente iba a Delfos ya que en su estadio se albergaba espectaculares competiciones deportivas, los denominados juegos píticos, solo superados en prestigio por los olímpicos. Lo juegos piticos incluían toda una variedad de acontecimientos deportivos: carreras a pie, jabalina, disco, boxeo y lucha libre. Las carreras de carros eran muy populares y atraían a decenas de miles de griegos. Como hoy en día, el alcohol ocasionaba algunos problemas: “prohibido llevar vino más allá del Dromos, si alguien llevara se tendrá que resignar a pagar una multa” reza esta inscripción en la pared del estadio.

 

Comunicarse con los dioses no era la única razón por la que se hacia este largo viaje: contemplar el esplendor del lugar era razón suficiente. De hecho, las ciudades y colonias griegas se enfrentaban aquí para demostrar su grandeza. Delfos era una especie de exposición universal con pabellones hechos por ciudades rivales para presumir y demostrar su prestigio. Sin embargo, solo ha llegado hasta nosotros una pequeña muestra de los miles de obras de arte que llenaron este santuario, la más famosa es el Auriga, recuperado de entre las ruinas, con las pupilas y las pestañas intactas.

 

El declive del oráculo de Delfos fue acelerado por los romanos que redujeron toda Grecia a una sola provincia en el año 147 a.C.  El general Sila, necesitado de dinero para una campaña militar, lo obtuvo desvalijando Delfos. Por su parte, el emperador Nerón, quien fue a Delfos en el año 66 d. C., envió a Roma 500 de sus mejores estatuas. Por el contrario, el emperador Adriano, un enamorado de la cultura griega, restauró el templo y revivió el oráculo en el año 132 d. C., de nuevo volvió a haber tres pitonisas profetizando.

 

 

El oráculo de Delos

 

Delos es una de las islas griegas más pequeña de las Cícladas, en el mar Egeo. A pesar de ser árida y casi estéril de vegetación, tenía varias características que la hacían atractiva. Los numerosos puertos de la isla y su posición en el medio de las Cícladas la pusieron en el mapa de cada navegante de la antigüedad. El origen de la isla es de orden mitológico, vinculado al nacimiento de Apolo, Artemis y al mito clásico de Ortigia o “el islote de las codornices”: tras la creación del mundo la localización de esta isla quedó sin fijar, vagando por los mares. Es por ello que Leto, la amante de Zeus, la escogió como lugar en la que parar. Tras nueve días y nueve noches bajo el único árbol de la isla, Leto se puso de parto, alumbrando a Artemis y luego a Apolo. Tras dicho nacimiento los dioses terminan con el deambular de Ortigia, dejándola fija en el Egeo, ya con el nombre de Delos “la brillante”. Según el Himno Homérico a Apolo de Delos, Leto llegó a un acuerdo con la mítica isla: “si estás dispuesta a acoger a mi hijo Apolo y albergar su gran templo (…) todos los hombres ofrecerán sacrificios aquí y alimentarás a tus habitantes por medio de sus donaciones”.

 

No obstante, la isla, por su pobreza, temía que Apolo buscase otro emplazamiento para su templo y obliga a Leto a jurar por la laguna Estigia que Apolo construiría: "en Delos un templo glorioso que sirviera de oráculo a los hombres”. De esta manera, Apolo honró el acuerdo y elevó a Delos por encima del resto de santuarios, convirtiéndose este en gran centro de peregrinación para honrar al Dios de la poesía, la música y la adivinación. De este modo, Delos se convirtió en la capital musical de Grecia, con sus certámenes: Las Pequeñas Delias celebradas anualmente y Las Grandes Delias, celebradas cada cuatro años.   

 

 

El oráculo de Dodona

 

El Oráculo de Dodona fue el más célebre de la Antigüedad (se remonta al II milenio a. C), situado en la isla de Corfú (Epiro), cerca del río Aqueloo, el más caudaloso de Grecia. El oráculo de Dodona aparece citado por Homero en la Ilíada (XVI, 233-35), que lo relaciona con los pelasgos, el primer pueblo que ocupó Grecia. En la Odisea (XIV 327-330), también habla del lugar sagrado y de la importancia que tenía el árbol, el roble de Zeus: cuenta como al llegar el héroe Odiseo a Dodona, pidió un consejo para poder regresar a su tierra, Ítaca.

 

Heródoto nos cuenta que el oráculo de Dodona estaba estrechamente relacionado con el oráculo de Tebas (Egipto): En Tebas fueron raptadas por los fenicios dos sacerdotisas. A una de ellas la mandaron a Libia y la otra a Dodona, por lo tanto estas fueron las primeras sacerdotisas de los oráculos más antiguos: el oráculo de Amón en Egipto y el oráculo de Zeus en Dodona. Las predicciones oraculares en Dodona se realizaban mediante dos métodos: la interpretación de los sonidos que emitían las hojas del roble sagrado movidas por el viento, y a través de la interpretación del vuelo de las palomas. Las preguntas del oráculo eran escritas en láminas de plomo, y en Dodona se han encontrado centenares de ellas. Sin embargo, no hemos hallado ninguna de las respuestas, pues se supone que los consultantes se llevaban consigo la respuesta escrita que les serviría como testimonio. Las consultas en el oráculo de Dodona, no fueron tan mediáticas como la de los oráculos de Delfos o Delos, pues aquí, por lo general, las consultas se refieren a asuntos cotidianos y domésticos: sobre matrimonio o celibato, sobre la fecundidad o esterilidad, o sobre el hecho de emprender un viaje.

 

 

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  • Rose, J. (1969). Mitología griega, Barcelona, España: Editorial Labor.

  • Vandenberg, P. (1991). El secreto de los oráculos: los arqueólogos descifran el misterio mejor guardado de la Antigüedad, Barcelona: Destino. 

 

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