La educación femenina en la antigua Roma

22/08/2019

Simone Pellegrini @mazerone

Introducción

 

En el mundo romano la educación se encontraba relacionada de manera directa con los valores tradicionales del mos maiorum (esto es, la costumbre de los ancestros), a los que, a partir del siglo II a.C. se les sumaría la paideia griega[1].

 

La educación romana estaba configurada como un ciclo de tres etapas, con sus correspondientes maestros. En el primer ciclo, el magister se encargaba de enseñar las primeras letras y los números, proporcionando unas nociones elementales. A continuación, quien podía permitírselo, quedaba bajo la tutela del grammaticus, formando a los jóvenes en la escritura y el estudio de la poesía. Por último, los más privilegiados quedaban encomendados al rhetor, encargado de la oratoria y la retórica. Cada uno de estos docentes tenía una responsabilidad concreta dentro de la formación de los niños romanos, siendo la elocuentia (el arte del buen hablar, un requisito básico para la vida pública) la meta más elevada a la que la instrucción del ciudadano debía dirigirse.

 

Todo este proceso quedó bastante atestiguado en los textos antiguos. Así describía Apuleyo cada de las etapas educativas, definiéndolas como “copas de las Musas”:  “La primera copa, la que nos brinda el maestro de escuela, nos saca de la ignorancia; la segunda, la del gramático, nos provee de conocimientos; la tercera, la del rétor, nos proporciona las armas de la elocuencia[2]”. Matizar, sin embargo, que, pese a lo que pueda parecer, estas tres etapas no estaban establecidas de manera fija o inamovible. Y es que, al no tener el Estado romano una educación reglada, el acceso a la instrucción dependía de los intereses familiares y de las riquezas. Igualmente, las tareas de cada uno de los docentes no estaban estrictamente delimitadas por lo que, en ocasiones, se solapaban entre ellos[3].

 

Como vemos, la educación quedó vinculada sobre todo a los campos de la retórica y de la filosofía, considerada la base de la formación de las élites romanas. Sin embargo, la gran mayoría de la población solo pudo tener acceso a la primera etapa, adquiriendo una educación elemental que podían aplicar a su vida cotidiana. En particular ese era el destino de las niñas que, con las excepciones que detallaremos más adelante, solo acostumbraban a gozar de la educación básica.

 

 

La educación femenina: la formación de la matrona docta

 

Los autores antiguos establecieron el estereotipo de mujer aristocrata romana, como aquella con una buena educación, con conocimientos de música y literatura, que debían combinar con la juventud y la belleza. Este ideal ha llevado a investigadores actuales a plantear que, por ello, necesariamente debían tener acceso a algún tipo de enseñanza primaria, aun cuando esa fuera toda la educación de la que pudieran gozar[4]. A esta visión contribuía la situación de inferioridad de la mujer dentro de la sociedad romana, que quedaba relegada a los ámbitos domésticos y privados, sometida a la autoridad de los varones de su familia. De este modo, y con pocas excepciones, la educación que recibía se encaminaba principalmente a manejar de forma adecuada su hogar, limitando su acceso a la educación y a la cultura al considerar que las mujeres no necesitaban participar de la vida pública[5].

 

Durante los primeros momentos de la República las mujeres más afortunadas podían acceder a una educación básica, destinada a formar a sus hijos, que tenían a su cargo hasta los siete años de edad, momento en el que pasaban a la tutela de su padre. Como decíamos, esta educación femenina quedaba vinculada al seno familiar, donde se trataba de instruirlas para su futuro papel de esposas y madres, suponiendo una excepción aquella que continuaba formándose en disciplinas como la música o la escritura[6].

 

Sin embargo, a finales de la República, las mujeres que pertenecían a la aristocracia comenzaron a preocuparse por su propia educación. El gran alcance de la cultura helenística, cuya influencia comenzó a sentirse en el siglo II a.C. tras la conquista romana de Grecia, junto con sus riquezas familiares, les permitieron ir adquiriendo una exquisita educación y buenos conocimientos de literatura y retórica. De esta forma, poco a poco, comenzó a surgir la figura de la mulier docta o matrona docta, usado para definir precisamente a estas mujeres. Parece que este tipo femenino no se contradecía con el ideal clásico romano de la madre educadora siempre y cuando la mujer no alardease abiertamente de sus conocimientos, que debía usar en beneficio de su prole[7].

 

El término 'matrona docta' se encuentra reflejado dentro de la literatura romana, al igual que el de 'puella docta', usados precisamente para hablar de féminas instruidas y cultas. Sin embargo, poseían significados muy diferentes. La palabra matrona era asociada claramente con aquella mujer de la tradición romana que respetaba los valores de la castidad, la austeridad, la modestia, perteneciente al ámbito doméstico y dedicada a cuidar de su familia. En este caso, se consideraba que su formación era necesaria para desarrollar todas sus labores, por lo que la matrona docta se convirtió en una figura positiva para la sociedad. En el lado opuesto se encontraba la puella docta. Este tipo femenino se reflejaba sobre todo en la poesía de carácter amatorio, donde el poeta cantaba su belleza y su cultura, lo que hizo que el término adquiriese connotaciones peyorativas[8].

 

Podemos ver cómo, en el mundo romano, no se le negó abiertamente a la mujer el acceso a la educación, como si sucedía en otras culturas antiguas. De hecho, existieron algunas corrientes de tipo filosófico, como el estoicismo, que creían que también tenían un cierto “derecho” a la formación, similar a los hombres. De este modo, Musonio Rufo decía que:

 

¿No sería justa una mujer que estudia filosofía, no sería una intachable compañera, una buena colaboradora, una buena defensora de su marido y de sus hijos, no estaría libre de codicia y de arrogancia? ¿Y quién mejor que la mujer, dirigida por la filosofía, estaría dispuesta a considerar peor cometer una injusticia que sufrirla, a considerar mejor sufrir una merma que una ganancia y, en fin, a querer a sus hijos más que a ella misma? Y es de esperar, desde luego, que una mujer instruida sea más valiente que una inculta y una que ha estudiado filosofía más que la que no lo ha hecho; y no se someterá a nada vergonzoso por miedo a la muerte o por indecisión ante el esfuerzo, ni se intimidará ante nadie porque sea de noble alcurnia o poderoso o rico. Le sucede, en efecto [a la mujer instruida] que se ha ejercitado en pensar cosas elevadas y en considerar la muerte no como un mal y la vida no como un bien; de la misma manera ni rehúye la fatiga ni evita totalmente la indolencia.[9]”

 

Asimismo, otros autores defendían la educación femenina porque se consideraba como clave para la formación de los futuros ciudadanos romanos debido a la labor instructiva de las madres. Personajes como Cicerón defendían que las jóvenes nobles debían aprender a leer griego y latín y conocer sus literaturas y su oratoria, lo que redundaría en favor de la educación de sus futuros hijos[10].

 

Sin embargo, y pese a la existencia de ambientes que propiciaban la existencia de una instrucción femenina, varias voces se alzaron para rechazar esta libertad intelectual que algunos querían conceder a las mujeres, convirtiéndose en una corriente casi mayoritaria. Autores como Juvenal consideraban que:

 

Pero ella se hace más pesada, porque apenas se recuesta en la mesa empieza a cantar las glorias de Virgilio, perdona a Elisa a punto de matarse, presenta a un mismo tiempo a los poetas, y compara, de una parte, a Virgilio y en el otro platillo de la balanza coloca a Homero. Se retiran los gramáticos, se declaran vencidos los rétores. Todos callan, no hablará ni el abogado, ni el pregonero, ni siquiera otra mujer (…) La que es prudente pone el fin debido incluso a las cosas honestas, pues la que se empeña en parecer demasiado docta y elocuente (…) Siento odio contra aquélla que consulta y aprende el arte de Palemón, observando siempre las leyes y las normas del habla y que repite versos antiguos que yo no conozco, y reprende a la amiga no letrera palabras de las que se preocupan los hombres[11]”.

 

Precisamente por estas críticas parece que fueron escasas las mujeres que accedían libremente a la cultura y a la educación, especialmente en sus etapas más avanzadas. Y muchas de ellas lo hicieron al amparo de sus padres y esposos que fomentaban precisamente la instrucción de las mujeres de su familia[12].

 

 

La educación femenina: desarrollo de las etapas formativas

 

Para las niñas, al igual que para los niños, la familia suponía la primera institución educativa, donde aprendían todo aquello que necesitaban para la vida adulta. En estos momentos, era la madre quien se encargaba habitualmente de su formación, vinculada sobre todo a la enseñanza de las costumbres y tradiciones romanas. Sin embargo, cuando cumplían los siete años la madre abandonaba parcialmente su labor educadora, accediendo los niños a la escuela. En este ambiente, adquirían las bases de la aritmética y el lenguaje. Y si la fortuna familiar lo permitía las niñas gozaban de la presencia de preceptores particulares.

 

Con todo, parece que en torno a los 12-14 años de edad muchas niñas dejaban la escuela (por lo que no pasaban a la tutela del grammaticus) y se desposaban, quedando su educación limitada a unos conocimientos básicos. Sin embargo, en el caso de las que pertenecían a la nobleza romana podía ocurrir algo muy diferente. En este caso, podían continuar con su educación si así lo deseaban (ellas o sus familiares) sin necesidad de seguir los mismos pasos que los de los varones[13]. Al igual que ocurría con las niñas de clases sociales más bajas, se casaban muy jóvenes por lo que un buen número de investigadores actuales ha considerado que la educación femenina se debe dividir en dos fases: una pre-marital y otra marital[14].

 

 

          

 Escena de matrimonio en el sarcófago de los Dioscuros. Musée de l'Arles et de la Provence antiques . Fuente: Wikimedia Commons.

 

La educación pre-marital se desarrollaba en aquella etapa de la vida en que la niña permanecía dentro de su círculo familiar sin haber celebrado sus esponsales. La mayor parte de las familias aristocráticas contrataban tutores privados para educar en casa a sus hijos, aunque en algunos casos eran enviados a la escuela. De esta forma, adquirían su instrucción elemental, que incluía un buen conocimiento del griego y de su literatura[15]. En algunos casos, podían pasar a la escuela de gramática, adquiriendo una rudimentaria instrucción en oratoria y literatura además de continuar perfeccionando el griego[16].

 

Una vez que se casaban, daba comienzo la educación marital ya que muchos maridos apoyaban abiertamente el que sus mujeres adquiriesen una sólida formación intelectual. En algunos casos, estos hombres se encargaban de educar a sus esposas directamente, pero, en otros, las permitían asistir a las clases del rhetor o bien a las conferencias de diversos filósofos. De esta forma, podían equipararse a los hombres más cultos de la sociedad romana, con los que debatían y discutían sobre cualquier asunto de corte intelectual.

 

Este panorama comenzó a cambiar durante el Bajo Imperio, momento en el que el cristianismo hizo su aparición. La educación femenina se convirtió en un arma arrojadiza entre paganos y cristianos, ya que estos últimos no apoyaban que las mujeres poseyesen una amplia cultura. En concreto, la Iglesia consideraba que el lugar adecuado de una mujer era el doméstico, por lo que no tenía necesidad de formarse como un hombre. Igualmente, consideraba que todo aquel conocimiento que pudiese recibir debía pasar por el control masculino directo[17]. De esta forma, la educación cristiana vino a limitar las aspiraciones intelectuales femeninas, por lo que muchas mujeres no pudieron acceder a la misma cultura y formación que adquirieron los varones.

 

Del Concilio de Zaragoza nos queda este ilustrativo testimonio:

 

«Que las mujeres fieles no se mezclen en los grupos de otros hombres que no sean sus maridos. Que todas las mujeres de la Iglesia católica y bautizadas no asistan a las lecciones y reuniones de otros hombres que no sean sus maridos. Y que ellas no se junten entre sí con objeto de aprender o enseñar, porque así lo ordena el Apóstol. Todos los obispos dijeron: Sean anatemas todas aquellos que no observen esta prescripción del concilio[18]».

 

 

              Bronce de una niña leyendo. Cabinet des Médailles. Fuente: Marie-Lan Nguyen / Wikimedia Commons

 

 

Figuras destacadas: mujeres instruidas

 

Con los cambios producidos a finales de la República, encontramos durante el Imperio a un buen número de mujeres con una cierta educación. De hecho, a partir de estos momentos es cuando veremos aparecer en las inscripciones a mujeres que eran definidas como philosophae o eruditae[19]. ¿Quiénes fueron estas mujeres?

 

Ya hemos visto como las mujeres podían asistir a las escuelas como alumnas, aunque en muchos casos su formación tuviese un carácter elemental. Sin embargo, no solo contamos con evidencias acerca de la presencia de alumnas; parece que algunas mujeres pudieron ejercer como maestras, aunque su presencia fue claramente minoritaria si las comparamos con los docentes varones[20].

 

Lo cierto es que entre las mujeres instruidas predominaron las libertas[21], quienes ejercían oficios como los de escriba o médico, entre otros, por lo que su formación debía reunir unos conocimientos elevados de gramática, matemáticas y otras artes. Asimismo, también se encontraba un selecto número de esclavas, que adquirían su educación a través del servicio doméstico, encontrándose a disposición generalmente de mujeres cultas que las instruían para ello[22].

 

Dentro de este selecto grupo, de mujeres cultas se encontraban las aristócratas. Entre ellas, destacaron algunos ejemplos. Sería el caso de Cornelia, la madre de los Graco, de quien se sabe que recibió una esmerada formación. De ella se decía que dominaba a la perfección el griego y la retórica latina, siendo conocida por su buen estilo en la lectura y la escritura. Cornelia constituyó el perfecto ejemplo de matrona docta, de mujer de la élite instruida, culta e imbuida de todos aquellos valores femeninos romanos[23]. Asimismo, y pese a que no se las educaba para el uso público de la palabra, hubo una minoría de mujeres que estaban capacitadas para la oratoria; sería el caso, por ejemplo, de Lelia, la hija de Cayo Lelio, y de Hortensia, hija del famoso orador Hórtalo. No obstante, fueron casos minoritarios, por lo que no se debe hablar de la existencia de una oratoria femenina dentro de Roma[24]. Lo mismo ocurrió en el caso de la escritura. Conocemos la existencia de diversas cartas escritas por mujeres, un material que destacaba por su erudición y cultura[25]. En cuanto a una producción literaria plenamente profesional, existieron muy pocos ejemplos femeninos y son conocidos a través de fuentes indirectas. Por ejemplo, la obra de Marcial incluye epigramas dedicados a las escritoras Teófila y Sulpicia[26], siendo de los pocos casos documentados[27]. Igualmente, hubo algunas mujeres que pudieron dedicarse a las matemáticas o a la filosofía, siendo el mejor ejemplo el de Hipatia[28].

 

 

Conclusiones

 

Hemos visto brevemente cómo dentro del mundo romano existieron diversas voces que se alzaron a favor de una educación femenina, muchas veces vinculada con el desarrollo de sus labores como esposa y madre. Aunque no todos los intelectuales varones apoyaron esta postura, lo cierto es que no pudieron impedir que algunas de estas féminas adquiriesen una exquisita cultura a la altura de los hombres.

 

Aunque sin duda fueron una minoría, lo cierto es que la mujer de la aristocracia romana (sobre todo desde finales de la República) se convirtió en aquello que los romanos llamaban matrona docta, consiguiendo poseer una cultura y educación muy superior a la media de la población de la Antigüedad.

 

 

 

 

[1] AVIAL-CHICHARRO, L. (2019) “La educación en Roma”. Revista ArtyHum, número 62, p. 136.

[2] APULEYO, Florida, XX, 2-3.

[3] AVIAL-CHICHARRO, L. (2019) “La educación en Roma”. Revista ArtyHum, número 62, p. 138.

[4] SANZ SERRANO, R. (2013) ““Mujer y Paideia en la Antigüedad Tardía”. En CID LÓPEZ, R.M. y GARCÍA FERNÁNDEZ, E.B. (eds.) Debita Verba: estudios en homenaje al profesor Julio Mangas Manjarrés, vol. 2, p. 663.

[5] HEMELRIJK, E.A. (2004) “Matrona Docta. Educated women in the Roman elite from Cornelia to Julia Domna”. Routledge Classical Monographs, Londres, p. 7.

[6] SANZ SERRANO, R. (2013) ““Mujer y Paideia en la Antigüedad Tardía”. En CID LÓPEZ, R.M. y GARCÍA FERNÁNDEZ, E.B. (eds.) Debita Verba: estudios en homenaje al profesor Julio Mangas Manjarrés, vol. 2, p. 664.

[7] CID LÓPEZ, R.M. (2001) “La educación de la niña romana: de puella a matrona docta”. En ALFARO, V. y FRANCIA, R. (coords.) Bien enseñada: la formación femenina en Roma y el Occidente romanizado, Atenea, Estudios sobre la mujer, Universidad de Málaga, p. 37.  

[8] HEMELRIJK, E.A. (2004) “Matrona Docta. Educated women in the Roman elite from Cornelia to Julia Domna”. Routledge Classical Monographs, Londres, p. 7.

[9] Musonio Rufo, Reliquiae, III.

[10] LÓPEZ, A. (2014) “Las matronas romanas ante la vida pública: utilización de la palabra”. Revista Internacional de Culturas y Literaturas, número 15, p. 3.  

[11] Juvenal, Sátiras, VI.

[12] SANZ SERRANO, R. (2013) ““Mujer y Paideia en la Antigüedad Tardía”. En CID LÓPEZ, R.M. y GARCÍA FERNÁNDEZ, E.B. (eds.) Debita Verba: estudios en homenaje al profesor Julio Mangas Manjarrés, vol. 2, p. 667-668.

[13] HEMELRIJK, E.A. (2004) “Matrona Docta. Educated women in the Roman elite from Cornelia to Julia Domna”. Routledge Classical Monographs, Londres, p. 20.

[14] HEMELRIJK, E.A. (2004) “Matrona Docta. Educated women in the Roman elite from Cornelia to Julia Domna”. Routledge Classical Monographs, Londres, p. 21.

[15] PUIG RODRÍGUEZ-ESCALONA, M. (1997) “Escritoras romanas en Plinio el Joven”. Cuadernos de Filología Clásica. Estudios Latinos, número 13, p. 77.

[16] HEMELRIJK, E.A. (2004) “Matrona Docta. Educated women in the Roman elite from Cornelia to Julia Domna”. Routledge Classical Monographs, Londres, p. 50.

[17] PEDREGAL RODRÍGUEZ, A. (2001) “Educadas para la sumisión: la educación erudita y el ascetismo femenino en el cristianismo primitivo (ss. III-IV d.C.)”. En ALFARO, V. y FRANCIA, R. (coords.) Bien enseñada: la formación femenina en Roma y el Occidente romanizado, Atenea, Estudios sobre la mujer, Universidad de Málaga, p. 110.

[18] Concilio de Zaragoza, I. Año 380 d.C.

[19] SEGUÍ MARCO, J.J. (2015) “La docencia femenina en la Hispania romana: una infundada conjetura”. Hist. Educ., número 34, pp. 202-203.

[20] SANZ SERRANO, R. (2013) ““Mujer y Paideia en la Antigüedad Tardía”. En CID LÓPEZ, R.M. y GARCÍA FERNÁNDEZ, E.B. (eds.) Debita Verba: estudios en homenaje al profesor Julio Mangas Manjarrés, vol. 2, p. 665.

[21] El término 'liberto' hacía referencia a un esclavo que había sido manumitido, esto es, que había conseguido alcanzar la libertad.

[22] PEDREGAL RODRÍGUEZ, A. (2001) “Educadas para la sumisión: la educación erudita y el ascetismo femenino en el cristianismo primitivo (ss. III-IV d.C.)”. En ALFARO, V. y FRANCIA, R. (coords.) Bien enseñada: la formación femenina en Roma y el Occidente romanizado, Atenea, Estudios sobre la mujer, Universidad de Málaga, p. 111.

[23] HEMELRIJK, E.A. (2004) “Matrona Docta. Educated women in the Roman elite from Cornelia to Julia Domna”. Routledge Classical Monographs, Londres, p. 24.

[24] LÓPEZ LÓPEZ, A. (1992) “Hortensia, primera oradora romana”. Florentia Iliberritana, número 3, pp. 317-318.

[25] PUIG RODRÍGUEZ-ESCALONA, M. (1997) “Escritoras romanas en Plinio el Joven”. Cuadernos de Filología Clásica. Estudios Latinos, número 13, pp. 80-81.

[26] Marcial, Epigrama X35

[27] MARINA SAEZ, R.M. (2015) “La imagen de la mujer escritora en Marcial: un comentario del epigrama X 35”. Faventia, número 37, p. 57.

[28] CERQUEIRA BARBOSA, R. (2016) “Ovid and the ideal of docta puella in the roman erotic elegy”. Revista Heródoto, Universidad Federal de Sao Paulo, volumen 1, número 1, p. 329.

 

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