Reflexiones sobre la eugenesia (IV): El problema de la no-identidad y la conclusión repugnante

 

timJ @the_roaming_platypus


Hace no muchos años Sharon Duchesneau y Candace McCullough, una pareja de mujeres sordas estadounidenses, decidieron tener un hijo. Sin embargo, no buscaron un donante de esperma cualquiera, sino que se esforzaron por encontrar un varón que les pudiese asegurar que su futuro hijo naciera tan sordo como ellas. Después de lidiar infructuosamente con diversas clínicas consiguieron encontrar un donante privado que cumplía sus sus requisitos: un hombre sordo de nacimiento con diversos antepasados igualmente aquejados de sordera. Con sus genes la sordera de su hijo estaba garantizada. 

 

Como era de esperar, cuando la historia saltó a los medios la opinión pública se les echó encima con dureza. ¿Qué podía llevar a unas madres a querer algo así? ¿Por qué habían cometido semejante crueldad -se preguntaban muchos? Ahora bien, ¿acaso habían hecho realmente criticable? La respuesta más intuitiva consideraría a Sharon y Candy responsables de la sordera de una persona; se diría que, en virtud de su dudosa decisión, habrían dejado sordo a su hijo. Sin embargo, un examen más detallado de los hechos evidencia lo impreciso de tal diagnóstico. En efecto, reparemos en lo siguiente: ¿quién salió perjudicado por su decisión? Podría parecer que su hijo fue claramente afectado, pero algo así no estaría nada claro. Y es que si Sharon y Candy hubiesen escogido un donante diferente, entonces el hijo que tuvieron simplemente no hubiera existido. Es decir, el hijo que tuvieron solamente pudo existir gracias a que escogieron el donante sordo (pues parece incontrovertido que la identidad de nuestros progenitores también determina la nuestra). Luego sí, hicieron que una persona naciese sorda, pero esa era la única manera de que la persona en cuestión llegara a existir. Luego, nacer sordo era, para el hijo que tuvieron, el mejor resultado posible. 

 

La situación descrita genera un escenario paradójico que, a raíz de la obra de Parfit (1984), conocemos como “problema de la no-identidad”: casos aparentemente inmorales cuya ilegitimidad es de difícil explicación en atención a la carambola metafísica ya mencionada. En respuesta a esta clase de interrogantes parecería natural optar por una concepción ética que incluyera como acciones prohibidas todos aquellos actos que, sin empeorar estrictamente la vida de nadie, minimizaran gratuitamente el bienestar en el mundo. O dicho de manera más técnica, rechazar una ética rigurosamente personalista -de acuerdo con la cual todo mal debe ser malo para alguien- y apostar por una ética más impersonal -de acuerdo con la cual podría haber actos inmorales que, aun así, no empeoraran la vida de nadie. De este modo, y en base a estas consideraciones, autores como Savulescu (2001) han defendido un “principio de beneficencia procreativa” según el cual debería optarse por concebir el hijo con mayores posibilidades de tener una buena vida.

 

Con todo, el propio Parfit ya advirtió de las consecuencias igualmente problemáticas que el abandono de una ética personalista podría conllevar. Y es que la adopción un planteamiento de corte más utilitarista parecería abocarnos a algún tipo de “repugnant conclusion”: sería moralmente superior tener diez hijos mínimamente felices, antes que tener uno solo pero inmensamente feliz. 

 

 

 

 Fig. 1. Fuente: https://plato.stanford.edu/entries/repugnant-conclusion

 

 

Asimismo, si adoptáramos esta perspectiva agregacionista incurriríamos también en la conocida como la “mere addition paradox” (que, de otra parte, puede entenderse como otra dimensión o vía de llegada a la conclusión repugnante). En efecto, consideremos el siguiente diagrama en:

 

 

 

 

Fig.2Fuente: https://plato.stanford.edu/entries/repugnant-conclusion

 

 

Si situamos en el eje vertical la calidad de vida y en el horizontal la cantidad de personas existentes, entonces parecería que el mundo A+ sería, o bien superior al A, por contener una cantidad total de felicidad mayor, o -cuánto menos- no inferior, pues no parece que el aumento de vidas razonablemente felices pueda empeorar un mundo. Ahora bien, siguiendo esta misma lógica, el mundo B debería ser superior a A+, en la medida en que tendría, la misma felicidad, pero, además, repartida de forma mucho más equitativa, por lo que, ceteris paribus, debería ser moralmente preferible. Ahora bien, si B es superior a A+, y A+ es igual o superior a A, entonces B es superior a A. ¿Cuál es el problema? Pues que podríamos repetir este proceso una y otra vez, creando un mundo B+ que sería igual o superior a B, así como un mundo C que, de acuerdo con lo anterior, sería superior a B+ (y, por ende, a A). Así hasta llegar al mundo Z mencionado en la figura 1. 

 

 

Uno de los desafíos más importantes que legó Parfit fue encontrar -lo que denominó- la “Teoría X”: una concepción de la moralidad que pudiera lidiar con casos como los de Sharon y Candy, sin por ello incurrir en la conclusión repugnante, en la paradoja de la mera adición o en otras dificultades similares. Una teoría esencial en el campo de la ética de poblaciones -campo de reflexión en la que la planteó Parfit- pero también en materia de eugenesia. Y es que a menos que demos con la escurridiza Teoría X, todos los casos de eugenesia selectiva (en los que se cree un ser con una vida mínimamente digna de ser vivida) -como el de Candy y Sharon, pero también otros tantos, véase la entrada introductoria- no podrían ser objeto de nuestra crítica. 

 

 

 

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