La geografía mitológica de la antigua Grecia

02/08/2019

David Everett Strickler @mktgmantra

           

Las fuentes para el estudio de la mitología son muy limitadas, y se encuentran muy fragmentadas; de igual forma, las fuentes para el estudio de la geografía mítica -la geografía de las regiones donde se desarrollan las ficciones mitológicas- son muy confusas y breves. Debemos tener en cuenta que el estudio de los lugares míticos nunca fue relevante, ni si quiera para los antiguos, dado que estos daban la geografía por entendida dentro de la esencia de la historia del mito. Heródoto fue el autor que mejor transmitió la idea de la existencia de un contexto en el que tienen lugar el mito en la antigüedad, aun cuando sus datos son incompletos, y muchas veces sus argumentaciones fueron contradictorias, algo que, no obstante, es una características natural del mito y de aquello que lo envuelve. Así, cuando leemos un mito, debemos pensar que muchos de los lugares en que trascurren las narraciones son inventados, por lo que su rastreo por el globo terráqueo es imposible. Los datos que nos acercan a su geolocalización suelen ser simbólicos o directamente elucubraciones, la cronología de las historias míticas nos hablan siempre de “tiempos muy lejanos” y estos episodios, casualmente, tiene lugar en “la región más alejada” o en el lugar más inaccesible o peligroso del mundo conocido o desconocido.

 

Si volvemos a las fuentes, observamos que tampoco los poetas y autores antiguos tuvieron la necesidad de esclarecer geográficamente los lugares mitológicos. Es por ello que, ninguna de las obras de viajes (Odisea, Argonáutica, o los trabajos de Heracles) describen una ruta de viaje precisa, sino que solo dan algunas descripciones de un mundo imaginario o real, distinción que no se puede aclarar. Parece ser que las coordenadas seguidas por los héroes de las leyendas mitológicas se encuentran en un mundo antigeográfico, y es que lo más importante a la hora de establecer la trama fueron, no los elementos geográficos, sino los paradoxográficos, el género de la literatura helenística griega que relata los fenómenos anormales o inexplicables.

 

Las características de la geografía mítica parece que estuvieron asimiladas por la sociedad, y se centraban en un factor común: la idealización, en su dualidad positiva y negativa, siendo junto al misterio la pareja perfecta que describe al locus mitológico. Un escenario mítico puede ser terrorífico o el mismo paraíso, en ambos casos plagado de caracteres maravillosos; a pesar de esta dicotomía los lugares de acción de los mitos pueden ser conocidos o no, reales o imaginarios, lugares visitados o lugares de ensoñación. El caso más característico es el que se da con la idealización de lugares lejanos por parte de los antiguos griegos, quienes observaban con el prisma de la idealización mítica las tierras de Egipto y Creta.

 

Otra de las características que son comunes a la mayoría de los espacios de las hazañas míticas es su carácter de “aislamiento”: los espacios en que se desarrolla la trama se encuentran fuera de nuestra realidad, aun cuando son descritos como espacios propios de nuestro mundo, aunque siempre alejados, de ahí la habitual presencia de fórmulas: “en una orilla… en un rio… o en una montaña”.  Y una vez que dotamos al lugar donde trascurre la acción mitológica de este carácter de aislamiento, se convierte en un lugar privilegiado, un lugar solo existente por y para la sucesión del mito, ya sea en su vertiente positiva -un paraíso- o negativa -un lugar monstruoso. Esos lugares de aislamiento privilegiado pueden, igualmente, estar habitados o no, y sus habitantes poseer dimensiones humanas o no, pero tampoco tienen porque estar sujetos al espacio-tiempo de la historia mítica o de la realidad histórica sujetos, a las leyes del tiempo cronológico. Por lo tanto si unimos la idealización con esta temporalidad, obtenemos lo que ha sido denominado por los mitógrafos de la antigüedad como “neutralización meteorológica” y que en realidad no es sino una lógica consecuencia de esa neutralización temporal; por eso en estos lugares las estaciones del año pueden ser eternas, o pueden vivir con una luz solar perpetua o en una noche continua.

 

Cuando hablamos de idealización geografía en los mitos no se debe caer en el error de confundir esta con la Utopía (género que tuvo un gran éxito durante todo el siglo V a. C., hasta las primeras décadas del Periodo Helenístico). Las Utopías, aunque comparten algunas características con los lugares míticos -el aislamiento y la distancia- nacen con la intención de ser objeto de una propaganda ideológica, pues son creaciones individuales. Es decir, las Utopías tienen un autor propio, no como los mitos que provienen de la memoria colectiva. Su fin último no es simbólico ni moralizante, sino que son ficciones filosófico-políticas que utilizan las metáforas y las alegorías; sus autores son oradores, políticos y filósofos y por ello son una forma literaria culta, al contrario del mito que emana de la tradición cultural. La característica más importante de la Utopía no es otra que la de querer convencer al espectador de determinada cosmovisión.

 

Otro de los lugares más peculiares que se suelen repetir en la geografía mitológica, es la existencia de lugares conocidos por la historiografía moderna como “dorados” o “áureos”, pues su principal aportación estética es la de ser lugares de lujo o de gran atractivo económico que se contraponen a la realidad histórica de los habitantes que escuchan las historias. En muchas ocasiones se relatan estos lugares dorados en relación a las historias de colonización de nuevas tierras por parte de ciudades-estado griegas. Pero si además de contar una historia mítica que tiene lugar en un espacio lejano este, a su vez, se idealiza como “dorado”, entonces da la impresión adicional de que la acción tiene lugar donde el tiempo se ha detenido. Esta idealización extrema convierte al viaje en el desarrollo de las leyendas míticas, y el dorado se convierte en la meta, como lugar de ensoñación imposible de alcanzar, que solo se encuentra en manos de unos pocos privilegiados que deben enfrentarse a numerosos peligros, pues la recompensa así lo merece.

 

Heródoto muestra esta visión idealizadora, aun siendo un autor muy racional: “las regiones extremas que rodean y encierran el resto del mundo, parece que posee los productos que en nuestra opinión son los más bellos y raros” o cuando, al referirse a Arabia, utiliza el calificativo “divino” por ser el lugar de origen de los perfumes. Pero este autor no fue el único que utilizó estos recursos literarios en sus obras: Ctesias de Cnido se aventura a hablar de lugares muy alejados como la India, siendo esta descrita como “un rio de miel”, donde se encontraban manantiales donde fluían metales preciosos, que sus habitantes gozaban de una longevidad nunca vista, o nos describe animales de tales características que cabe adivinar como monos o tigres. Durante el Helenismo, pero sobre todo en época Imperial romana, fueron muy abundantes este tipo paradoxográficos que, junto con las incipientes novelas fantásticas, eran demandadas por la sociedad que apreciaba y conocía las historias mitológicas.

 

En el mundo de los antiguos griegos la realidad mítica y la realidad histórica supieron convivir a la perfección; sin embargo, no puede decirse lo mismo con la geografía, pues la real y la mítica, por razones obvias se excluían y contradecían. De hecho, una comienza donde acaba la otra y viceversa, ambas no pueden convivir de forma paralela. Con todo, lo cierto es que el espacio geográfico mítico está marcado por una línea invisible del espacio geográfico real, como la línea del horizonte que separa el cielo del mar. Tomemos como ejemplo el conocido “mapamundi” babilónico y veremos de qué modo la transición de la geografía  conocida  a la mítica se dan sin cortes abruptos de forma continua, tal y como sucedía en los viajes de Odiseo, donde el héroe desarrolla su periplo pasando de una geografía a la otra con naturalidad. Aun con todo, debe precisarse que los países míticos no forman parte de un mundo paralelo sino que tienen cavidad en la geografía real, y así ha quedado ejemplificado, de nuevo, por la Odisea, donde los barcos de Odiseo pueden moverse por el Egeo, y de repente encontrarse en aguas desconocidas y desembarcar en islas u orillas donde habitan poblaciones míticas. El límite entre la realidad y la ficción mitológica, suele ser una frontera tangible: este será el caso del Sáhara como barrera africana,  de los Montes Ripeos como frontera con el Norte mítico o de los estrechos mismos hacia el Ponto Euximo que se pueden identificar con las míticas “Rocas entrechocantes”.

 

La geografía mítica, por su carácter de alejamiento, es totalmente anacrónica, independientemente, del momento en el que transcurra o sea contada la historia en cuestión. Este anacronismo solo es visible para nosotros, dado que somos capaces de distinguir entre la realidad mítica y la histórica, algo que no les sucedía a los antiguos griegos. Por otra parte, la geografía mitológica ha dejado algún vestigio en la geografía real; es el caso de la utilización de la toponimia mítica que en algunas ocasiones originó los topónimos de lugares reales que aun hoy usamos. Algo que no debería extrañarnos si tenemos en cuenta la estrecha relación ya apuntada, entre la geografía mítica y los viajes de colonización griegos.

 

Para comprender la concepción espacial de los antiguos griegos debemos entender como ellos veían y concebían su alrededor. Los griegos antiguos eran antropocentristas, por lo que entendían que ellos mismos, el Egeo y el Mediterráneo eran el centro mismo del mundo conocido, pero además entendían que el mundo era el centro del universo entorno al cual orbita el Cosmos. Pero este pensamiento no es del todo alejado para nosotros, desde apenas el inicio de su existencia el hombre se ha centrado en su persona, y de ella han radiado todas las demás existencias. Así lo entendieron también los griegos que, como pueblo marino, se dedicaron a hacer exploraciones, colonizaciones, comercio y conexiones con las demás culturas que se desarrollaban “a su alrededor”.

 

La idea de “centro” para el mundo griego antiguo ha sido durante largo tiempo un campo de estudio por los mitólogos modernos, pues a partir de este concepto parecen haber encontrado la clave para comprender completamente la estructura del pensamiento griego. Por lo tanto, estos investigadores van a diferenciar entre dos tipos distintos de “centro”: por un lado, el  “centro geográfico”, es decir, el espacio donde interactúa el ser humano, como si del centro geométrico del mundo se tratase; y el  “centro religioso”. Pero esta división de  “centros” era imposible de establecer en el pensamiento de los griegos antiguos, quienes crearon un lugar geográfico, a caballo entre el mito y la realidad, donde se daba esta dicotomía, Delfos. El conocido por las fuentes como “el ombligo del mundo” representaba geográficamente el centro del territorio griego; además su poder oracular le daba la visión de lugar de peregrinación, y como el lugar donde los dioses autorizaban las nuevas empresas de colonización. La mitología apoya también esta idea, pues fue aquí donde se posaron las dos águilas que Zeus hizo volar desde ambos extremos del mundo para determinar el centro de este. Así, para los antiguos griegos Delfos fue como Babilonia para los mesopotámicos, el Vaticano para los cristianos, La Meca para los musulmanes o como una Jerusalén para los judíos.

 

Dicho esto, es de destacar que la geografía griega era mucho más reducida que la actual, como es evidente. Si observamos el mapamundi dibujado por el geógrafo griego Eratóstenes, el Cosmos, y en su centro la Tierra, compartían las mismas proporciones. Una concepción que, no obstante, se vería superada por la de diversos matemáticos (que conocemos indirectamente por Aristóteles que los cita en sus obras). De acuerdo con estos geómetras la esfera terrestre debía ser el doble de la proporción que actualmente conocemos una opinión que, más ala de sus error, es de valorar pues con ellas comienzan a darse explicaciones más racionalistas de la realidad.

 

El mundo para los antiguos griegos estaba reducido a tres continentes, en muchas ocasiones se llegaron a considerar solo dos, y por supuesto ninguno de ellos era contemplado en sus dimensiones reales sino mucho más pequeñas. Consecuentemente los límites del mundo se encontraban relativamente cerca del mundo de los griegos, y no fueron pocos los exploradores que se aventuraron a buscar sus límites navegando por el Mediterráneo. Unas aventuras en busca del más allá que en ocasiones, llegaron hasta el estrecho de Gibraltar, pues se han conservado evidencias de los contactos de estos griegos con Tartessos (la civilización íbera que habitaba por entonces el sur de la península).

 

A tenor de los límites del mundo, desde antiguo tenían los griegos la percepción de que existía vida más allá del Este, es decir, más allá del límite que marcaban las aguas del Mediterráneo. Unas exploraciones que se vehicularon mitológicamente con las aventuras de Jasón y los Argonautas. La parte central del mar Mediterráneo también era parte de la geografía mítica, pues parecía ser casi imposible atravesar el mar sin bordear los tres continentes que  lo contemplaban. De igual modo, viajar haciendo cabotaje por el mediterráneo era bastante peligroso -tanto en el mundo real como en el mitológico; tan solo hemos conservado unas palabras de Heródoto que hablan de como unos marineros fenicios (al servicio de Egipto) habían conseguido circunnavegar África, pero posiblemente se tratara de una fábula; por otra parte el explorador Eutímenes de Masalia comenzó una expedición similar, pero no hemos conservado los datos de su recorrido y llegada; hacia el 330 a. C., tampoco parece que Piteas llegara a recorrer toda la costa Norte de Europa, aunque sí pudo desmentir del ideario la no habitabilidad de aquellas tierras. Podemos concluir, que las exploraciones y la expansión del mundo griego antiguo se dio, sobre todo, dentro del mediterráneo, con la excepción del Mar Negro, y siempre en un sentido “horizontal” por tierra, hacia el interior del continente, pero sobre todo por mar.

 

El mundo heleno es necesariamente marino, pero entre sus ciudades-estado se encontraban grandes extensiones de terreno que no tenían un contacto directo con la costa. Sin embargo, estas tierras interiores, junto con las propias islas, tenían la concepción espacial de estar envueltas por un gran rio, el Océano. Por eso los griegos se han visto siempre a sí mismos como un civilización insular. El océano es un lugar geográfico mítico que está siempre ahí, y dentro de él se encuentran otros lugares mitológicos de difusa precisión. Así, por ejemplo, la Odisea, nos narra como la isla de Calipso está en el "ombligo del mar", por lo que podemos deducir que se encuentra en el centro de este, pero también Homero nos dice que “desde ella y navegando siempre hacia el Este durante diecisiete días Odiseo arriba a Esqueria”, dejando de igual modo lugares reales sin definir.

 

El océano es concebido como un gran rio circular, que envuelve con sus aguas la tierra en su totalidad; pues bien, en una de sus orillas se encuentra el límite de mundo, pero ¿qué se encuentra en el otro límite del mundo?. Racionalmente es una pregunta sin respuesta, pues si el océano es circular sólo existe un límite del mundo; quien se aventura a navegar por el Océano solo puede desembarcar en la orilla de acá (el punto de partida de su viaje),  pero nunca en la de allá, puesto que no se contempla que ese fin del mundo se encuentre en tierra firme, sino que se trataría de nuevo del océano que conecta circularmente el mundo conocido. Sin embargo esta idea no causa ningún problema en la cultura griega, pues como sabemos siguen formulando frases tales como “un lugar más allá del océano” o “atravesar el océano hasta llegar al más allá” (Hesíodo, Teogonía 215). Es un ejemplo más del tránsito sin solución de continuidad entre el mundo real y el mitológico tan impregnado en la cultura griega.

 

El océano es también el lugar mítico donde descienden y ascienden las estrellas del firmamento que funciona como línea fronteriza entre la tierra y la bóveda celeste. Cabe destacar como los griegos nunca se pusieron de acuerdo para narrar la salida y puesta del Sol. Según algunas fuentes antiguas el Sol atraviesa el océano y se esconde dentro de él durante la noche, mientras que otros autores dicen que el Sol realiza un viaje marítimo que comienza en el Oeste con la puesta del Sol y que finaliza en el Este con su salida de nuevo a la bóveda celeste. Se han conservado algunos textos que hablan sobre el viaje nocturno del Sol, pero son bastante simplistas; vienen a contar que el océano es un elemento que está prácticamente prohibido para los hombres, a excepción de ciertos personajes como Ulises, dado que en la orilla del más allá se encuentra el reino de Hades, es decir, el mundo de los muertos. Paralelamente el Océano, fue el origen de "todos los ríos, todo mar, todas las fuentes y todos los pozos profundos" es también "el origen de todos los seres", posiblemente porque es concebido como el origen de todas las aguas y, quizás como un antecedente del planteamiento de Tales (624- 546 a. C), porque a éstas se asociaba el fenómeno de la existencia primaria del universo.

 

La vinculación del océano con el mundo del más allá no es casual, pues ambos parecen ser lugares mitológicos vetados para el ser humano. Puede que no sea una coincidencia el hecho de que la llegada de los navegantes odiseicos a la entrada del Hades se produzca durante la puesta del Sol y que a la vez los Cimerios sean un pueblo que vive en una especie de crepúsculo o noche perenne. Desde tiempos muy tempranos se conoce la relación del viaje nocturno del sol, pues el Hades de Homero y Hesíodo ya contempla esta realidad mítica; pues bien, debemos recordar que en tiempos antiguos y durante la colonización jónica (siglos VIII - VI a. C) la tierra era imaginada como un disco plano, y solo a partir del siglo V a. C., está atestiguada la hipótesis de la esfericidad terrestre. Por tanto, no sabemos bien cómo era concebido ese viaje del Sol durante la noche, del que se habla como una navegación, del mismo modo que se describe en la mitología egipcia. La idea de una vía de Oeste a Este por debajo de la tierra, escrita por Estesícoro, alude a cómo el Sol en una copa de oro navega simplemente "atravesando el Océano". Por su parte Hesíodo destaca como la luz y la oscuridad quedan entonces compensados, y así tiene lugar el fenómeno del Día y la Noche. A su vez, Homero en la Ilíada, cuenta como Zeus amenaza con arrojar a los dioses desobedientes: "al brumoso Tártaro, allá bien lejos, donde está la más profunda sima bajo la tierra, donde las puertas de hierro y el umbral de bronce', tan por debajo del Hades cuanto el cielo dista de la tierra". Por lo tanto, en el fondo de este abismo es donde, según Homero, debemos situar geográficamente al Tártaro, que no se encuentra en el Mas allá, en el mundo de los muertos, si no que parece situarse en una estratigrafía aún más profunda que el propio Hades, posiblemente en el lugar reservado para los grandes condenados y los Titanes.

 

Si tomamos la obra hesiódica de la Teogonía, vemos como también se estructura en niveles, concretamente en tres: los dominios superiores de Zeus, los intermedios y terrestres de Posidón y los subterráneos como morada de los muertos, y coincidente con el Tártaro. Sin embargo en los cantos X y XI de la Odisea, se hace una localización del Hades en el occidente; por lo que nos encontramos con dos lugares geográficos donde poder situar el reino de los muertos, en el subterráneo y el occidente remoto. Muy posiblemente el punto de unión hay que buscarlo en el límite del mundo, tal como se ve, por ejemplo, en: "los extremos confines de la tierra y el mar, huérfanos de los rayos del Sol, se funden con el profundo Tártaro". Una confusión muy normal la de situar el Hades entre lo occidental y lo subterráneo que veremos retornar con el mito de las Hespérides.

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