Es el vecino el que elige al alcalde

18/07/2019

 Jonathan Chng @jon_chng

 

El pasado 15 de junio se celebró en todos los ayuntamientos de España su pleno de constitución, el cual debía elegir a los alcaldes y alcaldesas tras las elecciones locales del pasado 26 de mayo. Como es habitual, ciertos pactos entre partidos han resultado llamativos o hasta polémicos en bastantes municipios. La mayoría de estos casos responden a pactos entre partidos ideológicamente en las antípodas, con la intención de privar de la alcaldía a la fuerza más votada. Ante estas situaciones aparentemente incoherentes y difíciles de entender para la ciudadanía, algunas voces han pedido un cambio en la ley electoral de las elecciones locales en España para garantizar que la alcaldía recaiga en la fuerza más votada. ¿Es necesario este cambio? ¿Tan malo es el modelo actual? ¿Podríamos tener uno mejor? El objetivo de este artículo es analizar las críticas al modelo actual, constatando los pros y contras del modelo vigente y sus alternativas.

 

 

¿Cómo se elige un ayuntamiento en España?

 

De acuerdo con la Ley Orgánica del Régimen Electoral General, en las elecciones locales la ciudadanía vota listas de partidos cerradas y bloqueadas (excepto en municipios muy pequeños, de menos de 250 habitantes, o que utilizan un sistema de “Concejo Abierto”[I]) del mismo modo que lo hace en el resto de elecciones. Cada ayuntamiento se compone de un número determinado de concejales según su población. Así, los municipios de hasta 100 habitantes eligen 3 concejales, los de hasta 1000 habitantes eligen 7, los de hasta 2000 habitantes eligen 9, etc. Los municipios de 50.001 hasta 100.000 habitantes eligen 25 concejales, y a partir de esta cifra se añade un concejal por cada 100.000 habitantes más. Así, encontramos como ayuntamientos con más concejales los de Madrid (57) y Barcelona (41).

 

El sistema electoral empleado en los municipios de más de 250 habitantes, igual que en las demás elecciones en España, corresponde al de la Ley D’Hondt, requiriendo alcanzar un 5% de los votos para poder entrar en el reparto. Las listas que no alcancen este umbral no obtendrán ningún concejal. 

 

Una vez determinado quiénes serán los nuevos concejales electos, el quid de la cuestión recae en quién va a ser elegido alcalde o alcaldesa, una figura con destacable poder en el mundo local español. Esta persona debe ser necesariamente uno de los concejales del consistorio y aquí es donde la cosa se pone interesante. El día de la constitución del nuevo ayuntamiento se realiza una votación, donde cada concejal debe indicar a quién vota como alcalde. Hecho el recuento, la persona que obtenga la mayoría absoluta obtiene la vara de mando. Sin embargo, si nadie obtiene dicha mayoría, la ley indica que queda elegido alcalde el cabeza de lista que obtuvo más votos en las elecciones.

 

En otras palabras, la ley indica que si no se conforma una mayoría absoluta de concejales (la mitad más uno) que se ponga de acuerdo sobre quién debe ser el alcalde, el cargo recae sobre el candidato que obtuvo mayor número de votos en las elecciones, aunque solo fuera uno más que la segunda fuerza más votada.

 

 

Críticas al modelo actual

 

Veamos a continuación cuales son las principales críticas que se esgrimen ante el modelo actual.

 

- Debe gobernar la fuerza más votada

 

Del mismo modo que un atleta que queda primero en una carrera se lleva el oro y no la plata, aunque sea por una milésima de segundo, hay quien cree que la fuerza que quede primera en votos debe obtener la vara de mando aunque solo haya obtenido un voto más que las otras. De algún modo, esto sería intrínsecamente bueno y razonable, aunque exista una mayoría de los votantes que haya apoyado otras fuerzas poco afines a la ganadora. En algunas ocasiones se ha planteado que para garantizar esto se dé un plus de concejales a la lista más votada, que la alcaldía sea un cargo electo uninominal o que se celebren dos vueltas en las elecciones, como sucede en muchos municipios alemanes.

 

- Pactos de perdedores

 

La otra cara de la modelo del punto anterior sería que de algún modo, es intrínsecamente malo que los partidos que no han llegado a la primera plaza del podio de la competición pacten entre ellos para arrebatar la medalla de oro al ganador. Siguiendo con el símil deportivo, se trataría de equipos que quieren ganar “en los despachos” lo que no han podido ganar “en el campo”.

 

- Pactos incoherentes o contranatura

 

Como hemos comentado en la introducción, es llamativo que partidos aparentemente poco afines o hasta antagónicos pacten con el fin de hacerse en el poder en determinados ayuntamientos. No sería deseable que se produzcan estos pactos que no responden a afinidades ideológicas o programáticas. Además, a menudo estos pactos podrían responder más a una lógica de piratas poco amigos pero unidos ante el reparto de un botín que a decisiones políticas coherentes, comprensibles y previsibles para la ciudadanía.

 

- Falta de estabilidad

 

El hecho que el sistema de incentivos a los partidos para pactar y hacerse con el poder relegando a la fuerza ganadora puede llevar a la presencia de dos, tres, cuatro o hasta más fuerzas distintas a pactar y tener presencia en el gobierno municipal. Esto puede llevar a la formación de gobiernos inestables y hasta caóticos, con socios solo unidos por la argamasa del poder (¡y los sueldos!) con enfrentamientos más propios de partidos en la oposición ante el gobierno que no de compañeros de viaje.

 

- Tránsfugas

 

No son extraños los casos en España en que un gobierno municipal se ha decantado en una u otra dirección gracias a que un concejal electo ha votado en sentido contrario del que marcaba la dirección de su partido o su línea ideológica y programática. En este caso nos encontramos que el sentido del voto emitido por los electores se puede pervertir, habiendo elegido a personas que pacten con fuerzas en principio opuestas a la votada y por lo tanto de forma incoherente con las preferencias de sus electores.

 

 

Conclusión


En realidad, las cuatro primeras críticas son, en mayor o menor medida, gran parte de las críticas que se hacen a los sistemas parlamentarios que utilizan sistemas electorales proporcionales. Estas críticas tienen mucho sentido si lo que se defiende es un sistema electoral mayoritario, pero son contrarias a la lógica propia de un sistema proporcional, que es el que existe en España. La lógica de un sistema proporcional implica que el pleno del ayuntamiento, igual que un parlamento, debe representar de una forma más o menos aproximada la distribución de votos de las elecciones. En este sentido, el parlamentarismo consiste en que gobierna quién consigue formar una mayoría parlamentaria, independientemente de si la conforma un solo partido o más de uno. En este sentido, y en defensa de los sistemas proporcionales, podríamos decir que, de acuerdo con los mayoritarios, un partido con un 10% de los votos debería gobernar aun cuando los demás partidos (¡con un 90% de los votos!) se opusieran y fueran capaces de formar un gobierno. Es decir, que un 10% de la población se impusiera por encima del 90% restante, lo que, en vez de conseguir que gobernara una mayoría, conllevaría que lo hiciera una minoría muy minoritaria.  Dicho de otro modo, el pacto de perdedores, incluso cuando es antinatura, podría ser el método más aproximado para llevar al poder la voluntad más general. 

 

Por lo tanto, quien quiera defender que gobierne la lista más votada debería plantear, utilizando los términos de Arend Lijphart, un modelo de democracia tipo Westminster con sistema electoral mayoritario (el propio de, por ejemplo, el Reino Unido) y abandonar el modelo actual que sería más de tipo consensual (valga como ejemplo el modelo suizo). Aquí hay que hacer un pequeño matiz en relación a la inestabilidad del sistema español. Recuérdese que, en el caso de que no se consiga un acuerdo, nuestra ley hace alcalde al cabeza de la lista más votada, como mecanismo para garantizar la ineludible elección de un alcalde tres semanas después de las elecciones.

 

Asimismo, hay que destacar que la crítica al transfuguismo no se puede enmarcar tan bien como las otras en los moldes de estos dos tipos ideales elaborados por Lijphart. En España, el acta de diputado o de concejal tiene carácter individual, esto es, pertenece a la persona que la ha obtenido, no a su partido u organización política. De manera que una vez recogida el acta, cada cargo electo puede realizar las votaciones que quiera, sin que haya ningún mecanismo legal que lo someta a la “disciplina de partido”. Ciertamente esto puede suponer la conformación de mayorías contrarias a las que surgieron de las urnas. Este punto tiene difícil solución, pues mientras el acta siga siendo individual este riesgo existirá. Se podría argumentar que la solución pasaría por eliminar esta titularidad individual del acta, y que de algún modo fuese la organización política quien pudiera dirimir estas cuestiones. Sin embargo, en España los partidos políticos ya albergan un muy destacable poder, en gran parte debido precisamente a las existencia de listas cerradas y bloqueadas. Esta medida plantearía otros problemas de difícil abordaje.

 

En definitiva, una buena parte de las críticas al sistema actual suponen de facto una crítica al parlamentarismo y a los sistemas proporcionales. Algunas de estas críticas pueden ser paliadas con algunos cambios en la ley del régimen electoral general, otras no tanto. En cualquier caso, proponer un modelo distinto al actual debería ser sustentado en argumentos jurídicos y politológicos, que además de criticar los problemas de los sistemas proporcionales tuvieran presentes los de los mayoritarios, en vez de basar toda la discusión en nuestras preferencias sobre determinados pactos políticos en según qué casos o sobre nuestra incapacidad para entender las reglas del parlamentarismo y los sistemas proporcionales. Mi opinión en este punto es clara: “es el vecino el que elige al alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde”. 

[I] Sistemas asamblearios para municipios muy pequeños a que hayan tenido un funcionamiento tradicional similar.

 

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