¿Larga vida a la socialdemocracia?: Charla con Borja Barragué

Delaney Turner @claydevoute

 

-Qué significa que “la socialdemocracia debe abordar un programa de reformas basado en un giro predistributivo (p.19)”.

 

El giro predistributivo apela a la idea de que, si queremos hacer posible el crecimiento económico inclusivo —que es un objetivo impulsado por organismos internacionales como la OCDE—, no basta con intervenir ex post sobre los efectos de la desigualdad, sino que debemos actuar antes de que surja. Este enfoque de justicia distributiva presenta dos ventajas sobre el tradicional igualitarismo de la redistribución.

 

La primera ventaja es analítica. El enfoque de la predistribución nos sitúa en una posición mejor para discutir el rol de los distintos agentes en los niveles de desigualdad de un país. Desde la perspectiva del igualitarismo-de-impuestos-y-transferencias, el único agente responsable de la combatir la pobreza y la desigualdad es el Estado. En ese enfoque, como dice José A. Noguera, los agentes económicos y sociales que pueblan el mercado no rinden cuentas de que un país tenga, por ejemplo, una temporalidad del 25% o una tasa de pobreza juvenil del 21,5%. El enfoque de la predistribución, en cambio, rechaza que las empresas puedan comportarse como les dé la gana porque, total, ya vendrá Papá Estado a arreglar el desaguisado. En este enfoque, tanto las empresas como el Estado quedan sujetos a los principios de justicia distributiva que rigen en una comunidad.

 

La segunda ventaja, relacionada con la anterior, es de tipo político. Luchar contra la desigualdad antes de que surja es una solución superior a hacerlo ex post facto porque la desigualdad es como el cemento: una vez se extiende, es muy difícil de quitar, quizá por la aversión que tenemos a la pérdida de lo (que consideramos) nuestro.  

 

 

-¿En qué consiste exactamente tu crítica al igualitarismo responsabilista? ¿Es solo un problema epistemológico –no es fácil distinguir la suerte bruta de la elegida así como la proporción de cada una en la situación de una persona- o también un problema de fondo –sí consideras que la suerte elegida también es objeto de compensación?

 

Mi crítica al igualitarismo de Tercera Vía à la Blair-Giddens-Clinton es que, si lo pensamos, en realidad es una noción muy poco atractiva de la justicia social para un igualitario. Para esta rama del igualitarismo, cualquier resultado es moralmente admisible si tiene su origen en una decisión de los individuos. ¿Cómo sabemos si estamos ante una desigualdad justa?

 

La clave es la distinción entre suerte bruta y suerte elegida. Mientras que los acontecimientos que son puro azar (suerte bruta) dan lugar a compensaciones justas —mediante los mecanismos de impuestos y transferencias del Estado del Bienestar—, la suerte elegida da lugar a desigualdades justas y por tanto bloquea cualquier pretensión de redistribución. Que a Javier le caiga un rayo encima es un caso claro de mala suerte bruta. Que Kevin se provoque varias fracturas en la columna vertebral haciendo balconing es un ejemplo claro de mala suerte “buscada”. Pero, ¿estamos seguros de que Kevin no merece, por ello, ninguna “compensación”?

 

En efecto, la justicia social estrictamente meritocrática no sólo no tiene como función redistribuir desde los más ricos hacia los más pobres, sino que tampoco tiene la misión de rescatar a las víctimas negligentes de accidentes como Kevin: el Estado no compensa por la mala suerte (elegida) que nos hemos buscado haciendo balconing, así que podemos decir que Kevin se merece (moralmente) la discapacidad. No hay nada de injusto en que el Estado no le preste ninguna ayuda por su negligencia, porque de hacerlo estaría compensando los comportamientos imprudentes. Si hubiera salido ya de cocheras pero por el camino se informase de que Kevin se ha dañado la columna vertebral por su culpa, el igualitarismo responsabilista no vería nada de malo en que la ambulancia que iba a atender a Kevin se diera la media vuelta. 

 

No hace falta ser un socialista furibundo para pensar que esa visión de la sociedad justa es muy tacaña para alguien preocupado por la (des)igualdad.

 

 

-En línea con todo lo dicho hasta ahora; tampoco le es imputable a nadie el ser muy guapo o tener unos genes sanísimos. ¿Deberían los guapos o los sanos compensar o indemnizar de algún modo a los que, por pura mala suerte, no lo han sido (siendo todas las demás variables iguales)? Si la respuesta es negativa, ¿por qué las desigualdades económicas que no son fruto del trabajo individual sí son o deben ser indemnizables o compensables?

 

Elaboro la respuesta sirviéndome de un ejemplo. Supongamos que Leontxo y Feontxo son hermanos y el primero domina, en el sentido de Bruce Ackerman, al segundo. Es decir, que todos los vecinos del barrio de Madrid donde residen ambos están de acuerdo en que los recursos internos de Leontxo —sus genes sanísimos, su belleza, su carácter extravertido, su extraordinaria capacidad de trabajo— son preferibles a los de Feontxo. Como resultado de la pura suerte bruta, Leontxo tendrá una mejor salud, será más rica, más guapa, más sociable, tendrá más habilidades emocionales y vivirá más tiempo.

 

Muchos igualitarios pensarán que esa situación es injusta porque Leontxo no ha hecho nada por merecer sus mejores expectativas en la vida. Pensará que si algún día la ciencia desarrollara algo así como un paquete extra de recursos internos —administrados mediante una inyección, por ejemplo—, éste debería corresponderle a Feontxo y no a Leontxo.

 

Pero como el estado de la ciencia no parece permitirnos pensar que esa inyección de recursos internos extra esté cerca de ser desarrollada, ¿significa esto que no podemos hacer nada, que tenemos que aceptar esas desigualdades y decir simplemente que “la vida no es justa”? Porque diseñar una política pública que busque igualar a la baja empeorando el lote de recursos internos de Leontxo —por ejemplo mediante una intervención quirúrgica que, como en el Harrison Bergeron de Kurt Vonnegut, limite sus capacidades mentales o reduzca su belleza— es una opción escasamente atractiva. Al menos para los que pensamos que tener un Gini muy bajo pero los supermercados vacíos es una noción bastante deficiente de la justicia social.

 

Afortunadamente no, no estamos abocados a la resignación de “la vida es injusta”. Tener una extraordinaria capacidad de trabajo está positivamente relacionado con una recompensa económica en el mercado laboral, como ocurre con ser más bien atractivo y extrovertido. De forma que los sistemas tributarios progresivos, que redistribuyen ingresos desde la parte más alta hacia la más baja de la distribución, pueden ser vistos como un mecanismo de compensación, siquiera imperfecto, por el que los guapos redistribuyen hacia los menos agraciados. Imperfecto, desde luego, pero preferible a los diseños distópicos à la Bergeron.



-Pero del hecho que si tuviéramos un paquete de recursos internos debiéramos dárselos a Feo, no se sigue que Leo le deba nada a nadie por su guapura. Y es que una cosa es cómo debemos repartir los recursos que no son de nadie y otra la distribución de las que sí tienen dueño. Luego, para acabar de fijar tu posición, te planteamos el siguiente caso: Si Leo y Feo tuvieran exactamente la misma riqueza en sentido amplio (mismo dinero, mismos amigos, mismos conocimientos, misma fama...) con la salvedad de que Leo tuviera un atributo positivo de más -p.ej. que fuera guapo, sin que ello acabará influyendo en otros ámbitos de la riqueza como el dinero- ¿significaría que tendría que indemnizar de algún modo a Feo? Esto es, sostienes que cualquier desigualdad no imputable al trabajo individual genera un deber de indemnización del afortunado hacia el desafortunado?

 

Como dice Dick Arneson, el igualitarismo es una corriente de la filosofía política que favorece la igualdad de alguna clase: todo el mundo debería tener (más o menos) lo mismo, o debería ser tratada de la misma forma, o disfrutar de una igualdad de estatus social de algún tipo. En las democracias occidentales contemporáneas, una interpretación bastante extendida del igualitarismo afirma que, por una serie de motivos, es deseable reducir las desigualdades socio-económicas actualmente existentes.

 

El igualitarismo político que yo defiendo es una variante de ese enfoque, que por razones normativas —identificar correctamente los agentes sujetos a los principios que rigen la justicia distributiva en una sociedad— y prácticas —es una estrategia superior en términos de su viabilidad política—, pone el énfasis en evitar que la desigualdad surja en primer lugar. A partir de ahí, identifica una serie de factores (institucionales, internos y socio-económicos, simplificando) que determinan nuestras expectativas en la vida. Porque para ganar 80.000€ anuales en el mercado laboral, ser listo (recurso interno) es importante, pero que tus padres te hayan podido pagar la Universidad (recurso socio-económico) y que en el mercado laboral de tu país existan empleos que pagan 80.000€ anuales (recurso institucional), también.

 

La enorme mayoría de nuestros recursos internos son producto de la lotería genética. Pero en tanto que tienen, muchos de ellos, un valor de mercado, dan lugar a su vez a desigualdades económicas que derivan de un factor arbitrario desde el punto de vista moral. Redistribuir los talentos (i.e. los recursos internos), ni es deseable ni seguramente es posible (y ya sabemos que ought implies can). Redistribuir los recursos económicos que se derivan de esa lotería genética es posible y, en mi opinión, es también deseable.

 

 

 

-Sobre el efecto Glasgow: si la esperanza de vida de una persona puede variar hasta 28 años en función del barrio en que uno hubiera nacido –un barrio rico o uno pobre- ¿no será que el problema es la pobreza y no la desigualdad? Como se acostumbra a decir, Etiopia puntúa mejor en el índice de Gini que España, pero pocos preferirían vivir en Etiopia.

 

Aunque no soy ningún experto en epidemiología, creo que la forma más correcta de interpretar el efecto Glasgow es como una manifestación de las externalidades negativas asociadas a la desigualdad. En un estudio longitudinal que cubría 7,5 años y a 17.530 empleados de la función pública en Londres, Michael Marmot y sus colaboradores —M. Marmot es el epidemiólogo que da nombre al informe Marmot que identificó por primera vez el “efecto Glasgow” — descubrieron que los trabajadores de los puestos inferiores tenían, en promedio, una peor salud y una mayor probabilidad de sufrir accidentes cardiovasculares. Parte de esa mayor propensión al riesgo coronario se explica por peores hábitos de vida, pero otra parte parece relacionarse con el estrés asociado a ocupar una clase social baja. Es decir, un estrés asociado a nuestra posición en términos relativos, no absolutos. Algo similar a lo que vienen argumentando otros epidemiólogos como Kate Pickett y Richard Wilkinson.

 

 

-“La izquierda había aceptado grosso modo la idea de que la justicia social consiste en cierta igualdad en la línea de salida y laissez-faire a partir de entonces (p.124)” ¿Por qué te opones a esta visión? ¿Qué más le pedirías a una sociedad que tuviera un compromiso muy serio con la igualdad de oportunidades?

 

Una combinación de ese tipo —igualdad de recursos en el punto T (de salida) y laissez-faire a partir de entonces— tiene sentido en un juego como el Monopoly, donde las consecuencias prácticas de las reglas del juego que establezcamos son muy limitadas (irte a la cama un poco más contento o un poco más cabreado). Pero fuera del Monopoly, la igualdad en los tacos de salida y laissez-faire a partir de ahí no puede ser la concepción de igualdad de ninguna teoría política en el mundo real. Al menos si queremos que esta sea mínimamente sensible a la suerte de los más vulnerables. Me explico.

 

Supongamos que Vane abandonó los estudios a los 15 años porque en aquel momento tenía una preferencia débil por la geometría urbana y una mucho más intensa por fumar porros con su novio de la adolescencia. Debido a que abandonó el cole, Vane lleva los últimos diez años de su vida enlazando contrato precario tras contrato precario. Y, lo que es casi peor, no tiene ninguna expectativa de que esta situación vaya a cambiar en un futuro. Un igualitarismo de Monopoly estricto negaría a la Vane de hoy cualquier tipo de redistribución o compensación, porque fue una decisión suya abandonar tempranamente el colegio.

 

Sin embargo, en el mundo real las preferencias de la gente cambian a lo largo del tiempo. La Vane de hoy no ve ningún atractivo en pasarse el día fumando marihuana. Si pudiera, la Vane de hoy se comportaría de modo muy diferente y corregiría aquella pésima decisión. Pero volver al pasado es imposible, salvo en Dark y alguna otra serie de televisión. Lo que no es imposible es concebir una noción de la justicia social que sea sensible a cómo se comportan las personas en el mundo real. Eso pasa por afirmar una noción de la justicia social que aspire a cierta igualdad de recursos no sólo en el momento T, sino también en T+1, T+2, T+3, etcétera. Eso pasa por admitir redistribuciones, y no un estricto laissez-faire, a partir de que el juez de carrera da el pistoletazo de salida en el momento T.

 

 

-Si, en tu opinión, la lucha contra la desigualdad debe canalizarse también con medidas que van más allá de la igualdad de oportunidades, ¿cómo saber que esa pre distribución es respetuosa con el trabajo y el esfuerzo individual?

 

De acuerdo con los cálculos de Branko Milanovic, alrededor del 50-60% de las diferencias de ingresos entre los individuos que poblamos el mundo se deben al país de nacimiento y otro 20% a los ingresos de nuestros progenitores. De forma que aproximadamente el 70-80% de nuestros ingresos se deben a circunstancias que no son atribuibles a nuestro esfuerzo, salvo que alguien piense que nacer en Estocolmo tiene muchísimo mérito. Si la desigualdad injusta, en tanto que debida a factores que escapan de forma obvia a nuestro control, explica alrededor del 70-80% de las desigualdad a nivel individual en todo el mundo, parece que tenemos buenas razones para corregirla.

 

Dicho de otra forma y para serte sincero: lo que me preocupa, desde el doble punto de vista normativa y práctico, es no tener mecanismos (predistributivos) capaces de corregir, a escala global, las desigualdades provenientes de nuestro pasaporte, porque el trabajo y el esfuerzo individual juegan un rol pero sólo en diferencias en el margen.

 

 

-¿Qué son las dotaciones de capital y por qué te parecen atractivas?

 

Voy a comenzar con una (breve, espero) reflexión antes de pasar a contestar tu pregunta. Una de las nociones de justicia social más populares en las sociedades occidentales es el Sueño Americano, una receta de justicia social que viene a decir que el mundo es para los valientes y que, si se trabaja duro, el hijo del dependiente de Walmart puede terminar siendo el CEO de la empresa. En la mayoría de sociedades occidentales el aceite que mantiene engrasado el ascensor social son los títulos educativos, porque conceden una gran ventaja para ascender y además protegen contra el descenso social.

 

Pues bien, en 2014 el Washington Post publicó un artículo cuyo titular decía que, en Estados Unidos, a los niños pobres que lo hacen todo bien no les va mejor en la vida (adulta) que a los niños ricos que lo hacen todo mal. Dicho de otra forma: en Estados Unidos, la Tierra del Sueño Americano, el ascensor social se ha roto. Las desigualdades de cuna se arrastran a lo largo del ciclo vital, porque las políticas públicas carecen de la potencia suficiente para romper el círculo de hierro forjado por la transmisión intergeneracional de las (des)ventajas socioeconómicas.

 

Si nos centramos en el caso de España, a pesar de que la idea de que la probabilidad de acceder a un título universitario es aproximadamente igual con independencia de nuestra familia está muy extendida, un estudio de Miquel Requena desmiente que esto sea así. Lo que para los hijos de las clases profesionales y directivas es más bien la norma —el 63% logra el título—, para los hijos de clase trabajadora es la excepción —ese porcentaje se reduce hasta el 26%. De la misma forma que nadie elige nacer en Estocolmo o en Pionyang, nadie elige hacerlo en una familia de catedráticos o de albañiles.

 

Yendo a tu pregunta. Dicho brevemente, una dotación de capital es una especie de renta básica universal, pero abonando todos los ingresos de golpe, al cumplir por ejemplo la mayoría de edad, en lugar de pagando una prestación menor cada mes. Como señalaba recientemente la OCDE en su informe The Squeezed Middle Class, a las generaciones más jóvenes cada vez les resulta más difícil acceder a la clase media. La razón de ello, afirma el informe, es el aumento del coste de dos bienes básicos que son la llave de acceso a la clase media: la educación y la vivienda. En este contexto, que los gobiernos adopten una medida tendente a mantener bien engrasado el ascensor social me parece una idea a tener en cuenta para la caja de herramientas de cualquier teoría política que se tome en serio el valor de la igualdad.

 

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