La institución de la dictadura en el mundo romano

18/07/2019

Leo Nordén @leonorden

 

 

Introducción y definición

 

Tras instaurarse la República en Roma una vez expulsados los reyes etruscos en el 509 a.C., el poder político sufrió una serie de cambios importantes, entre los que destacó su paso de unipersonal a colegiado. A partir de este momento, se instituyeron dos autoridades ejecutivas, sujetas al ejercicio del gobierno durante un periodo determinado (habitualmente un año), y elegidas por el pueblo en los comicios centuriados. Estas autoridades o magistrados fueron los cónsules, quienes abrieron paso a una serie de nuevas magistraturas, entre las que quedó incluida la dictadura, a la que dedicamos este texto[1].

 

La dictadura, aunque quedaba englobada dentro de la constitución de la Republica romana, tenía un carácter extraordinario que la diferenciaba de las restantes magistraturas. Ello se debía a que en caso de que existiese un grave peligro exterior o interior para el Estado, los cónsules tenían la potestad de nombrar un dictador, una persona que ocupaba el poder (casi) absoluto en solitario durante un periodo de seis meses.

 

La concentración del poder del dictador era tal que, contra él, los tribunos de la plebe no podían ejercer su derecho a veto o de apelación al pueblo, además de abarcar casi todas las esferas públicas con excepción de la legislación. Precisamente la existencia de estos desmesurados poderes convirtió a la dictadura en un hecho excepcional, que solo se instauraba en situaciones muy especiales[2].

 

De esta forma, podemos definir al dictador romano como un magistrado de la República a quien se le conferían los plenos poderes del Estado para hacer frente a una situación de crisis o bien emprender alguna tarea específica sumamente excepcional.

 

 

Orígenes de la institución

 

En cuanto a sus orígenes, la dictadura surgió muy pronto, poco tiempo después de la fundación del régimen político de la República (fechado en el 509 a.C.). Muchos investigadores lo relacionan con la idea de una restauración temporal de un primitivo magistrado republicano, encargado de sustituir al rey tras la abolición de la monarquía. Este primer magistrado se encontraba investido con todos los poderes del Estado, precisamente debido a la situación de emergencia creada tras el cambio de régimen. Una vez que quedó establecida la constitución republicana con sus magistraturas colegiadas, se mantuvo una institución similar que solo se pondría en funcionamiento en situaciones de extrema emergencia[3].

 

Sin embargo, lo cierto es que la institución tuvo un origen claramente militar, ya que el dictador recibía el título de magister populi que le convertía en el jefe del ejército. De hecho, los propios romanos no usaron el término de dictador, sino que siguieron utilizando el título de magister populi para todos aquellos que ocupaban este cargo, por lo que la idea de un origen militar parece la más acertada[4].

 

El primer dictador conocido por las fuentes fue un tal Tito Larcio Flavo (o Rufo, ya que existen diversas discrepancias en cuanto a su cognomen), nombrado en el año 498 a.C. Parece que su nombramiento obedeció a la situación de crisis que sufría Roma en ese momento, enfrentada a los latinos, por lo que se necesitaba de un hombre fuerte para terminar con este problema. Por ello, se nombró dictador a Tito Larcio, cónsul ese mismo año, que consiguió resolver el problema con los latinos. Una vez que estableció la paz, renunció a su cargo, mucho antes de que hubiese expirado su mandato extraordinario.

 

 

La dictadura romana: características

 

Por tanto, una vez establecida la institución, la dictadura quedó incluida dentro de las diferentes magistraturas de la República pero presentando una serie de características que la hacían única. La primera de ellas era su elección. El dictador no era elegido por el pueblo en los comicios, sino que era nombrado solemnemente por los cónsules de entre los ciudadanos eminentes con suficiente capacidad para resolver el problema que amenazaba al Estado. El Senado también jugaba un pequeño papel en este nombramiento. Aunque es cierto que se consideraba como una prerrogativa de los cónsules, la práctica política romana hizo que el cuerpo de los senadores interviniese en la decisión del dictador a través de la recomendación, o senatus consultum, de un candidato que ellos estimaban más adecuado para el cargo[5]. Esta recomendación habitualmente era aceptada por los cónsules, que tenían muy en cuenta los consejos del Senado. En los primeros momentos de la República lo habitual era nombrar a aquel se consideraba como el mejor comandante militar disponible pero a partir del 360 a.C. cambia, ocupando los consulares[6] este cargo.

 

Otra interesante característica era la del imperium[7] del dictador. Normalmente, el imperium de los magistrados era inherente al cargo, pero el del dictador debía ser confirmada a través de una lex curiata (esto es, una ley aprobada por los comicios curiados[8]). Este procedimiento, registrado en la constitución romana, daba a la institución de la dictadura un cierto carácter de legalidad.

 

Como se ha dicho, la temporalidad del cargo de dictador era otro de sus rasgos. La persona que ocupaba el cargo solo podía hacerlo durante un periodo máximo de seis meses que, teóricamente, no podía ser prorrogado. Si conseguía acabar con los problemas que amenazaban al Estado podía renunciar al cargo antes de tiempo presentando su dimisión, permitiendo de este modo que los magistrados ordinarios asumiesen de nuevo todos sus poderes, restableciendo el curso normal de la vida pública[9]. Sin embargo, si al acabar estos seis meses no se había conseguido solucionar la crisis, se podía nombrar a otra persona para que ocupase el cargo de dictador durante otro medio año.

 

 El asesinato de Julio César. Vincenzo Camuccini. Galleria Nazionale d´Arte Moderna e Contemporanea. Fuente: Wikimedia Commons


Además, el dictador elegía un lugarteniente (llamado magister equitum[10]), que actuaba en su nombre para ayudarle en el ejercicio de sus funciones. Este cargo tenía sus orígenes en el periodo monárquico, con un marcado carácter político y militar y actuando a las órdenes del rey para dirigir la caballería del ejército. Tras la expulsión de los reyes, el cargo pasó a la constitución de la República romana, designando precisamente a aquel que auxiliaba al dictador. En teoría, el magister equitum se encargaba de dirigir la caballería del ejército mientras el dictador mandaba la infantería, aunque en la práctica compartían las tareas del gobierno, siempre supeditado el primero al segundo.

 

Los poderes y prerrogativas del dictador eran muy amplios, englobando los ámbitos militar y civil de la vida romana. Además de comandar ejércitos, estaba capacitado para convocar cualquiera de las asambleas y presidirlas, incluyendo al Senado, o ejercer jurisdicción en los casos criminales que comprometían de manera directa la seguridad del Estado. De esta forma, el poder del dictador no se encontraba limitado, tal y como le ocurría a las demás magistraturas ordinarias del Estado.

 

Su posición preeminente quedaba representada por los símbolos que ostentaba mientras ocupaba su cargo. Durante los seis meses que duraba su gobierno sobre el Estado, portaba las fasces[11] con un hacha dentro, convirtiéndose en el símbolo parlante de su potestad de establecer penas de muerte dentro de los límites de la ciudad, al contrario de lo que ocurría con los cónsules que solo podían agregarlo cuando se encontraban fuera de Roma. Otro símbolo de su estatus era la presencia de veinticuatro lictores[12], acompañándole siempre para abrirle paso y salvaguardarle de cualquier peligro, frente a los doce con los que contaba cada uno de los cónsules[13]. Asimismo, compartía con los restantes magistrados curules el derecho a usar la sella curulis y a lucir la toga praetexta, símbolos de su alto rango. En cuanto a los honores del magister equitum, debía pertenecer al cuerpo de los magistrados curules por lo que tenían derecho a la toga praetexta y a la sella curulis, además de estar escoltados por seis lictores.

 

La institución de la dictadura se dividía en varios tipos, que dependían de la situación de crisis que viviese el Estado. El primero era de ellos era el correspondiente al nombramiento del dictator rei publicae gerundae causa, que debía enfrentarse a los enemigos externos de Roma cuando estallaban peligrosos conflictos. Otro era el dictator seditionis sedandae causa, que debía ocupar su cargo para sofocar las rebeliones internas de la ciudad. Por último, otro tipo de formas dictatoriales se relacionaban con algunos rituales de carácter cívico o religioso (convocar los comicios, presidir ciertas ceremonias, organizar los juegos públicos…) pero carecían de interés político[14].

 

Esta magistratura, utilizada con frecuencia en los primeros momentos de la República, fue haciéndose cada vez más excepcional. A ello contribuyó tanto el desprestigio al que la condujeron las últimas personas que ocuparon este cargo como la ausencia de situaciones de peligro real que hiciesen necesario el nombramiento de un dictador. Asimismo, el senatus consultum de defendenda republica, una iniciativa legislativa fechada a finales del siglo II a.C., encargaba a los cónsules la tarea de convertirse en las supremas autoridades ejecutivas, tomando todas las medidas necesarias que salvaguardasen al Estado en caso de emergencia. Este procedimiento (visto en el momento de su promulgación como algo anticonstitucional) fue puesto en marcha hasta en una docena de ocasiones antes del final de la República, haciendo cada vez menos necesaria la institución de la dictadura puesto que los mismos cónsules se encargaban de solucionar cualquier crisis que surgiese[15].

 

Ya en el siglo I a.C., las dictaduras de Lucio Cornelio Sila y de Cayo Julio César marcaron una importante diferencia con la institución establecida a comienzos de la República. Ambos personajes asumieron el título de dictador pero no respetaron las limitaciones fijadas por la constitución republicana para esta institución (especialmente la conservación del orden político de la República y la limitación temporal), por lo que se hicieron odiados por muchos de sus conciudadanos. De hecho, tras la iniciativa de nombrar a César “dictador perpetuo” muchos nobles romanos decidieron asesinarlo, considerando que con semejante título era prácticamente un monarca. Tras su asesinato, Marco Antonio (magister equitum de César) propuso acabar con la dictadura a través de la lex Antonia de dictadura tollenda, siendo finalmente abolida en el año 47 a.C.

 

 

Dictadores ilustres de Roma

 

Aunque existió un número considerable de dictadores durante la República Romana, lo cierto es que algunos de ellos consiguieron ocupar un lugar destacado dentro de la Historia. Sabemos que hasta el final de la Segunda Guerra Púnica, se produjeron hasta noventa ocasiones en las que el Estado necesitó la figura del dictador, lo que nos habla de las crisis y las amenazas sufridas, que no solo incluían las alarmas bélicas sino también situaciones internas relacionadas con el vacío de poder de algún determinado magistrado[16].

 

Uno de ellos fue Lucio Quincio Cincinato, un patricio romano. En el año 458 a.C., Roma se encontraba hostigada por las fuerzas enemigas de los volscos y los ecuos, por lo que decidió mandar a un ejército comandado por uno de los cónsules para contenerlos. Sin embargo, las tropas romanas se encontraban sitiadas por el ejército enemigo, por lo que el Senado decidió buscar a un hombre fuerte que consiguiese disolver el peligro. La persona elegida fue Cincinato, de quien se dice que estaba arando sus tierras cuando le llegó la delegación senatorial con su nombramiento. Aceptó el cargo de dictador y formó un ejército nuevo que, en el transcurso de pocos días, consiguió derrotar a sus enemigos. Conseguido el objetivo de salvar a Roma, Cincinato renunció al cargo de dictador a las dos semanas, volviendo a sus tareas agrícolas en la finca y permitiendo que el Estado volviese a retomar su curso normal. Por esta acción, Cincinato fue siempre considerado como ejemplo de ciudadano virtuoso, un ejemplo que todos los dictadores romanos posteriores deberían seguir[17].

          

Cincinato abandona el arado para dictar leyes a Roma. Juan Antonio Ribera. Museo del Prado. Fuente: Wikimedia Commons

 

Otro de los dictadores ilustres de la República Romana fue Marco Furio Camilo (c.446-365 a.C.). Según narraron Tito Livio y Plutarco, Camilo llegó a celebrar cuatro triunfos, fue elegido dictador hasta en cinco ocasiones y honrado a su muerte con el título de “Segundo Fundador de Roma”, comparándole con Rómulo.

En el año 396 a.C. los veyenses, faliscos y fidenenses se rebelaron contra el poder romano, por lo que Camilo fue nombrado dictador para terminar con este conflicto. Tras derrotar a los faliscos y a los fidenenses partió contra Veyes hasta lograr finalmente su rendición. Con estas acciones, consiguió que el Senado le premiase con un triunfo aunque Camilo entró en la ciudad en un carro con cuatro caballos blancos y la cara pintada de rojo, imitando a Júpiter. En el 391 a.C. Camilo fue acusado por Lucio Apuleyo, tribuno de la plebe, de haber distribuido injustamente el botin de Veyes. En vista de una más que posible acusación, Camilo se exilió voluntariamente en Ardea. Poco después, las tribus galas dirigidas por Breno avanzaban hacia Roma, consiguiendo derrotarla en la batalla del río Alia. La ciudad, a excepción del Capitolio, fue tomada por los galos por lo que se decidió ofrecer a Camilo el cargo de dictador para que los librase del peligro. Tras derrotar a los galos, entró en Roma con otro triunfo, momento en el que fue aclamado como pater patriae y conditor alter urbis, es decir, padre de la patria y segundo fundador de la ciudad. 

 

Poco después, en el año 389 a.C., las tribus vecinas se levantaron de nuevo contra Roma, aprovechando su situación de debilidad tras la invasión gala. Camilo fue nombrado dictador otra vez, quien se enfrentó a sus enemigos en sucesivas batallas venciéndoles. Finalmente, entre los años 368 a.C. y 365 a.C., el Senado volvió a nombrar como dictador a Camilo en varias ocasiones, con el propósito de acabar con los desórdenes internos que sacudían la ciudad, además de una nueva amenaza de los galos. Falleció a causa de la peste en el año 365 a.C.

 

Cincinato y Camilo son dos de los mejores ejemplos de lo que los romanos esperaban de aquellos a los que nombraban dictadores. Sin embargo, a finales de la República (siglo I a.C.) encontraremos la decadencia de la institución, con las dictaduras de Sila y César.

 

Con la evolución socio-política de la República romana, la dictadura había entrado en un progresivo declive que hacia innecesaria su proclamación. Los cónsules y restantes magistrados llevaban a cabo todas las medidas necesarias para la estabilidad política y militar de Roma, por lo que no se proclamó la dictadura en un largo periodo de tiempo. Sin embargo, la llegada al poder de Lucio Cornelio Sila hizo que esta institución fuese restablecida en el año 82 a.C.

 

Sila, un general de éxito, había marchado militarmente sobre Roma, tomando la ciudad para conseguir el control político de la misma. Sin embargo, sus enemigos continuaron intentando expulsarlo del gobierno, por lo que en el año 82 a.C. el Senado y el pueblo le nombraron dictator legibus faciendis et rei publicae constitundae, con el objetivo de reorganizar las instituciones. Sin embargo, no fue nombrado dictador con las condiciones que la institución siempre había tenido, ya que no tenía límite de tiempo para ocupar el cargo. Las diversas reformas llevadas a cabo por Sila debilitaron sumamente al Estado romano por lo que, aunque renunció a la dictadura en el año 81 a.C. y regresó a la vida privada poco antes de morir, su actuación sentó un alarmante precedente sobre la concentración de poder en una sola persona sin una limitación efectiva.

 

El siguiente hombre nombrado dictador fue Cayo Julio César quien, tras volver a Roma al terminar sus campañas en la Galia, recibió el título en el año 49 a.C. con el objetivo de finalizar la guerra civil. Renunció a la dictadura poco después y fue elegido cónsul. Sin embargo, a finales del año 48 a.C. fue nombrado dictator rei gerundae causa, con un mandato de un año, rompiendo de nuevo con los límites temporales tradicionales de la dictadura. No fue la última vez que ocupó el cargo; en el 47 a.C. recibió de nuevo el nombramiento por un periodo de diez años y en el 44 a.C. fue nombrado dictator perpetuo rei publicae constitundae, esto es, dictador perpetuo, dándosele poderes similares a los que tuvieron los primeros monarcas romanos incluido el de nombrar a su voluntad todos los magistrados que ocupasen el gobierno de la ciudad. Sin embargo, fue asesinado poco después y la dictadura abolida.

 

Con los cuatro ejemplos anteriores hemos tratado de reflejar la concepción de la dictadura que tenían los romanos, explicada en estas líneas. Cincinato y Camilo fueron considerados los dictadores ideales, hombres fuertes que salvaron a Roma de sus peligros y supieron renunciar al poder a tiempo. En cambio, Sila y César supusieron la decadencia de la institución de tal forma que tuvo que ser abolida finalmente, erosionando también con ello la propia República que no tardó en caer igualmente. 

 

BARAHONA GALLARDO, C. (2011) El fin de la dictadura en Roma: la Lex Antonia de Dictatura Tollenda. Revista Chilena de Historia del Derecho, número 23, pp. 99-118.

LOEWENSTEIN, K. (1970) Roma y la teoría general del Estado. Revista de Estudios Políticos, número 174, pp. 5-36.

SILES VALLEJO, A. (2014) La dictadura en la República Romana como referente paradigmático del régimen de excepción constitucional. Revista de la Facultad de Derecho, Pontificia Universidad Católica del Perú, número 73, pp. 411-424.

ROLDÁN, J.M. (1990) Instituciones políticas de la República Romana, Akal.

ROLDÁN, J.M. (2005) Historia de Roma, Ediciones Universidad de Salamanca.

 

[1] Para conocer mejor el desarrollo de las magistraturas y la constitución de la República Romana se recomienda la lectura del artículo “La organización del Estado romano: una introducción” de la misma autora. Link: https://www.revistalibertalia.com/single-post/2018/12/16/La-constitucion-romana

[2] ROLDÁN, J.M. (2005) Historia de Roma, Ediciones Universidad de Salamanca, p.103.

[3] ROLDÁN, J.M. (1990) Instituciones políticas de la República Romana, Akal, p. 33.

[4] BARAHONA GALLARDO, C. (2011) El fin de la dictadura en Roma: la Lex Antonia de Dictatura Tollenda. Revista Chilena de Historia del Derecho, número 23, p. 101; Cicerón, De Legibus, III, 3.

[5] SILES VALLEJO, A. (2014) La dictadura en la República Romana como referente paradigmático del régimen de excepción constitucional. Revista de la Facultad de Derecho, Pontificia Universidad Católica del Perú, número 73, p. 415.

[6] Con el nombre de consulares se designaba a todo aquel que ya había sido cónsul.

[7] Término que hace referencia al poder público. En Roma abarcaba el poder de mando y castigo, de carácter militar, del gobernante sobre los ciudadanos convocados a la guerra y el dominio sobre los territorios conquistados.

[8] Los comicios curiados, en los que el pueblo se reunía en curias, eran convocados por los magistrados cum imperio para que aprobasen una lex curiata, requisito previo a la elección de los cargos de cónsul, pretor y dictador.

[9] SILES VALLEJO, A. (2014) La dictadura en la República Romana como referente paradigmático del régimen de excepción constitucional. Revista de la Facultad de Derecho, Pontificia Universidad Católica del Perú, número 73, p. 415-416.

[10] ROLDÁN, J.M. (1990) Instituciones políticas de la República Romana, Akal, p. 33.

[11] Unión de unas treinta varas de madera (una por cada curia de Roma) que se ataban de manera ritual con una cinta de cuero rojo formando un cilindro. Eran llevadas por los lictores que acompañaban a los magistrados como símbolo de su autoridad y de su capacidad para ejercer la justicia.

[12] Funcionarios públicos que escoltaban a los magistrados curules, marchando delante de ellos. Portaban las fasces como símbolo de autoridad del magistrado.

[13] SILES VALLEJO, A. (2014) La dictadura en la República Romana como referente paradigmático del régimen de excepción constitucional. Revista de la Facultad de Derecho, Pontificia Universidad Católica del Perú, número 73, p. 418-419.

[14] BARAHONA GALLARDO, C. (2011) El fin de la dictadura en Roma: la Lex Antonia de Dictatura Tollenda. Revista Chilena de Historia del Derecho, número 23, p. 105.

[15] LOEWENSTEIN, K. (1970) Roma y la teoría general del Estado. Revista de Estudios Políticos, número 174, p. 23.

[16] LOEWENSTEIN, K. (1970) Roma y la teoría general del Estado. Revista de Estudios Políticos, número 174, p. 23.

[17] SILES VALLEJO, A. (2014) La dictadura en la República Romana como referente paradigmático del régimen de excepción constitucional. Revista de la Facultad de Derecho, Pontificia Universidad Católica del Perú, número 73, p. 416.

 

Compartir en Facebook
Compartir en Twitter
Please reload

Buscador

Entrevistas

Qué opinan las voces más destacadas sobre los asuntos más candentes.s

Series

Diversos temas tratados con mayor profundidad y extensión en formato de series de artículos monotemáticos

colabora.jpg

Si quieres quieres criticar o complementar este texto, si no compartes su perspectiva, no lo dudes, haznos tu propuesta a la redacción.

¿En desacuerdo con este artículo?

Please reload

Revista Libertalia

Filosofía y Humanidades

  • Twitter - Revista Libertalia
  • Facebook - Revista Libertalia
  • LinkedIn - Revista Libertalia
  • SoundCloud - Revista Libertalia

Revista Libertalia es un proyecto sin ánimo de lucro ni línea editorial centrado en la filosofía y las humanidades.

 

Nuestro objetivo es promover la reflexión seria y profunda entre gente joven de dentro y fuera de la academia, tratando los diversos temas de forma compleja, pero con un lenguaje claro y directo.

 

Si estás interesado en colaborar con nosotros no lo dudes, enviándonos tus textos; nuestro equipo estará a tu disposición para acompañarte en el proceso de edición y publicación;  o bien ayudándonos a financiarnos a través de Patreon. 

Recibe la Newsletter