Reseña y Entrevista: “Los 7 hábitos de la gente desinformada” (Ed. Conecta, 2019), Marc Argemí

 

Markus Spiske @markusspiske

 

 

Dividir un folio para situar en cada uno de sus extremos los pros y los contras de una decisión difícil forma, hoy día, parte del sentido común a la hora de conducirse. Es de suponer que, tal y como se explica en la introducción, el día que Benjamin Franklin recomendó este sencillo proceder a su indeciso amigo Joseph Priestley le proporcionó un gran servicio. Los 7 hábitos de la gente desinformada (y que puedes encontrar aquí) es, si se quiere, un texto análogo a aquella famosa misiva: un conjunto de reflexiones y consejos breves que bien podrían acabar integrando el más elemental sentido común, pero que hoy son raramente aplicados. 

 

¿De qué trata este ensayo? “[D]e cómo la tecnología y las personas hemos encontrado maneras atractivas y confortables de autodesinformanos; [...] el objetivo de las páginas que siguen es ayudar a identificar los hábitos que nos convierten en desinformadores o a quienes no hacen más vulnerables a la desinformación de otros en el entorno digital” ¿A quién se dirige? "Está pensado para ser útil a todos los públicos, desde los expertos en redes sociales y profesiones de la gestión de cuentas en Twitter hasta aquellas personas que solo visitan las webs de la prensa de toda la vida.

 

El texto parte de una paradoja: jamás hemos gozado de tanta información como hoy, y sin embargo no parece que estemos mejor posicionados para decidir de manera inteligente que en épocas pasadas. Precisamente, puede que gozar de armas tan poderosas para luchar contra la ignorancia como son las redes e internet, nos hayan relajado en exceso y vuelto especialmente vulnerables al bulo y al rumor. Hoy, dice el autor, “Somos capaces de desinformarnos a demanda para poder decidir a placer”. Precisamente la definición -muy socrática- que nos dá Marc Argemí de la persona desinformada tiene que ver, no tanto con la cantidad de verdades que atesora, sino con la actitud que enfrenta los procesos informativos. Así, las personas informadas son  “aquellas que saben que están desinformadas y toman medidas para no dejarse engañar por la desinformación y para minimizarla tanto como sea posible”.

 

Las medidas que el autor nos propone en este sentido no son pocas ni tampoco sencillas; chequear la fuente de las informaciones, investigar la financiación del periódico, comprobar la afiliación ideológica del periodista..., no es algo que pueda hacerse habitualmente ni con regularidad. Asimismo, esquivar nuestros sesgos cognitivos, ser autocríticos, evitar las cámaras de eco, o -en general- abstraernos de nuestras emociones a la hora de informarnos es, prácticamente, una quimera. Tan es así que, a medida que avanzan las páginas cierto sentimiento de parálisis e impotencia podrían adueñarse de uno: ¿acaso puedo fiarme de algo? ¿Cómo evitar estar desinformado? Que el lector abandone toda esperanza, alguna que otra vez, quizás muchas, se la van a colar. Pero ello no debería preocuparnos excesivamente ya que, como se precisa acertadamente en el último capítulo, un problema que no tiene solución no es un problema, es una circunstancia con la que aprender a convivir. Precisamente, el sentido profundo de esta obra reside en ayudarnos a lidiar mejor con la irremediable precariedad informativa en la que vamos a vivir. Aceptemos que no podemos tener una opinión demasiado sólida de todos los temas  y que seremos fácilmente engañados; que por ello, conviene entonces ser precavidos, tomarse las informaciones recibidas con una dosis de sano escepticismo y, en definitiva, afilar nuestro espíritu crítico. En este sentido, la referencia final a Popper -como la anterior a Sócrates- no es en absoluto gratuita: como demostrara el filósofo vienés, podemos estar mucho más seguros de todo aquello que desconocemos que de aquello que efectivamente conocemos. La conclusión es evidente: conduzcámonos entonces con bastante modestia

 

Como digo, este pesimismo epistémico podría conducirle a uno a cierto estado de desánimo, incluso de paranoia desde el que que desconfiar de todo y todos. Al contrario, lo que nos propone Marc Argemí es un complejo ejercicio de funambulismo entre los muchos extremos viciosos que menciona: el cuñado que se las traga todas por querer ser el más listo de la sala, y el conspiranoico, que por no querer equivocarse nunca, niega cualquier verdad oficial por evidente y palmaria que sea.

 

Una obra muy recomendable, pero que en ocasiones deja al lector con ganas de mayor profundidad en las muchas y apasionantes cuestiones que el autor menciona solo de pasada. El modus operandi de la rumorología que trabajaba el servicio secreto británico durante la segunda guerra mundial -al que Marc Argemí dedicó su tesis doctoral- o los matices de la mecánica propagandística constantes a lo largo de las décadas podrían haber merecido muchas más páginas, en detrimento de las diversas anécdotas y ejemplos con los que se inicia cada capítulo y se ilustra su idea clave. Quizás el miedo a perder la cada vez más volátil atención del lector, acostumbrado hoy a las fugaces stories de instagram o a los tuits de 120 caracteres, haya provocado esta apuesta por la excesiva divulgación. De otra parte, puede tratarse de una opción deliberada para despertar en el lector la curiosidad para saber más y animarlo a explorar las ciencias de la comunicación. Un propósito que Marc Argemí consigue sobradamente, y es que: ¿Por qué habrá tanta gente que niega la llegada del hombre a la Luna? ¿Por qué el FoMO -fear of missing out- podrá más que el miedo a equivocarse, a que le tomen el pelo a uno? ¿Por qué…? 

 

Con Los 7 hábitos de la gente desinformada se obtiene un manual del navegante informado en las aguas revueltas y llenas de piratas que son hoy las redes y el mundo virtual. Escrito con soltura, concisión y en un momento inmejorable, vale la pena conocer estos vicios en los que será fácil reconocerse con cierta vergüenza y sonrojo. Un libro estupendo para nuestro amigo listillo y que tanto bien haría en los estudios de radio y televisión en los que habitan los convencidísimos “todólogos”, preparados por igual para opinar de economía, geopolítica o el último fichaje sonado de la temporada. Un libro que leería con gusto el Oráculo de Delfos y que pone en valor una de las frases más bonitas de nuestro idioma: “no lo sé, la verdad es que es un tema complejo que desconozco y sobre el que no tengo formada una buena opinión”. 

 

 

Acabamos esta reseña con unas pocas preguntas para Marc Argemí, autor del libro, periodista y doctor en ciencias de la comunicación:

 

-¿Qué responsabilidad atribuirías a las propias redes sociales -sus algoritmos- el aumento de las fake news y la desinformación en general?

 

La primera responsabilidad es la de los usuarios cada vez que bailamos informativamente al ritmo de los algoritmos. Hay un enorme malentendido en nuestra relación con los algoritmos que sólo ahora empieza a aflorar. 

 

Me explico: los algoritmos tienen una lógica distinta. Mientras nosotros queremos informarnos, ellos "piensan" -es un decir- en la manera de tenernos el máximo de tiempo posible ante la pantalla. Para nosotros puede ser importante la línea roja que separa la verdad de la mentira. El algoritmo tiene otra línea roja, que es la que separa la permanencia de la ausencia: por la permanencia nuestra en la red, nos destacará automáticamente el contenido que lo pueda lograr con mayor probabilidad, sea o no cierto.

 

Como aquello que nos retiene en la pantalla suele ser lo que nos gusta, hemos pensado que la realidad era tal cual la veíamos a través del filtro del algoritmo, cuando en realidad el algoritmo nunca nos prometió una verdad, sino una experiencia de consumo.

 

 

-¿Te plantearías algún tipo de intervención de los poderes públicos en los medios y redes para minimizar esta clase de fenómenos, o sería peor el remedio que la enfermedad?

 

Uno de los problemas de las fake news es que quien da crédito a una noticia falsa difícilmente dejará de creer en ella si el poder público dice que es falso. La cuestión es mucho más compleja, y tiene que ver con la gestión de los propios prejuicios y con la capacidad crítica que cada persona haya desarrollado: estamos ante un tema de educación y hábitos saludables. En mi opinión, los gobiernos no deberían coquetear con la censura para proteger a la audiencia: prefiero que concentren su acción en exigir más transparencia y más responsabilidad a las plataformas (Facebook, etc.), que sí son las que tienen toda la información necesaria para abordar el fenómeno de formas mucho más eficaces.

 

 

-¿Si hoy sus propietarios cerraran Facebook, Twitter, Instagram, Youtube…, pasado un mes nuestras sociedades estarían mejor o peor informadas?

 

No sé qué decirte: probablemente el global sería peor informadas. Las redes unas herramientas que están permitiendo una cosa y su contrario: la mejor información y la mayor desinformación. Las sociedades tendrían menos oferta, o sea que en un primer momento tendrían menos desinformación por sobreinformación, pero a la larga los ciudadanos que tienen hábitos informativos saludables estarían un poco anémicos.

 

 

-¿Cuál es el último bulo o rumor importante que te creíste?

 

Soy muy desconfiado, en general, con respecto a lo que circula, especialmente en la actualidad política, que está importando masivamente el tipo de rumores que solían pertenecer al fútbol y a las revistas que llamaban del corazón. La actualidad política es una batalla de desinformación incesante. De manera que por ahí poco a decir: le pongo a todo el filtro "segun afirma tal", porque no veo mucha voluntad de abordar la realidad con modestia y en su complejidad. 

 

En la actualidad internacional, en cambio, durante meses he dado por ciertas informaciones sobre Venezuela y Siria que luego se han demostrado parcialmente falsas. El problema es que sabes que hay una parte falsa y otra cierta, pero no siempre cuentas con fuentes que te ayuden a distinguir la una de la otra.

 

 

Compartir en Facebook
Compartir en Twitter
Please reload

Buscador

Entrevistas

Qué opinan las voces más destacadas sobre los asuntos más candentes.s

Series

Diversos temas tratados con mayor profundidad y extensión en formato de series de artículos monotemáticos

colabora.jpg

Si quieres quieres criticar o complementar este texto, si no compartes su perspectiva, no lo dudes, haznos tu propuesta a la redacción.

¿En desacuerdo con este artículo?

Please reload

Revista Libertalia

Filosofía y Humanidades

  • Twitter - Revista Libertalia
  • Facebook - Revista Libertalia
  • LinkedIn - Revista Libertalia
  • SoundCloud - Revista Libertalia

Revista Libertalia es un proyecto sin ánimo de lucro ni línea editorial centrado en la filosofía y las humanidades.

 

Nuestro objetivo es promover la reflexión seria y profunda entre gente joven de dentro y fuera de la academia, tratando los diversos temas de forma compleja, pero con un lenguaje claro y directo.

 

Si estás interesado en colaborar con nosotros no lo dudes, enviándonos tus textos; nuestro equipo estará a tu disposición para acompañarte en el proceso de edición y publicación;  o bien ayudándonos a financiarnos a través de Patreon. 

Recibe la Newsletter