La paradoja de la piedra o de las dificultades de un Dios excesivo

Alora Griffiths @aloragriffiths

 

A la hora de reflexionar sobre la existencia de Dios lo más habitual es enfrascarse en los diversos razonamientos que pretenden demostrarla, tal y como hemos visto en entradas anteriores. Argumentos todos ellos que asumen que la existencia de un ser tal es, cuanto menos, posible. Ahora bien, ¿es esa posibilidad algo incontrovertido? Lo cierto es que, como ha sido puesto de manifiesto a lo largo de la historia, la existencia de una divinidad al modo en que las religiones abrahámicas lo conciben genera no pocas paradojas que vendrían a minar, no solo la existencia efectiva de un ser tal, sino incluso su misma posibilidad.

 

Se conoce como “paradoja de la piedra” a una de las formas más intuitivas de problematizar la omnipotencia divina, dice así: ¿puede Dios crear una piedra tan pesada que ni él mismo pueda mover? Tanto si respondemos de manera positiva como de manera negativa, las capacidades de la divinidad parecen quedar comprometidas. 

 

La respuesta más habitual a esta clase de problemas consiste en distinguir entre aquello que realmente es posible, por ser conforme a las reglas lógicas, de aquello aparentemente posible, por ser conforme a las reglas gramaticales, pero propiamente imposible por ser incoherente. Así, autores como Tomás de Aquino aceptaban que no habría problema alguno en que Dios no pudiera hacer cuadrados redondos o solteros casados porque, por mucho que el uso habitual de las palabras pueda sugerir lo contrario, tal posibilidad sería ilusoria. Dios seguiría siendo omnipotente ya que sería capaz de hacer todo aquello que es posible, precisamente aquello en lo que consiste la omnipotencia. Que los humanos podamos juntar letras y preguntar “acaso Dios puede hacer que un asfaskj viaje a sadhk” no tiene mayores implicaciones. Los "solteros casados" son flatus vocis filosóficamente irrelevantes.

 

Las dificultades de un planteamiento así serían dos principalmente. En primer lugar cabría preguntar por qué Dios no puede sobreponerse a las reglas de la lógica o alterarlas de algún modo. ¿Acaso existen de manera previa o independiente de la voluntad divina?

 

En segundo lugar, y con independencia de lo anterior, la respuesta ofrecida podría ser puesta en duda dado que ¿acaso se incurre en una contradicción al hablar de objetos inamovibles? Al contrario, parecería que la inmensa mayoría de personas son capaces de crear objetos inamovibles por ellos mismas. ¿Por qué entonces sería absurdo preguntar si Dios puede hacer lo mismo? Algunos filósofos han planteado que esta clase de analogías serían falsas. Efectivamente –se responde- el humano medio es capaz de crear objetos inamovibles para sí mismo dado que no hay contradicción alguna en el pensamiento de una piedra inamovible por el hombre. Sin embargo, -dicen estos autores- una tarea así es imposible para un ser omnipotente porque, de acuerdo con las leyes lógicas, un objeto tal –i.e uno que limita al ser ilimitado- es  contradictorio. ¿Es esta una salida convincente? Seguramente no, pues conllevaría una petición de principio: en primer lugar se asume que un ser omnipotente es posible, y entonces se tacha de absurdo todo aquello que pueda suponerle un problema. Sin embargo, como lo que se pretendería probar sería el punto de partida –la posibilidad de un ser infinitamente capaz- el argumento fracasaría por circular.  

 

Otra opción sería aceptar que Dios sí puede crear una piedra tal porque Dios puede, en su infinito poder, autolimitarse por mucho que tras ese instante su omnipotencia se hubiera desvanecido. Sin embargo, eso equivaldría al suicidio o, al menos, a la desaparición de Dios como tradicionalmente se lo ha concebido. Es más, conllevaría que, contrariamente a lo que se sostiene en otros apartados de la teología, la existencia de Dios sería un suceso contingente lo que, de nuevo, sería incoherente con la definición de Dios como aquel ser que existe necesariamente. (Véase a este respecto lo dicho sobre el argumento ontológico).

 

Asimismo, los poderes ilimitados de un ser así parecerían entrar en contradicción con otro de sus atributos clásicos: la perfección moral. En efecto, ¿puede Dios decir una mentira? ¿Torturar a un inocente? Nótese la profundidad de este problema: si Dios no gozará de la libertad para ejecutar esta clase de actos, entonces no podría decirse que fuera libre. Un defecto que, no solo impediría calificarlo de omnipotente sino que, además, impediría considerarlo desde el punto de vista ético. Y es que si un agente no es capaz de determinar qué camino escoger, entonces sus movimientos serían tan susceptibles de calificación moral como los de una máquina. Ahora bien, en la medida en que sea libre, entonces también será falible –i.e podrá hacer el mal- por lo que su perfección moral quedará en entredicho. Esto es, la condición de posibilidad de su naturaleza moral –su libertad- es, a la vez, el talón de Aquiles de su perfección moral. En este punto podría apostarse por una teoría del mandato divino –según la cual aquello bueno es, precisamente, lo que hace o desea Dios como bueno- pero, como vimos al hablar del Dilema del Eutifrón, las dificultades de un planteamiento así no serían menores.

 

Similarmente, el libre albedrio de los humanos generaría una nueva contradicción con el tercer atributo con el que típicamente se describe a Dios: la omnisciencia. Por decirlo del modo más tradicional: ¿sabía Dios que Adán cogería la manzana? Si lo supiera no se explicaría de qué modo Adán no estaba predeterminado a hacerlo (pues todo conocimiento proposicional exige una justificación de la que los eventos genuinamente indeterminados carecerán). Si no lo supiera, porque los movimientos de Adán fueran realmente libres, habría algo que Dios desconocería. Entonces ¿cómo escapar al fatalismo? Una opción sería apostar por una concepción del libre arbitrio de orden compatibilista (como las discutidas aquí), según la cual determinismo y libertad no estarían en contradicción. Otra opción, muy curiosa, sería la adoptada por autores como Geach (1973) para los que el futuro no sería susceptible de ser conocido, extendiéndose todo el conocimiento posible –y por ende la omnisciencia- al presente y el pasado. Con todo, el precio de una maniobra así sería alto: y es que si bien se conseguiría salvar la omnisciencia y la libertad humana, se mellaría gravemente el alcance de la Providencia dado que, ¿cómo podrá Dios gobernar con cuidado el devenir de las personas sin conocer de antemano cómo se comportarán?

 

Finalmente, tengamos también presente la siguiente cuestión muy relevante, no ya para el teólogo, sino para el devoto creyente: ¿conoce Dios emociones como la impotencia, el odio, la envidia etc? Se trata de toda una serie de sentimientos cuyo conocimiento parece exigir su experimentación directa, no bastando el raciocinio ni ningún tipo de explicación en tercera persona. Ahora bien, suponer que Dios ha padecido alguna de estas inclemencias no casaría demasiado bien con su descripción típica. En efecto, un ser moralmente perfecto debería ser del todo insensible a estas bajezas. No obstante, un Dios ajeno al sufrimiento sería también un Dios ajeno al hombre. Un Dios que no puede ser crucificado y humillado –un Dios sin su pasión- es también un Dios al que ningún hombre rezaría. Si es que rezar, esto es, pedirle algo a un ser que ya lo sabe todo, puede tener algún sentido.

 

-Geach, P. T. 1973. Omnipotence. Philosophy 48 (183): 7-20.

 

Para la redacción de esta breve introducción me he servido especialmente de las entradas en https://www.iep.utm.edu/omnipote/ por  K.L. Pearce y en Hoffman, Joshua and Rosenkrantz, Gary, "Omnipotence", The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Winter 2017 Edition), Edward N. Zalta (ed.)

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