Una maternidad feminista: charla con Esther Vivas

Jon Tyson @jontyson

 

Hoy charlamos con Esther Vivas, periodista y escritora para comentar su último libro “Mamá desobediente. Una mirada feminista a la maternidad”, publicado en castellano con Capitan Swing y en catalán con ARA Llibres.

 

 

-Abres el libro afirmando que el patriarcado obliga a las mujeres a ser madres, mientras que el capitalismo sólo le pone trabas. ¿Podrías desarrollar esta idea inicial?

 

La maternidad ha sido utilizada por el patriarcado como instrumento de control del cuerpo de las mujeres. A lo largo de la historia, hemos visto como la mujer o era madre o no era nada. Ante esta imposición de la maternidad, y su ideal correspondiente en forma de "ángel del hogar", se ha erigido otro arquetipo, el de “súper mamá”, esa que llega a todo y que está al 100% disponible para el empleo, un ideal útil al sistema capitalista. Por eso afirmo que el patriarcado impone la maternidad y el capitalismo supedita la experiencia materna a los intereses del mercado.

 

 

-¿Tiene el feminismo un problema con la maternidad? ¿Qué es la “matrofobia”?

 

Cuando la segunda ola feminista, allá en los años 60 y 70, se rebeló contra la obligación de ser madre, se cayó en un cierto discurso antimaternal, reduciendo la maternidad al yugo que significa bajo el patriarcado. Sin embargo, tal como afirmaba la poeta Adrienne Rich en los 70, es fundamental distinguir entre el carácter negativo de la institución maternal impuesta y la experiencia materna. Hoy en día, hay una nueva generación de feministas que hemos crecido en un contexto en el cual la maternidad ya no es un destino único para nosotras. En consecuencia, podemos mirar a la maternidad con menos prejuicios que nuestras antecesoras, y reivindicarla en clave feminista y emancipadora, sin tener una idea romántica de la misma.

 

 

-En este sentido hablas de crear un paradigma alternativo que coloque los cuidados en el centro. ¿Qué significa esto exactamente?

 

Tomando la tesis de la economía feminista, es necesario valorar y visiblizar el trabajo de cuidados, ese que implica cuidar, hacerse cargo de las personas dependientes, como la maternidad y la crianza. Se trata de unas tareas imprescindibles para el sostén de la vida, que en general realizamos las mujeres. Colocar los cuidados en el centro de la vida, la política, la economía, no implica idealizarlos, ni defenderlos desde una perspectiva reaccionaria, ni considerar que es una responsabilidad única de las mujeres. Al contrario, el trabajo de cuidados, en términos de justicia de género, debe plantearse como un trabajo a repartir equitativamente entre hombres y mujeres, el cual debe socializarse más allá del núcleo familiar. El reto consiste en pensar un tipo de organización social que acoja el cuidado y la maternidad.

 

 

-¿Qué modificaciones en la legislación laboral propondrías para que esta visión pudiera implantarse eficazmente?

 

En primer lugar, lo que sería necesario es una reducción drástica de la jornada laboral, que hoy parece que es una demanda que incluso la mayor parte de los sindicatos han olvidado. Poner en el centro el cuidado y la vida en general, implica adaptar el mercado laboral a las necesidades de las personas, y esto pasa necesariamente por reducir las horas que dedicamos al empleo. Pero más allá de esto, también serían necesarios otros cambios, que tienen que ver con el encaje de la crianza en el mercado laboral. Sin embargo, tenemos unos permisos de maternidad que son extremadamente cortos, de 16 semanas, los cuales ni siquiera permiten la lactancia materna en exclusiva -es decir, sin recurrir a la leche artficial- durante los 6 primeros meses de vida del bebé, como recomiendan todas las instituciones de salud.

 

 

-Sobre la reducción de la jornada, ¿es eso posible? Precisamente señalas la precariedad económica como una de las dificultades principales a la hora de ser madre, pero si reducimos las horas, ¿no caerán también los salarios?

 

Cuando subrayo que es necesario reducir la jornada laboral, me refiero a reducir la jornada laboral manteniendo los salarios. No se trata de precarizar el mercado de trabajo sino de tener más tiempo para dedicar a otras tareas, aficiones e intereses. Considero que la medida es factible si hay voluntad política. Si en vez de precarizar los servicios públicos, se optará por contratar más personal en el sistema educativo y sanitario, donde en los últimos años se han hecho recortes significativos, estaríamos creando y repartiendo empleo. Lo mismo en el ámbito privado, donde muchos trabajadores se ven obligados a hacer un montón de horas extras.

 

 

-Entonces propones rebajar horas manteniendo salarios aumentando la inversión pública. ¿Y en el sector privado?

 

En el sector privado es necesario una legislación que defienda los derechos de los trabajadores. Entre estas medidas deberían de establecerse jornadas laborales más reducidas con un salario decente, una medida que serviría para vivir mejor y para crear empleo.

 

 

-Es decir, ¿obligando por ley a reducir los beneficios empresariales?

 

La jornada laboral se ha mantenido intacta desde hace más de un siglo mientras que la productividad de los trabajadores no ha hecho más que aumentar. Veo razonable plantear ahora una reducción drástica de la jornada laboral sin pérdida de poder adquisitivo, como forma de reorganizar la sociedad.

 

 -De la lectura de tu texto queda muy claro que quieres aumentar el permiso de maternidad. ¿Apuestas también porque estos permisos más amplios sean iguales e intransferibles?

 

Ambos permisos deberían de aumentar, y en particular el de las madres. En poco más de dos años, el permiso de paternidad ha crecido alrededor del 300% -pasando de 2 semanas a 8-, lo que sin duda es positivo y beneficia a los padres más implicados y a sus parejas. Sin embargo el de las madres no se ha movido ni una coma en 30 años, ni está previsto que lo haga. En relación a la transferibilidad, me parece que este es un tema que debe ponerse en relación a la duración global del permiso materno y paterno.

 

 

 

-Es decir, los quieres generosos pero distintos y transferibles.

 

Para mí el debate no consiste en entrar a discutir sólo si tienen que ser iguales e intransferibles, sino recordar que los permisos deben ampliarse para poder garantizar la crianza y, en particular, la lactancia materna, lo que implica un permiso materno mínimo de 6 meses. Al margen de cual sea la fórmula final, lo importante es tener en cuenta dos criterios: hacer posible una crianza en condiciones y favorecer la igualdad entre hombres y mujeres.

 

 

-Para muchos sectores del feminismo la cuestión de la igualdad y la intransferibilidad en los permisos es fundamental pues se entiende que sin esta medida las desigualdades a nivel laboral entre géneros se mantendrán o dispararán.

 

Considero que éste es en parte un debate falso. Para mí, si son o no transferibles depende de la duración que tenga cada uno de estos permisos, y de la duración de la parte transferible y la intransferible. El debate en términos de transferibilidad e intransferibilidad da un visión reduccionista del problema de los permisos y asume falsamente que si dichos permisos fuesen intransferibles se reduciría significativamente la desigualdad de género en el mercado de trabajo, y esto no es así.

 

 

-¿Por qué no? A primera vista parecería que aquel sexo que tenga mayores permisos será también el menos atractivo para el empleador.

 

Por un lado, las causas de la desigualdad de género en el empleo van más allá de si las mujeres somos madres o no. Aunque no seas madre, se te penaliza también por el hecho de ser mujer. Por el otro, pensar que una medida acotada en el tiempo, como unos permisos iguales e intransferibles de 16 semanas, va a reducir las desigualdades que sufrimos las madres en el ámbito laboral es erróneo, porque dicha discriminación va más allá de estos 4 meses, y está relacionada con el reparto desigual de la crianza entre hombres y mujeres. El mercado nos sigue penalizando porque las madres cargamos con mucho más trabajo de cuidados que los hombres.

 

 

-Pero que una medida no vaya a solucionar un problema no implica que no pueda paliarlo. De nuevo, ¿no crees que la clásica pregunta “¿y usted tiene pensado tener hijos?” se haría mucho más si el permiso de maternidad se situara ahora en los 6 meses?

 

No tendría por qué ser así si el permiso de paternidad fuera de la misma duración o un poco más corto que el de las madres. A parte, como ya he comentado, la discriminación de las madres o de las mujeres que por edad lo pueden ser no sólo se debe a lo que sucede tras el parto sino a cómo se reparte el trabajo de crianza a posteriori, algo que en general recae sobre nuestras espaldas.

 

El problema de fondo es que la sociedad actual supedita la crianza y la maternidad al empleo. Si bien es muy legítimo que una mujer a los pocos meses de dar a luz quiera reincorporarse a su lugar de trabajo, ¿qué pasa con aquellas que prefieren estar con sus criaturas? ¿Qué quieren dar de mamar a sus bebés hasta los 6 meses? Pues, que no les es posible. Las únicas que pueden estar con sus pequeños más allá de la baja por maternidad son aquellas mujeres de clase media o media alta que pueden cogerse una excedencia sin cobrar. De tal modo, que la crianza se acaba convirtiendo en un privilegio, cuando debería ser un derecho para todas.

 

 

-¿Significa esto que aceptas que la desigualdad en los permisos aumentaría la desigualdad laboral pero que compensaría por lo que aportaría a nivel de capacidad para cuidar al hijo?

 

Aunque aumentase únicamente el permiso de maternidad, no creo que a las madres se nos penalizara más. Tengamos una baja de 4 o de 6 meses, a las mujeres se nos seguirá sancionando igual, porque la responsabilidad en el cuidado sigue recayendo en mayor medida sobre nosotras, y es esto lo que debería de cambiar: la corresponsabilidad en el cuidado. No podemos pensar que la igualdad en el mercado laboral y el reparto del trabajo de cuidados se va a modificar por el solo hecho de que cambiemos los permisos de padres y madres en el sentido en que se está haciendo ahora. Pero en cualquier caso mi propuesta no es defender la desigualdad en los permisos, sino un modelo de permisos que haga posible tanto la crianza y lactancia materna como la coresponsabilización de los padres en el cuidado de los pequeños.

 

 

-Afirmas que vivimos en una sociedad adultocéntrica, ¿qué significa exactamente?

 

Mi postura también es crítica con los permisos iguales e intransferibles de 16 semanas porque se plantean desde un punto de vista adultocéntrico, es decir: no tienen en cuenta las necesidades del bebé. Por ejemplo, no permiten la lactancia materna en exclusiva hasta los 6 meses, a pesar de que esto, como está científicamente demostrado, es lo mejor para ellos. O el hecho de que tras 16 semanas después de haber nacido, los pequeños tienen que quedarse a cargo de terceros, sin su madre ni su padre. Nuestra sociedad, en general, no está pensada para las criaturas ni para criarlas.

 

 

-En el libro reivindicas todas las formas de maternidad pero en cambio te opones a una de ellas: la gestación subrogada (GS). ¿Si una mujer puede usar su útero para disfrutar ella misma de la maternidad, porque no puede usarlo también para que otras personas disfruten de la maternidad?

 

No hay una demanda de mujeres que quieren ser madres gestantes. Lo que hay son unos intereses económicos vinculados al negocio de la infertilidad, que pretenden mercantilizar un proceso fisiológico como es el embarazo. Si miramos a los países donde la GS está legalizada, vemos la vulneración de derechos que implica. Es muy legítimo que una mujer o un hombre quieran tener descendencia, pero eso no puede ir en contra de derechos de terceros.

 

 

-¿Qué derechos se vulneran?

 

Se vulnera el derecho de la madre gestante a decidir sobre su cuerpo durante el embarazo, porque tiene que firmar un contrato irrevocable a partir del cual no puede decidir sobre su cuerpo a lo largo del periodo de gestación, y es separada de su bebé nada más nacer. A menudo, no lo puedo ver, no se le da ningún información sobre su estado de salud y no sabe nada más del pequeño en toda su vida. Algo que deja una huella emocional profunda. También se vulnera el derecho del recién nacido a estar con su madre gestante, con quien él espera encontrarse al nacer, y esto tiene un impacto emocional a largo plazo, como apunta la psicología perinatal.

 

 

-¿De qué modo comprometerse a no hacer algo con el propio cuerpo vulnera la autonomía corporal de la persona?

 

Porque firmas un contrato irrevocable, y si a lo largo de esos 9 meses cambias de opinión no te puedes echar atrás. O si no estás de acuerdo con una decisión que toma la persona contratante,  y que va a tener consecuencias sobre el embarazo y tu cuerpo, como un aborto programado, legalmente no te puedes negar.

 

 

-También puede cambiar de opinión aquel que se alista en el ejército, sin que ese cambio le legitime para desertar.

 

Más allá de que desertar del ejército es legítimo en muchas circunstancias, creo que es una comparación que no funciona. Una cosa es alistarse al ejército y la otra es estar embarazada, con todas las implicaciones físicas y emocionales que comporta.

 

 

-¿Qué hay de malo en mercantilizar un proceso fisiológico?

 

Que estás convirtiendo en mercancía el útero de la mujer y al bebé al que va a dar luz, los cuales se compran y se venden como si de una mercancía se tratara.

 

Un ejemplo lo vemos en el caso de las madres gestantes de la India. La BBC británica hizo una investigación muy interesante al respecto. El perfil de las madres subrogadas indias, según este trabajo, era el de una mujer pobre que, fruto de la miseria y las deudas familiares contraídas, tomaba la decisión de ser madre gestante a cambio de unos 2.500 euros. Las mujeres tenían que permanecer encerradas los 9 meses del embarazo en centros que no podían abandonar, donde les controlaban sus hábitos alimentarios, la medicación. Cuando nacía el bebé, ni siquiera les permitían verlo, y se les negaba toda información sobre su estado de salud.

 

 

-Pero esto no tiene por qué ser necesariamente así.

 

Sí, porque de este modo lo establece el contrato firmado.

 

 

-Permitir los contratos de GS no exige también permitir cualquier contrato de GS. No solo miremos el caso de India, pensemos también en el caso californiano. 

 

En EE. UU, tenemos episodios como el de Melissa Cook, en 2016, que tuvo significativo eco mediático. Cook fue contratada por un hombre para que se le transfirieran tres embriones. Al cabo de unas semanas, cuando se constató que los tres embriones se habían implantado con éxito, el hombre presionó a la mujer para que abortara uno de ellos. Melissa Cook, a pesar de lo firmado, se negó. Tras el parto, en la semana 30 de gestación, no pudo ver a los bebés y no se le dio ninguna información sobre cómo se encontraban. Cook, posteriormente, llevó el caso a los tribunales y pidió la custodia del bebé que querían que abortara, e incluso se ofreció a hacerse cargo de los otros dos, ya que había informaciones que apuntaban a que los pequeños se encontraban muy mal atendidos. Sin embargo, el Tribunal Federal le denegó la demanda. Uno de los argumentos fue que «no se podían tener en cuenta los derechos de las criaturas». No se trata de un caso aislado.

 

 

-¿Por qué no podría regularse la GS de una forma tal que impidiera estas prácticas?

 

Porque estas prácticas son intrínsecas a la lógica de la gestación subrogada, que niega los derechos de las madres gestantes. Una práctica que no puede disociarse de las desigualdades sociales y económicas.

 

 

-Sobre la cuestión del parto pones mucho énfasis en la violencia obstétrica. ¿En qué consiste esta violencia?

 

La violencia obstétrica es fruto de las prácticas realizadas por el personal sanitario en la atención al embarazo, el parto y el posparto que infringen un dolor emocional y físico en las mujeres. A nivel psicológico, consiste en un trato infantilizador, no informar adecuadamente a la mujer, impedirle estar acompañada a la hora de dar a luz, separarla de su bebé tras el parto. A nivel físico, se trata de cesáreas que se hacen de manera innecesaria, episiotomías hechas por rutina, partos inducidos sin motivo, realización de la maniobra de Kristeller, en que un sanitario se pone encima de la barriga de la parturienta y aprieta para que salga el bebé en la última fase del parto, a pesar de ser una maniobra que está prohibida por su peligrosidad. Todas estas prácticas en el Estado español, se realizan en un porcentaje mucho más elevado que el que se considera razonable por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS) o el Ministerio de Salud.

 

Y esto no es resultado de una mala praxis. La violencia obstétrica forma parte estructural de la atención sanitaria al parto. Se trata de una violencia socialmente aceptada, tanto por los profesionales de la salud como por las mujeres que la sufren como por la sociedad en general. Nos han dicho que parir es esto. Y además las madres no nos podemos quejar, al contrario tenemos que dar las gracias porque tenemos un bebé vivo entre brazos. Por eso sostengo que la violencia obstétrica es la última frontera de la violencia de género.

 

 

-Afirmas que parir en casa, cuando está planificado por comadronas, es tan seguro como ir al hospital ¿Cómo puede ser? ¿Acaso podría realizarse una cesárea de emergencia en un piso particular, por ejemplo?

 

No lo sostengo yo, lo sostienen varios estudios científicos que señalan que las tasas de mortalidad materna, perinatal y neonatal son simliares tanto en partos en casa como en partos hospitalarios. La misma OMS no pioriza un lugar donde dar a luz. En países como Holanda o el Reino Unido, el parto en casa se incluye en la sanidad pública, aquí no.

 

Los embarazos de bajo riesgo, que son la gran mayoría, pueden ser perfectamente atendidos en casa por una comadrona; y si en algún momento el parto se estanca y no evoluciona, se prevé que haya tiempo suficiente para hacer un traslado a un centro hospitalario. De hecho, muchas veces las complicaciones que se dan en los partos atendidos en el hospital son fruto de la hiperintervención médica.

 

En la actualidad, se identifica el parto con una enfermedad, y se considera que la mejor opción és que sea atendido en un hospital. Pero el parto no es una enfermedad sino un proceso fisiológico natural, y lo que requiere es tiempo y respeto para la madre y el bebé a nacer. Necesitamos partos respetados independientemente de donde cada una quiera parir.

 

 

-A modo de conclusión. Reivindicas el resocializar la crianza. ¿Qué significa esto?

 

A menudo la maternidad se analizan desde un punto de vista individual, sobre cómo lo hace tal madre o tal otra. Sin embargo, la maternidad no sólo es responsabilidad de las madres sino también de los padres y de la sociedad en general. La maternidad se tiene que analizar desde una perspectiva política y colectiva.

 

 

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