Reseña: "Constitucionalismo más allá del Estado", Luigi Ferrajoli (2018)

21/06/2019

Maria Teneva @miteneva

 

El último libro de Luigi Ferrajoli traducido al castellano (Constitucionalismo más allá del Estado - y que puedes encontrar aquí -) comienza con un balance histórico del siglo XX: el ascenso de los totalitarismos y el establecimiento de las democracias constitucionales; las dos guerras mundiales y la sanción de las Cartas de Derechos Humanos; la amenaza nuclear de destrucción del planeta y la consolidación del Derecho Internacional. El resultado de esta dialéctica de luces y sombras, como la denomina el jurista italiano, fue la “constitucionalización del proyecto jurídico de la paz y de los derechos humanos, incluidos esos derechos de supervivencia que son los derechos sociales.[1]”

 

La novedad singular –y que, al mismo tiempo, constituye su legado– de este programa fue el haber positivizado de manera rígida ciertos principios, “límites normativos equivalentes a un solemne nunca más a los horrores de la guerra y de los fascismos.[2]” Naturalmente, este proceso de consolidación del constitucionalismo no fue fácil y muchos menos gratuito, puesto que, como nos muestra la historia, fue conquistado a costa de terribles sufrimientos, horrores y muertes. Luego de presentar un panorama del pasado siglo, Ferrajoli pasa a analizar en qué estado llega el paradigma constitucional a la presente realidad global.

 

En la actualidad asistimos a una situación deconstituyente, es decir, factores económicos, políticos e ideológicos socavan y debilitan el poder de la Constitución. He aquí la causa de la crisis del paradigma constitucional: la subordinación del derecho y de la política a la economía; la crisis de integración de la Unión Europea (Brexit es el caso paradigmático); la falta de una esfera pública internacional; la pérdida de legitimidad de los órganos representativos y la marcada despolitización de las sociedades. Se ha producido, según Ferrajoli, una inversión de la jerarquía democrática de los poderes. En efecto, el poder financiero –que califica de salvaje, como hizo en el libro Poderes salvajes, publicado en 2011– impone a los gobiernos reglas incompatibles con los límites constitucionales.

 

La respuesta o solución a esta crisis, como apunta desde el título y tesis principal del libro, es extender el constitucionalismo “más allá del Estado”. Esta ampliación debe hacerse en cuatro direcciones: la primera es hacia un constitucionalismo social, donde deben asegurarse gratuitamente las prestaciones básicas, pero no como dádivas de políticas progresistas, sino como derechos fundamentales, por tanto, obligatorios y universales. Luego, es imperioso desplazarse hacia un constitucionalismo de derecho privado, añadido al clásico de derecho público. Para el autor italiano, en nuestra cultura jurídica, desde antaño y hasta nuestros días, ha existido una confusión, y es que se ha identificado a los poderes públicos con los únicos poderes. Es decir, también necesario establecer límites a la actuación del poder económico, regular sus deberes y responsabilidades.

 

La tercera expansión es hacia un constitucionalismo de los bienes fundamentales, espacio donde Ferrajoli aboga especialmente por una Carta internacional de los bienes fundamentales. En este punto, hay que tutelar y garantizar bienes primarios –agua, fármacos, alimentos– para toda la humanidad. Para esto, es apremiante crear un demanio planetario.

 

La cuarta y más importante dirección, y en la que Ferrajoli trabaja desde hace años, es la de un constitucionalismo global. Ahora bien, para que se cumpla este proyecto es ineludible establecer y reforzar las instituciones de garantía, es decir, un conjunto de instituciones que se encargan de aplicar la ley y los derechos humanos, en un doble registro: funciones jurisdiccionales o de garantía secundaria, y funciones administrativas, que denomina garantías primarias, como los derechos sociales. Lo destacable de este punto son las políticas concretas y realistas que propone: reformar las principales instituciones internacionales –Banco Mundial, FMI, OMC– y dotar de más presupuesto a la FAO y a la OMS; crear organizaciones internacionales que garanticen la vivienda, la educación y prestaciones alimentarias; establecer una fiscalidad mundial, como por ejemplo fue el caso de la Tasa Tobin; e imponer tasas por el uso y abuso de bienes comunes de la humanidad.

 

Ahora bien, diseñado el proyecto constitucionalista global, ¿qué condiciones son necesarias para que se instaure? Ferrajoli enumera tres. La primera es separar los partidos del Estado. Para el jurista italiano, la crisis política de representatividad de las sociedades se debe, entre otros factores, a que los partidos políticos se han estatalizado, es decir, han dejado de representar a las personas, para cumplir una función exclusivamente institucional. La alternativa que propone Ferrajoli para esto es declarar incompatible el ejercicio de cargos de partido y cargos públicosLa segundo condición que debe darse es separar las funciones de garantía de las funciones de gobierno. Las primeras, que reciben su fundamento de la ley y los derechos fundamentales, no pueden quedar libradas a la representación política. Las segundas, por el contrario, sí reciben su legitimidad por el juego de la democracia y del principio de las mayorías. Lo que ha sucedido en la realidad del siglo XX con el Estado Social de Derecho, fue que las garantías recayeron bajo el ámbito de las Administraciones. En la actualidad, y disuelto el Estado Social, los derechos sociales se han visto recortados cuando no directamente desaparecidos. La última separación que promueve el jurista italiano es la relativa a las funciones públicas de los poderes económicos. La esfera política tiene que mandar sobre la economía. Este es el grave problema que atraviesa todo el texto de Ferrajoli y que diagnostica como la causa central del constitucionalismo en la actualidad. En este ámbito, Ferrajoli también propone políticas públicas concretas: expulsar a los lobbies; el financiamiento público de los partidos políticos, visto que éstos reciben miles de millones de euros de empresas, facilitando la corrupción política; fortalecer los partidos políticos europeos; establecer incompatibilidades para ejercer altos cargos financieros y al mismo tiempo políticos, puesto que, en un conflicto de intereses, terminan por prevalecer los intereses privados.

 

La segunda parte del libro –titulada “Refundar la política”– retoma los argumentos de la primera parte y los reconstruye con similar lenguaje, por lo que en ocasiones es un tanto reiterativo. Es una reelaboración de una ponencia presentada en Salerno en octubre de 2016 y publicada anteriormente en español en la revista Jueces para la democracia. No obstante, se destacan dos tesis: los momentos constituyentes y el papel de la inmigración. En cuanto a la primera, el primer momento fue el del positivismo jurídico, que predominó en los siglos XIX y XX. De él rescata el principio de legalidad, que no expresa ningún contenido, sino solo la forma de producción del derecho. El segundo momento constituyente Ferrajoli lo sitúa luego de la segunda guerra mundial: la aparición del constitucionalismo rígido. Este programa consistió en la positivización de principios y de los derechos fundamentales. En este momento nace la democracia constitucional. El constitucionalismo perfecciona el primer momento, es decir, al positivismo. Ahora la política desde arriba está vinculada por estos principios contra mayoritarios. Por último, y frente la crisis del paradigma constitucional, es la hora de un tercer momento constituyente. El trabajo es harto difícil y lleno de obstáculos, pero es plausible: el desarrollo de un constitucionalismo europeo, instituyendo una Asamblea Constituyente Europea y expandiendo el constitucionalismo en las cuatro direcciones antes explicadas.

 

En los dos últimos párrafos del libro, Ferrajoli esboza una sugestiva hipótesis: los inmigrantes podrán ser la clave de la construcción de una democracia supranacional. Ferrajoli sostiene que serán el “sujeto constituyente de un nuevo orden mundial, basado en la integración global y en la igualdad de los derechos.[3]” Así, ese pueblo mestizo, que día a día dejan sus tierras para buscar un mejor futuro, huyendo de guerras civiles, recesiones económicas, conflictos políticos, crisis alimentarias y catástrofes climáticas o, simplemente, con el objetivo de darse un nuevo y mejor plan de vida, ayudará a “rediseñar los espacios de la política y del derecho, desanclándolos de los espacios nacional y expandiéndolos a los espacios transnacionales.[4]”

 

Las virtudes del libro de Ferrajoli son varias: en primer lugar, está escrito de forma transparente, no utiliza vocablos técnico-jurídicos que compliquen demasiado su lectura y los argumentos se encuentran bien ordenados. En segundo lugar, constituye un excelente mapa para ubicar y conocer el estado actual del constitucionalismo y explica cómo afectan los poderes económicos e ideológicos al derecho. En este sentido, piensa el futuro del derecho superando el modelo positivista que marcó al siglo XX, y en el que muchos juristas siguen pivotando. Ferrajoli renueva las categorías jurídico-políticas y actualiza el paradigma constitucional a las necesidades del tiempo presente. Asimismo, repasa varias de sus tesis sobre la democracia constitucional desarrolladas en otros libros anteriores, y las reconstruye con el objetivo de extender al constitucionalismo “más allá del Estado”. En tercer lugar, y si tomamos la contundente crítica que propina a los poderes fácticos como la pars destruens del libro, al mismo tiempo tiene una pars construens bien definida: la propuesta de alternativas para el futuro del constitucionalismo. Así pues, la idea de imponer impuestos mundiales al capital financiero y a las empresas que causan daños irreversibles a la naturaleza; la necesidad de reformar las estructuras del FMI, el Banco Mundial y la OMC; la de separar las funciones ejecutivas y de gobierno con las funciones jurisdiccionales de garantía; la de robustecer los presupuestos de la FAO y de la OMS; la expulsión de los lobbies; el financiamiento público de partidos políticos; la sanción de una Carta internacional de bienes fundamentales; etc., son medidas al alcance de la mano para los Estados y las organizaciones internacionales, sólo con voluntad política, diversas herramientas jurídicas y gubernamentales, se llevarían adelante.

 

No obstante, el proyecto de Ferrajoli adolece de un serio problema: todas las reformas jurídicas provienen desde arriba, es decir, el protagonismo lo tienen las estructuras de gobierno que se encuentran, como no conoció ningún período de la historia, en extremo alejadas de las voluntades y los anhelos de las personas que se encuentran abajo. Además de que, como él mismo demuestra, tienen un enorme déficit de legitimidad democrática. Bajo este orden de ideas, Ferrajoli sigue anclado en una política que resulta de las mediaciones y consensos de los gobiernos. Quizás el futuro constitucional de la humanidad sólo tenga sentido cuando los estamentos más bajos de los pueblos consigan unificarse políticamente, hecho que no se producirá por ningún tratado ni acuerdo entre los que dirigen, sino, antes bien, solamente cuando sus intereses y valores, que no están adecuadamente representados en ningún parlamento, encuentren una misma representatividad política.

 

[1] Ferrajoli, Luigi, Constitucionalismo más allá del Estado, Trotta, Madrid, 2018, p. 12.

[2] Ibíd., p. 14.

[3] Ibíd., p. 90.

[4] Ibíd., p. 89.

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