I want to believe

06/06/2019

 Ambir Tolang  @gorkhe1980


En 2010, el entonces y todavía ahora presidente de Bolivia, Evo Morales, declaró que la causa de la homosexualidad se encuentra nada menos que en el consumo de pollo. Bien, mejor dicho, el origen de tan grave desviación antinatural no se encuentra per se en comerse ese noble animal, sino en consumir las hormonas femeninas que este contiene debido a pérfidas modificaciones genéticas realizadas en explotaciones industriales.

 

Más recientemente, en los últimos años ha surgido un creciente número de personas que cree que la Tierra es plana y que existe una conspiración de nivel mundial orquestada por gobiernos, lobbys, científicos corrompidos, judíos y otros agentes perversos para ocultarlo. Como en tantos otros nuevos “movimientos” que predican creencias “alternativas”, esta creencia tiene su origen y epicentro en los Estados Unidos. Algunos famosos han declarado públicamente su apoyo a estas tesis. Así, por ejemplo, Shaquille O’Neal expresó el inapelable argumento que cuando viaja de costa a costa de Estados Unidos la Tierra es “jodidamente” plana para él.

 

No hay duda de que vivimos en tiempos de cierta regresión en la preponderancia del conocimiento científico comúnmente aceptado y de auge de toda clase de teorías conspiranoicas. Acabamos de ver dos ejemplos de ello, pero la lista podría seguir y seguir hasta el hartazgo. ¿Hasta qué punto es esto grave? ¿Qué implicaciones puede tener para toda la humanidad que un 4% de americanos pensase que Barack Obama era un reptiliano? ¿Tiene alguna repercusión que todavía hoy mucha gente crea que los ataques del 11 de septiembre de 2011 tuvieron un origen distinto al del relato "oficial"? Este artículo pretende ofrecer unas modestas reflexiones sobre este asunto y discutir las implicaciones de esta clase de creencias, que se irán ampliando en futuras entradas.

 

 

La verdad está ahí fuera

 

La primera pregunta que es necesario abordar hace referencia a la importancia de este fenómeno. De acuerdo, existe gente que está convencida que hay extraterrestres visitandonos regularmente, que construyeron las pirámides y que hasta viven entre nosotros. Otros creen que el ser humano nunca llegó a la Luna y fue todo un montaje. ¿Debería eso importarnos? ¿No deberían ser las creencias individuales un espacio de máxima libertad en cada persona? Sí, desde luego, pero eso no significa que albergar dichas creencias no pueda tener unas consecuencias negativas para todos los demás. Sobretodo cuando defenderlas implica repercusiones directas para terceros.

 

Tomemos por ejemplo el cambio climático. Existe abundantísima evidencia sobre el hecho que el clima del planeta está cambiando y que dicho cambio no se ha producido de forma natural, sino que está estrechamente relacionado con la actividad humana en el mismo. El tiempo apremia para hacer algo y paliar sus efectos negativos. Sin embargo, si mucha gente (o gente en posiciones de poder) cree que esta teoría no es más que una patraña (el “camelo climático") y en consecuencia no debemos hacer nada, defender este planteamiento puede suponer un precio altísimo a pagar para todos. Otro caso equiparable a este sería el de las consecuencias de la no vacunación, tanto para quienes no la reciben como para el resto de la sociedad, debido a la mayor probabilidad de contagio que implica un menor porcentaje de población vacunada.

 

Existen otras “creencias” que pueden parecer más inocuas. Por ejemplo, la ya mencionada sobre la Tierra plana. ¿Qué más da que haya gente que crea eso? En este caso no parece que esa creencia deba afectarnos a los demás. Si los terraplanistas no quieren acercarse a los polos por miedo a caer en un precipicio que les aboque al espacio exterior, no parece que eso tenga repercusiones en los pobres títeres engañados que creemos en la tierra esférica.

 

Bien, no deberíamos estar tan seguros. Creer que la Tierra es plana puede suponer cuestionar decisiones importantes, como el dinero que gastamos en ciertos proyectos científicos. Pero además, estas creencias inocuas, al igual que todas las demás, albergan un problema quizás menos acuciante, pero en realidad mayor: socavan la credibilidad científica. Si asumimos conspiraciones mundiales para hacernos creer que la forma de nuestro planeta es distinta a la que realmente es, ¿por qué no podemos asumir que existen otras conspiraciones, quizás hasta con motivaciones más profanas? Por ejemplo, que las vacunas causan autismo, así que mejor evitarlas. O que Obama quizás no sea reptiliano, pero que no nació en Estados Unidos, requisito para poder ejercer el cargo presidencial. de modo que su mandato fue ilegítimo.

 

Llegados a este punto, hay que hacer un alto en el camino. Por sorprendente que pueda parecer después de lo dicho en el párrafo anterior, hay, en parte, algo positivo en el ejercicio de incredulidad que hacen estas personas. Cuestionar el conocimiento socialmente convenido, no es algo malo de por sí, de hecho hasta puede ser beneficioso. Algunos de los grandes avances científicos de la historia se hicieron contraviniendo el conocimiento (o creencias) imperantes de la época. Examinar de vez en cuanto la validez de lo que todo el mundo da por bueno es un buen ejercicio científico e intelectual. De hecho, uno de los aspectos clave del método científico es que todo lo que se afirma está siempre bajo escrutinio, y su validez es siempre provisional, pudiendo cambiar en cualquier momento si alguien encuentra evidencia en el sentido contrario. Ese es sin duda el verdadero espíritu científico.

 

Ahora bien, el problema surge cuando en realidad este ejercicio no se hace desde el mero escepticismo científico, sino desde el deseo de demostrar una creencia previamente establecida. Cuando los terraplanistas realizan una suerte de experimentos científicos para comprobar la falsabilidad de las nociones de la Tierra esférica, no lo hacen desde el genuino interés de comprobar si eso es correcto o no. Lo hacen desde el deseo de demostrar que no lo es, y que en cambio su revolucionaria creencia sí que lo es. Aquí yace el problema: en realidad no se está cuestionando el conocimiento científico de una forma científica, sino de una forma que tiene más que ver con una fe irracional. No se afirman teorías en base a hechos, sino que se buscan hechos que confirmen teorías ya construidas, retorciendo, manipulando o ignorando los datos que apuntan en otra dirección. Este sesgo es el que es peligroso porque puede llevar a defender creencias irracionales, dañinas y peligrosas para todo el mundo.

 

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