Nihilismo y crítica cultural en siglo XIX: el caso de Padres e hijos

07/06/2019

Michael Parulava @parulava 

 

Durante el siglo XIX se llevó adelante una crítica radical al mundo occidental, que puso en duda la tradición y las ideas con las que generaciones pasadas habían convivido convivido de manera familiar y natural. Los movimientos políticos, culturales y económicos que surgieron entonces alteraron radicalmente el modo de pensar y de vivir y el mundo. Dentro de este contexto de crítica, la incertidumbre y la perplejidad vienen a instalarse en el seno mismo de las naciones. El objeto del presente artículo es analizar algunas de las causas que contribuyeron al proceso disolutorio de los grandes valores y conceptos occidentales a través de la novela Padres e hijos, del escritor ruso Iván Turgueniev (1818-1882). El nihilismo, la crítica de la cultura, la decadencia del individuo y la visión pesimista de la existencia humana vienen a ser, entre otros, los objetos principales a través de los cuales reflexionan los personajes de la obra. En esta época, el nihilismo es casi imparable. En unas líneas de Nietzsche se sintetiza el espíritu de la época: “Al final, el hombre se atreve a una crítica de los valores en general; no reconoce su origen; conoce bastante como para no creer más en ningún valor; he aquí el pathos, el nuevo escalofrío… La que cuento es la historia de los próximos dos siglos…”[1].

 

Padres e hijos (en ruso, Otsí i dietí) se publica en febrero de 1862 en la revista El Mensajero Ruso. Un tiempo después se traduce al francés y en 1894 se traduce al castellano. Nabokov la ha calificado como “la mejor novela de Turgueniev” y “una de las mejores obras de la literatura rusa del siglo XIX.”[2] La publicación de la novela, en su momento, generó agrias polémicas siendo criticado su autor por el fuerte nihilismo y cuestionamiento de valores tradiciones. Turgueniev se dedicó a la literatura con sutileza y refinamiento, pero lo hizo desde una perspectiva profundamente anclada en su contexto social y político: fue un observador penetrante y metódico de la sociedad y la naturaleza rusa, componiendo la novela mediante un conocimiento detallado de su país, sus costumbres, su idiosincrasia cultural, sus instituciones y su geografía. Precisamente, la novela está dedicada al crítico literario Visarión Bielinski, el teórico “del método sociológico en el análisis y comentario de los textos literarios. Según su teoría, debían ser juzgados como transposición de la dinámica de las clases sociales”[3].

 

El personaje principal de Padres e hijos es Yevgueni Bazarov. Observador escrupuloso de la realidad social, es médico y tiene un espíritu eminentemente científico y, sobre todo, materialista. De temperamento mordaz, irónico y sarcástico, se burla y ríe de los viejos hombres y de sus arcaicas ideas y valores. Bazarov encarna una nueva generación que se está gestando en Rusia: jóvenes intelectuales que pertenecen a lo que se ha llamado la intelligentsia, fenómeno que tuvo gran popularidad en el siglo XIX. En este movimiento confluyeron jóvenes receptores de ideas materialistas y de filosofías radicales que provenían de estratos humildes y malvivían en Moscú o en San Petersburgo. Con estas ideas, viajan y van hacia las capas más oprimidas y olvidadas del pueblo ruso. El escenario donde se desarrollan los sucesos de Padres e hijos se trata de la Rusia de 1859: dos años antes de la abolición de la servidumbre de la gleba y de la emancipación de los campesinos (los mujiks), también testigos y personajes principales en varias novelas de Dostoievsky y Tolstoi.

 

Los hombres de la intelligentsia creen que Rusia vive en el estancamiento social, cultural y político. Bazarov es el arquetipo de este proceso y Turgueniev así lo evidencia al definirlo como “el hombre nuevo”, “el héroe de nuestro tiempo”, estudioso, sacrificado, abnegado y luchador frente a la nobleza ociosa y perezosa. A partir de este modelo, Bazarov emprende una crítica a los valores morales de su tiempo, a los que considera arcaicos y anacrónicos. Este tema constituye uno de los puntos centrales de la novela: la crítica de los valores que representan los padres (de ahí el título de la novela). De este modo, se burla sin escrúpulos enfrente de los viejos: “Este hijo de medicucho no sólo no se cohibía, sino que contestaba de modo cortante y con desgana, y en el sonido de su voz había algo rudo, incluso descarado.”[4]

 

En una escena de la novela, Bazarov ve leer a su amigo Nikolai un libro de Alexander Pushkin, padre y fundador de la literatura rusa moderna. Al contarle a su compañero Arkadi esta situación, dice: “Anteayer me fijé y estaba leyendo a Pushkin –continuó entre tanto Bazarov–. Anda, explícale, por favor, que eso no sirve para nada. Si ya no es un chiquillo, es hora de que deje esas tonterías. ¡Vaya ganas de ser romántico en estos tiempos! Dale a leer algo más serio.”[5] Ante la pregunta de Arkadi sobre qué lectura puede recomendarle, Bazarov pronuncia categórico: “Buchner, Kraft und Stoff, para empezar”[6]. Ludwig Buchner fue un científico materialista del siglo XIX, en el cual defendió la superioridad del saber científico frente a la teología y la metafísica. En los círculos intelectuales de la época, Kraft und Stoff –en castellano Fuerza y materia– gozó de amplia popularidad.

 

Al mismo tiempo, Bazarov se jacta de tener un conocimiento profundo del pueblo ruso que los veteranos no tienen. Es amigo de los campesinos, los sabe tratar, conoce sus miserias y sufrimientos, sus desdichas y sus necesidades: “Mi abuelo labraba la tierra –contestó Bazarov con altivo orgullo–. Pregunte a cualquiera de sus campesinos, en cuál de nosotros, en usted o en mí, reconoce a sus compatriotas. Usted no sabe ni hablar con ellos[7]”, le dice a un viejo. En este sentido, la nueva generación de hombres que representa Bazarov, además de criticar fuertemente los valores pasados en el plano moral, también lo hacen en materia política: promueven la liberación de los campesinos y denuncian el horror de la opresión de la nobleza y de las autoridades. Los “viejos” son calificados como “aristócratas” y “señoritos” que les “son indiferentes al pueblo y “no tienen más que amor propio”, por lo que son personas pasivas y no generan nuevos horizontes de pensamiento ni de acción. En paralelo, en el ámbito cultural, en vez de leer poemas y dedicarse al arte –actividades que no son más que “romanticismo, tontería, podredumbre, literatura”[8]–, estudian libros científicos con ideas preferentemente materialistas.

 

El tema capital que atraviesa la novela es la cuestión del nihilismo. Bazarov asume explícitamente una postura nihilista. Niega los valores y los principios tradicionales: “Aristocracia, liberalismo, progreso, principios –dijo mientras tanto Bazarov-. ¡Tú imaginas cuántas palabras exóticas… e inútiles!”[9] Cuenta Pável, uno de los viejos, que Bazarov “no cree en los principios, pero en las ranas sí cree”[10] –en referencia a la afición de este por estudiarlas y diseccionarlas. Niega a los padres, con todo lo que representan: el orden, la experiencia, la tradición, la supuesta sabiduría proveída por los años, el respeto que hay que consagrarles, etc. Niega la autoridad y el poder: en una tertulia le respondió a un hombre que “yo le daré a usted la razón –añadió levantándose– cuando me muestre al menos una sola institución en nuestra vida actual, familiar o social, que no merezca un completo y total rechazo.”[11] No cree en las convenciones sociales: a su amigo Arkadi le reprocha que “todavía le das importancia al matrimonio. No esperaba eso yo de ti”[12] No depende más que de él mismo, se autoafirma como soberano de sí, puesto que “cada hombre tiene que educarse a sí mismo.” Es “el espíritu que todo lo niega”, como sentenció Mefistófeles en el Fausto de Goethe. Como no cree en nada, lo que acepta como válido previamente lo somete a un riguroso análisis científico de experimentación.  En este sentido, en la novela hay un diálogo que evidencia la cuestión del nihilismo. El tío de Arkadi le pregunta a su sobrino que defina a su amigo Bazarov. Arkadi contesta: “Es nihilista”. “Nihilista –balbució Nikolái-. Eso viene del latín nihil, nada, por cuanto puedo juzgar; entonces, esta palabra define a un hombre que… ¿que no reconoce nada?” Pável, ante este comentario, apunta que el nihilista es la persona “que no respeta nada”. A lo que Arkadi responde: “Que lo considera todo desde el punto de vista crítico”. Ante esta respuesta, Pável pregunta si es lo mismo. Y Arkadi concluye: “No, no es lo mismo. El nihilista es un hombre que no se doblega ante ninguna autoridad, que no acepta ningún principio como artículo de fe, por grande que sea el respeto que se dé a este principio.”[13]

 

Se ha debatido bastante sobre el origen del concepto de nihilismo. Turgueniev se adjudicó el mismo su invención. Ahora bien, como refiere el filósofo italiano Franco Volpi, el término hizo su aparición bastante antes. En 1829, el crítico ruso Nadezdin escribió un artículo titulado “La asamblea de los nihilistas”, definiendo a éstas personas como la que nada saben y nada creen. Posteriormente, Mijail Katkov –periodista que luego sería director precisamente del El Mensajero ruso–, lo utilizó cuando escribía para El Contemporáneo, tradicional revista que había fundado Pushkin. Entretanto, Nikolai Cernysevski, en su novela ¿Qué hacer?, de 1863, apuesta por una negación radical de los principios tradicionales. No obstante, Turgueniev fue el que hizo conocido y popular el apelativo nihilismo, y a causa de sus escritos se expandió con rapidez por toda Europa. Como apunta Volpi, la paternidad del concepto es más presunta que efectiva, pero “se le ha de reconocer, de cualquier manera, si no la paternidad, el mérito haber hecho popular el término.”[14]

 

En conclusión, Padres e hijos es una obra clave para comprender el proceso de desintegración, de crítica y nihilismo que recorre Europa en la segunda mitad del siglo XIX. Ahora bien, si bien el nihilismo se caracteriza por una faceta, indudablemente, negativa, crítica y destructiva, cabría pensar que cuenta, al mismo tiempo, con una perspectiva positiva: la crisis radical que vive Bazarov es el signo de la enfermedad de la moral de su tiempo que es necesario, justamente, transformar. Si el mundo ya no tiene sentido, entonces es preciso dotarlo de un nuevo sentido y de nuevos valores, en suma: de una nueva moral

 

 

 

[1] Nietzsche, Friedrich, 1988, XII, 56-57, citado en Volpi, Franco, El nihilismo, Editorial Bilblos, Buenos Aires, 2011, p. 16.

[2] Nabokov, Vladimir, Curso de literatura rusa, Del Nuevo Extremo-RBA, Buenos Aires, 2010, p. 133.

[3] Zuñiga, Juan Eduardo, Estudio preliminar, en Turgueniev, Ivan, Padres e hijos, Austral-Espasa Calpe, Madrid, 2007, pp. 17-18.

[4] Ibíd., p. 66.

[5] Ibíd., p. 87.

[6] Ibíd., p. 87.

[7] Ibíd., p. 93.

[8] Ibíd., p. 75.

[9] Ibíd., p. 91.

[10] Ibíd., p. 65.

[11] Ibíd., p. 97.

[12] Ibíd., p. 84.

[13] Ibíd., p. 63-64.

[14] Volpi, Franco, El nihilismo, op. cit., p. 22.

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