El futuro de nuestra ganadería y la sostenibilidad medioambiental

07/06/2019

Stijn te Strake @stijntestrake

 

La actividad ganadera ha sido en ocasiones apuntada como uno de los motivos confluyentes en el deterioro de las condiciones medioambientales de nuestro entorno. Su impacto en el consumo de ingentes recursos hídricos; los piensos obtenidos a partir de proteína vegetal procedente de monocultivos; la necesidad creciente de áreas dedicadas a pastizales; la gestión de los residuos líquidos y sólidos o la implicación cada vez más sofisticada de la industria química, farmacéutica, conservera y de medios de transporte en los procesos de cría, transformación y comercialización inherentes al sector ganadero, lo ha señalado como uno de los más importantes agentes en el proceso de degeneración del entramado medioambiental y culpable de una importante cuota de participación en el cambio climático. Si a esta participación de la economía ganadera en la degradación medioambiental le añadimos otro tipo de aspectos controvertidos como el trato que reciben los animales dentro del sistema de producción ganadera actual, el resultado es un mayor rechazo al sistema productivo genérico y un progresivo avance de otras formas de consumo y alimentación que prescinden de productos cárnicos.

 

Sin embargo, sería absolutamente injusto acusar a la ganadería en su conjunto de los conflictos medioambientales o de bienestar animal generados por su actividad. Estos conflictos nacieron a la par que el desarrollo de la ganadería intensiva, altamente industrializada, que representan a una parte pequeña de los ganaderos pero que incluye a la inmensa mayoría de los animales dedicados a la producción de proteína cárnica barata. Las enormes unidades productivas, las macrogranjas, implican una concentración de residuos de tal magnitud que su manejo es imposible en un marco de gestión local sostenible medioambientalmente. Por otra parte precisa de enormes flujos de recepción de recursos e insumos imposibles de adquirir en el ámbito comarcal en una cantidad o precio interesante para la empresa que, en consecuencia, los obtendrá e importará desde el mercado internacional anulando el posible impacto económico multiplicador en las economías locales. La producción ganadera a gran escala requiere una homogeneización y estandarización de todo el sistema productivo. Por este motivo exige una mecanización de los procesos y una dependencia tecnológica siempre a merced de la continua evolución de la maquinaria que rápidamente queda obsoleta y debe ser reemplazada por nuevas y más productivas versiones si se desea sobrevivir en este contexto. La ganadería intensiva se desvincula de condicionantes naturales, climáticos o geográficos funcionando como un apéndice del sector industrial, como una industria más, participando también de su cuota de contaminación.

 

Además de la industrialización e intensificación, este tipo de ganadería requiere necesariamente de una estandarización del tipo de animales y de una uniformización de los tratamientos sanitarios y de seguridad alimentaria. Bajo este paraguas la industria química farmacéutica y la genética han entrado de lleno y se han convertido en pieza básica de cualquier sistema ganadero intensivo. Como consecuencia, este tipo de granjas son hasta cierto punto responsables de la pérdida de biodiversidad genética y de los problemas de supervivencia de razas autóctonas que se adaptan mal a la intensificación o que en términos economicistas resultan menos rentables, y cuyo empleo va abandonándose. El exceso de medicamentos necesarios para asegurar la salud de los animales en condiciones de cría y engorde a gran escala también tiene efectos nocivos para el medioambiente por la resistencia antimicrobiana que genera en los seres vivos, incluidos los humanos.

 

Además del impacto medioambiental de los sistemas ganaderos intensivos, existe también un fuerte impacto negativo en las economías rurales de las comarcas en las que se instalan. Contrariamente a lo que pueda parecer, las macrogranjas no generan riqueza sino más carencias y, a la larga, más despoblamiento. La instalación de una granja intensiva generará un puñado de puestos de trabajo de alta cualificación tecnológica pero pagando el precio de la desaparición del amplio entramado de ganadería tradicional local imposible de mantenerse en una lucha de precios. Por otra parte los beneficios obtenidos desde la ganadería intensiva no revierten en las comunidades rurales de origen sino que sus criterios y procesos de reparto y difusión de riqueza están absolutamente deslocalizados.

 

En nuestra sociedad desarrollada hemos experimentado dos tipos de intensificación ganadera. La primera apareció a mediados del siglo pasado y nació como consecuencia de la necesidad de alimentar a una población creciente con unos productos de bajo coste y bajo precio. La cantidad y el precio primaban sobre la calidad  a la hora de tomar decisiones empresariales en el sector ganadero. Sin embargo con el paso del tiempo los consumidores han evolucionado en sus actitudes y motivaciones a la hora de comprar un producto procedente del sistema ganadero. Ahora hay aspectos que priman cada vez más y que, además del precio, también se tienen en cuenta en el acto de la compra. Entre todos ellos se ha alzado de forma destacada el bienestar animal. Las consideraciones éticas sobre el trato que reciben los animales de granja forman parte ya ineludible del término “calidad” a la hora de adquirir un bien alimenticio. El tejido empresarial, ganaderos, industria y distribuidores se han percatado de este cambio y han introducido cambios en el sistema intensivo tradicional para adaptarse a él. Así nace la segunda oleada de intensificación ganadera que no va dirigida a la producción convencional sino que afecta a producciones que nos publicitan como “alternativas” en lo que a bienestar animal se refiere pero que participan de los mismos errores y problemas de la intensificación tradicional. Ahora hay granjas con cientos de miles de pollos o gallinas ponedoras “libres de jaulas” que siguen reproduciendo los adversos efectos medioambientales ya descritos y que además tampoco garantizan que el pollo o la gallina “fuera de la jaula” viva mejor que cuando estaba en ella. Eso sí, como ganadería intensiva que es, sigue apostando por la reducción máxima de costes y por poner en el mercado un producto supuestamente “alternativo”, más atractivo para el nuevo consumidor urbano, a bajo precio.

 

Mientras tanto, ¿qué ha pasado con la ganadería tradicional? Como ha quedado explicado, los problemas medioambientales derivados de la intensificación ganadera se producen básicamente como consecuencia del aumento de la dimensión de la unidad productiva sin base en los recursos locales y cuya gestión obliga a la mecanización y a la estandarización de especies animales y procesos productivos. La ganadería tradicional al seguir anclada en los recursos y condiciones locales, no ha seguido la pauta de crecimiento ilimitado en sus dimensiones y, por lo tanto, no se le puede atribuir responsabilidad alguna en la degeneración de los ecosistemas ni en el deterioro medioambiental. Sería completamente injusto. La ganadería tradicional además sí está imbricada en el tejido social y económico local y es un elemento clave en el desarrollo rural y en la fijación de población en el mundo rural.

 

La primera intensificación supuso un primer ataque a las formas de gestión ganadera tradicionales ya que colocó en el mercado productos a precios mucho más bajos de los que hasta entonces habían permitido sobrevivir al ganadero tradicional. En una competición “a precio” la ganadería intensiva siempre tuvo todas las opciones de ganar, y ganó. Las ganaderías tradicionales que a duras penas lograron sobrevivir fueron conscientes de este hecho y acudieron a un nuevo nicho de mercado, un nicho en el que ofrecían unos valores añadidos, diferentes del precio, y que les permitía diferenciarse del producto masivo y percibir una retribución acorde con el reconocimiento del esfuerzo y la identificación de esos valores. Sin embargo el segundo proceso de intensificación, el de la supuesta ganadería “alternativa”, puede hacer desaparecer estas formas de ganadería tradicional. Esta nueva oleada de intensificación se ha apropiado de los valores añadidos que son propios de la ganadería tradicional, como el bienestar animal, los publicita de forma eficaz, y engañosa casi siempre, y los vende, una vez más, a bajo precio. A un precio que desbancará al auténtico depositario de esos valores, el ganadero tradicional. Fruto de la segunda intensificación el mercado se plagará de productos alternativos, unos reales (procedentes del ganadero tradicional) y otros pretendidos (los procedentes de la intensificación), más baratos. El consumidor se encontrará perdido en esta vorágine que uniforma injusta y falsamente, el concepto de alternativo.

 

Es urgente separar el grano de la paja y poder crear un sistema en el que el auténtico producto alternativo se identifique e individualice en el mercado. Por este motivo nace una iniciativa, pionera en España, por la que ANDA, una ONG de defensa de animales, y AVIALTER, la asociación que representa a la producción avícola alternativa tradicional, unifican sus esfuerzos para crear un sello de garantía “Bienestar animal avalado por ANDA” que incluye altos requisitos medioambientales, de desarrollo rural y de bienestar animal comprobables, verificables y garantizados. Necesariamente los productos avalados por este sello son más caros que los procedentes de la intensificación en su versión original o en su reinvención “alternativa”. Un sistema productivo respetuoso con el medio ambiente, con los animales y que se integre en el desarrollo rural tiene un valor y un precio. No existen productos alternativos reales baratos. Eso es un engaño para un consumidor urbano que a lo mejor tiene que ir asumiendo que debe comprar menos productos de origen animal y pagar más por cada unidad adquirida asegurándose de que actúa de forma responsable en el acto de compra. Por el bien de los animales, por el bien del medio ambiente y por la misma pervivencia de nuestro mundo rural.

 

*Alberto Díez  es directo de la Asociación Nacional Defensa Animales (ANDA)

 

 

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