¿Más rascacielos, menos libertades? Una introducción a la teoría de los elefantes blancos

10/05/2019

David Rodrigo / @david__r

 

En el momento en que escribo estas líneas (mayo de 2019), siete de los diez edificios más altos del mundo se encuentran en países no democráticos. Sólo la Lotte World Tower en Seúl, el One World Trade Center de Nueva York y el rascacielos más alto de Taiwán, la torre Taipei 101, escapan a esta generalización. Actualmente, el edifico más alto del mundo es el Burj Khalifa, cuyos más de 800 metros se erigen imponentes sobre la ya de por sí imponente Dubai. No obstante, incluso si pasamos de los edificios completados a los edificios planificados o en construcción, los resultados se mantienen relativamente estables. De los 20 más altos, 11 se construirán – asumiendo que los planes se lleven a cabo exitosamente, algo ciertamente arriesgado en el caso de los rascacielos - en China, tres en Estados Unidos y dos en Arabia Saudí. Los tres restantes, en Tailandia, Malasia y Egipto. Es decir, 13 de ellos en países claramente no democráticos. En 2020, la Jeddah Tower, en Arabia Saudí, adelantará al Burj Khalifa con una altura estimada de 1000 metros[i].

 

Por lo visto, a los autócratas parece gustarles construir en las alturas. Curiosamente, esta tendencia se desvanece si en lugar de edificios hablamos de las estructuras más altas. En este caso, sólo 3 de las 20 más altas se encuentran en países carentes de libertades políticas: la mayoría de ellas gigantescas torres de radio y televisión desperdigadas a lo largo y ancho de los Estados Unidos. Esto sugiere que lo importante no es la altura en sí, sino algo más. No se trata, pues, de construir cosas muy altas, sino que lo relevante es el tipo de cosas que se construyen. Básicamente, lo que parece atraer la atención de autócratas y dictadores es la construcción de rascacielos; es decir, de edificios muy altos. Ahora bien, como el lector podrá imaginarse, esta es una categorización bastante pantanosa. Para empezar, qué cuenta cómo un edificio muy alto es en buena parte dependiente de que otros edificios se hayan construido. En un planeta donde la altura media de los edificios rondara los 1000 metros, el Empire State Building, con una altura máxima de 443 metros, no parecería un edificio excesivamente alto. Pero este problema tiene fácil solución: basta con reconocer que este tipo de afirmaciones son siempre relativas a un momento concreto. Por esa misma razón este texto comienza con “En el momento en que escribo estas líneas”[ii].

 

¿Es esta tendencia una mera coincidencia? ¿Es el deslumbrante skyline de Hong Kong – la ciudad, por cierto, con un mayor número de rascacielos – un accidente? Para los científicos políticos Carl Henrik Knutsen y Haakon Gjerløw, la respuesta es no. En un interesante artículo, titulado “Autocrats and Skyscrapers: Modern White Elephants in Dictatorships”[iii], Knutsen y Gjerløw argumentan que la relación entre el número de rascacielos y el nivel de democratización de un países no es incidental. Los autócratas y los dictadores tienen una serie de incentivos para construir este tipo de estructuras de las que los líderes de los países democráticos carecen (o en el caso de tenerlos, existen importantes contrapesos que neutralizan la inercia de dichos incentivos). Esta correlación, además, se mantiene incluso cuando los investigadores controlan factores tales como el nivel de urbanización o el tamaño de la población.

 

La hipótesis de Knutsen y Gjerløw es consistente con algunos estudios sobre democracia y desarrollo económico, que concluyen que el nivel de acumulación de capital físico en las democracias es menor que el que se dan en sistemas rivales. Por ejemplo, en un estudio realizado en 2001 Jose Tavares y Romin Wacziarg afirmaban que los resultados obtenidos abalaban la tesis de que “las instituciones democráticas son receptivas a las peticiones de los segmentos más pobres de la sociedad, incrementando así el acceso a la educación y reduciendo la desigualdad de ingresos, pero esto sucede a expensas de la acumulación de capital físico”[iv]. Es decir, bienes como ordenadores, maquinaria, y edificios.

 

Pero, ¿por qué debería suceder esto? Knutsen y Gjerløw sostienen que, por regla general, los autócratas poseen incentivos (o, por lo menos, los desincentivos son menores) para embarcarse en la construcción de “elefantes blancos”: esto es, inversiones costosas pero socialmente improductivas. Y los rascacielos, añaden, son muchas veces elefantes blancos, dado que son enormemente caros de construir y sus rendimientos no siempre son los esperados[v]. De hecho, una de las variables que los autores tienen en cuenta es la llamada altura por vanidad (vanity height): cuanto mayor sea la distancia entre la última planta habitable de un edificio y su altura máxima, mayor será la probabilidad de que ese edificio sea un elefante blanco. O, como mínimo, que tenga, “toques blanquecinos”.

 

Esta diferencia en la estructura de incentivos de los líderes de países democráticos frente a la de autócratas y dictadores es potencialmente explicable a través de tres mecanismos. En primer lugar, las democracias, si funcionan correctamente, proporcionan mecanismos de rendición de cuentas que permiten a los votantes echar a sus gobernantes si estos derrochan su dinero en estructuras inútiles. Por supuesto, esto exige que los ciudadanos sean conscientes de la existencia (y los costes) de la obra en cuestión, algo que en muchos casos no se da. En la mayoría de democracias, los ciudadanos presentamos elevados niveles de ignorancia política (o incluso, en algunos casos, actuamos de manera puramente irracional). Como decía Philip Converse, uno de los pioneros en el estudio de la competencia política, "por lo que respecta a la información política, la media es muy baja pero la varianza es muy elevada"[vi]. Por lo tanto, tenemos razones para sospechar que este mecanismo tiene, en el mejor de los casos, un alcance bastante limitado. En segundo lugar, las democracias poseen también un sistema de pesos y contrapesos que permite que la ambición de los primeros ministros y presidentes (que pueden estar más dispuestos a embarcarse en este tipo de inversiones) sea contrarrestada por la prudencia de los gobernantes locales (que pueden verse más afectados por el rechazo de sus votantes frente a obras inútiles en sus regiones). Para que suceda esto, claro, es necesario que los votantes sepan diagnosticar los gastos inútiles, y que además sean capaces de atribuir las responsabilidades adecuadamente. También es relevante, por el otro lado, el grado de influencia que los políticos locales pueden tener sobre aquellos que se encuentran en un nivel superior de toma de decisiones. Por último, los autócratas suelen recibir apoyo de un grupo muy reducido de la población (generalmente grupos de ingresos muy elevados), por lo que suelen tener incentivos para contentarlos a base de proyectos potencialmente beneficiosos para ellos (pensemos en todas las oportunidades de corrupción que la construcción de un rascacielos genera).

 

Cada uno de estos mecanismos tiene sus problemas (idealizaciones excesivas, por ejemplo), y no todos ellos están completamente ausentes en países no democráticos. Sin embargo, los autores consideran que son suficientes para proporcionar como mínimo los pilares de una explicación a la correlación entre el número de rascacielos y el nivel de democratización que no la impute exclusivamente al azar. Evidentemente, estas explicaciones “estructurales” no agotan los incentivos de los políticos de carne y hueso, que pueden querer construir elefantes blancos por motivos muy diversos, como por ejemplo señalar la buena salud de su régimen, con el objetivo de ganar apoyos o, como mínimo, de disuadir a potenciales disidentes. Un ejemplo bastante ilustrativo (y fallido) es el Hotel Ryugyong, en Pyongyang. Con 330 metros de altura, el edificio más alto de Corea del Norte. Originalmente concebido como una respuesta a la construcción en 1986 del hotel más alto del mundo (el Westin Stamford Hotel en Singapur),  por parte de una empresa surcoreana, el Hotel Ryugyong aún permanece, a día de hoy, completamente deshabitado[vii].

 

Independientemente de los detalles del argumento de Knutsen y Gjerløw, su tesis general no debería resultarnos extraña. Que la arquitectura y el poder político están estrechamente relacionados es algo que ya sabíamos desde hace tiempo, y que ni siquiera el skyline de Hong Kong debería hacernos olvidar. Al fin y al cabo, Burj Khalifa puede traducirse como "Torre de Jalifa". Y el Jalifa en cuestión no es otro que Jalifa bin Zayed Al Nahayan, presidente de los Emiratos Árabes Unidos. Ya van captando el mensaje.

 

 

 

[i] Esta información puede consultarse en la web: https://www.skyscrapercenter.com/, una enorme base de datos sobre rascacielos.

[ii] Otra posible fuente de arbitrariedad tiene que ver con la imposibilidad de trazar una distinción muy clara entre edificios y otros tipos de estructuras. O, mejor dicho, esta distinción sí existente, pero es completamente artificial. De acuerdo con el Council on Tall Buildings and Urban Habitats, una estructura cuya altura por vanidad (esto es, la distancia entre la última planta habitable de un edificio y su altura máxima, incluyendo agujas y mástiles) supere el 50% de su altura total no cuenta como un edificio (al menos no como un rascacielos). En el caso del Burj Khalifa, por ejemplo, la proporción es de un 29% (244 m). Pero, de nuevo, esta arbitrariedad no tiene por qué ser devastadora, pues es evidente que una estructura sin una sola planta habitable no será percibida como un rascacielos.

[iii] Knutsen, Carl Henrik y Gjerløw, Haakon . 2017. “Autocrats and Skyscrapers: Modern White Elephants in Dictatorships”, Working Paper. Accesible a través de: https://www.researchgate.net/publication/316271486.

[iv] Tavares, Jose and Romain Wacziarg. 2001. “How democracy affects growth." European Economic Review 45(8):1341-1378; 1372.

[v] Aunque como los propios autores reconocen, esto es bastante difícil de determinar. Para empezar, porque en muchos casos no disponemos de datos suficientes para estimar sus rendimientos económicos.

[vi] Converse, Philip. 2000. "Assessing the Capacity of Mass Electorate", Annual Review of Political Science 3: 331-353; 331. Para dos discusiones recientes del problema, en el contexto del sistema estadounidense, véase Lupia, Artur. 2015. Uninformed: Why Voters Know So Little About Politics and What Can Be Done. Nueva York: Oxford University Press, y Somin, Ilya. 2013. Democracy and Political Ignorance: Why Smaller Government is Smarter. Stanford: Stanford University Press.

[vii] Para una breve introducción, véase: https://allthatsinteresting.com/ryugyong-hotel.

Compartir en Facebook
Compartir en Twitter
Please reload

Buscador

Entrevistas

Qué opinan las voces más destacadas sobre los asuntos más candentes.s

Series

Diversos temas tratados con mayor profundidad y extensión en formato de series de artículos monotemáticos

colabora.jpg

¿En desacuerdo con este artículo?

Si quieres quieres criticar o complementar este texto, si no compartes su perspectiva, no lo dudes, haznos tu propuesta a la redacción.

Please reload

Revista Libertalia

Filosofía y Humanidades

  • Twitter - Revista Libertalia
  • Facebook - Revista Libertalia
  • LinkedIn - Revista Libertalia
  • SoundCloud - Revista Libertalia

Revista Libertalia es un proyecto sin ánimo de lucro ni línea editorial centrado en la filosofía y las humanidades.

 

Nuestro objetivo es promover la reflexión seria y profunda entre gente joven de dentro y fuera de la academia, tratando los diversos temas de forma compleja, pero con un lenguaje claro y directo.

 

Si estás interesado en colaborar con nosotros no lo dudes, enviándonos tus textos; nuestro equipo estará a tu disposición para acompañarte en el proceso de edición y publicación;  o bien ayudándonos a financiarnos a través de Patreon. 

Recibe la Newsletter