La bio-lencia patriarcal: el feminismo y lo político

Ben Wicks @profwicks


El tratamiento de la violencia de género por parte de las instituciones sigue insistiendo en ver a la mujer como un ser débil, atontado y sumiso, atrapado en una suerte de adicción al maltrato. La desintoxicación, por tanto, dependería de la fuerza de voluntad de quien padece tal estado de obnubilación, que se habría dejado llevar por los mitos del amor romántico y otras ficciones. Polémicas han sido ciertas campañas de concienciación[1] que ponen el foco en la víctima, como la de "¡Mamá, hazlo por nosotros, ¡Actúa!; Abre los ojos, o ¿hasta cuando vas a aguantar? (2015-2018)" o la cartelería que el Ministerio de Sanidad tuvo que retirar en 2017 por prácticamente afirmar que la violación era causada por el abuso del alcohol por parte de las mujeres[2]. Progresivamente, las campañas se han ido modificando hasta enfocarse en el entorno que rodea a las víctimas, llamando a vecinos y amigos a denunciar: "¿A qué esperas? ¿a que la mate? No mires a otro lado." 

 

Si bien es cierto que la violencia de género atañe a la sociedad en su totalidad, se trata de un problema mucho más complejo que una simple caída de la venda de los ojos, donde intervienen muchos más factores que la simple voluntad por salir de esa situación. La falta de protección de las mujeres que denuncian, su vulnerabilidad económica, la inseguridad, la poca confianza en el sistema judicial, el estigma que supone, así como el sufrimiento que puede implicar la sensación de abandono de la familia o un supuesto egoísmo por romper la pareja, son factores a tener muy en cuenta a la hora de analizar la dificultad por salir de la violencia de género. Por otra parte, el maltratador, dentro de este imaginario, se percibe como un ser monstruoso y enfermo que posee unos caracteres biológicos específicos, agresivo y celoso, que para nada se correspondería con los parámetros del hombre normal. De ahí el rechazo cada vez mayor por parte de algunos sectores de asumir la problemática del género, puesto que los hombres, los de verdad, no son de esa manera. En consecuencia, tampoco se sientan interpelados por las leyes contra la violencia de género, sino más bien discriminados por aquellas feministas histéricas y exacerbadas empeñadas en medir a todos los hombres con el mismo patrón.

 

Las campañas de concienciación apenas inciden en las actitudes y comportamientos legitimados socialmente que son el caldo de cultivo para el maltrato, como los llamados micromachismos, las actitudes paternalistas, los polémicos piropos,  el denominado mansplaining[3], el control de la pareja,  o comentarios en tono jocoso muy aceptados socialmente que menosprecian lo femenino y refuerzan el sentimiento de incapacidad y escasa valía de las mujeres, y de quien mantenga actitudes a ellas atribuidas.  Con todo, si bien es cierto que el concepto de violencia de género ayuda a explicar la violencia que se ejerce contra las mujeres por el hecho de serlo, no es menos cierto que ha dejado de visibilizar la construcción social profundamente arraigada que yace tras la misma. Es decir, las mujeres, por ser mujeres, sufren un tipo de violencia no reductibles a la violencia en el hogar por parte de sus parejas o exparejas que subsisten a través de la invisibilización de los mecanismos sociales y culturales que perpetúan los roles sociales desde la infancia y que aún hoy encasillan a las niñas en el significado tradicional de mujer como objeto y no como sujeto. Desde la educación temprana, un niño ya aprende que hay comportamientos que son de nenas, en el sentido peyorativo de la palabra y que él, como varón, ha de ocultar ciertas emociones y sentimientos, ser valiente, un poco bruto, ayudar a su madre y a sus hermanas, y jugar con cochecitos y pelotas de fútbol. Las nenas, por el contrario, han de ser delicadas y presumidas, preocuparse por su aspecto y por mantener la compostura, dejarse ayudar y jugar con muñecas, carritos de bebé y a las cocinitas. Y es que, en contra de lo que pueda parecer, no hay un instinto biológico que lleve a las niñas a pintarse las uñas y a los niños a pelearse.

 

Así las cosas, bell hooks[4][5] (1952), escritora feminista y activista social, rechaza el concepto de violencia de género, para reivindicar el término de violencia patriarcal. Mientras el primero sigue insistiendo en la existencia de dos géneros perfectamente divisibles: los hombres, que concentran todo el monopolio de poder y violencia, y las mujeres, que carecen del mismo; el segundo término hace referencia a lo estructural de tal violencia, que hace que las desigualdades se transmitan de forma intergeneracional a través de la familia, el cine, la escuela, la literatura, la publicidad, la religión, el ocio, el deporte, etc.  

 

Bajo esta concepción, el patriarcado, es pensado como un sistema de dominación que, si bien ha afectado y sometido a las mujeres de forma sistemática, afecta de igual manera a los hombres, victimas también del sistema, ya que tiene que ver con la violencia inherente a la construcción social de la masculinidad. Así pues, los hombres han de convertirse en figuras de autoridad, de éxito, constituirse en líderes perfectamente competentes que lleven las riendas de sus vidas y de todos los que tienen alrededor. Ser responsables de sus familias, de sus mujeres, madres y hermanas, hacerse cargo de la situación y llegar a ser, en definitiva, hombres hechos y derechos. Modelo al que las mujeres han de asimilarse si quieren obtener la tan ansiada igualdad. Modelo que se ha extrapolado a la forma de organización de las sociedades. La cooperación y el cuidado mutuo no son eficientes, y por ello, el sistema de competitividad agresiva centrado en la explotación y el sometimiento de los otros es el único modelo de sociedad razonable dentro de lo que nos han dicho que es un mundo caracterizado por la beligerancia y el egoísmo. Sin embargo, tal y como reclama Rebecca Grant (1991) [6] siguiendo a Carole Pateman (1988)[7] las teorías del contrato social originario que dieron lugar a nuestras democracias están basadas, desde Hobbes hasta Rousseau, en términos que dichos autores asumían como características masculinas naturales: la agresividad en Hobbes y la racionalidad en Rousseau. Las teorizaciones de lo que es el hombre y como debe organizarse, fueron realizadas desde visiones androcéntricas en las cuales la mujer, como ser diferente, inferior y más débil, sin instinto agresivo ni capacidad de razón, no tenía voz ni voto. Las mujeres no formaron parte de estas abstracciones, ya que sus supuestas características biológicas las excluían de lo social, recluyéndolas fuera del mundo del ser humano civilizado, y con un rol muy específico atendiendo a sus características también naturales: la reproducción y el mantenimiento de la familia. Así Rousseau afirmaría en El Emilio (1762) que la educación de las mujeres debe encaminarse siempre a hacer más agradables y fáciles la de los hombres.

 

De este modo, no es de extrañar que los diversos nacionalismos que se están sucediendo por todo el mundo reclamen un modelo familiar que se cree corrompido por la sociedad contemporánea, con un discurso muy parecido al que reclamarían los fundamentalismos religiosos de la última década. Piénsese por ejemplo en las recientes reivindicaciones de VOX en pro de la “familia natural”, en contra de las unidades homoparentales o monoparentales en base al supuesto derecho del niño a tener “una madre y un padre “. La mujer, al verse incluida en una esfera pública de la que no formaba parte, habría corrompido su naturaleza y abandonado su lugar en el orden natural de las cosas.

 

Similarmente, la filósofa y escritora econfeminista Vandana Shiva (1952), relaciona este pensamiento con la explotación de la tierra y los indígenas. Todo aquel que se escapa de la norma-lidad del varón blanco, heterosexual, y habitante de ciudades es objeto de violencia y sumisión, incluida la naturaleza y todos los seres vivos. Igualmente, otras escritoras alinean el patriarcado con el capitalismo, el especismo, y, en definitiva, con cualquier tipo de explotación. Es por ello que cabe hablar de una violencia que se ha vuelto patológica, al enquistarse en el proceso de socialización de las personas y viciar su relación no solo con las personas de otro sexo, sino todos los ámbitos de la vida. Por todo lo expuesto, resulta iluminador hablar no de violencia sino de bio-lencia, dado que se trata de una forma de opresión cuyas consecuencias son la transmisión de las desigualdades como si de caracteres genéticos se tratara.

 

Por eso, lo que se cuestiona desde algunos sectores del feminismo, no son sólo los roles de género, sino el sistema patriarcal en su conjunto. Así, y bajo esta perspectiva, el feminismo consistiría en algo más que en conseguir la igualdad entre ambos sexos. Tal y como proclamaba hooks, se trataría más bien de una lucha contra el sistema de dominación que puede llevar a cabo cualquiera que no quiera seguir estando sometido. Por ello se viene insistiendo en perspectivas colaborativas y no de competitividad, no jerárquicas y de respeto mutuo. De este modo, las Políticas Públicas basadas en modelos feministas no significan simplemente un mayor número de mujeres en las estructuras y aparatos de toma de decisiones, ni mucho menos centradas exclusivamente en la maternidad y en la facilitación de la misma, tal y como se vienen enfocando hasta ahora en las agendas gubernamentales. La perspectiva de género implica una forma de mirar diferente a la que lleva siendo privilegiada hasta ahora[8], que promueva dinámicas y procesos que incidan en la estructuralidad de las desigualdades y pongan punto y final a la transmisión intergeneracional de las mismas. En definitiva, una perspectiva no masculinizada que en lugar de poner en relieve las características agresivas y competitivas del ser humano, subraye que la cooperación, la tolerancia, y el cuidado mutuo son más eficientes no sólo para la mera supervivencia, sino para que la vida sea efectivamente vivible, algo que no parece posible desde el actual sistema de opresión patriarcal.

 

 

 

[1] https://www.mscbs.gob.es/campannas/campanas17/violenciaGeneroHaySalida.htm

[2] https://www.eldiario.es/rastreador/Sanidad-asegura-vincula-violaciones-difundido_6_709089090.html

[3] Explicar algo de una manera condescendiente y paternalista

[4] Escrito por ella misma en minúsculas, para resaltar el contenido de lo escrito y no de quien lo escribe.

[5] Hooks, b. (2015) Feminism is for everybody. Passionate Politics. New York: Routledge.

[6] Grant, R. and Newland, K. (eds.) (1991). Gender and International Relations. Bloomington: Indiana University Press.

[7] Pateman, C. (1995) El Contrato sexual. Rubi: Anthropos

[8] Implica además metodologías que tengan en cuenta la interseccionalidad de las desigualdades, es decir, el hecho de que las personas que son objeto de discriminación no simplemente poseen una característica que las discrimina, sino que a menudo interactúan varias. El sexo se relaciona con la raza, con la clase social, con la edad, con el nivel de estudios, volviendo en determinados casos muy difícil evitar la marginalidad. Por ejemplo, no es lo mismo ser mujer con un nivel adquisitivo elevado, que mujer sumida en la pobreza y la precariedad, igual que no es lo mismo ser hombre afroamericano que occidental. La segregación y la discriminación tiene múltiples rostros que es necesario tener en cuenta para captar la raíz de la problemática a un nivel verosímil. 

 

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