El mito de la “función social y medioambiental” de la caza

25/04/2019

Ray Hennessy @rayhennessy


Con las elecciones a la vuelta de la esquina, la irrupción de VOX y el auge de PACMA, la caza deportiva y su prohibición vuelve a ser debate. Junto con “el respeto por la tradición y la cultura rural” el argumento principal con el que se defiende esta actividad es su hipotética función social. Pues bien, ¿es necesaria y deseable mantenerla como medida de control de poblaciones?

 

Parto de la base de que matar y maltratar animales a modo de entretenimiento o diversión, es moralmente reprobable e injustificable. No obstante, los cazadores se oponen a esta categorización y argumentan que la caza no implica maltrato animal, sino que se da muerte al animal de manera rápida e indolora. Una afirmación que, en la basta mayoría de las ocasiones, es completamente falsa; con muy pocas excepciones[1] las diferentes modalidades de caza mayor y menor implican sufrimiento animal porque consisten en acorralar a los especímenes, provocar su huida para acercarles al lugar donde se encuentra otra línea de cazadores, dar muerte al animal con lanza o cuchillo o bien enviar a perros o hurones a las madrigueras, etc. Los animales se ven obligados a huir y correr por sus vidas, abandonar a sus crías o bien sacrificarse para salvarlas, y en muchas ocasiones agonizan hasta la muerte. Todo ello sin mencionar todos aquellos individuos no cazados que quedan gravemente heridos y vagan durante días o semanas hasta morir. En definitiva, la caza es sinónimo de maltrato.

 

Ahora bien, con independencia de lo anterior, los cazadores argumentan que en su actividad no sólo se están divirtiendo, sino que además, y como decíamos, le están haciendo un favor al medioambiente, la denominada “función social y medioambiental” de la caza. Así se afirma que al cazar individuos de una “plaga” -como podrían ser los jabalíes en los alrededores de Barcelona, que entran en zonas urbanas, o el lobo en Asturias, que ataca al ganado- se reduce la población. Es indiscutible que, como medida de control, la caza puede llegar a ser efectiva, al menos en teoría. Con todo, los datos demuestran que a pesar de los “esfuerzos” de los cazadores, la consecución del fin social y medioambiental de la caza se cumple muy pobremente: de los 25 millones de animales de caza mayor y menor cazados en 2017, solo 100 de ellos fueron lobos (como medida de control al norte del Duero, ya que al sur del Duero está prohibido por ser el lobo una especie amenazada, lo cual es un sinsentido)[2], y otros 1,8 millones fueron perdices salvajes, (una ave muy amenaza a consecuencia, precisamente, de la caza). Por otro lado, según datos contenidos en el plan de seguimiento de jabalíes en Cataluña, en la temporada 2015-2016 tuvo lugar la mayor abatida desde que se inició el programa, llegaron a cazarse unos 17.589 ejemplares. No obstante, la densidad de la población de jabalíes continúa siendo un problema. Otro ejemplo para reflexionar: en Toledo se autorizaron en 2011 la instalación de 477 baterías de lazo y cajas trampa para urracas[3], dato muy menor teniendo en cuenta que es una provincia con 1.340 cotos de caza[4]. Y es que, en general, las Comunidades Autónomas extienden un número no muy significativo de autorizaciones de caza para el control poblacional, y lo hacen de “forma excepcional” y con requerimiento de previo informe técnico.

 

Ahora bien, en la sombra de la duda, si la caza debiera quedar justificada por su función social y medioambiental, entonces solo sería ético permitir una parte muy reducida de la misma que debería ejercerse, siguiendo unos criterios predeterminados. Y sin embargo, lo cierto es que los cazadores deciden cuándo, dónde y qué cazar en función de sus deseos. No acuden a terrenos específicos a “ayudar” a controlar una superpoblación, (a no ser que les interese a título personal). Es más, en la caza intensiva y comercial se crean de forma artificial unas condiciones que aseguran el crecimiento de poblaciones para garantizar que el cazador obtenga un número de presas por las que ya ha pagado.[5]

 

Dicho esto, ¿de verdad es la ecología la razón de ser de la caza? De ser así VOX y PACMA tendrían más de una cosa en común. Pero si analizamos el programa político de VOX no encontramos ninguna otra política pública o reforma en favor del medio ambiente (apenas a una mención a un Plan Hidrológico y un Plan de Energía sostenible). Por lo tanto, no parece que esta sea la principal preocupación del colectivo , sino que gana mucho más peso el argumento de defensa de la libertad. Esto es, se trata de una actividad lúdica, enmascarada por un falso ecologismo.

 

La libertad a decidir cazar o no (y esto es aplicable a la libertad a decidir ir a un circo, a un zoológico[6] o a los toros, por ejemplo) es una libertad con doble cara, una libertad que esconde, no solo el fin de una vida animal sin ningún motivo justificable, sino también estrés, ansiedad y terror (emociones de la que los animales son perfectamente capaces[7]). Es decir, muerte, y -el tan negado- maltrato. Consideremos entonces lo siguiente: como norma general, hoy en día podemos afirmar que nadie trataría (o debería tratar) de esta manera a su perro, pero entonces  ¿por qué permitimos que se haga con otras especies animales, cuando científicamente está demostrado que el sufrimiento es el mismo? Cuando un cazador persigue a una liebre aterrorizada durante horas, pero premia con cariño a su perro por capturarla, cuando cuida y mima a su perro de compañía, pero mata a su galgo por no ser útil para cazar, está teniendo un comportamiento de disonancia cognitiva. Por un lado, reconoce que algunos animales son dignos de consideración moral, pero a la vez trata como meros recursos a otros tantos, sin que exista ninguna diferencia sustantiva entre unos y otros.

 

Así las cosas, si lo que se buscara realmente fuera la tan mentada “función social” debería reconocerse que existen medidas alternativas para el control de poblaciones que no implican sufrimiento y muerte gratuita. Por ejemplo, el plan de esterilización que llevan a cabo muchos ayuntamientos con las colonias de gatos ferales (CER -capturar, esterilizar, retornar-) y que está implantándose de manera experimental en jabalíes en diversas zonas de Cataluña[8] o medidas de concienciación ciudadana sobre cómo actuar ante este tipo de situaciones. Otro ejemplo sería el renovar la delimitación de los cotos de caza y ampliar las áreas protegidas, ya que en muchas ocasiones la entrada a áreas urbanas de animales silvestres se debe a que las poblaciones huyen de zonas donde no están protegidos y corren peligro.

 

La conclusión es que la caza no debería utilizarse como instrumento de gestión de la naturaleza, teniendo en cuenta que su función como método de control poblacional es mínima, y que existen métodos alternativos éticos y respetuosos con los animales. Al contrario, se trata de una actividad que se resiste a morir por la presión del lobby cazador, que utiliza “el fin social de la caza” como una excusa deshonesta para justificar lo injustificable: el maltrato como forma de ocio.

 

 

 

[1] Esto llegaría a ocurrir solamente en la modalidad del rececho, que consiste en aproximarse al animal lo máximo posible sin que éste note la presencia del cazador y abatirle de un tiro. Sin embargo, esta modalidad tampoco podría servir como justificación para la legalización del resto ya que no habría forma de controlar que solamente se estuviera llevando a cabo esta modalidad. Además, qué sucede si el animal finalmente se da cuenta de que le están dando caza, ¿debería el cazador abandonar? ¿Y si no muere al primer tiro y comienza a huir?

[2] Cfr. http://loboiberico.com/2018/02/26/caza-y-controles-de-lobos-de-que-estamos-hablando/

[3] Datos extraídos del informe “El impacto de la caza en España”, elaborado por Roberto Oliveros y Miguel Ángel Hernández Soria en el año 2016.

[4] Además, no podemos obviar el hecho de que se estima que realmente se colocan unas 15.000 cajas y trampas al año, de forma ilegal.

[5] A través de la suplementación alimentaria más allá de la natural, la transformación intensiva del hábitat, la suelta de ejemplares, etc.

[6]La realidad del maltrato animal de los circos y zoológicos es también innegable. Los animales son sacados de su hábitat natural y encerrados de por vida en jaulas, “entrenados” a base de golpes para ejecutar trucos y entretener al público (¿cómo si no se obliga a un elefante o a un león a caminar sobre dos patas y realizar actuaciones para nada propias de su naturaleza?). En el mejor de los casos, estarán encerrados en un recinto, más o menos amplio, que imite su hábitat natural. Incluso en esta situación, los animales están acostumbrados a caminar kilómetros a diario, a cazar, a emigrar, buscar su propio alimento, y realizar muchos otros comportamientos naturales que son reprimidos en los zoológicos. Además, en la mayoría de las ocasiones, encontramos un espécimen o dos en el mismo recinto, cuando lo propio es que interactúen con una manada o grupo grande.

[7]Cfr. “The Cambridge DeclarationonConsciousness” Página Web: http://fcmconference.org/img/CambridgeDeclarationOnConsciousness.pdf [última consulta: 16 de abril de 2019].

[8] Medida que se inició en 2016 por la UAB, cuyos resultados se harán públicos el próximo año. Véase a este respecto: https://www.lavanguardia.com/local/sabadell/20180523/443786217717/reducen-poblacion-jabalies-valles-gracias-vacuna-anticonceptiva.html

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