En defensa de la caza: Lo que Disney no nos contó

25/04/2019

Matt Howard @thematthoward

 

La caza es una cuestión compleja que puede ser tratada desde numerosos puntos de vista. He de reconocer que parte importante de la situación en que se encuentra la caza es responsabilidad nuestra, de los cazadores, ya que hemos demostrado una absoluta inoperancia a la hora de mostrar al resto de la sociedad en qué consiste y qué beneficios tiene para el ecosistema y, por tanto, para la sociedad. Esto ha permitido que una determinada serie de personas hayan vilipendiado a la caza y a los cazadores de forma descarada construyendo una imagen completamente falaz de la actividad y sus practicantes.

 

Bajo mi punto de vista la importancia de la caza reside en su vertiente ecológica y aquí, pese a que a muchos les pueda doler, la razón está de nuestro lado. Y es que la caza es mucho más que ese disparo que pone fin a la vida de un animal, ese “pum” que ocurre en una fracción de segundo y por el que se nos juzga (e insulta). Un instante que, cuanto más se conoce de la caza, más irrelevante se vuelve. Y es que cazar no es solo ese "pum"; cazar es el tiempo que dedicamos a mejorar nuestros cotos. Unas mejoras que por supuesto benefician a las especies cinegéticas pero que también, de forma directa o indirecta, al resto de especies, al ecosistema y por extensión a toda la sociedad, ya que al final somos los custodios de ese patrimonio natural. Tan es así que en la mayoría del territorio de nuestro país, la gestión cinegética es la única gestión que se realiza en el medio natural.

 

Esas labores de mejora engloban muchas acciones: ponemos bebederos, comederos, recuperamos bañas, balsas de agua, realizamos siembras, desbroces, limpiamos el monte, hacemos y mantenemos cortafuegos, velamos por la salud de las especies. Nos preocupamos negociando con agricultores para retrasar la cosecha y evitar que caigan pollos, corcinos, o se destruyan nidos, que no se coseche por la noche y caigan muchos animales cegados por la luz, que se dejen ciertas franjas sin cosechar para que sirvan de refugio y alimento a la fauna, o que se retrase la recogida de la paja entre otras innumerables acciones. Y todo esto financiado con el dinero de los cazadores y no de las arcas del Estado como suele suceder con el resto de actuaciones de conservación.

 

Pero aquí no acaba nuestra actividad. Durante la temporada, además de seguir realizando estas tareas, nos encargamos de colaborar con la vigilancia de los campos y montes, con guardas que complementan el trabajo de la Guardia Civil y los Agentes Forestales, y que, de nuevo, corren a cargo de nuestros bolsillos. Naturalmente el dinero no es lo más importante, pero no debe olvidarse que la caza, contribuye a la sociedad sin costarle un solo euro. 

 

Cuando cazamos, lo hacemos cumpliendo la legislación nacional y autonómica, una orden de vedas y un plan de ordenación de los recursos cinegéticos, elaborado por un técnico y validado por la administración. Todo ello buscando un aprovechamiento sostenible de esos recursos. ¿Qué conseguimos con esto? Conseguimos unas poblaciones animales sanas acordes con la capacidad de carga del medio, evitando desequilibrios que afecten a la flora, a los cultivos, y a otras especies animales, salvajes o domésticas, que puedan derivar en la aparición de enfermedades, algunas peligrosas para el ser humano. Así pues, la conclusión no es otra que la caza es necesaria. ¿Se puede mejorar? Por supuesto, todo es mejorable, pero a lo que no podemos tender es al argumento falaz de la “Naturaleza es muy sabia y se regula sola”. Y es que si bien es cierto que la Naturaleza tiende al equilibrio, eso no significa que ese nuevo estado de equilibrio vaya a ser tan positivo como el que, con la ayuda humana, podría obtenerse. Se corre el riesgo de ir perdiendo especies, o incluso ecosistemas, en ese camino.

 

En este sentido, es de destacar también la torticera guerra semántica con la que se aborda la cuestión. Así se reconoce que es necesario controlar las poblaciones pero, en lugar de apostar por la caza, se opta por “realizar controles”. Consideremos entonces el caso de Holanda, donde se prohibió la caza de gansos en 1999. Desde entonces se ha disparado su número originando cuantiosos daños a los cultivos y poniendo en riesgo el tráfico aéreo. En lugar de haber vuelto a permitir su caza, lo que se ha optado es por capturarlos cuando están cambiando la pluma y no pueden volar, para posteriormente gasearlos en una unidad móvil de exterminio. Lo absurdo de todo ello debiera ser manifiesto: en lugar de permitir un aprovechamiento racional de un recurso, que lleva aparejado una serie de externalidades positivas, se decide gravar al ciudadano con un servicio innecesario. Todo ello para poder sacar pecho diciendo que no se permite la caza del ganso (a la vez que se los gasea en su estado más indefenso).

 

En España no somos inmunes a este sin sentido. Así, cuando se habla de cazar dentro de un espacio protegido, nos echamos las manos a la cabeza sin darnos cuenta de lo que conseguimos: obligar a un celador a abatir un animal, en lugar de que ese mismo celador acompañe a un cazador, le señale de forma inequívoca el animal concreto que tiene que abatir, lo abata e ingrese un dinero para seguir reinvirtiendo en la conservación de ese espacio. Eso sí, se nos volverá a hinchar el pecho diciendo que no se caza. De este modo, pasamos de tener una solución a crear dos problemas. Tal es el caso, por ejemplo, de la superpoblación de cabras monteses en el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama.

 

Y podríamos seguir hablando de especies invasoras, de la amenaza de la Peste Porcina Africana, de la pérdida de biodiversidad por culpa de las presiones animalistas, del aprovechamiento de la carne de caza y sus beneficios frente al sistema alimentario actualdel impacto económico y social de la actividad como parte del desarrollo rural, de cómo determinadas entidades quieren aprovecharse de la caza y los cazadores vendiendo la imagen de la caza como deporte, de los derechos de los cazadores, de la ineficacia de los supuestos métodos alternativos para el control de determinadas especies, o ¡cómo no! del supuesto maltrato al que sometemos a nuestros perros (argumento desmentido por los datos del SEPRONA y en el estudio realizado por la Fundación Afinity).

 

 

En definitiva, esa falsa imagen de la caza responde a los intereses de una parte del animalismo que hay que recordar no tiene nada que ver con el ecologismo ni la conservación. Es innegable que la caza es mejorable, pero no por ello prescindible. Debe por ello trabajarse para su mejora en vez de caerse en la prohibición como fruto de nuestra incapacidad para avanzar.

 

El autor es miembro de la Junta Directiva de la Unión Nacional de Asociaciones de Caza (UNAC)

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