En defensa de la muerte

Micheile Henderson @micheile

 

Allá por el s.III a.C Epicuro le envió una carta a su amigo Meneceo para consolarlo ante la perspectiva de la muerte. Le dijo:

 

Acostúmbrate a pensar que la muerte para nosotros no es nada, porque todo el bien y todo el mal residen en las sensaciones, y precisamente la muerte consiste en estar privado de sensación. Por tanto, la recta convicción de que la muerte no es nada para nosotros nos hace agradable la mortalidad de la vida; no porque le añada un tiempo indefinido, sino porque nos priva de un afán desmesurado de inmortalidad. Nada hay que cause temor en la vida para quien está convencido de que el no vivir no guarda tampoco nada temible. Es estúpido quien confiese temer la muerte no por el dolor que pueda causarle en el momento en que se presente, sino porque, pensando en ella, siente dolor: porque aquello cuya presencia no nos perturba, no es sensato que nos angustie durante su espera. El peor de los males, la muerte, no significa nada para nosotros, porque mientras vivimos no existe, y cuando está presente nosotros no existimos. Así pues, la muerte no es real ni para los vivos ni para los muertos, ya que está lejos de los primeros y, cuando se acerca a los segundos, éstos han desaparecido ya.

 

Con todo, es evidente que las reflexiones del viejo Epicuro nos serían de muy poca ayuda. Y es que al pensar sobre la muerte lo que precisamente descubrimos es que, aquello que más nos aterra, es la insensibilidad que la caracteriza. Esto es, el que no vuelva a haber nada bueno para nosotros. De allí que, como decía Nagel, tanto miedo nos daría el morirnos como el sumirnos en un coma absoluto y eterno: “el valor de la vida y de sus contenidos no se atribuye a la simple supervivencia orgánica: a casi cualquiera le daría lo mismo (si no intervinieran otros factores) una muerte inmediata o un coma inmediato seguido por una muerte veinte años después sin haber recuperado la conciencia”[1]. Pensemos sino en aquellas obras de ficción como Minority Report o A Philosophical Investigation cuyas futuristas sociedades han sustituido la pena de muerte por el coma perpetuo e irreversible. ¿Acaso existiría una diferencia moral de fondo entre esas dos tipos de penas? En efecto, si el coma fuera realmente irreversible, morir o “dormir” sería indistinguible pues aquello que otorga algún valor a la vida son las experiencias que la misma permita.

 

Pero es más, bien mirado lo cierto es que ni tan siquiera la vida consciente es intrínsecamente positiva o valiosa. Pues así como ninguno de nosotros querría sumirse en un coma absoluto y perpetuo, lo cierto es que, de estar en el, tampoco querríamos que nos despertasen para torturarnos. Luego ello evidencia que no cualquier vida, al menos en abstracto, es digna de ser vivida. O más precisamente, que aun cuando la conciencia pueda ser la fuente de todo valor, no toda experiencia es necesariamente deseable y superior a un período análogo de inconsciencia. Así, todos preferiríamos ser asesinados plácidamente mientras dormimos que ser despertados, torturados durante el día y asesinados por la noche. ¿Y de qué modo podríamos explicar esta incontrovertible preferencia? Reconociendo precisamente que, por triste que sea y como reiteradamente reconoció el pensamiento greco-latino, en algunas circunstancias excepcionales morir puede ser el mal menor.

 

Asimismo, si cualquier vida fuera digna de ser vivida, entonces cualquier nacimiento también sería aceptable. Y sin embargo nos parecería del todo objetable que una pareja concibiera a un hijo sabiendo a ciencia cierta que, por ejemplo, nacería aquejado del síndrome de Tay Sachs (que condena a sus afectados a morir a los pocos meses después de padecer graves dolores). Consideraríamos con indignación que por muy comprensible que sea el deseo reproductivo, esa vida no valdría la pena y que por tanto sería del todo cruel imponérsela a un tercero. Una conclusión que, de nuevo, solo podríamos alcanzar de asumir, implícita o explícitamente, que no toda vida –ni tan siquiera humana- es intrínsecamente deseable; al contrario, que solo algunas vidas son soportables o incluso positivas.

 

Son varios los motivos por los que uno podría oponerse a la eutanasia. El más común de ellos es la creencia de que las personas no tenemos el derecho a hacer con nuestra vida lo que queramos. Que si bien tenemos grandes márgenes de libertad estos no se extienden hasta el punto de, por ejemplo, vendernos como esclavos –a la romana-, arrendar nuestro cuerpo –gestación subrogada, prostitución etc.- o destruir nuestra salud –consumo de drogas, eutanasia etc. De este modo, Marcos del Cano expresa en El Mundo su rechazo a la legalización de la eutanasia afirmando que “la expresión derecho a morir es una contradictio in terminis, pues el derecho es "a algo bueno", a la salvaguarda de los intereses y bienes de las personas, al despliegue de sus mejores posibilidades.” A lo que añade que “la autonomía que sirve para proyectar y llevar a cabo los planes de vida […] no puede justificar un acto que sirve precisamente para destruir esa autonomía

 

Lo insostenible de estas posiciones de corte paternalista debería ser manifiesto para todo aquel que reflexione con honestidad. Y es que si fuera legítimo proteger a las personas de sí mismas por su bien, si solo hubiera derecho a hacer aquello que salvaguardara nuestros intereses, o a usar nuestra autonomía en su propio beneficio, entonces no solo deberíamos oponernos a la eutanasia, sino que aún deberíamos penalizar el suicidio y rechazar un tratamiento vital no debería ser una opción para el paciente[2]. De hecho, nuestras vidas deberían estar complemente intervenidas por el Estado, encargado de decidir si la pareja con que nos casamos o la profesión que escogemos “salvaguarda los intereses o bienes de la persona”.

 

Ahora bien, incluso asumiendo este paradigma paternalista habría espacio para aceptar la eutanasia, ni que fuera en algunos pocos casos. En primer lugar porque, como evidencian los últimos ejemplos, un bien impuesto y obligatorio muy difícilmente puede considerarse bueno de verdad. Y en segundo lugar, y más importante, porque como ha sido puesto de manifiesto, es falso que toda vida sea deseable; esto es, que realmente salvaguardemos los intereses de nadie al obligarlo a vivir según que vidas. En definitiva, que en algunos pocos casos la muerte se convertirá en el menor de los males, o si se quiere, en un bien al que –ahora sí- no cabría negar el estatuto de derecho.  

 

Es evidente que, como han resaltado los medios conservadores, una inversión profunda en materia de cuidados paliativos es urgente. Sin embargo, ello no puede servir como excusa para fingir que cualquier situación se hará soportable. Y es que incluso con el pleno desarrollo e implantación de los cuidados paliativos seguirá existiendo un número no desdeñable de personas cuya vida se les hará, después de meditarlo con serenidad y sin presiones externas de ningún tipo, inasumible. Esto es, que si aceptamos con de Prada que existe un deber de cuidarnos, entonces -contrariamente a lo que piensa- habrá también un deber de ayudarnos a morir cuando, llegado el día, la muerte se transforme en la mejor de nuestras alternativas. O en todo caso, y si no se apuesta por un derecho positivo, al menos sí debería existir la posibilidad de que aquellos profesionales que así lo desearan pudieran realizarlo sin temor a acabar entre barras[3].

 

En definitiva, no existen razones de peso para oponerse a la legalización del suicidio asistido. El debate debería centrarse ya en el cómo y discutirse el modo exacto en que se regularía la cuestión. ¿Solo en casos terminales? ¿Solo para dolencias tasadas? ¿Solo para mayores de edad? ¿Cuántos profesionales deberían certificarlo? ¿Cómo asegurar que no interfieran presiones externas? ¿Cuántas peticiones serían necesarias? ¿Qué hacer con los profesionales objetores de conciencia? ¿Cómo se financiaría? ¿Podría hacerlo un familiar o amigo?

 

 

 

[1] Nagel, T. (2000). Ensayos sobre la vida humana. Fondo de cultura económica. México.

 

[2] En el artículo Marcos del Cano afirma que existe una importante diferencia entre: “la eutanasia y el suicidio asistido. Jurídicamente es muy diferente que el propio paciente se suministre una dosis letal (aunque esta se la haya dado un profesional sanitario) a que sea el propio médico el que le inyecte dicha sustancia. Es muy distinto cooperar con actos necesarios al suicidio que ejecutar la muerte directamente.”

 

No obstante, aunque asumiéramos que existe esta diferencia, lo cierto es que sería irrelevante para el punto aquí expuesto: y es que si fuera cierto que no es permisible que se use la autonomía de forma autodestructiva, entonces no debería permitirse ni el rechazo del tratamiento, ni la eutanasia, ni el suicidio (asistido o no asistido). Es decir, si no fuera lícito acabar con la propia vida, entonces las distintas formas en que ello se llevará a cabo tendrían que ser –en mayor o menor medida- también inaceptables.

 

[3] Es decir, cuando de Prada afirma que “A la postre, al reparar en la naturaleza de ese sedicente «derecho», descubrimos que no es un ejercicio de la voluntad propia, sino la imposición de una voluntad sobre otra. O bien el enfermo impone su voluntad sobre un médico o familiar; o bien el familiar o médico imponen su voluntad sobre un enfermo que ya no puede ejercerla, o la tiene viciada por el sufrimiento.” estaría planteando una falsa dicotomía. Existiría un término medio en que nadie viera su voluntad violentada; a saber, que se configurara el suicidio asistido como un derecho negativo a la vez que se despenalizara la cooperación al suicidio.  

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