Suicidio demográfico occidental: Charla con Alejandro Macarrón

Adam Chang @sametomorrow

 

 

Hoy charlamos con Alejandro Macarrón director de la fundación Renacimiento Demográfico y autor del libro "Suicidio demográfico en occidente y medio mundo".

 

 

 

-Al identificar las causas del “suicidio demográfico en España y occidente” –en España y occidente la tasa de natalidad está significativamente por debajo de la tasa de reemplazo- argumentas que son principalmente ideológicas/culturales –p.ej. pocas ganas de hacer los sacrificios que conlleva la crianza - y no tanto económicas/materiales –p.ej. “los sueldos no llegan”. Podrías resumir qué te lleva a estas conclusiones.

 

Me lleva a esa conclusión la constatación de que en las familias/hogares donde los sueldos “sí llegan”, en España y fuera de ella, tampoco se tienen apenas hijos. Y que cuando sí llegaban (años 1999 a 2007, por ejemplo), tampoco teníamos casi hijos. Y que los habitantes más pobres de España como grupo, los inmigrantes, tienen más hijos que los españoles. Y que los andaluces y murcianos tienen más hijos que los vascos y sus compañeros de cornisa cantábrica, con mucho menos paro y más renta per cápita que en el Sur de España. Y que las luxemburguesas y las suizas tienen tan pocos hijos como las españolas. Y que Alfonso XIII tuvo siete hijos; Don Juan de Borbón, cuatro; Juan Carlos I, tres; Felipe VI, dos. Y que en tiempos de la guerra civil había 20 millones menos de habitantes en España, y con todo lo duros que fueron esos años, nacían más niños que ahora. Y así, los ejemplos que queramos. Por lo tanto, si la falta de dinero y comodidad material no es lo fundamental, serán otras cosas, de esas que llamamos “culturales” o de “valores”.

 

 

-Así las cosas, las medidas de tipo económico que esbozas para estimular la natalidad –importantes beneficios fiscales pro natalidad, muchas facilidades para la conciliación laboral etc.- de poco servirían, ¿verdad? (Dejando de lado que podrían ser medidas a implementar por cuestiones de otro orden, como la equidad intergeneracional).

 

Sin un gran cambio cultural y de valores, efectivamente, no servirían de mucho, como muestra la experiencia de diversos países de la Europa más rica. Dicho lo cual, esas medidas, además de ser buenas para la equidad intrageneracional (es decir, que en una misma generación, no tenga un nivel de renta disponible real mucho mayor quien no tiene hijos que quien, teniéndolos, contribuye con su esfuerzo a la continuidad de la sociedad y su prosperidad futura), algo contribuirían a ese cambio cultural. Por ello, en todo caso, esas medidas serían bienvenidas.

 

 

-Y en relación a la “equidad intergeneracional”, ¿podrías desarrollar brevemente porqué en tu opinión el tener o no tener hijos debería ser un factor muy relevante a nivel tributario?

 

Como esbozaba en la respuesta anterior, me preocupa mucho más la equidad intrageneracional que la intergeneracional. Si una generación, al completo, se negase a tener hijos, sería la responsable de que nadie la cuidase en la vejez. No sería injusto/inequitativo que nadie les diese una pensión, sino lo contrario. Es más, sencillamente, no sería posible. Por ilustrarlo con un ejemplo, la falta de equidad entre miembros de la misma generación se produciría si la mitad de ellos tuvieron varios hijos, y la otra mitad ninguno, pero todos cobrasen la misma pensión, pagada con la riqueza que generasen los hijos de quienes sí tuvieron descendencia, los cuales llegaron a jubilados habiendo podido ahorrar menos que sus compañeros de quinta que no tuvieron hijos. Eso pasa ahora. Cobra la misma pensión, a igualdad de cotizaciones en su vida activa, un español que tuvo cuatro hijos que otro que no tuvo ninguno. El segundo, sin entrar en juicios morales sobre por qué no tuvo hijos, o bien pudo disfrutar mucho más de la vida con viajes estupendos y otras amenidades, o pudo ahorrar mucho más para viejo, que el que se gastó un buen dinerillo en criar a quienes ahora generan la riqueza que permite que se paguen pensiones. En el caso de las españolas, en un caso de discriminación antimasculina, que no es ni equitativo ni bueno para motivar a los hombres españoles a engendrar más niños, ahora se les paga una pensión un poco superior en función del número de hijos, con una fórmula que no es perfecta ni lineal, pero que es mejor que nada. En resumen: que se incremente la pensión en un extra razonable para los jubilados (tanto para el padre como para la madre) no solo me parece justo, sino que mandaría una señal muy clara desde el Estado a quienes pueden tener niños, y eso podría contribuir a que tuviésemos algunos más.

 

 

-Si las medidas más importantes serían las de tipo ideológico/cultural, surge entonces la pregunta: ¿puede un Estado hacer propaganda de una visión concreta de la vida? ¿No deben los Estados ser ideológicamente neutros y no abogar por ninguna cosmovisión particular? Por ejemplo, no parecería acertado que los gobiernos usaran el dinero y los medios públicos para hacer campaña en pro de un visión atea de la vida, o de una visión religiosa. ¿Puede entonces “hacer campaña” de una visión pro natalidad y familia tradicional y entrar a hacer juicios de valor como “tener hijos compensa”? 

 

Es una pregunta excelente. Creo que el Estado debe ser lo menos invasivo en el ciudadano que sea posible. Pero solo por su existencia y los impuestos que nos exige, el Estado siempre es algo invasivo. Esa intromisión en nuestras vidas nos parece correcta cuando el Estado funciona bien. Por ejemplo, cuando nos construye una carretera estupenda, o cuando su policía nos protege, porque la alternativa es peor. Y tenemos un Estado que hace campañas contra la violencia doméstica, contra la mala conducción vial, contra que ensuciemos el medio ambiente. ¿Son invasivas? Hombre, algo así, sobre todo para los que, ni somos maltratadores de prójimas (o prójimos), ni conducimos con imprudencia, ni tiramos plásticos al campo. Pero a casi todos nos parece que el fin perseguido justifica el coste en “invasividad”. Pues si el Estado nos dice que España se va al garete por falta de niños, que la vejez en soledad sin hijos será muy dura, y que tener niños es bueno para las personas, que así completan su vida, y para España, y nos lo dice de una forma proporcionada, creo que es mucho mejor que el silencio de que ha hecho gala desde que en España nacen demasiados pocos niños. Si estuviéramos en guerra, todo el mundo entendería que el Estado interviniese reclutando soldados, con tributos especiales, con campañas de todo tipo. Y como el invierno demográfico nos amenaza a la larga tanto como una guerra a la corta, pienso que, de forma razonable, proporcionada, y no “acosadora”, es bueno que el Estado no sea neutral, sino que sea abiertamente natalista.

 

 

-Hablas de 4 problemas principales causados por la baja natalidad (en España y el resto de occidente): problemas evidentes a nivel económico y geopolítico, pero también, -y saliendo del tópico- la creación de una “gerontocracia” y la “precarización afectiva”. ¿Podrías desarrollar más estos dos conceptos?

 

La gerontocracia electoral de los jubilados, que ya se da en buena medida, es clara: no hay ningún segmento del electorado con tanto poder de voto. Y va a más y a más. ¿Cuál es el riesgo evidente? Que los políticos se pasen de frenada cultivando ese voto imprescindible con más gasto en pensiones, sanidad y dependencia, de lo que puedan soportar la economía y los contribuyentes jóvenes, algo especialmente gravoso si las familias que pueden tener hijos dejan de tenerlos porque la presión fiscal necesaria para mimar ese voto jubilado les deja sin dinero para criarlos.

 

En cuanto a la precarización afectiva, empezando por la infancia, la inmensa mayoría de los niños españoles de nuestro tiempo se crían, o bien sin hermanos, o con un solo. Tras ello, sus hijos, si los tienen, no tendrán apenas primos y tíos. Y en la vejez, con las actuales pautas de fecundidad, un tercio de los españoles de nuestro tiempo no tendrán de mayores ni siquiera un hijo que les dé algo o mucho cariño y cuidados. Y alrededor de la mitad de ellos no tendrán ni siquiera un nieto, esas criaturitas que son uno de los pocos frutos dulces de la vejez. Esto se ve empeorado por la caída drástica de las tasas de nupcialidad en las últimas décadas, y la subida correlativa de las tasas de ruptura conyugal / de pareja.

 

 

-Si uno de los problemas más importantes de la baja natalidad y el envejecimiento de la población es el progresivo sobrecoste en gasto público para los mayores, ¿sería una posible solución (a esta dimensión del problema) optar por un sistema de pensiones diferente basado principalmente en el ahorro individual (que podría complementarse públicamente) en vez del –digamos- “ahorro intergeneracional” que se aplica en España? Esto es, ¿que cada cual se responsabilizara de la mayor parte de su pensión, a la manera británica u holandesa, por ejemplo?

 

Desde luego, ese otro sistema es más transparente que el actual  (cada uno ahorra para su propia vejez, y sabe en todo momento lo que tiene), y tiene ventajas como que, cuando uno fallece, aunque sea antes de jubilarse, sus herederos tienen derecho al  capital acumulado remanente. Nada de lo que uno ahorra para la vejez se pierde. Pero este sistema tampoco es solución suficiente si siguen naciendo poquísimos niños. Si la economía está estancada o estructuralmente a la baja por una demografía declinante, el capital ahorrado se revalorizará mucho menos que lo que en el pasado habría hecho. Si yo he ahorrado muchos euros para mi vejez, pero cuando tenga 80 años no quedan jóvenes para crear riqueza y cuidarme, ¿de qué me sirven esos euros? En el desierto no tiene valor el oro.

 

 

-Siguiendo en el nivel económico; parece evidente que, por regla general, el aumento de la población favorece el crecimiento económico (creándose un círculo virtuoso de más trabajo, más consumo, más inversión etc.) Ahora bien, si hoy el mercado español no es capaz de absorber toda la gente que quiere trabajar, que la población aumentara no parece que estimulara demasiado la economía. Es decir, si siendo 10 solo hay trabajo para 8, ¿de qué serviría –a nivel económico- que fuéramos 14? Al contrario, parece que tener aun más gente “improductiva” sería un problema pues es gente que también debería cobrar las ayudas públicas que fueran necesarias.

 

Efectivamente, mientras no haya algo parecido al pleno empleo en España, y más entre los inmigrantes (con cifras de paro aún muy abultadas), no necesitamos más inmigración en grandes números. Necesitamos más niños de cara al largo plazo, pero no más personas en edad laboral, por lo menos hasta dentro de algunos años.

 

En el mercado laboral español se introdujo en los años de vino y rosas de la burbuja inmobiliaria una distorsión que aún no hemos podido digerir del todo. Con la llegada masiva de inmigrantes, la población en edad laboral aumentó aproximadamente un 20%. Como la inmensa mayoría de ellos tenían una cualificación medio-baja o baja, lo que en realidad hicimos fue incrementar en un 20% a 35% la población en edad laboral en el segmento de cualificaciones profesionales de la mitad para abajo. Cuando pinchó la burbuja, una parte enorme de esa inmigración (y de los españoles nativos) quedó en paro. Y en gran medida ese paro era estructural, ya que hasta 2008 se construyeron casi todas las casas que necesitaba España para las siguientes décadas. Pero solo una parte menor de esos inmigrantes en paro se fueron de España. Los que se quedaron, estando en paro, lo tenían claro: estaban mejor aquí, cobrando nuestros subsidios que en su (pobre) país de origen, y si venían de países inseguros, también valoraban la baja tasa de crimen “duro” que hay en España (homicidios, secuestros…).

 

 

-Pero si es deseable que España aumente su población, ¿por qué no recurrir a la inmigración (en especial con toda la gente tan necesitada que se beneficiaria de poder entrar en el primer mundo y existiendo el mundo latino culturalmente tan próximo al nuestro, lo que sin duda disminuiría posibles problemas de integración)? Es más, ¿no sería esa una opción mucho más sencilla de implantar que cambiar la mentalidad social a una de tipo “pro natalidad”?

 

Honestamente, no sé si es deseable que aumente la población. Lo que es indeseable es que mengüe y envejezca, que es en lo que estamos con los españoles autóctonos.

 

En cuanto a la inmigración, la experiencia internacional y nacional indica que puede ser una valiosa parte de la solución al problema demográfico autóctono por falta de bebés, pero no toda la solución. Es muy arriesgado fiar toda la solución a la inmigración, por razones claras. La principal de ellas es que, si bien en el mundo actual hay una oferta potencialmente ilimitada de mano de obra poco cualificada, no la hay de la cualificada. Y necesitaríamos de ambos tipos. ¿Y si no llegan suficientes inmigrantes con la cualificación necesitada (si los países emisores van mejor, y/o porque los países desarrollados compitamos por atraerlos).  ¿Y si vienen y se quedan demasiados inmigrantes para lo que necesita el mercado laboral (eso pasa en España desde 2008, como certifica la EPA, vistas las abultadas tasas de paro de los españoles, y mucho más las de los inmigrantes, en la última década)? ¿Y si muchos de los que vienen se integran mal por razones de índole sociocultural?

 

Y en otros aspectos no económicos del declive demográfico, como la escasez de hermanos, o la vejez en soledad por falta de hijos/nietos, tampoco los inmigrantes son la solución.

 

 

-En relación al ecologismo; en el libro se descarta que el aumento de la natalidad deba percibirse como un problema ecológico. Pero el crecimiento demográfico –tan deseable como pueda ser- debe venir acompañado de un menor consumo/contaminación individual, ya que de lo contrario, y a menos que suceda un milagro tecnológico, es innegable que el aumento de la población sería un problema muy serio. Natalismo sin ecologismo también sería un suicidio, ¿no?

 

No hay ninguna evidencia científica concluyente que certifique de forma inapelable -y no corregible con tecnologías no contaminantes y/o otros hábitos de consumo- que los seres humanos “somos ya demasiados” para lo que puede soportar el medio ambiente, o para nuestra capacidad de generar recursos económicos suficientes para todos. Por otra parte, es evidente de que, si la humanidad siguiera creciendo indefinidamente como en el siglo XX (cuando casi se multiplicó por cuatro), en algún tiempo (uno o varios siglos) sí seríamos demasiados, entre otras razones porque la biomasa del planeta es un recurso limitado y, que yo sepa, no ampliable en su conjunto. Por eso, lo más sensato es procurar que la tasa de natalidad media esté en torno a 2,1 a  2,5 hijos por mujer, para que la población no mengüe, y se mantenga o crezca a ritmos suaves.

 

 

-Acaba nuestra charla y te suena el teléfono; al aparato el nuevo presidente del gobierno con su holgada mayoría parlamentaria y unos pocos millones que le han sobrado de los últimos presupuestos: “Hola Alejandro, me he leído tu libro y me ha entrado el miedo; dime, una medida realista y concreta que pueda aplicar mañana mismo”. 

 

Le diría:

 

Señor presidente, muchas gracias por llamar. Ya que me pide una sola medida, se lo voy a poner fácil. La primera, segunda y tercera medida necesaria es la misma: hacer continuas e intensas campañas de publicidad y comunicación (incluidos los colegios) con mensajes muy simples:

 

-El desastre al que estamos abocados si no nacen más niños, como sociedad, y la soledad en la vejez y la falta de continuidad personal que aguarda en particular a quienes no tengan niños.

 

-Que tener niños compensa, que nos encantan y nos completan la vida.

 

-Que no dejemos para tan mayores como hacemos ahora lo de formar una familia y tratar de tener niños, porque la fertilidad se pasa con la edad, y nos lancemos antes (perdemos muchos niños que sí se querrían tener porque intentamos concebirlos demasiado mayores, mujeres y hombres). Y que quienes tienen un hijo, por favor, que le den al menos un hermanito.

 

-Que las madres y padres, solo por serlo, y más cuantos más hijos tengan, merecen prestigio y el agradecimiento de la sociedad, por su contribución a darnos la continuidad y sostenibilidad demográfica que tanto necesitamos.”

 

Si estuviéramos realmente concienciados sobre este problema, y se revalorizase en la sociedad la figura de la madre -y la del padre, que está aún más ninguneada en nuestro tiempo-, lo demás vendría por añadidura: se investigaría con seriedad y sin orejeras ideológicas por qué tenemos tan pocos niños y qué nos motivaría a tener más, y se pondrían en marcha las medidas económicas y no económicas que nos llevarían al renacimiento demográfico que tanto necesitamos, teniendo en cuenta que cada nueva generación de españoles es de un 35% a un 40% menos numerosa que la anterior.

 

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