La delincuencia femenina: cifras, teorías y problemáticas

29/03/2019

Denis Oliveira @denisolvr


A lo largo de la historia, la criminalidad ha estado siempre relacionada con la figura del hombre generalizándose las conclusiones que se obtenían para toda la población, incluidas mujeres. Además, la concepción de la mujer ha girado siempre en torno a varias ideas que no incluían el papel de delincuente como algo posible para el género femenino.  La mujer era vista como la cuidadora del hogar y los niños, un ser más débil y empático que no podía mostrar agresividad. Aquellas que se salían de esta norma eran calificadas como “mujeres masculinizadas” que cometían actos impropios de su rol y debían ser corregidas.  Con el paso del tiempo, las investigaciones sobre delincuencia femenina han ido aumentando y poniendo en evidencia algunas problemáticas que anteriormente no se tenían en cuenta en el ámbito penitenciario evidenciando también que las mujeres sí delinquen en menor medida que los hombres. Con este artículo se pretende arrojar algo de luz al fenómeno de la delincuencia femenina por lo general poco estudiado y conocido.

 

Cifras

 

Según datos oficiales extraídos del estudio “Delincuencia y población penitenciaria femeninas” de Carmen Juanatey, el número de mujeres en prisión ha representado siempre una minoría a nivel mundial. En el caso de España, en Octubre del año 2017 la población reclusa femenina ascendía al 7,48% frente al 92,52% correspondiente a la población masculina. Según tipología delictiva, las estadísticas del INE del 2017 nos decían que:

 

-Los hombres aparecen condenados en mayoría por delitos contra el patrimonio y el orden  socio-económico seguidos de forma destacable por los delitos contra la seguridad colectiva y los delitos contra la seguridad vial.  

 

 

 

 

-Las mujeres aparecen condenadas mayoritariamente por delitos contra el patrimonio y el  orden socio-económico seguidos de forma destacable por el delito de hurto.

 

-En general, la diversidad en tipologías delictivas es mucho más amplia para los hombres.  

 

 

Ahora bien, ¿a qué se debe esta gran diferencia de condenas?

 

 

La delincuencia femenina en las teorías criminológicas

 

Fue en la segunda mitad del siglo XIX cuando se empezaron a realizar estudios sobre delincuencia femenina. Estos fueron inicialmente enmarcados dentro de las teorías biológicas donde destaca el autor -ya tratado en artículos anteriores sobre Criminología positivista- Cesare Lombroso (1835-1909). Estas teorías consideraban a la mujer como inferior al hombre en el marco evolutivo y por ello se creía que no era capaz de delinquir. Además, se decía que si lo hacía serían delitos de mayor crueldad por estar relacionadas con lo más primitivo y poseer, a su parecer, características como la astucia, el rencor y la falsedad.

 

Otros autores, siguiendo esta línea, afirmaban que la mujer poseía menos agresividad que los hombres y las hacía menos proclives a delinquir. Cabe señalar algo que ya mencioné en el anterior artículo y es “la teoría de los caballeros” o “de la caballerosidad”. Según esta teoría, la propia policía y jueces, detienen o condenan a más hombres que mujeres ya que la sociedad consideraría la delincuencia femenina menos grave que la masculina. Es decir, el Estado y la sociedad tienen como expectativa el hecho de que la mujer no delinca. Esta hipótesis se enmarca dentro de las teorías de control social y ha causado gran debate. Actualmente, resulta una falacia pensar algo así ya que si se analizan las condenas y sentencias impuestas, como señala Ruth Alvarado Sánchez en su artículo[1]:

 

“[…] las mujeres son detenidas con mayor frecuencia que los hombres en la comisión de infracciones de escasa gravedad, lo que se conoce como faltas, y sufren con reiteración mayor número de condenas y de mayor duración que el hombre por la práctica de determinados “delitos de status” (como vagabundear o fugarse de casa)”.[…] la mujer no recibe una actitud más suave o gentil sino que encuentra un montaje de control constante en todas las esferas de su actuación, sobre todo en conductas que implican una desviación de su papel tradicional, donde la mujer es condenada con mayor frecuencia que el hombre.”

 

 

En substitución a estas visiones aparecieron las teorías de cariz social. En un principio, de la mano de teorías feministas, se pensó que con la introducción de la mujer en la vida laboral y social, las tasas se elevaran hasta igualarse con las de los hombres (teoría de la igualdad de oportunidades). Pero, a pesar de que las tasas efectivamente sí aumentaron, nunca se equipararon a las de los hombres. De hecho, los países como Finlandia, Noruega, Austria y Holanda donde las mujeres han logrado una mayor emancipación económica son aquellos donde, precisamente, las tasas de delincuencia femenina son más bajas en proporción a la de los hombres.

 

Shuterland (1883-1950) demostró en el año 1924 que las explicaciones sociológicas son las que tienen mayor veracidad (sin por ello implicar que sean perfectas en sus diagnósticos y que otros elementos extra-sociales no puedan influir). Logró observar y demostrar como las tasas de delincuencia femenina variaban en el tiempo y el espacio en función de la sociedad en que se enmarcan, siendo lo que ocurría en estas, factores determinantes para explicar la delincuencia tanto femenina como masculina. De este modo, aquella concepción de “las mujeres no delinquen puesto que no está en su naturaleza de cuidadora” quedaba definitivamente atrás. No se trata de afirmar que la biología no tiene absolutamente nada que ver, pero sí de remarcar que no existe un rol específico para cada género que impida delinquir.

 

En un estudio realizado en Córdoba (Argentina) por Mariana Sánchez (“Género y delito. Tesis de maestría en Métodos y Técnicas de Investigación en Ciencias Sociales”[2]) se midió la diferencia de tasas delictivas para hombres y mujeres entre los años 1975 y 1996, observando que las cifras variaban de manera muy similar. Al igual que demostró Shuterland, este estudio puso en manifiesto como las tasas seguían cursos de ascensos y descensos muy similares, lo que significaba que quedaban rechazadas las teorías biológicas como única explicación al delito. (En particular, se demostró que las tasas de desempleo influían tanto en la delincuencia femenina como en la masculina, pudiendo ser causa del incremento de la criminalidad para delitos de orden socio-económicos).

 

Si buscamos factores psico-biológicos actuales que puedan relacionarse con las diferencias entre delincuencia femenina y masculina, encontramos algunos estudios que señalan las hormonas. Se relaciona la testosterona con una mayor agresividad física en los hombres (ya que la posee en una cantidad diez veces superior a la mujer) y se investigó sobre el síndrome pre-menstrual en las mujeres. Sin embargo, la mayoría de investigaciones constatan que no se puede atribuir una única explicación biológica al síndrome pre-menstrual. Se señala en el estudio realizado por J. Guerra y A. Lerma[3] lo siguiente:  

 

[…] “Como conclusión se podría afirmar que no se puede atribuir una única explicación biológica al amplio espectro de síntomas del síndrome pre-menstrual. Tanto los estudios que asocian este síndrome como los que asocian la testosterona con la agresividad y con conductas delictivas son en su mayor parte retrospectivos. Así se podría postular que un organismo que se dirige hacia la acción segrega una serie de hormonas, que en ese caso no sería la causa sino la consecuencia de la acción. […] La diferencia entre ambos sexos no estaría en su capacidad para ser más o menos agresivos, sino que los diferentes mecanismos biológicos predispondrían a desarrollar una mayor o menor violencia; en este sentido la interacción con las normas sociales, asignando roles más activos o pasivos, estaría delimitando el sistema.”

 

Como se indica en el artículo “La mujer en la teoría criminológica”[4] realizado por Mariana Noemí Sánchez, otras investigaciones también han demostrado que los hombres son más propensos a cometer delitos de mayor gravedad, liderar organizaciones criminales y a necesitar una menor dosis de provocación para reaccionar de forma delictiva ante una situación. Con todo, la explicación exacta de este fenómeno aun no se conoce con precisión, siendo necesaria más información al respecto.

 

La teoría de la relación género-delincuencia de Steffensmeier y Allan (1996).

 

De acuerdo con esta teoría los distintos roles de género en los que son educados hombres y mujeres explicaría las diferencias en materia de criminalidad.

 

Según estos autores, los elementos que organizan esta distinción son los siguientes: Las normas de género, es decir, las conductas y actitudes de socialización de ambos sexos. En el caso de las mujeres se incluye el papel de cuidar de los otros, la apariencia y la sexualidad. La identidad, que han adoptado en consecuencia de estas normas de género. En el caso de las mujeres, se trata de mantener vínculos y relaciones de mayor cuidado de manera exitosa con los demás. La vinculación  entendida como la importancia de las relaciones afectivas y el desarrollo moral referido a las éticas que corresponden a los géneros son diferentes, correspondiendo de nuevo el papel de cuidadora a la mujer y por lo tanto, de la necesidad de una mayor moral.

 

Los autores explican que las mujeres tienen mayor control sobre sus conductas debido a todas estas causas que han fomentado históricamente el hecho de que tengan que cuidar de otros y de sus relaciones afectivas. Por otro lado, en el caso de los hombres, se ha mostrado mayor hincapié a nivel social en la competitividad y el estatus, lo que hace que acaben valorando su interés propio por encima de otros, incurriendo con más facilidad en comportamientos agresivos o violentos.

 

En resumen, los autores pretenden explicar las diferencias entre hombres y mujeres a nivel criminal también en términos sociales, pero atendiendo principalmente a la organización de género.

 

 

Prisionización: Diferencias y problemáticas.

 

El concepto “prisionización” hace referencia a la asimilación de la experiencia carcelaria. Esta experiencia, tiene varias consecuencias que se manifiestan de igual forma tanto para los hombres como para las mujeres. Por ejemplo, las personas encarceladas muestran un mayor grado de dependencia debido al amplio control al que se ven sometidas, su imagen se desvaloriza y tienen una menor autoestima. Al hacer el mismo análisis sobre los efectos que genera el encarcelamiento desde una perspectiva de género, encontramos ciertas diferencias. No obstante, no es que las mujeres tengan efectos diferentes a los hombres sino que a los que ya sufren en conjunto, se suman otros que solo se manifiestan al ser mujer. En un estudio realizado por  M. Carmen Herrera y Francisca Expósito[5] se encontraron resultados muy interesantes: A partir de 291 internos de distintas cárceles andaluzas (58,1% hombres y 41.9% mujeres) se dieron respuesta a una serie de preguntas a través de un cuestionario. Las conclusiones que extrajeron fueron las siguientes:

 

En primer lugar, las mujeres creen que la relación con sus amigos y sus seres queridos se verá afectada en mayor medida que los hombres. Los hombres, por el contrario, piensan que será la relación con su pareja la que se verá afectada en mayor grado. Por otro lado y a través de las charlas que también mantuvieron con los internos, encontraron que “[…] los hombres tienden a justificar más los delitos que cometen, se perciben como víctimas del sistema, suelen hacer atribuciones externas y por tanto se creen con derecho a exigir mejores condiciones penitenciarias, y a no asumir su responsabilidad del hecho delictivo. Las mujeres, por el contrario muestran el patrón opuesto, tienden a recriminarse su comportamiento, se sienten culpables de lo que han hecho, y probablemente por eso se muestran menos exigentes, sobrevaloran lo que tienen porque asumen la responsabilidad de sus actos, situación que les lleva a valorar el ambiente que les rodea de una manera menos hostil que la que esperábamos encontrar.”

 

Encontraron además, que la autoestima de las mujeres se veía muy ligada a las relaciones con sus seres queridos y lo que pudieran pensar de ellas, por lo tanto se veía mucho más dañada que la de los hombres. Las mujeres que tienen hijos, poseían mayor autoestima que las que no los tenían. De alguna forma, los hijos actuaban como motor para continuar dentro de prisión y salir de ella.

 

Similarmente, y de acuerdo con literatura varia, es de destacar que las carreras delictivas de las mujeres son más cortas que las de los hombres y muestran un menor grado de reincidencia. Numerosos estudios demuestran una actitud positiva frente a la re-socialización de las mujeres y los delitos que cometen son de menor gravedad que los de los hombres. Sin embargo, la población reclusa femenina no deja de crecer en todos los continentes. En ciertos estudios se proponen medidas alternativas a la prisión para las mujeres ya que se habla de un “populismo punitivo” que en lugar de tener en cuenta lo anteriormente expuesto, utiliza la situación de marginalidad de muchas mujeres que han cometido delitos menores como indicativo de reincidencia en lugar de lo contrario. Es decir, consideran que por ser pobre o por ejemplo, haber ejercido previamente la prostitución, volverán a delinquir. En el caso de España, el endurecimiento del Código Penal y por consiguiente los elevados números de condenas no se corresponden con la realidad de una sociedad peligrosa. (Tanto para el caso de los hombres como para las mujeres). La particularidad de los casos femeninos reside en que muchas de ellas, antes de delinquir, han sido victimizadas y han sufrido violencia por parte de un hombre. Como indica María Acale Sánchez[6]: “[…] muchas mujeres condenadas han sido previamente objeto de vejaciones, insultos, amenazas, mal trato, sometimiento forzado al ejercicio de la prostitución o la mendicidad, en definitiva, a conductas constitutivas de delito, y parece que existe una relación entre esa victimización previa y la posterior comisión de delito”. Además, existe para las mujeres una doble estigmatización: ser presa y soportar el discurso de feminidad que las considera dependientes y cuidadoras de sus familiares e hijos.

 

Otra problemática muy tratada en los estudios más recientes es el diseño institucional penitenciario y la ubicación de las cárceles para las mujeres. Las tasas de condenas son muchísimo más minoritarias que las de los hombres, las mujeres muestran entre ellas menor conflictividad y suelen estar condenadas por delitos menos graves. De este modo, la Administración Penitenciaria Española no usa criterios de clasificación a las internas y permite que convivan diferentes grupos de mujeres juntas sin tener en cuenta sus necesidades y características. Además, normalmente las mujeres reclusas están internadas en módulos que corresponden a centros penitenciarios masculinos. Tal y como señala Carmen Juanatey[7] en su artículo “Delincuencia y población penitenciaria femeninas” solo se cuentan con cuatro centros de mujeres (frente a 80 de hombres) y los desplazamientos que muchas de ellas tienen que realizar para acabar internadas las aleja de sus familiares y de su lugar de residencia. De estos 75 módulos existentes, existen 40 plazas en cada uno de ellos y sin embargo pueden llegar a ser 70 las mujeres internadas Esto implicaría unas peores condiciones de salubridad y residencia.

 

Asimismo no existen programas que garanticen dietas saludables para las embarazadas y no se toman en cuenta los periodos de gestación y lactancia así como los cuidados de salud sexual. El regreso a prisión después del periodo de alumbramiento causa grandes sufrimientos a las internas y las prisiones tampoco poseen programas específicos para tratar estas condiciones.

 

En la historia penitenciaria las cárceles de mujeres eran conventos donde se veían obligadas a rezar para redimir sus pecados y las actividades ofertadas eran, por poner un ejemplo, tales como costura.  Actualmente, aunque hay mayor oferta, los programas de actividades a los que pueden acceder tanto hombres como mujeres continúan perpetuando roles de género (por ejemplo, lavandería para las mujeres y mecánica para los hombres), existiendo menos plazas para el caso femenino.

 

En conclusión, aún cuando la criminología actual trabaja en este campo históricamente olvidado, lo cierto es que aun quedan muchas preguntas por responder y políticas por diseñar que tengan realmente en cuenta las diferencias existentes entre hombres y mujeres a nivel criminal.

 

 

 

[1]     Alvarado, R. (2012). Por qué delinquen las mujeres . Teorías sociales. Enfoques críticos. Criminología y Justicia. Recuperado de: https://cj-worldnews.com/spain/index.php/es/criminologia-30/genero-y-delincuencia/item/2395-por-qu%C3%A9-delinquen-las-mujeres-teor%C3%ADas-sociales-enfoques-cr%C3%ADticos

[2]     Sánchez, M. N. (2004). Género y delito. (Tesis de maestría en Métodos y Técnicas de Investigación en Ciencias Sociales). Universidad de Colima, México.

[3]     Guerra, J. Y Lerma, A. Aspectos psicobiológicos de la delincuencia femenina.

[4]     Sánchez, M.N. (2004). La mujer en la teoría criminológica. La ventana, (20), 240-266.

[5]     Herrera, M.C. y Expósito, F. (2010). Una vida entre rejas: Aspectos psicosociales de la encarcelación y diferencias de género. Intervención Psicosocial, 19(3), pp. 235-241.

[6]     Acale, M. (2017). El género como factor condicionante de la victimización y de la criminalidad femenina. Papers, 102(2), pp. 1-30.

[7]     Juanatey, C. (2018). Delincuencia y población penitenciaria femeninas: situación actual de las mujeres en prisión en España. Revista Electrónica de Ciencia Penal y Criminología.

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