¿Quién puede largarse? El independentismo a examen

23/03/2019

Mantas Hesthaven @mantashesthaven

 

El año pasado esta revista publicó una muy recomendable serie sobre uno de los principales problemas que existen en la secesión de un territorio respecto a su estado matriz, especialmente dentro del marco de una democracia liberal: el problema del demos. Los artículos de Pablo Magaña nos planteaban que más allá de lo que se decide, es fundamental determinar quién lo debe decidir. Este artículo pretende ofrecer unas nociones complementarias a esta cuestión, haciendo un breve repaso sobre las teorías normativas de la secesión.

 

¿Cuando es legítima una secesión? ¿Podemos determinar un criterio que nos indique cuando una secesión es moralmente aceptable y cuando no? En las situaciones de dominio colonial y similares existe un consenso en cuanto a reconocer el derecho a la autodeterminación de los territorios no soberanos, incluso recogido en el derecho internacional público. Sin embargo, al movernos a otro tipo de casos, el debate dista mucho de estar resuelto.

 

En la literatura académica encontramos tres grandes teorías que proponen criterios para legitimar una secesión. Cabe destacar que, en contra de lo que se podría imaginar a priori, los autores que han elaborado estas teorías no suelen proponer criterios muy amplios que legitimen una gran cantidad de secesiones. En realidad, muchos de estos autores consideran que una gran proliferación de territorios que acaben independizandose de sus estados matriz no es algo deseable. En consecuencia, en una democracia liberal la secesión debería ser el último recurso adoptado, habiendo fracasado previamente otras alternativas de acomodación dentro del estado existente.

 

La primera teoría que expondremos es la denominada adscriptiva, defendida por autores como Paul Gilbert y David Miller. En resumen, esta teoría propone que cada nación tiene derecho a un estado propio. La pregunta que emerge aquí es la siguiente: ¿y qué es una nación? ¿Qué grupo humano se puede reivindicar como tal? Autores como Avishai Margalit y Joseph Raz describieron unos requisitos para este grupo humano. Deben compartir una cultura comuna, que los miembros del grupo hayan vivido y crecido en ella, que exista un reconocimiento mutuo entre los miembros, que ser miembro del grupo forme parte de la identitat individual. que se sea miembro del grupo al nacer (que no haya que pasar alguna prueba cual niño espartano) y que ser miembro del grupo sea algo anónimo pero reconocible entre sus miembros.

 

La teoría adscriptiva no es defendida por muchos autores, y de hecho los que la hacen también consideran preferible una acomodación al estado matriz como primera opción. Presenta algunos problemas importantes. En primer lugar, la cuestión ya comentada de como objetivizar qué grupo humano es o no es una nación. En segundo lugar, olvida la cuestión democrática, pudiendo llegar a legitimar decisiones unilaterales no respetuosas con los procedimientos democráticos y los derechos de individuos o miembros dentro del territorio secesionista. En tercer lugar, la gran cantidad de grupos humanos que podrían englobarse en esta categoría de nación podría abrir la puerta a literalmente centenares de secesiones en todo el mundo, cosa que sin duda sería problemática. En cuarto lugar, en la realidad existen múltiples grupos humanos cuyos individuos tienen indentidades duales, sintiéndose a la vez miembros de la nación minoritaria y del conjunto mayoritario que conforma el estado matriz. ¿Cómo se resolvería esto?

 

La segunda teoría es la denominada asociativa o plebiscitaria, defendida por autores como Harry Beran. Esta teoría promulga que cualquier grupo humano que se quiera organizar como comunidad política debe poder autodeterminarse si así lo decide democráticamente. En otras palabras, todo territorio que se secesione bajo un mandato democrático lo estará haciendo legítimamente, pues lo importante no es el sujeto ni las razones, sino el procedimiento. No obstante, existirían algunas restricciones a esta posibilidad. Es necesario que el territorio independizado sea viable económicamente, que no se lleve un espacio vital para el estado matriz, que no genere enclaves territoriales, que negocie los bienes en disputa con el estado matriz, que exista una protección posterior a los subgrupos existentes dentro del territorio secesionado y que esta voluntad democrática se plasme refrendariamente.

 

Esta teoría tampoco está exenta de críticas. Igual que en la anterior, podría abrirse la puerta a incontables secesiones a lo largo y ancho del planeta. Además, existiría el riesgo que la amenaza de la secesión se convirtiera en una arma política ante cualquier decisión que no gustara en un territorio concreto, dificultando así el funcionamiento ordinario de una democracia liberal. Tampoco parece claro que los requisitos enumerados en el párrafo anterior nos aclaren del todo qué grupos humanos podrían incluirse y qué otros no.

 

La tercera teoría es quizás la más interesante y lleva por nombre "la causa justa", defendida por Buchanan. Esta teoría parte de la base que la secesión es algo excepcional y que solo puede producirse bajo circunstancias concretas. Una intervención militar, una vulneración masiva de derechos individuales (u otros casos de vulneración de derechos) y un incumplimiento de acuerdos por parte del estado matriz hacia el territorio susceptible de secesión son los escenarios que describe Buchanan como legitimadores de secesión. Esta teoría va ligado al concepto de "remedial secession", esto es, aquella secesión que se legitima por querer poner fin o paliar los atropellos cometidos por el estado matriz en el territorio secesionado.

 

Incluso en estos casos, Buchanan plantea algunas restricciones, como son la compensación del estado matriz y la protección de derechos de todos los individuos del territorio. Se trata de la teoría más restrictiva de las tres, pues Buchanan considera peligroso generalizar el derecho a la secesión, pues quiere evitar incentivar la salida del juego democrático y la generación de conflictos.

 

Como críticas a esta tercera teoría, se esgrime que deja de lado el elemento nacional y el democrático presentes en las otras dos, que efectivamente puede incentivar a que grupos secesionistas busquen situaciones de violencia para legitimar la secesión y que al fin y al cabo no existe un árbitro que indique qué es una causa justa y qué no en los casos más debatibles.


Parece evidente que no disponemos de una solución universal y comúnmente aceptada para detectar secesiones legítimas. Cada teoría pone el foco en aspectos relevantes distintos, pero también adolece de algunas dolencias propias. En cualquier caso, este es un debate lejos de quedar resuelto en las democracias liberales surgidas en los siglos XIX y XX, pero que no por ello dejará de estar latente en el siglo XXI.

  

 

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