El dilema del Eutifrón

Pascal van de Vendel @pascalvendel


Una de los fragmentos más conocidos de la literatura universal se encuentra en Los hermanos Karamazov con aquello de “si Dios no existe, todo está permitido”. Una idea de origen nietzscheano que muchos utilizan, precisamente, para justificar a sensu contrario la existencia de Dios. Y es que sin la existencia de una autoridad moral superior que determine qué es correcto -que distinga el bien del mal- parece que solo podrían existir simples opiniones subjetivas, todas ellas igual de válidas o inválidas. Luego, a menos que queramos caer en un relativismo moral absoluto, entonces –dice el llamado “argumento moral”- la existencia de Dios se vuelve necesaria.

 

Sin embargo, Platón  (427-347 a.C) era de otra opinión. En el diálogo Eutifrón, Sócrates plantea la siguiente pregunta: ¿aman los dioses al piadoso porque es piadoso, o el piadoso es piadoso porque lo aman los dioses? (10b). Lo que, para nuestros propósitos, puede traducirse por: ¿son las cosas buenas y justas porque Dios así lo manda, o las manda porque son buenas y justas?

 

Podría parecer una pregunta inocente, una cuestión de simple matiz; nada más lejos de la realidad. Determinar la prioridad del huevo sobre la gallina es, en este caso, esencial para la filosofía de la religión (y la moral). Fijémonos, si tomáramos el segundo cuerno del dilema y afirmáramos que Dios no fija el bien y el mal -que en vez de crear esa distinción meramente "la descubre y aplica"-, entonces su existencia como un ser omnipotente y soberano quedaría seriamente comprometida. En efecto, Dios dejaría de ser el estándar moral y, desposeído de esa autoridad, no pasaría de ser una criatura muy sabia y poderosa.

 

Sin embargo, optar por el primer cuerno del dilema no sería más prometedor, dado que si afirmáramos que las cosas son buenas porque así lo manda Dios –tal y como sostiene la teoría del mandato divino-, entonces la moralidad parecería reducirse a un arbitrario capricho. Un capricho divino sí, pero capricho al fin y al cabo –lo que se conoce como el "problema de la arbitrariedad". Lo que, además, conllevaría que si Dios decidiera que el homicidio y la tortura fueran positivas, entonces lo serían –lo que da lugar al llamado "problema de la conclusión aberrante". Y que si debemos comportarnos de una manera y no otra es, solamente, porque así lo ha preferido en un momento concreto. Pues bien, ¿es eso aceptable? Sucede entonces algo muy curioso: parecería que la existencia de un dios no nos serviría para rehuir el relativismo y fundar sólidamente la moral; sl contrario, solo sustituiríamos una subjetividad –la de los hombres- por otra –la de Dios.

 

La historia de la filosofía ha contado con defensores a ambos lados del dilema. Para Lutero (1483-1546 d.C) Dios podría mandarnos y convertir en obligatoria cualquier acción. Para Leibniz (1646-1716 d.C) la ley moral sería inmutable incluso para el Todopoderoso. Con todo, aún existiría otra alternativa que, en vez de resolver el dilema, lo intentara disolver. Se trataría de la línea agustiniana bajo la cual Dios ni crearía ni seguiría los estándares morales, sino que –simplemente- los encarnaría. Dios ni crearía ni mandaría el bien, Dios sería el bien, y la bondad su naturaleza.

 

Seguramente el problema más evidente de esta última propuesta sea su oscuridad: ¿qué puede significar que Dios es el conjunto de deberes y prohibiciones? ¿Cómo puede alguien ser tal cosa? Pero más importante aún, incluso de aceptar una metafísica tal, el dilema parecería mantenerse. En efecto, si Dios debe ser ese estándar objetivo que buscábamos, entonces surge la pregunta: ¿podría Dios alterar su propia naturaleza? De nuevo, si puede y decide no hacerlo, entonces el bien y el mal devienen arbitrarios. Si por el contrario, es incapaz de alterar su naturaleza –como por ejemplo podemos cualquiera de nosotros-, entonces su omnipotencia se quiebra. Muerto Platón y transcurridos miles de años el dilema se mantiene.  

 

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