Renta básica, autonomía y autorrealización

Sharon McCutcheon @sharonmccutcheon

 

Pocos debates levantan tantas ampollas como el referido a la Renta Básica universal (en adelante RB); sus detractores y defensores se encarnizan en batallas que, en el marco de una sociedad neoliberal habitada supuestamente por personas sólo preocupadas por maximizar su lucro, están pérdidas de antemano.  La discusión así encuadrada girará por tanto en torno a dos cuestiones: En primer lugar, y como no podía ser de otra manera, su viabilidad en términos económicos; y, en segundo lugar, en torno a las consecuencias socioeconómicas que acarrearía, y en particular de la posible incitación de comportamientos parasitarios, y el consiguiente efecto llamada a los vagos de todo el mundo. 

 

Acerca de la primera cuestión, economistas como Daniel Raventós[1], han argumentado que un ingreso incondicional para toda la población no sólo sería viable, si no deseable, puesto que estimularía la economía y el mercado laboral, favoreciendo la autonomía, el emprendimiento y la búsqueda de empleos más satisfactorios, mejorando con ello el bienestar tanto de la sociedad como de los individuos que la componen.

 

Por su parte Sergi Raventós[2], sociólogo y trabajador social, añade que la RB, confrontaría de raíz lo que considera una emergencia social creciente:la incertidumbre vital y el desgaste psíquico y crónico que sufren millones de personas paradas o con trabajos precarios y eventuales. Un problema especialmente relevante si se considera que, de acuerdo con algunos informes de organismos internacionales[3]se espera que la ansiedad y la depresión sean las primeras causas de enfermedad durante el año 2020 en el mundo desarrollado. Un hecho que, además, se convertirá en una de las principales causas de jubilación anticipada y de percepción de pensiones por discapacidad con unos costes económicos que supondrán el 4% del PIB.

 

Una de las objeciones más frecuentes que se alzan contra la RB, es que tales ayudas no sólo vulneran la libertad y los derechos individuales, sino que además fomentan la gandulería y la dependencia del Estado al proporcionar beneficios sin esfuerzo. Libertad y derechos así entendidos quedan enclaustrados en el ámbito de lo económico, es decir, se entiende existe libertad en la medida en que nadie interfiere con el derecho a la obtención ilimitada de beneficios, no con el hecho de que la forma en que tiene lugar tal adquisición pueda estar incidiendo en la libertad y el derecho ajenos. De este modo, las ayudas sociales adquieren el carácter de limosna, ya que quienes las perciben no poseen las cualidades necesarias o no han sabido planear bien su vida. Ahora bien, cuando la desigualdad económica se piensa cómo un fenómeno estructural, la libertad y el derecho dentro de este escenario se convierten en una forma de violencia simbólica que legitima a quien la profesa y culpabiliza a quien padece sus consecuencias. El individuo es así arrojado a un sistema desigual y obligado a tratar de superar sus dificultades careciendo de las herramientas necesarias. Sin embargo, partiendo de puntos de vista menos individualistas y atomizados de la naturaleza humana  que tengan en cuenta el carácter comunitario de los individuos, perspectivas basadas en el respeto, la cooperación y la participación se vuelven algo más naturales; la supuesta competitividad de la que hacen apología las visiones egoístas de la naturaleza humana, quedan oscurecidas por la posibilidad real de cooperación para garantizar el mismo respeto por las libertades y los derechos ajenos, no sólo los propios.

 

Así las cosas, las actuales ayudas y subvenciones se han demostrado poco efectivas e insuficiente para garantizar el bienestar (midiéndose con criterios muy pobres de lo que se considera una necesidad básica o un colectivo en exclusión), ya que ponen un simple parche sin incidir apenas en la raíz de la desigualdad, llegando incluso a perpetuarla. La RB,sin embargo, no es una cuestión de caridad; tiene que ver con lo que se entiende por ser humano y vida vivible, donde la capacidad de elección real de las propias condiciones y formas de vida también podrían ser considerados derechos fundamentales.

 

Tradicionalmente, bienestar y desarrollo económico se utilizan como sinónimos, siendo el PIB el indicador de prosperidad de una sociedad. De ello se desprende que actividades referidas a la expresividad o la creatividad queden relegadas a un segundo plano o, con un poco de suerte, valoradas de forma instrumental, es decir para la consecución de algún otro fin. En definitiva, se han perdido los criterios para valorar una actividad como favorable si no es a costa de los beneficios económicos que pueda acarrear Autorrealización, plenitud, vocación, satisfacción personal, confianza, autonomía, son cuestiones que han de tenerse en cuenta en la valoración del desarrollo de los seres humanos,como seres humanos, y no como meros recursos dentro del sistema productivo.

 

La enseñanza reglada gira en torno a la adquisición cada vez más para obtener la ansiada empleabilidad laboral, mientras cualidades como la comprensión, la sensibilidad, los cuidados, la tolerancia o la empatía, no tienen cabida en el marco de una sociedad altamente competitiva y racionalizada. En La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Max Weber (1864-1920) reflexionaba acerca del concepto moderno de profesión llegando a la conclusión de que “el deber profesional ronda nuestras vidas como el fantasma de pasadas ideas religiosas” (Weber, 2006: 283). Así pues, el proceso de secularización no puso punto y final a las ideas religiosas, sino que estas se materializaron en la conducción metódica de la vida necesaria para el desarrollo del capitalismo: el trabajo para alcanzar la salvación. Ahora bien, en las nuevas circunstancias, dominadas por el trabajo flexible, la precariedad y la temporalidad, donde planteamientos acerca de un futuro estable son ya quimeras, la idea de la ocupación-vocación como vertebradora de la identidad se resquebraja, y no sin repercusiones: la vergüenza, el aislamiento, la alienación, la depresión, o el fracaso rotundo de quienes no han conseguido o no desean la tan ansiada posición económica. Unas personas que a partir de ese momento serán vistos como parásitos del sistema.

 

Las críticas al sistema de dominación laboral y de su colonización en el mundo de la vida han venido de la mano de numerosas corrientes y movimientos sociales, poniendo de manifiesto no sólo la imposibilidad de compaginar el trabajo con cualquier otra actividad relacionada con el desarrollo personal, sino además haciendo especial hincapié en la imposibilidad de conciliación familiar con la vida laboral. El sociólogo británico David Frayne[4] realiza un completo replanteamiento acerca de la posición ética del trabajo y del dominio que este ejerce en nuestras vidas bajo condiciones que rozan la esclavitud. Su crítica se basa fundamentalmente en reivindicar la necesidad de llevar vidas más ricas fuera del mercado laboral, especialmente cuando existe la posibilidad de redistribuir las horas de trabajo de forma más equitativa. Enlazamos así con otra de las más sonoras críticas que se han realizado a la RB: el efecto llamada. En un mundo globalizado, donde el movimiento de personas y no solo de capitales,es imparable, donde un 80 % de la población mundial sufre las consecuencias económicas, medioambientales y demográficas del enriquecimiento de un 20%, continuar hablando de efecto llamada como si fuese algo indeseable o incluso como si pudiera frenarse es absurdo. Según las últimas proyecciones demográficas, Europa tendrá un decrecimiento poblacional cada vez mayor, (gracias en parte a las dinámicas mencionadas anteriormente), mientras que la población de África, América Latina o Asia se triplicará. Ello demuestra que no es posible hacer frente a los retos que plantean las sociedades contemporáneas desde los mismos presupuestos que hasta ahora.

 

En definitiva,la RB es una medida social, no simplemente económica, que, si bien no eliminaría mágicamente todos los problemas sociales, contribuiría a nivelar de forma justa y racional las condiciones de partida de todos los individuos, volviendo el sistema de oportunidades más equitativo y accesible, y allanado de manera substancial el camino para la erradicación de la pobreza.  Además, los beneficios serían inmediatos y más tangibles que en el actual sistema fiscal, donde el sistema de la seguridad social puede parecer una forma de caridad difícil de justificar cuando las condiciones de vida están cada vez más deterioradas para el conjunto de la sociedad, no sólo de unos pocos (casi nunca percibidos como parte de la misma comunidad que realiza las aportaciones). Por otra parte, al permitir la elección, tanto en lo referente al tiempo que se quiere dedicar a la actividad productiva, como teniendo en cuenta las preferencias individuales, el desarrollo de las capacidades humanas se convierte en una posibilidad real no sujeta a los condicionantes socioeconómicos, y la ocupación-vocación puede volver a adquirir un sentido. Así pues,  hablar de RB es hablar de autonomía y autorrealización de una sociedad donde sea posible poner el foco en el bienestar completo de todos los individuos.

 

 

 

[1]Raventós, Daniel. (2001) La Renta Básica. Por una ciudadanía más libre, más igualitaria y más fraterna. Ariel, Barcelona.

[2]Raventós, Sergi. (2017) La Renta Básica como medida de prevención y protección de la salud mental. Conferencias Blancas-La Revista n.º 7 48-50. Disponible en: http://www.unedvila-real.es/DOCUMENTOS/REVISTA/N7%20CONFERENCIAS%20BLANCAS%20LA%20REVISTA.pdf

[3] En 2005 la Unión Europea elaboraba un documento llamado Libro Verde. Mejorar la salud mental de la población. Hacia una estrategia de la Unión Europea en materia de salud mental

[4]Frayne, David. (2015) El rechazo del trabajo. Teoría y práctica de la resistencia al trabajo. Akal, pensamiento crítico. Madrid-España.

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