El problema del mal

 

Si Dios es bueno, todopoderoso y omnisciente, ¿cómo permite que sucedan cosas malas? Esta sencilla pregunta atribuida a Epicuro de Samos (341 - 270 a. C.) plantea lo que se conoce como “problema del mal”, uno de los rompecabezas filosóficos más desafiantes para el teísmo cristiano.  El escocés Hume (1711-1766 d.C) lo expresó de forma muy elocuente siglos más tarde:

 

¿Es que Dios quiere prevenir el mal, pero no es capaz? Entonces no es omnipotente.
¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces es malévolo.
¿Es capaz y desea hacerlo? ¿De dónde surge entonces el mal?
¿Es que no es capaz ni desea hacerlo? ¿Entonces por qué llamarlo Dios?
[1]

 

Desde antiguo se han propuesto diversas soluciones conocidos como ‘teodiceas’: argumentos que intentan conciliar los atributos divinos antes mencionados y la presencia de toda clase de males en el mundo. Veámoslos.

 

Una de las respuestas más intuitivas a este rompecabezas se encontraría en el libre albedrío humano: los crímenes terribles que sufren tantos inocentes son el subproducto indeseable de un bien superior, la libertad. Esto es, Dios podría haber creado un mundo sin crimen, pero entonces habría creado un mundo sin libertad[2]. Sin embargo, y como es sencillo atestiguar, incluso asumiendo el valor infinito de la libertad humana el problema se mantendría. Y es que la existencia de esa libertad sería compatible con que una fuerza providencial interviniera muy ocasionalmente ni que fuera para evitar determinados usos extremadamente perversos de la libertad, por ejemplo, para evitar el Holocausto. En efecto, si criticaríamos a Superman por no evitar que un ladrón se llevara el bolso de una pobre anciana delante de sus ojos, ¿cómo podríamos permitírselo a un ser todavía más poderoso y bondadoso? Pero más importante aún, incluso si asumiéramos el valor infinito e inconmensurable de la libertad [3] otros tantos males quedaría sin explicar: los males naturales. Así Voltaire (1694-1778) no entendía como un dios omnipotente y moralmente perfecto podría haber permitido el terremoto que sacudió Lisboa en 1755, cosechando decenas de miles de vidas, sin ni tan siquiera distinguir entre los peores criminales y los recién nacidos.

 

pecado originalbautismo debería librarnos del pecado originalEstas dificultades han sido enfrentada por pensadores cristianos como Agustín de Hipona (354-430 d.C) apelando a la noción del “, habría toda una serie de infantes desafortunados cuyo dolor no sería explicable aun y adoptando la doctrina del pecado original.”: como Adán y Eva desobedecieron a Dios tomado el fruto del árbol prohibido, la humanidad habría quedado eternamente condenada. De este modo, los desastres naturales que parecen no distinguir entre buenos y malos vendrían a castigar ese desafío originario de la humanidad. No obstante, una línea de este tipo parecería incompatible con un dios moralmente perfecto. Pues, ¿acaso cabe condenar a una persona por los errores que otros cometieran? ¿Sería justo hacer sufrir a los humanos de hoy por lo que sucediera milenios atrás en el jardín del Edén? Es más, en la medida en que el

 

No obstante, ¿y si ese sufrimiento inmerecido fuera, aun así, positivo? Siguiendo al monje Ireneo (130-202 d.C) cabría plantear que el mal que experimentamos no sería realmente tal ya que, en el fondo, serviría a un propósito superior: desarrollarnos como personas. Es decir, se argumentaría que gracias al contacto con el mal y las elecciones erróneas podemos desarrollar un sentido del deber y de la responsabilidad. Dicho esto, si bien algunos males podrían explicarse recurriendo a este recurso, habría tantos otros que quedarían sin justificar. Por ejemplo, qué decir de los bebes antes mencionados que mueren dolorosamente al poco de haber nacido. ¿Qué enseñanza o propósito habría tenido ese mal? Es más, ¿por qué no podría Dios suministrar a los hombres ese conocimiento de forma directa o, al menos, mediante obstáculos mucho más ligeros?

 

Con todo, aún cabría una última opción, “a la desesperada”. Plantear con Leibniz (1710) que vivimos en el mejor de los mundos posibles y entender que todo el mal que existiría sería el mínimo imprescindible para permitir todos los demás bienes con los que convivimos. Simplificando, se postularía que la picadura de la abeja debe existir a fin de que podamos disfrutar de su miel, por ejemplo. Y si no somos capaces de percibirlo, si no somos capaces de ver la correspondencia positiva de cada suceso negativo, sería, simplemente, por lo limitado e imperfectos de nuestras capacidades cognoscitivas. Ya se sabe, “los caminos del señor son inescrutables”.  ¿Cuán convincente es esta respuesta?

 

[1] Extraído de https://es.wikipedia.org/wiki/Problema_del_mal de acuerdo con la cual Hume citaría a Epicuro como autor de esta paradoja. 

[2] Destacar sin embargo que la apelación a la libertad humana origina también otro problema para la existencia de un dios como el antes descrito; en efecto, ¿cómo puede existir un ser omnisciente cuando existen seres libres? ¿Cómo podría ese ser saberlo todo si hay aspectos totalmente imprevisibles y no determinados?

 

[3] Por ejemplo, hay quienes sugieren que la libertad humana tiene más valor como mayor sea el daño que pueda hacerse con ella. Así, el valor de una mano amiga y desinteresada es siempre superior en un mundo donde es posible usarla para el más siniestro de los fines.

 

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