El igualitarismo de la suerte: dos dilemas fundamentales

28/02/2019

 


Se puede definir el igualitarismo de la suerte como la doctrina moral según la cual el Estado debe compensar a las personas por su mala suerte en la vida, es decir, por todos aquellos inconvenientes o defectos de los que no sean responsables. El objetivo de todo ello es eliminar las ventajas inmerecidas que tienen los más talentosos de la sociedad con respeto a los menos agraciados por la naturaleza.

 

Dentro de la corriente igualitarista se debate qué dimensión humana en concreto debería ser objeto de compensación. Es lo que se conoce como  “la moneda de la justicia distributiva”. Así, hay quien considera que se debe compensar con recursos materiales a los menos talentosos, otros objetan que se han de igualar las capacidades, y otros consideran adecuado compensar e igualar el bienestar de la gente.

 

Pero dejando de lado los aspectos más concretos de esta doctrina, mejor mostrar un ejemplo para ver cómo se llevaría a la práctica esta teoría. Imaginémonos los padres de dos niñas, Alicia y Beatriz. Alicia no es muy buena académicamente, ya que su coeficiente intelectual y su capacidad para el esfuerzo no están muy desarrolladas. Por el contrario, su hermana Beatriz saca todo excelentes -podemos decir que es un genio. Si aplicamos esta doctrina, entonces Alicia, la de las malas notas, debe ser compensada por su falta de talento natural. Como igualitaristas de la suerte, consideraremos que Alicia no ha escogido sus genes y que por lo tanto, no es (enteramente) responsable de sus malas notas. Como familiares, deberemos prestarle más atención, o como Estado, darle dinero para que así sus desventajas queden compensadas con respeto a Beatriz.

 

Hasta cierto punto, el igualitarismo de la suerte parece intuitivo puesto que muchas veces tendemos a pensar que las cosas no son justas cuando consideramos que son fruto de la mala suerte. Por ejemplo, cuando llegamos tarde a trabajar porque el tren se ha retrasado una hora (cuando era una situación muy poco probable). O cuando percibimos como gran parte de nuestro futuro profesional está condicionado por el colegio donde hemos estudiado. Aun así, esta doctrina parece poco practicable porque, ¿cómo se establece qué es producto de la suerte y qué no? ¿Cómo separar qué es atribuible a la decisión individual y qué es fruto de la suerte?

 

Este es un aspecto clave de discrepancia entre las autoras y autores igualitaristas que tiende a acabar en discusiones sobre la responsabilidad individual y el libre albedrío. Hay quienes, como Dworkin[1], consideran que la distinción entre suerte y decisión se puede definir como “suerte opcional” y “suerte bruta”. Siendo objeto de compensación solo la suerte bruta, porque ésta no es fruto de un proceso de decisión. Por ejemplo, decidir qué carrera estudiar es un ejemplo de suerte opcional, fruto de un proceso de deliberación de la persona. En cambio, el hecho de haber nacido sin una pierna es “suerte bruta”, ya que la persona no ha calculado deliberadamente las opciones sobre nacer con una o dos piernas. Sin embargo, hay otros autores, como Cohen[2], que definen otra línea entre lo que debe ser compensado y lo que no. Cohen considera que solo se debe compensar lo que es fruto de las circunstancias personales. Es decir, si una persona tiene gustos caros, como es fruto de su personalidad, estos gustos caros deben ser compensados. (Cohen llega incluso a afirmar que si se descubre que todo es fruto de las circunstancias personales, entonces el igualitarismo de la suerte colapsa en igualitarismo de resultados - i.e todo debe ser igualado). Como hemos mencionado, estas maneras de dividir lo que debe ser compensado de lo que no corresponden a diversas maneras de percibir la responsabilidad individual, así como diversas maneras de percibir el mérito.

 

Retomando el ejemplo anterior, podemos ver esta problemática de forma más clara. Imaginemos que, siendo mayor de edad, Alicia decide someterse a una cirugía novedosa que incrementa su coeficiente intelectual, asemejándose más a su hermana. Al mismo tiempo, Beatriz se cae escalando una montaña y recibe un golpe en el celebro que trastoca su capacidad intelectual. La situación se ha invertido, Alicia es ahora más inteligente que Beatriz y, supongamos, tiene más capacidades para adquirir recursos (o cualquier otra moneda de justicia distributiva). ¿Debemos compensar ahora a Beatriz? O bien, como no son directamente características heredadas, ¿podemos decir que hay responsabilidad y que, por tanto, no se compensa el accidente inconsciente de Beatriz? 

 

Aun así, suponiendo que es posible compensar todas las desigualdades (que se consideren desventajosas), hay otro dilema a considerar. Y es que de acuerdo con diversos autores el igualitarismo de la suerte tal compensación sería criticable por denigrante. El igualitarista de la suerte, sintiendo lástima de la condición de los poco talentosos, solo podrá ofender a la persona asistida haciéndole saber que no vale para esta sociedad.

 

Considérese, por ejemplo, el modelo –exagerado- de una posible carta que recibiríamos, según Anderson [3], si el igualitarismo de la suerte fuera la doctrina que seguir en nuestra sociedad:

 

Estimada persona, dadas las cualidades que usted ha heredado de sus padres y dadas las pocas probabilidades que tiene usted de conseguir un buen trabajo, bien remunerado y con reconocimiento, además de una pareja con buenos genes, el Estado decide compensarle por ello con la suma exacta de XXXXXX €. Garantizando así que tenga un buen sustento económico, usted podrá vivir sin necesidad de sentir envidia de las personas guapas y talentosas que la rodean.

 

Atentamente, El Estado.

 

Estos son dos aspectos cruciales que plantea el igualitarismo de la suerte. En primer lugar, ¿Cómo separar qué es fruto de la suerte y qué fruto de la decisión personal? ¿Es posible esta distinción? ¿Es práctica? Y en segundo lugar, ¿debemos compensar a sabiendas que con ello se estigmatiza y ofende a una parte de la sociedad? Si se decide no compensar, el resultado puede ser desastroso para un igualitarista. Pero si se decide hacerlo, se cae en el insulto. ¿Qué hacer? Si nos preocupa la igualdad, parece interesante reflexionar sobre estos dilemas.

 

 

[1] Dworkin, R. (1981) “What is equality? Part 2: Equality of resources.”, Philosophy and Public Affairs, Vol. 10, No. 4. (Autumn, 1981), 283-345.

[2] Cohen, G.A. (2011) On the Currency of Egalitarian Justice and Other Essays, Political Philosophy, Princeton, NJ: Princeton University Press.

[3] Elisabeth Anderson (1999) What is the Point of Equality?, Ethics, 109 (2), 287-337

 

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