¿Quién era Jesús?

Jon Tyson @jontyson

 

Durante siglos, la pregunta que abre este artículo tenía una respuesta obvia: el hijo de Dios, concebido por obra del Espíritu Santo, nacido en Judea de una virgen, autor de todo tipo de milagros, crucificado por los romanos y resucitado al tercer día para ascender al cielo, donde aguarda al fin de los tiempos para juzgarnos a todos. La historia nos habría llegado a través de Evangelios escritos por los propios apóstoles, receptores y testigos de Jesús y sus actos, o por personas que les conocieron (hacia el año 70 d.n.e.). La alternativa a esta creencia era la hoguera, con su fuego purificador.

 

Es cierto que hay otra identificación biográfica que, de manera consistente y contra viento y marea, se ha mantenido desde el principio hasta ahora. Jesús seria el hijo ilegítimo de María y un soldado romano, llamado Pantera; habría aprendido trucos de magia en Egipto y fue ejecutado de forma infamante. Camuflando la controversia en la parodia de forma brillante, es la identidad que la troupe Monty Python muestra en La vida de Brian.

 

La primera mención a esta supuesta paternidad es del siglo II y la defendió Celso de Éfeso en su obra El discurso verdadero (hacia 175). Aunque sólo podemos conocer sus argumentos en la versión denigrada por los cristianos que destruyeron la obra original, lo cierto es que Orígenes dedicó toda una obra a refutarlo (Contra Celso).

 

Los mismos datos se afirman en el Talmud, redactado entre los siglos I y V. Los cristianos, una vez conquistado el monopolio religioso en el siglo IV, suprimieron tanto las obras paganas, como las referencias a Jesús en las escrituras religiosas judías. Estas referencias son la razón por la cual las sinagogas hasta el siglo XVIII estaban obligadas a mostrar sus libros sagrados a los cristianos para demostrar que habían eliminado las «blasfemias contra Jesús».

 

Pero lo cierto es que en los propios evangelios canónicos hay razones para la incomodidad: El reconocimiento del nacimiento de Jesús fuera del lecho matrimonial, las referencias a que «el Padre» es su verdadero padre, las extrañas afirmaciones de sus paisanos «¿no es éste el hijo de Maria?» (Marcos, 6.3), sin referirse a su padre, la reacción del interesado «nadie es profeta en su tierra» (Mateo 13.57). El reconocimiento de una residencia prolongada en Egipto… Pero había una defensa clara contra la afirmación de Celso y del Talmud: el nombre ‘Pantera’ era un nombre evidentemente inventado. Nadie se llama Pantera, como nadie se llama Oso ni Tigre. La cristiandad podía estar tranquila. 

 

Pero la casualidad quiso complicar la cosa. En 1859 apareció en Alemania un monumento funerario romano que conmemoraba a Tiberius Julius Abdes Pantera, que vivió entre el 22 a.n.e. y el 40 d.n.e. Era signífer de la primera cohorte de arqueros de la IV legión. El nombre (Abdes) es semítico y además se indica el lugar de nacimiento, Sidón, en el actual Líbano. La mencionada legión estaba, efectivamente, de servicio en Judea en el momento de la concepción de Jesús (fuera o no obra del Espíritu Santo ), y posteriormente fue trasladada a Germania.
 

Lápida funeraria de Tiberio Julio Abdes Pantera ¿el padre de Jesús? (Fuente: Josep Maria Reyes)

 


Más recientemente han aparecido dos alternativas biográficas. Una es la que da el Dr. Robert Eisenmann, profesor de la Universidad de Oxford, al que debemos la versión completa de los rollos del Mar Muerto. Para el tema que nos ocupa, su obra capital es James, the brother of Jesus: the key to unlocking the secrets of early Christianity and the Dead Sea Scrolls. En ella, el autor defiende que el verdadero líder judío que encabezó una resistencia moral, pero también política y armada a la dominación romana era el hermano de Jesús, Jaime o Santiago, ejecutado en los años 60, mientras que el personaje (¿insignificante?) de Jesús se construyó a posteriori en base a un hermano del líder para obtener un «mesías» que sería el negativo de Jaime (pro-romano o al menos no «anti-romano»), para así debilitar el judaísmo militante que se estaba extendiendo por Egipto y Arabia (hasta el 10% de la población del Imperio Romano era de religión judía).

 

Así pues, los propios romanos (Epafrodito, el secretario de Nerón y de otros emperadores flavios) o judíos a su servicio habrían creado unos Evangelios para promocionar este personaje preocupado por el «más allá», apolítico, místico, que elimina las normas judías rituales y predica «poner la otra mejilla» y no la rebelión; y cuya identidad es más greco-romana que judía (odio a los judíos «raza de víboras» Mateo, 23.33, justificación de la destrucción de Jerusalén, divinidad, muerte y resurrección, paralelismo con Osiris, Mitra, Apolonio, etc.). Asimismo, los Evangelios, escritos después de la destrucción de Jerusalén en 70 d.n.e, en griego, por judíos al servicio de Roma, habían de servir para confundir a otros judíos habitantes fuera de Israel y predicar la mansedumbre y la sumisión. Mientras que la represión romana destruiría los movimientos «nacionalistas» tradicionalistas y rigoristas, la propaganda romana difundiría un judaísmo «internacionalista», «paulista» y no rigorista («no está hecho el hombre para el sabbath, sinó el sabbath para el hombre» Marcos 2.27).

 

Pero todavía habría un «nuevo» Jesús. Se trata de El Mesías del Cesar. La conspiración romana para inventar a Jesús, de Joseph Atwill (con estudios bíblicos a nivel amateur). Aquí Jesús es sólo un personaje de ficción sin base real alguna. No existe sino como negativo ridículo del triunfante emperador romano Tito. Los Evangelios se habrían escrito por Flavio Josefo al servicio de los romanos para ridiculizar a los judíos y destruir su autoestima, de manera que nunca más se atrevieran a unirse contra Roma. La cronología sería la misma que en el caso anterior: inmediatamente después de la gesta de Tito, la expugnación de Jerusalén. Ahora bien, y sólo a modo de hipótesis, ¿y si todas estas identificaciones fueran correctas? Situemos las tres identidades juntas y veamos qué ocurre.

 

Jesús habría sido, efectivamente, hijo ilegítimo de María y un soldado romano. Ello le descalificaría como miembro de la estirpe de David y obligaría a los Evangelios a una serie de piruetas para mostrar y esconder a sus hermanos y al mismo tiempo el desprecio de Jesús a la familia carnal «quien no viene a mí y aborrece a su padre y a su madre, mujer e hijos, hermanos y hermanas...no puede ser mi discípulo» (Lucas, 14.26). Por ello -por su origen ilegítimo-, su vida pasó a la sombra de su primo, Juan el Bautista y de sus hermanos legítimos y como miles de judíos de su época fue ejecutado por los romanos por haber participado en actividades nacionalistas. En cambio, su hermano Jaime, sí llegó a lo más alto del movimiento antiromano. Fue Sumo Sacerdote y las autoridades romanas, con sus aliados conservadores judíos (fariseos) partidarios de Herodes y de la sumisión a Roma, le ejecutaron en un tumulto armado que desembocó en la gran rebelión del 70 d.n.e.

 

Una vez vencido Jaime, los romanos vencedores (con Epafrodito al frente de un equipo de intelectuales) junto con judíos colaboracionistas (Flavio Josefo, colaboradores de Filón de Alejandría, Saulo de Tarso), decidieron efectuar una «damnatio imaginis» del líder nacionalista muerto y, para ello, escogieron un personaje ridículo (por haber nacido de un soldado romano como hijo ilegítimo, cosa que le impedía llegar al paraíso según la tradición mosaica), y le convirtieron en un «maestro» imposible que ningún judío que se respetase a sí mismo podía escuchar.

 

Como Jesús había muerto treinta años atrás pudieron inventar discursos, situaciones, milagros y personajes sin miedo a que se revelara la impostura; y como su hermano Jaime era realmente un personaje famoso, conocido y admirado por todos los judíos, proyectaba una apariencia de realidad al personaje creado; un personaje al que se le hacía predicar un mensaje confuso, contradictorio con todas las tradiciones judías y políticamente conveniente para Roma. Además, incluyeron en su mensaje dosis de filosofía griega que permitiría completar la helenización de los judíos, a la que tanto se habían resistido desde la conquista de Israel por los generales sucesores de Alejandro Magno.

 

Finalmente, para celebrar al emperador Tito, que habría orquestado todo este proceso, se añadieron episodios biográficos de Jesús que son el negativo ridículo de momentos estelares de las victorias del hijo de Vespasiano en su campaña contra los judíos. (Por ejemplo, los cerdos que en la Biblia acogen a los demonios expulsados por Jesús se ahogan en un lago en el que Tito obtuvo una victoria contra los rebeldes judíos que terminaron ahogándose).

 

Lo que nadie podía prever es que el artefacto funcionase tan bien, hasta el punto que el mundo romano, primer las clases bajas, después las superiores, adoptara esta nueva fe. Y es que, al fin y al cabo, era una religión que prometía la vida eterna, y la opción que le pareció más inteligente al emperador Constantino fue unificar la religión del Imperio, adoptando la cristiana, y basando su poder espiritual no en su propia divinidad, sino en ser el representante en la tierra de un Dios Único, con la facultad de escoger al Pontífice de los cristianos y presidir los Concilios de sus Patriarcas y Obispos. Ahora, quien no le obedeciese no sólo había de temer la espada, sino también las llamas del infierno.

 

Claro que también podemos creer en la virginidad de María, la inmaculada concepción, la divinidad de Jesús, sus milagros y su resurrección. Durante muchos siglos ha sido una opción mucho más segura.
 

 

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