¿Dónde está todo el mundo? Una introducción a la paradoja de Fermi

30/08/2019

 

 

Jeremy Thomas @jeremythomasphoto

 

El pasado 1 de enero empezábamos el año con la noticia que la sonda espacial New Horizons sobrevoló el asteroide Ultima Thule, convirtiéndolo en el objeto espacial más lejano jamás explorado por la humanidad. Este objeto se encuentra en el cinturón de Kepler, un área del sistema solar situado a entre 30 y 50 unidades astronómicas del Sol. Para que se hagan una idea, una unidad astronómica equivale aproximadamente a la distancia entre el Sol y la Tierra. ¿Es esto mucho o poco? Bien, depende. Teniendo en cuenta que hace apenas un siglo que empezamos a dominar el vuelo en nuestro planeta, podría ser mucho. Sin embargo, atendiendo a lo que sabemos del tamaño del universo, digamos que como exploradores aún no hemos ni doblado la esquina de nuestra calle. En cualquier caso, hay algo remarcable en lo que ya hemos ido escudriñando: no tenemos constancia de contar con vecinos espaciales, ni en nuestro sistema solar ni fuera de él. 

 

¿Cómo puede ser eso? ¿Estamos realmente solos en el universo? ¿O por el contrario, existen otras civilizaciones que aún no hemos tenido el gusto de conocer? Y en ese caso, ¿por qué? En 1950, el físico Enrico Fermi sintetizó estas cuestiones en la famosa paradoja de Fermi, esto es, la contradicción entre la creencia que existen otras civilizaciones en el universo y el hecho que a día de hoy no hayamos tenido ninguna prueba de ello. En este artículo vamos a reflexionar sobre los razonamientos detrás de esta paradoja y exponer algunas de las principales soluciones que se barajan para ella.

 

 

¿Debería haber vida?

 

El primer punto a comentar es la asunción que, efectivamente, existen otros planetas donde la vida se ha podido haber desarrollado, evolucionando además como vida inteligente. ¿Por qué deberíamos dar esto por sentado? El astrónomo Frank Drake presentó en 1961 la famosa ecuación de Drake, un cálculo probabilístico que pretende determinar el número de civilizaciones inteligentes que pueden existir solo en nuestra galaxia[1] y con capacidad para comunicarse mediante señales de radio. De hecho, solo en la Vía Láctea existen de 200.000 a 400.000 millones de estrellas, siendo muchas de estas similares a nuestro Sol y albergando planetas orbitando a su alrededor similares al nuestro. Es decir, incluso si sólo una ínfima parte de estos planetas reúne las condiciones que creemos necesarias para propiciar el surgimiento de la vida, son muchos los planetas donde podría haber surgido. Además, habida cuenta que la Tierra es un planeta relativamente jóven (tiene 5.000 millones de años, mientras que se estima que el universo tiene 13.800 millones), sería probable que estas civilizaciones fueran más avanzadas que la nuestra, pues nos llevarían miles o hasta millones de años de ventaja evolutiva. En definitiva, parece extremadamente improbable que en un universo infinito solo haya podido surgir vida inteligente en un único planeta.

 

Drake calculó como solución a su ecuación encontrar 10 civilizaciones inteligentes. Posteriormente otros científicos han rebajado sobremanera esta estimación, considerando otros valores para los parámetros que contiene la ecuación. En cualquier caso e independientemente de qué planteamiento consideremos más acertado, el caso es que seguimos sin haber contactado con ni una sola forma de vida extraterrestre, de modo que la ecuación de Drake nos sirve como base para reflexionar sobre la paradoja de Fermi.

 

 

Las posibles respuestas

 

A partir de este punto es donde encontramos múltiples propuestas para resolver la paradoja. La primera es que quizás no hemos contactado con nadie porque en realidad, no hay nadie con quien contactar. La idea que estamos solos en un universo infinito podría deberse a varias posibilidades. En primer lugar, quizás estamos asumiendo erróneamente el hecho de que la vida pueda surgir en otros lugares de forma inequívoca. Al fin y al cabo, tenemos aún importantes incógnitas sobre cómo puede surgir la vida de la “nada” (solo recientemente estamos viendo avances sobre cómo crear vida sintética en un laboratorio), de modo que no podemos tener la certeza que lo que ocurrió en la Tierra debiera ocurrir en otros sitios. O por lo menos, del modo que ocurrió aquí, o que haya ocurrido todavía. Es decir, a pesar que antes hemos dicho que es extremadamente improbable que solo haya un único planeta donde haya surgido vida inteligente en un universo infinito, esto no significa que sea imposible. Quizás seamos realmente únicos en el universo o por lo menos seamos pioneros en cuanto a formas de vida inteligentes se refiere.

 

Otra posibilidad sería que la vida sí haya surgido con anterioridad en algunos lugares, pero la evolución de esta se vea amenazada al alcanzar ciertos umbrales, existiendo un umbral determinante que los científicos llaman “el gran filtro”. Llegado a este punto, algunas determinadas circunstancias llevarían a toda forma de vida a su fin. Este filtro podría ser un desarrollo tecnológico que acabara con la civilización, un agotamiento de recursos accesibles, los estragos de la naturaleza (supernovas, meteoritos, erupciones volcánicas…). Si ese fuera el caso, habría dos posibilidades para nuestra especie. Una sería que todavía no hemos alcanzado dicho filtro, con lo cual la espada de Damócles de la extinción nos estaría apuntando cada vez con mayor proximidad. De hecho, se cree que en el pasado la tierra ha sufrido al menos 5 grandes extinciones masivas por causas diversas, que estuvieron al borde de eliminar toda vida en la Tierra. La otra posibilidad sería que en realidad ya hayamos pasado dicho filtro (por ejemplo, si quizás fuera el paso de una célula procariota a una eucariota, en la línea de lo que comentábamos en el párrafo anterior), siendo nosotros la primera forma de vida en pasar el gran filtro. Esto nos haría nuevamente tremendamente especiales. 

 

La segunda respuesta es que no estamos solos, pero por alguna razón no tenemos constancia de ningún contacto. Aquí las posibilidades son múltiples y algunas hasta entran irremediablemente en la ciencia ficción. Podría ser que en realidad alguna forma de vida inteligente ya haya intentado contactar con nosotros en el pasado, pero nuestro nivel evolutivo no nos permitió percibirlo. Por ejemplo, solo hace un siglo mal contado que somos capaces de recibir una señal de radio, así que cualquier mensaje enviado de esta forma con anterioridad hubiera pasado totalmente desapercibido en nuestro planeta. De hecho, no es descartable que esta misma situación pudiera estar ocurriendo ahora, si aún no disponemos de la teconología necesaria para percibir mensajes enviados en un medio más avanzado por parte de una civilización superior a la nuestra.

 

Entrando en especulaciones más imaginativas, quizás no resultamos objeto de interés para otras civilizaciones extraterrestres, o por los menos no para establecer contacto directamente, limitándose éstas a observar. O puede que sí lo seamos, pero estas civilizaciones prefieren mantener su existencia de forma discreta ante la posibilidad de tener vecinos hostiles (con lo que de ser cierto estaríamos siendo muy imprudentes).

 

Lo único que podemos tener claro es que no disponemos de datos que nos permitan dar una respuesta concluyente a la paradoja de Fermi. No obstante, existen programas científicos que tienen por objetivo la búsqueda de vida extraterrestre (programa SETI, el telescopio de Arecibo…), de modo que no debemos perder la esperanza. Aunque tomando la manida cita del escritor de ciencia ficción Arthur C. Clarke, existen dos posibilidades: que estamos solos en el universo o que estemos acompañados. Ambas son igualmente aterradoras. 

    

[1] Las enormes distancias hasta otras galaxias son la causa de que la ecuación solo se centre en la nuestra, pues una civilización altamente avanzada que haya colonizado toda su galaxia seguiría teniendo dificultades quizás insalvables para alcanzar otras.

 

 

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